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Vidas Licenciosas

Comer, beber, vivir: qué hay de nuevo en Santiago

24 de octubre de 2013 a las 23:41

Vidas Licenciosas cumple un año. En estos meses he tratado de ser fiel a los singulares principios de un blog que cuenta lo que ocurre en Santiago desde que se guardan los libros, se bajan las persianas en los hogares de orden y se relajan los esfínteres hasta que sale el sol. Un lapso de tiempo que nunca aparece en los medios tradicionales salvo por circunstancias excepcionales, que también las ha habido. En 32 entregas he manipulado argumentos para criticar, adular, añorar tiempos que nunca volverán y sobre todo para reír. Pero también he choromiqueado mucho. Demasiado. Como buen noctámbulo, los brotes verdes los veo más bien pardos, pero con todo debo admitir que en este complicado año han irrumpido iniciativas empresariales que valen la pena y que hay que revisar y revisitar, si es que ya se conocen, aunque solo sea por salir de casa unas horas para sacudirnos las pelusillas de la sucia rutina.

Javier Montero y Tita Iglesias, del Tragaluz; Javier Míguez en La Bodeguilla; y Marcelo y su equipo

Era visto. En los últimos meses se han consolidado los locales de tapeo, de los que caes al descuido con más preocupación por la compañía y por una cuenta final contenida que por la gastronomía en sí. Ha mudado a ese formato Casa Marcelo, uno de los referentes hosteleros de la capital, y por esa línea aunque con otros objetivos se mueven el San Xoán, en A Raíña, que sustituyó al Celme do Caracol, reubicado en la antigua Casa do Medio. El hostelero Javier Míguez, que ya tenía dos mesones asentados en San Roque y San Lázaro, abrió otro espléndido local, La Bodeguilla de Santa Marta, que mantiene la eficacia y la profesionalidad de siempre con un toque de taberna contemporánea muy interesante. Borja Portals diversificó A Curtidoría con una Cantina en el Ensanche, y los chicos de O Curro da Parra se la han jugado con el Pazo de Altamira, en San Agustín. Se merecen lo mejor, por valientes, igual que sus colegas del Abastos 2.0, que se atrevieron con un restaurante al borde del mar en Carril, el Loxe Mareiro, que se me escapó este verano por problemas de agenda. También besando el Atlántico, un poco más lejos, abrió la tapería Santiago, un pequeño local que dirige Julio Antelo Rivas, que está explorando nuevos horizontes en Río de Janeiro mientras sus hermanos Carlos y Mauro siguen haciendo las mejores caipirinhas de Compostela en el Garoa. Son experiencias extramuros que hablan de un sector dinámico que se busca las habichuelas. Hay otro local, este un poco más serio y consistente, al que le tengo ganas, O Tragaluz, en San Miguel. Lo dirigen Tita Iglesias y Javier Montero, y es una extensión del Texturas Galegas  (Algalia) al que iré más pronto que tarde aunque solo sea por vacilar un rato al nuevo cocinero, el incansable Andrés Fernández, que hasta este verano trabajó en los fogones de El Cayado (Franco).

Xoana Beiras, de La Industrial; Rebeca y Estela, de Tosta e Tostiña; y la gente de Singulario

No se vayan todavía que aún hay más. Ya he hablado bien alguna vez de La Industrial, el local que sustituyó al Toñi Vicente, pero nunca dije que además de dar de comer y beber también ponen una música excelente a un volumen  agradable que invita a liarse con las primeras copas. Bravo por Gonzalo Concheiro y por Xoana Beiras. A pocos metros, en la avenida de A Coruña, ha abierto Tosta e Tostiña, un café con un toque entre afrancesado y preppy que también puede encontrarse en el Dulce Victoria, en la calle Carretas, o en el St. Jacques, en la Rúa Nova 42, donde emerge desde un tiempo atrás el Copas Rotas, un bar para chavales bien puesto y con filosofía low cost. En el denostado Ensanche compostelano tengo que citar el Singulario (antes Las Añadas del Siglo y La Viña de Xavi) que con su vecino Galopín han generado ciertas sinergias en torno al chateo en Fernando III O Santo. En el casco histórico también hay novedades para comer, como A Sucursal, que sustituye de forma romántica a una oficina bancaria rescatada que había en San Agustín, o la franquicia 100 Montaditos (Franco) que ha calado entre los más jóvenes, como ocurre con el Ateneo 30, en Virxe da Cerca, este centrado en las copas y la música en directo. También es muy coqueto para tapear o tomar un café el Cervantes, delante de As Crechas, que sustituyó a una taberna sin gracia ninguna. Me gustó, como ocurre con el pub Chocolate, junto a la Praza de Abastos, que vale la pena por sus combinados pero sobre todo por compartir el mismo techo con la encantadora Marga Balboa; y, entre otros que se me pasarán, está  O Boneco, que por fin ha arrojado algo de luz a un escondido y privilegiado local tras el pazo de Raxoi, a dos pasos del Obradoiro.

