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Vidas Licenciosas

Los cadáveres de la Sala Capitol

25 de abril de 2013 a las 23:21

La Sala Capitol de Santiago cumple diez años. Si nadie me corrige con buenos argumentos desprovistos de localismo, hablamos del espacio de ocio más relevante que ha abierto en Galicia en este comienzo de siglo. Lo dicen los artistas internacionales y las bandas del circuito doméstico que cantan sus excelencias durante y después de sus bolos en este remodelado y céntrico cine compostelano que se reinauguró como sala de conciertos un 29 de abril del 2003. Su trascendencia, el acierto de esta década plagada de grandes momentos y serios contratiempos, tiene que ver con la variedad de propuestas que recalan en esta coqueta y sonora caja de música, pero sobre todo por su estratégica ubicación geográfica, que ha conseguido equilibrar y ampliar en Galicia un cartel de espectáculos de formato medio que perdía fuelle al estar polarizado por el dinamismo cultural de Vigo, que tuvo tiempos mejores, y el empuje demográfico del arco ártabro, que siempre ha vivido más pendiente de los balones y los violines que de las guitarras eléctricas. Entre el norte y el sur, Santiago solo conseguía mojar tirando de la chequera pública, ahora sin papel, de ahí el mérito de este proyecto privado, que al principio recibió más zancadillas que apoyos por parte de las instituciones públicas, con las que ha ido encontrando con el tiempo vías de colaboración.

El equipo de la Sala Capitol (2012). A la derecha, abajo, el programador Antonio Borrazás, y detrás el promotor del proyecto, Francisco Sanín. V. M.

En los comienzos tuvo que superar el mal trago que supuso la prohibición de abrir como un espacio que combinaba actuaciones musicales y lucrativas sesiones de discoteca, todo ello muy a pesar de la voluntad popular. Este fue un lamentable episodio administrativo y legal en el que creo que hubo un exceso de confianza empresarial y una escandalosa cobardía política que dejó el problema enquistado y sin solución. Pero el proyecto consiguió reponerse, enfocar de nuevo sus objetivos y de esta manera anclar en el meollo del rincón peninsular decenas de espectáculos que de otra forma nunca hubieran recalado en Galicia. ¿Salieron perdiendo los aficionados a la música del resto de ciudades gallegas con la irrupción de esta sala? Es difícil llegar a esa conclusión cuando en sus mejores citas más de la mitad del aforo (unas 800 personas) procede de distintas localidades de la comunidad, como acredita la red de venta de entradas.

Los arquitectos que idearon la exitosa reforma fueron Celso Barrios y Manuel Carbajo, en la imagen de agosto del 2000 trabajando en el proyecto en su primer estudio profesional, en Entremuros 4-3.

Escrache a los gestores culturales

Pero dejemos a un lado el tentador y casi siempre estéril debate geográfico para centrar el foco en el modelo de negocio puesto en marcha por un emprendedor particular que, por contraste, habla con claridad de los zoquetes que han dirigido la cultura en este país despilfarrando casi siempre el dinero de todos. Preparen los tomates porque la escena que voy a narrar es patética: la Sala Capitol nació meses antes de un Xaco-beo sin fondo (2004) y solo unas semanas después de que la Xunta comenzase a enterrar a paladas billetes de 500 euros en la Cidade da Cultura. En aquel momento existían en Santiago otras tres interesantes salas alternativas de espectáculos especializadas en teatro, danza y títeres (Nasa, Galán y Yago) que fueron desapareciendo al decaer las siempre arbitrarias subvenciones municipales. Casi al mismo tiempo las dos cajas gallegas preparaban su desembarco en Compostela para consolidar en insólita competencia dos museos y dos auditorios con un tamaño y coste proporcional al ego de sus visionarios directivos. Después de gastar millones de euros los acabaron y, aunque no se lo crean, tres de estos edificios también están sonrojantemente chapados al público. Qué decir, por hurgar en la herida, de la situación de quiebra técnica del Palacio de Congresos (un edificio público con gestión privada que también acoge espectáculos) o de los toxos quinquenales que crecen en el abandonado auditorio para 35.000 personas del Monte do Gozo, un lugar que simboliza junto al Gaiás la tierra quemada que nos espera.

Entre los políticos y los gestores colocados a dedo al frente de estos féretros culturales nos han hecho pagar la entrada más cara jamás imaginada para presenciar ahora un dantesco espectáculo de puertas cerradas. Y no pretendo concluir con este escrache digital que lo privado funcione necesariamente mejor que lo público, tampoco es eso, pero hay que explicarle a algunos señores de traje que una gestión musical sostenible es posible cuando se cuenta con el apoyo de meritorios promotores locales y foráneos que saben lo que hacen; profesionales que conocen el sector y que se juegan los cuartos en cada función, a diferencia de los que solo se han preocupado de hacer sonar las gaitas al servicio de la política y que se han pasado años programando con pólvora del rey, ahora mojada, sin que un solo pinchazo de taquilla les haya quitado el sueño. A todos estos cadáveres sociales habría que ir enterrándolos en el sótano de la Capitol para que se revuelvan en sus tumbas mientras el público sigue botando arriba al menos otros diez años más.

Felicidades y buenas noches.

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Campeones del chandalismo y la barra fija

19 de abril de 2013 a las 5:25

Tengo un amigo presumido, clasicón y muy limpito que se menea desde primera hora de la mañana como un pincel. Por las noches también plancha el tipo que es un primor, pero nunca va de estreno. A medida que pasan las estaciones selecciona las camisas, los pantalones y los zapatos que ya están baqueteados por la vida seria y los aparta en el armario: “Aquí se quedan, para salir de copas”. Decía hace unos años con buen criterio que el humo de los locales apestaba su ropa nueva y que cada vez que entraba en un bar salía oliendo a calamares, a churrasco o a cigarros ajenos, por lo que se veía obligado a mandar los trajes a la tintorería con demasiada frecuencia y a minorar los usos de prendas que en otras condiciones esquivarían la lavadora, la mejor aliada de la insaciable industria textil: destrozan cuellos y puños, estiran o encogen todo a su albedrío y además tienen una reconocida capacidad para dejar viudas a las parejas de calcetines. A pesar de las recientes y saludables normativas sobre el tabaco, la rigurosa directriz de mi colega sigue vigente, y diré más, todavía compartimos varios vetos a locales que carecen de una ventilación adecuada, cansados de que un tercero con buen olfato adivinase a las primeras de cambio el menú de nuestra cena.

El ocio nocturno es sucio, en más de un sentido. Asumido el lamparón, dudo que este sea el verdadero motivo que justifique que de un tiempo a esta parte la juventud escoja sin complejos para salir de copas la ropa que cuando el país iba como un foguete solo utilizaríamos para pintar de rosa palo las paredes de un comedor hipotecado. Nos la pela todo, sí, y por eso el chandalismo ha llegado en el siglo XXI a la barra fija de las discotecas, que han pasado de frenar en la puerta a los que llevaban los pies escayolados con calcetines blancos a dejar que la pista de baile se convierta en una desenfrenada clase de educación física de la EGB. Es una moda que respeto pero de la que intento mantenerme alejado, bien sea por edad, hábito o buen gusto, no lo sé. Quizás pese en mi rechazo el recuerdo del intenso olor de aquellas lecciones de gimnasia con mezcla de sudor púber, poliéster y colchonetas verdes. