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Vidas Licenciosas

La dictadura de los DJ en las bodas

20 de septiembre de 2013 a las 3:16

Tengo la prudente costumbre de llegar tarde a las bodas. Creo que es una actitud defensiva, porque soy un tipo permeable que respeta mucho lo que dicen en esas ocasiones los jueces, los curas o los concejales que las ofician, y me da pavor que me convenzan y me entren ganas de contraer. En los banquetes también suelo mantener un perfil bajo, discreto. Como, converso, cojo fuerzas y me reservo para darlo todo en el tercer tiempo, en la fiesta, que es en el fondo lo que esperan de mí. Soy un buen invitado de banquillo, un suplente siempre preparado para revolucionar el partido y catapultar el evento cuando los nudos de las corbatas se relajan y las mujeres ponen a prueba su destreza con los tacones, unas horas de presunta diversión que en unas ocasiones han resultado delirantes y en otras han supuesto una verdadera decepción.

Los novios tienden a desestimar este momento que considero determinante en el éxito de una celebración así. Un cura o un edil tostón tienen un pase. La decoración, carísima, es solo eso, un aderezo. ¿Quién se acuerda de las viandas al día siguiente? En el peor de los casos nos preocupan los tiempos entre plato y plato, cuanto más dinámicos, mejor. Pero, ¿es posible llevarse un buen recuerdo de una tarde o noche tan relevante cuando el baile es un cementerio en el que solo se menean los niños inquietos y el tío político chisposo que se ha entonado más de la cuenta? Me consta que los contrayentes suelen organizar todos los detalles hasta que negocian la barra libre, la música y la hora de cierre. A mamarla a Parla, deben pensar cuando llegan a ese punto del guión del que, supuestamente, es el día más feliz de sus vidas. Cometen un grave error. Que el lubrigante o el solomillo sean óptimos o incomestibles tiene fácil solución: se zampan o se dejan en el plato y listo. Si la sobremesa se alarga con el ridículo protocolo del ramo, la tarta y las cada vez más engorrosas fotos de la infancia, pues se aguanta uno. Pero si el DJ abre la sesión de baile con el Te casaste, la cagaste, entonces el drama no ha hecho más que comenzar y tendrá poco arreglo. Es incompatible aspirar a celebrar una boda con estilo (cada uno el suyo) gastando miles de euros en detalles insignificantes y permitir que suenen clásicos de tan mal gusto como el citado.

¨El pincha es de confianza y os pondrá lo que queráis¨, suelen prometer en los hoteles y restaurantes que se dedican a estas grandes mascaradas sociales. Mentira cochina. Va a sonar lo que les salga de la brenca, lo tengo más que comprobado. El problema es que solo saltan las alarmas cuando ya ha abusado con dos temas de Raffaella Carrá: ¨Para hacer bien el amor hay que venir al sur…’’. ¿Ustedes han escuchado con detenimiento esa canción? Pocas más inapropiadas. Ahora bien, si les llamas la atención amablemente utilizarán su primer comodín, el del público, que no es otro que apelar a la conexión con las generaciones más veteranas. ¿Acaso las abuelas han saltado poseídas a la pista al reconocer el hit de la italiana? Pues eso. Las sesiones suelen seguir por derroteros infumables en los que solo se salva el Dancing queen de Abba: ¨You can dance, you can jive, having the time of your life, uuu, see that girl, watch that scene, diggin the dancing queen…’’ ¿Se saben la letra? No. ¿Entonces qué coño anda cantando la gente? El despropósito, que no entraba en el menú, está servido. 

Los DJ que trabajan en este tipo de celebraciones suelen ser unos ladinos que se las saben todas. Solo hay que verlos ufanos detrás de las cabinas enlazando topicazo tras topicazo, clásicos o del momento, que ellos consideran que funcionan por decreto. Pero en un punto de la fiesta empiezan a empequeñecer detrás de la cabina, se esconden bajo los cuellos de la camisa y comienzan a esquivar las miradas. Sucede cuando llega el momento de las sugerencias. Entonces me ganan para su causa, porque la sarta de soplapolleces que tienen que escuchar se las trae. Que si soy el padrino, pago, y quiero que pongas esto o aquello, que si soy amigo del novio y el tío se haría pirata si sonara el Highway to hell de AC/DC o cuando las damas de honor se empeñan en revivir aquel baile coral que matizaban en las sesiones pueriles de discoteca. Es una pequeña dictadura musical, un ¨Follow the leader-leader-leader, follow the leader¨ cuya única utilidad es determinar el premio MPV de la boda: Muy Poquita Vergüenza.

Bienaventuradas parejas: igual que os preocupáis del ramo, del traje, de la tarta, de los discursos y de probar previamente el menú, sentaos una tarde a negociar con el DJ de turno y agarradlo bien fuerte de la entrepierna como si fuera un acusado en el banquillo. ¿Te casaste, la cagaste? No cobras. ¿King África? Tampoco ves un can. ¿Raffaella Carrá? ¿Vas a castigarnos con Raffaella Carrá? No hay más preguntas, señoría.