Carlos González, de La Atlántica, que está en la Algalia; Martiño Santos y Xosé Gontá, del Vide Vide, ubicado en Fonte de San Antonio; e Iván Domínguez y Iago Pazos, del Loxe Mareiro (y Abastos 2.0)

Última ronda. Como el plan casero está al alza han aparecido nuevas referencias en formato tienda. La Atlántica, en la Algalia, es una pequeña vuelta al mundo alrededor de las cervezas, como lo es con el vino el Vide Vide, en Fonte de San Antonio. Para las tropas de la parrilla, el chorizo criollo y el vuelta y vuelta está el mítico Entrevías, que ha reabierto en O Castiñeiriño, y los que prefieran la profilaxis del centro comercial, ahí tienen toda una planta dedicada a la hostelería  en el centro comercial As Cancelas, en la que destacaré la inminente inauguración de la pulpería Vilalúa, una franquicia que se parió en Santiago en la cabeza de dos de mis mejores amigos de la juventud y que, tras arrancar en Madrid por partida doble y en San Sebastián, abrirá sus puertas en Compostela en cuestión de días. En este caso no me pidan que sea objetivo. Simplemente, pasen y prueben. Y sobre todo sigan buscando alicientes y buenos momentos que, no se engañen, suelen resistirse a llamar a la puerta de casa. Casi siempre hay que salir a buscarlos.

Buenas noches.

NOTA. Amenazo con una segunda temporada de Vidas Licenciosas. Por esta primera quiero dar las gracias a La Voz de Galicia y especialmente a Olalla Sánchez Pintos por sus valiosos consejos digitales y analógicos; y también a todos los amigos, conocidos y espontáneos que compartís conmigo los momentos de ocio, que tras esta experiencia ya no son de esparcimiento sino de documentación. Después de un año, dicen los números de Google Analytics que, sumado el tiempo de las visitas al blog, los lectores han invertido dos años y siete meses de lectura ininterrumpida. Me siento recompensado, solo confío en que alguien más le haya sacado algún beneficio.

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El humo que nos ciega a la puerta de los bares

17 de octubre de 2013 a las 23:26

Los anglosajones son unos verdaderos pioneros a los que les debemos casi todo. También unas cuantas estupideces que chocan con nuestra forma de vivir, más pícara y laxa. Yo les reconozco al menos tres costumbres irritantes: tienen una implacable querencia por dotarse de estrictas normas que además tratan de cumplir; le ponen imaginativos nombres a sus nuevos comportamientos que derivan de esas reglas sociales; y cuando necesitan dar solidez a sus creencias, siempre tienen a mano oportunos estudios de cualquiera de sus prestigiosas universidades que confirman sorprendentes comportamientos humanos y dan jugosos titulares a los medios, que compramos sin miramientos en los países que aspiramos a acceder a la primera división de la civilización occidental.

Hace diez años, en Nueva York, prohibieron fumar definitivamente en el interior de bares, clubes y restaurantes, igual que ocurrió en España el 1 de enero del 2011. En su momento, los americanos, a los que considero inocentones en muchos sentidos, inventaron el término smirting, un palabro fruto de la forzada fusión de smoking y flirting, que trata de describir lo que supuestamente ocurre a las puertas de sus locales públicos: fumar y ligar. La puntilla a mi primera disgresión la pusieron los irlandeses, que tras legislar al respecto a mediados de la pasada década concluyeron en una investigación que un 25 % de las parejas sentimentales que se formaron entre el 2007 y el 2008 se habían conocido echando un pitillito al fresco. Siempre me pareció que atender a esas tendencias era de un papanatismo subido, pero tras dejar un generoso margen a la implantación de la normativa en mi entorno he confirmado que, esta vez, Mister Marshall ha pinchado en hueso.

Pongamos los pies en el terruño: aquí, más que ligar, lo que ha ocurrido es que en el nombre de la salud hemos mejorado la calidad de vida de muchos, pero al mismo tiempo nos hemos pasado por el forro algunas normas básicas de etiqueta y saber estar. Echarle el humo al que está cenando enfrente está feo, pero me resultan más violentas las desbandadas periódicas de comensales que van desangelando las mesas de los restaurantes tras liquidar la manduca para acabar trasladando la cháchara a las puertas de los locales con la disculpa de echarse un cilindrín. Las mesas quedan semivacías para el resto de la velada, arrasando conversaciones y debates que son sustituidos por charletas de ascensor que retumban en la calle a cualquier hora, por si los españoles no hablásemos lo suficientemente alto de puertas adentro. Tomando copas el protocolo no mejora. Haga frío o llueva, los vasos rotos y el vocerío han reconquistado la calle para martirio de los hosteleros, que ahora se juegan importantes multas. Y para colmo de males, las chicas, que ya tenían la costumbre de ir al baño en comandita, también han decidido salir al exterior en pareja o en grupo a aspirar los rubios de Virginia. De esta forma, las piezas deseadas nunca terminan de descolgarse de la manada, impidiendo al depredador nocturno una cacería eficaz, que eso lo aprendí yo en los documentales La 2. Con todo, no creo que un tipo feo, tímido y sin habilidades para la seducción tenga más oportunidades de triunfar una noche a la puerta de un bar rodeado de un estercolero de colillas, así se ventile dos paquetes. Torpe indoor, torpe outdoor, le diría yo a los sabios doctores británicos en psicología y medicina, que también intentaron transmitirnos su preocupación por el improbable hecho de que estas dicharacheras reuniones a pie de calle estuviesen generando nuevos viciosillos del cigarro que todavía creen que dar caladas y soltar el humo con estilo da puntos en el juego del amor. Estos nuevos adictos, si es que existen, deberían hacérselo ver por idiotas, no por fumadores.

