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Vidas Licenciosas

Teléfonos de chicas a las que nunca llamé

21 de Junio de 2013 a las 3:11

¿Quién será Vanessa Blaster?  ¿Y Marta Morena? ¿Qué me decís de Patricia? Así, Patricia a secas. Su número empieza por 650 y acaba en 3. ¿Sabe alguien de quién se trata? A estas alturas cualquiera de ellas podría ser la madre de mis hijos, pero la ocasión se perdió. Sus teléfonos llevan años en mi agenda y han ido sobreviviendo de móvil en móvil, por si un día llaman. No les pongo cara, ni cuerpo, ni lugar. Bueno, sí, a Vanessa sé dónde la conocí. Y Marta tenía el pelo oscuro, eso seguro. Pero nada más. Solo sospecho que alguna noche loca flirteé con ellas y bien sea por cortesía o por un fugaz interés ahí se quedaron archivadas para siempre. Quién sabe si eran sus verdaderos nombres o sus auténticos números. Ni una triste llamada, ni un lánguido mensaje. Han naufragado, quizás para su fortuna, en la agenda de mi teléfono y en algún rincón de ese desconocido 90 % del cerebro en el que debe haber una nebulosa puerta a la que van a parar todas esas cosas banales que hacemos y decimos por las noches.

Un conocido al que aprecio, que es un auténtico tiburón nocturno y con el me gusta enredar un rato cuando coincidimos, me dijo una madrugada que para evitar confusiones, que las tuvo, ya no quería conocer a más mujeres cuyo nombre empezase por M, letra que tenía saturada. “A mí las Kelly y las Whitney del mundo”, proclamó. Sigue soltero el muy fanfarrón, que como yo vivió otros tiempos en los que el protocolo era muy distinto. Sinceramente, no me explico cómo salieron adelante mis noviazgos de adolescente. En la época en la que llamábamos a lugares en vez de a personas estas cosas no pasaban. A buenas horas íbamos a interpelar a un señor malhumorado para saber si su hija estaba en casa habiéndola conocido la noche anterior, porque siempre surgía una pregunta incómoda: “¿De parte de quién?” Del gilipollas que intentó benefeciarse a su hija hace unas horas y del que quizás ni se acuerde.

Ahora las cosas son mucho más sencillas, aunque cuando vas a echar el pantalón a la lavadora ya no aparecen papelitos con un teléfono, un nombre y un corazón garabateado que te roba una sonrisa. Hemos cambiado la caligrafía por simpáticos emoticonos que sirven para testar si todavía existe receptividad al otro lado o si solo conseguiste el número en un momento de baja estima propiciado por una noche subida de copas. Si no contesta, tiene novio, la muy perra. Y si el intercambio de tonterías se intensifica, pronto surge la oportunidad para saber algo más, para fijar una cita o para quedar emplazados a otro encuentro de todo menos casual. Y después, que sea lo que dios quiera.

 

Confieso que he llamado poco el día después. Mensajes, los justos. Por pereza unas cuantas veces, y por timidez la gran mayoría. Y eso que guardo un puñado de teléfonos tan interesantes como sus propietarias, que perviven perfectamente identificadas en mi memoria, y alguna en mi corazón. En los días de debilidad sentimental tengo la tentación de lanzarles una llamada de rescate que no parezca desesperada, pero cuando mi dedo acaricia la pantalla siempre me imagino que al otro lado me saldrá una operadora diciendo: “Información Movistar, el número que usted ha marcado no corresponde a ningún cliente. Y para que lo sepa, la anterior abonada ya está felizmente casada. Inténtelo de nuevo más tarde”.

Buenas noches.

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El gatillazo callejero de la Rúa Nova

13 de Junio de 2013 a las 11:53

Como San Pedro, hasta en tres ocasiones me negué a subir a este blog la fotografía que está saltando de retuit en whatsapp en las últimas semanas, sobre todo entre los usuarios digitales y de redes sociales de Santiago. No me inspiraba nada, más allá del comentario jocoso. Me la enseñaron en diferentes teléfonos móviles y me la enviaron a través de mis cuentas de correo electrónico, profesionales y personales, pero me pareció anecdótica y me olvidé del asunto. Sin embargo, por los caprichos tecnológicos del señor Steve Jobs, se quedó atrapada en el carrete de imágenes de mi IPhone. Esta semana, tras conectar el terminal a mi ordenador, saltó de nuevo a mi pantalla de 15 pulgadas. Cuando iba a eliminarla para siempre, admito que me detuve en los detalles. Ya sabrán de qué va el grueso de la escena: dos jóvenes despatarrados de madrugada sobre las piedras de un reconocible casco histórico compostelano practicando sexo sin importales la presencia de varios viandantes alrededor. A alguno de estos sorprendidos peatones nocturnos le faltó tiempo para desenfundar su cámara y reflejar el polvo callejero, que por otra parte no tiene nada que no nos haya enseñado Almodóvar. El ejercicio de rabioso periodismo ciudadano saltó de forma inmediata a la galería de morbosas curiosidades de la noche compostelana (ver el artículo “Se lo que hicisteis la última noche”).

La imagen en cuestión, autocensurada, lleva varias semanas circulando por las redes sociales.

Una de la primeras técnicas que se aprende en mi degradada profesión es la de la pirámide invertida. Consiste en estructurar la noticia respondiendo a las que en el mundo anglosajón denominan las 5 w [Qué (what), quién (who), cuándo (when), dónde (where) y por qué (why)]. Enseguida me di cuenta de que en esta no noticia gráfica pinchaba, además del muchacho, una de estas cinco patas. La entradilla sería sencilla: una pareja a la que por fortuna no se le reconoce practica sexo hace aproximadamente tres semanas en una calle de Santiago porque le da un apretón. O simplemente porque le da la gana. Bien, pero, ¿en qué calle exactamente? Ahí es donde patinaron los divulgadores de la imagen. De forma insistente se dijo en los comentarios que acompañaban al documento en diferentes soportes sociales que la escena tuvo lugar en la Rúa Nova, a pocos metros de un conocido pub en el que funciona aquello de que el roce hace el cariño. Gatillazo en toda regla. Como estos dos fogosos jóvenes, también soy un apasionado de todas y cada una de las piedras del casco histórico de Santiago, aunque de otra forma. Se me resistió un poco, pero finalmente di con el lugar del desenfreno: se trata de la rúa de Santo Agostiño, a un paso de la Praza de Abastos, entre las puertas de la iglesia y la del colegio mayor del mismo nombre.

El lugar exacto en el se captó la imagen, junto a la puerta del colegio mayor San Agustín.

La rúa de Santo Agostiño. Y al fondo, la rúa das Ameas, junto a la Praza de Abastos.

Reconozco que me siento un tanto contrariado por contribuir a divulgar este chascarrillo digital, pero tengo el vicio de poner cada cosa en su sitio, en este caso en la calle correcta. Así que si  he molestado a alguien, que sepa que en mi descargo citaré a declarar a un testigo cercano, San Agustín, que dijo: “Ama y haz lo que quieras; si callas, callarás con amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor”. Pues eso. 

Buenas noches.

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Viaje en el tiempo a los bares de las galerías

7 de Junio de 2013 a las 3:26

Como si fuera un bloguero de raza, me ha dado por lanzarme a la noche en busca de experiencias. En realidad nunca he dejado de hacerlo, pero después de veinte años en los que, como las cabras, he ido tirando al monte Libredón del casco histórico, mis zapatos han vuelto a pisar el pegadizo suelo de las galerías del Ensanche compostelano, ese submundo interior repleto de pequeños bares en las inmediaciones de la plaza Roxa. De alguna manera me debía ese viaje a las catacumbas de mi vida tardoadolescente. Quién sabe, si me hubiese saltado aquellos primeros escarceos en las barras quizás hoy fuese un acaudalado deportista retirado a punto de sacarse el título de entrenador, o un brillante cirujano con un chalé de piedra en Ames y un monovolumen con tres filas de asientos para mi dulce mujer y una recua de niños. Pero no, siendo todavía menor de edad me dejé atrapar por las redes marineras del Berberecho, que para mi sorpresa siguen allí en el techo tres décadas después. Sospecho que ya no pescan como a finales de los 80, que eran años loquísimos y de verdaderas multitudes, pero percibo que el bar de Juan y Nieves todavía es el primer refugio de juventud de muchos estudiantes, como fue nuestro caso. Sus dueños conservan su entrañable mala hostia y encajan con cintura todas las cretinadas propias de esas edades. Recuerdo que los viernes, después de comprar unos pitillos sueltos en el quiosco, nos atrincherábamos en sus mesas bajas a soplar Submarinos y a destripar pipas, que eran el vicio menos peligroso. Tenía 16 años y creo que entonces era legal beber alcohol, y si no, a nadie le importaba. Como ahora, había poco dinero, así que bajarse con pajitas entre cuatro mastuerzos una jarra de cerveza vitaminada con Larios (costaba 250 pesetas-1,50 euros) era un buen negocio para el gaznate. Cuando llevábamos un par de rondas tocaba aliviar en los baños, que no se lo pierdan, están exactamente igual: oscuros, malolientes y con una de esas plataformas de caída libre con un agujero en el suelo que creía extinguidas en la hostelería del siglo XXI.

La salida del Berberecho, en la rúa Nova de Abaixo

Siguiendo mis propias huellas de dinosaurio continué por la calle abajo y me dirigí a la que era otra de nuestras paradas habituales. Me quedé en mitad de la escalera. Debí sospecharlo al asomarme y no escuchar los latigazos del futbolín: el Faíscas lleva unos cinco años cerrado. Me lo contó David, el propietario del Gasteiz, que me pilló husmeando por las galerías Pasaje y que me afeó con mucha amabilidad el no haber incluido a su bar en el artículo sobre los locales que resisten la crisis. Solo con la caña a la que insistió en invitarme no me hubiera ganado para la causa, pero me gustó su honestidad y el hecho de que estuviese sonando la Credence. Él mismo, que lleva veinte años bregando en la noche, lamentaba que los locales vecinos estuvieran chapados desde mucho tiempo atrás: nada menos que el Merliño, que ponía un curioso vino que llamaban Blues por 50 pesetas (0,30 céntimos), y el Pachi´s, que abrió a principios de los 90 como abrevadero universitario de referencia. Entre unos y otros, en mi época juntaban más tropa que la que me encontré en mi revival de jueves noche por el sur de la ciudad. En ese páramo deteriorado, el Gasteiz sigue respirando, así que sirvan estas líneas para reparar mi error por haberlo ignorado como superviviente de un pasado que irá ensombreciéndose a medida que avance en mi nostálgica ronda.

David, del Gasteiz, un superviviente

Las galerías Goya las creía fenecidas. No es así. Claudicaron y han vuelto a abrir al público. Me adentré hasta el fondo a la izquierda en busca del Carallete, que era otra de mis debilidades y mantiene vivo el nombre. Ha cambiado mucho y ahora también abre como after. No me veo, no me veo… Los espacios de los locales son los mismos, pero han cambiado su aspecto y creo que también su espíritu, por eso me flojea la memoria: ¿El de la esquina era el Topolino? El del fondo a la derecha… ¿el Tonos? ¿o era el Tubo´s? Me pierdo. Ahora solo alardean de poner copas a 3 euros. Qué incautos. En mis tiempos, siempre que el Gita o el Lage no te dieran el palo, 500 pesetas llegaban para todo lo anterior y para seguir la ronda en las galerías vecinas por el Picapeixe, donde ponían Agua de Valencia, o por el Cotón, que ya tenía licores de todos los sabores y que con su sobriedad de pueblo competía con la imaginativa coctelería de la Cantina y del Brétema, que le daban cosa fina al taco de tequila y a los Cerebritos (Baileys, granadina y sabe Dios qué), una cochinada sin precedentes en mi estómago.

El Carallete sigue abierto, pero ha cambiado

Todo sigue vivo en mi memoria, pero los locales están vacíos, así que decidí abordar a un guardia seguridad que me recomendó que no buscase más: “Están todos cerrados, dónde va”, me dice, para enseguida corregirse. “Bueno, A Cova da Vella sigue abriendo los fines de semana, pero tiene unos horarios raros”. Es cierto. La taberna forrada de madera y decorada con aperos de labranza sigue en la brecha. Nada ha cambiado allí dentro: desde la puerta, sin llegar a entrar, veo el banco en el que nos solíamos sentar. Y me imagino a todos mis amigos allí, tomando quintos de Estrella, riéndonos y charlando, delgaditos como éramos, descifrando qué íbamos a hacer de nuestras vidas. Ellos fueron lo mejor de aquellos años. Y ninguno tiene un monovolumen con tres filas de asientos. Los muy golfos.

Buenas noches.

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Escrito por juancapeans 41 Comentarios
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