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Vidas Licenciosas

El humo que nos ciega a la puerta de los bares

17 de octubre de 2013 a las 23:26

Los anglosajones son unos verdaderos pioneros a los que les debemos casi todo. También unas cuantas estupideces que chocan con nuestra forma de vivir, más pícara y laxa. Yo les reconozco al menos tres costumbres irritantes: tienen una implacable querencia por dotarse de estrictas normas que además tratan de cumplir; le ponen imaginativos nombres a sus nuevos comportamientos que derivan de esas reglas sociales; y cuando necesitan dar solidez a sus creencias, siempre tienen a mano oportunos estudios de cualquiera de sus prestigiosas universidades que confirman sorprendentes comportamientos humanos y dan jugosos titulares a los medios, que compramos sin miramientos en los países que aspiramos a acceder a la primera división de la civilización occidental.

Hace diez años, en Nueva York, prohibieron fumar definitivamente en el interior de bares, clubes y restaurantes, igual que ocurrió en España el 1 de enero del 2011. En su momento, los americanos, a los que considero inocentones en muchos sentidos, inventaron el término smirting, un palabro fruto de la forzada fusión de smoking y flirting, que trata de describir lo que supuestamente ocurre a las puertas de sus locales públicos: fumar y ligar. La puntilla a mi primera disgresión la pusieron los irlandeses, que tras legislar al respecto a mediados de la pasada década concluyeron en una investigación que un 25 % de las parejas sentimentales que se formaron entre el 2007 y el 2008 se habían conocido echando un pitillito al fresco. Siempre me pareció que atender a esas tendencias era de un papanatismo subido, pero tras dejar un generoso margen a la implantación de la normativa en mi entorno he confirmado que, esta vez, Mister Marshall ha pinchado en hueso.

Pongamos los pies en el terruño: aquí, más que ligar, lo que ha ocurrido es que en el nombre de la salud hemos mejorado la calidad de vida de muchos, pero al mismo tiempo nos hemos pasado por el forro algunas normas básicas de etiqueta y saber estar. Echarle el humo al que está cenando enfrente está feo, pero me resultan más violentas las desbandadas periódicas de comensales que van desangelando las mesas de los restaurantes tras liquidar la manduca para acabar trasladando la cháchara a las puertas de los locales con la disculpa de echarse un cilindrín. Las mesas quedan semivacías para el resto de la velada, arrasando conversaciones y debates que son sustituidos por charletas de ascensor que retumban en la calle a cualquier hora, por si los españoles no hablásemos lo suficientemente alto de puertas adentro. Tomando copas el protocolo no mejora. Haga frío o llueva, los vasos rotos y el vocerío han reconquistado la calle para martirio de los hosteleros, que ahora se juegan importantes multas. Y para colmo de males, las chicas, que ya tenían la costumbre de ir al baño en comandita, también han decidido salir al exterior en pareja o en grupo a aspirar los rubios de Virginia. De esta forma, las piezas deseadas nunca terminan de descolgarse de la manada, impidiendo al depredador nocturno una cacería eficaz, que eso lo aprendí yo en los documentales La 2. Con todo, no creo que un tipo feo, tímido y sin habilidades para la seducción tenga más oportunidades de triunfar una noche a la puerta de un bar rodeado de un estercolero de colillas, así se ventile dos paquetes. Torpe indoor, torpe outdoor, le diría yo a los sabios doctores británicos en psicología y medicina, que también intentaron transmitirnos su preocupación por el improbable hecho de que estas dicharacheras reuniones a pie de calle estuviesen generando nuevos viciosillos del cigarro que todavía creen que dar caladas y soltar el humo con estilo da puntos en el juego del amor. Estos nuevos adictos, si es que existen, deberían hacérselo ver por idiotas, no por fumadores.

Tengo serias dudas de que la ley antitabaco haya aumentado la capacidad afectiva de este país desencantado. Si acaso, más que un pilladero, hemos convertido los encuentros a las puertas de los bares y de los centros de trabajo en un gallinero en el que rajar a gusto del prójimo, que es algo como mucho más nuestro. <Ocho de cada diez españoles aprovechan el tiempo del pitillo para criticar a sus jefes y a sus parejas>. Ese factible titular sí me lo creería. Decididamente, con estos estudios sociológicos importados pasa lo mismo que cuando traduces una canción de amor en inglés: todo resulta mucho más ridículo.

Buenas noches.

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Escrito por juancapeans 1 Comentario
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Una respuesta a “El humo que nos ciega a la puerta de los bares”

Ana Rodríguez
octubre 18th, 2013 a las 12:31

Claro, las mesas se vacían, pobrecito tú que te aburres, que se te va la gente de la mesa a fumar fuera. Dejemos fumar dentro para que los señoritos se diviertan. Y a la gente que trabaja en la hostelería, que se pasa todo el día fumando el humo de los demás, todo el día metida en ese local, pues que la defienda Rita la Cantaora. Qué pena de España y de gente irresponsable. Cuánto más vivo fuera, y de hecho en un país anglosajón, menos ganas tengo de volver.

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