Tengo serias dudas de que la ley antitabaco haya aumentado la capacidad afectiva de este país desencantado. Si acaso, más que un pilladero, hemos convertido los encuentros a las puertas de los bares y de los centros de trabajo en un gallinero en el que rajar a gusto del prójimo, que es algo como mucho más nuestro. <Ocho de cada diez españoles aprovechan el tiempo del pitillo para criticar a sus jefes y a sus parejas>. Ese factible titular sí me lo creería. Decididamente, con estos estudios sociológicos importados pasa lo mismo que cuando traduces una canción de amor en inglés: todo resulta mucho más ridículo.

Buenas noches.

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Fiestas de estudiantes en pisos de papel

4 de octubre de 2013 a las 1:23

Hay semanas en las que es complicado sentarse a escribir sobre las fruslerías de las que me ocupo en este espacio. Por falta de tiempo, de humor o por abatimiento colectivo. Pero cuando menos te lo esperas la inspiración te llega desde arriba. Concretamente desde el 6ºB. Si alguna vez en la vida alcanzo notoriedad mediática por el motivo que sea, algún avezado colega irá al encuentro del valioso testimonio de un vecino lareta, y podrán decir de mí que siempre saludaba con educación pero que nunca daba pie a una conversación de ascensor; que ponía la lavadora a horas intempestivas; que por las mañanas rallaba hasta la saciedad con los grandes éxitos de The Beatles; y que nunca me rascaba el bolsillo por las patronales de San Antonio. Tendrán razón. Lo que nunca podrán reprocharme es que haya sido un aguafiestas, al menos los estudiantes que ocupan el piso inmediatamente superior. En los últimos años me han dado contundentes motivos para convertir a mi escoba en un elemento más del universo de mi mesilla de noche: la radio, los libros, el vasito de agua y un mango largo para arrear unos bastonazos al techo cada vez que los ladridos, las carcajadas y la música tres puntos por encima de lo razonable me sobresaltan en la cama. Nunca lo hice.

Donde las dan, las toman. En la vida por supuesto, pero sobre todo en las copas. Yo también las lié pardas en pisos de estudiantes ajenos. Eran hogares interinos por horas para los que nacimos en Santiago, fuimos a su universidad y nunca conseguimos que nuestros padres se emanciparan de su propia casa. Mientras el tiempo aguantaba en el primer trimestre del curso todos preferíamos golfear en los bares, pero con la llegada de las lluvias nos daba por atrincherarnos en esos pisos del Ensanche en los que hacía más frío que en la calle, al calor húmedo de los suelos de terrazo y los muebles de tablero laminado. Minimalismo compostelano de interiores. Eran fiestas de puertas abiertas, con vasos de tubo afanados en el último local del jueves anterior, con radiocasetes que reverberaban en las paredes desnudas y con hielos infames de la nevera que nunca cuajaban para la tercera ronda. Era habitual acabar tonteando a gritos con otras inquilinas a través del patio de luces, la red social nunca patentada por este país. Sin móviles ni correos electrónicos, ahora me parece un milagro de la comunicación que alguien consiguiera organizar una fiesta y que la gente acabara morreando en los descansillos de las escaleras por exceso de aforo. Si hubiese pinchado con mis estudios de letras podría haberme metido a agente inmobiliario de tantos pisos que conocí. Tantos como ahora van visitando cada noche los policías locales de Santiago, donde las citas caseras han recuperado el fuelle tras la prohibición del botellón callejero. Hace dos o tres décadas Compostela era el reino del todo vale, y eran anecdóticas las apariciones de los agentes, que tenían que ponerse serios para que no los confundiésemos con el madero de los Village People.

Ahora sigo vibrando intensamente con esas fiestas, pero de una forma diferente. Metido en camita, con los ojos cerrados y media sonrisa en la boca, puntúo con severidad las diferentes versiones de Sabina que perpetran mis vecinos y sus invitados en el karaoke Singstar de la PlayStation. En vez de contar ovejitas, cuento asistentes a la cita. Tantos tacones, tantas chavalas. Tantos vozarrones, tantos nabos en la huerta. Me da mucha rabia escuchar sus risas, porque nunca me llegan con nitidez las chanzas previas. Como tampoco les pongo cara me gusta imaginármelos a mi manera, más altos, más interesantes y más guapos de lo que en realidad son: unos mocosos con toda la vida por delante a los que envidio sin reparos. Por eso nunca los he querido importunar, por si interrumpo sus sueños, que a estas alturas son más importantes que mis desvelos. Yo, confieso que he vivido. Ahora les toca a ellos.

Buenas noches.

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Escrito por juancapeans 25 Comentarios
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