Buenas noches.

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Escrito por juancapeans 50 Comentarios
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Los tarugos se hacen fuertes en Sanxenxo

6 de septiembre de 2013 a las 3:07

A pocas semanas de ponerme el pijama de otoño, antes de que mis dedos desentrenados recuperen la palidez del folio en blanco, siento la necesidad de desparramar sobre las noches estivales para retirarme a gusto a mis cuarteles de invierno, en Santiago. Desde la adolescencia he peinado a conciencia de junio a septiembre las localidades gallegas más dicharacheras, mayormente en las Rías Baixas, desde Noia hasta Baiona. Cada pueblo es distinto a otro, y todos se caracterizan en verano por acoger a compostelanos que han ido haciendo suyo un trocito de costa. Es conmovedor el localismo de prestado con el que mis amigos y conocidos picheleiros van colgando en las redes sociales fotografías de sus pies acariciando la arena de las playas de su infancia, o cómo se geolocalizan en sus bares favoritos, que adoran porque las copas todavía se pagan con el cambio del tabaco, que ese vicio sí, es igual de caro en todas partes.

De todos estos lugares hay uno que nunca deja indiferente, que marca paquete más que ningún otro. Sin ser un sanxenxólogo de pedigrí, creo que ya he acumulado horas de vuelo raso para que mi radar confirme que, como muchas otras cosas en estos tiempos, la noche de la capital turística gallega se está echando a perder. Vaya por delante que a mí me gustó, y por eso duele comprobar su preocupante degradación hasta convertirse en La Meca aspiracional de todo tarugo que se precie. Aquí no hay lugar al debate entre pijos y paletos, entre el Dux y el Deluxe, entre maduritos tostados que pimplan Martin Miller´s o chavales que paladean ron Negrita a morro por un botella de dos litros del Dia. No es eso. El tarugo nocturno, hombre o mujer, es un especímen que se ha colado transversalmente en todos los estratos y tendencias con una capacidad camaleónica para adaptarse al medio. No los descubrirás por sus pantalones rojos, ni por llevar pendiente y una camiseta prieta, ni por las milimétricas minifaldas. Tanto da que suene Juan Magán o Daft Punk: por sus excesos los reconocerás. La mala educación no es rural o urbana ni tiene nada que ver con la cuenta corriente, solo es mala educación, y cuando en el cóctel se juntan el alcohol, las drogas en ocasiones, la música a toda pastilla y dos neuronas descarriadas, el resultado es la bravata física y verbal, el constreñimiento mental y el atropello al prójimo. Eso está pasando, lo estamos viendo y se constata cada mañana en los periódicos, en los que Sanxenxo ya ocupa más tinta por la testosterona mal canalizada de la chusma copera que por los plácidos paseos de Mariano Rajoy. Allí, al final del paseo de Silgar, de un par de veranos a esta parte los borregos violentos cardan la lana y los de Boiro se llevan la fama.

Es el sino de Sanxenxo, un estupendo lugar que siempre vivirá bajo una lupa escrutadora por su merecida fama de acoger a la cada vez más birriosa élite gallega aderezada con gente de orden y presuntas buenas formas procedente de la meseta. Cuando había dinero y sangría para todos alguien tuvo la feliz idea de concentrar en el puerto los siempre ruidosos locales nocturnos con la disculpa de no espantar a ese veraneo familiar que vive ajeno al frenesí de la madrugada y que dejaba pasta de verdad. Pero en los ocho años que lleva abierto esa suerte de Disneyland de la movida el deterioro, la vulgaridad y el lío por el lío se han hecho fuertes hasta dejar en nada cualquier atisbo de ocio amable. La prueba del nueve llega a las siete. Solo hay que ver las caras de frustración y furia con las que sale la grey del recinto portuario, inflamados tras atiborrarse durante horas de electro-latino. Cuando se cruzan con un chisposo la deflagración está asegurada, y si la sangre no llega a la ría, serán las papeleras, los coches, las propiedades o cualquier incauto de buena mañana, como ocurrió hace una semana, las víctimas de unas bufonadas que destilan más rabia que gracia. ¿Qué esperaban de la noche estos neomastuerzos que en vez de relajarse con el movimiento de los yates y la brisa marina se ponen como hidras descerebradas que no tienen parada ni respeto por nada? Esas actitudes desafiantes, autoritarias y por momentos violentas tienen un nombre en la infancia hogareña: es el síndrome del emperador. Cuando se da en la mayoría de edad, al aire libre y en manada hablamos de un caso claro de taruguismo, un mal que, a diferencia de las vomitonas y las meadas, no desaparece con la manguera y la barredora automática. Diagnosticado.

Buenas noches.

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Escrito por juancapeans 57 Comentarios
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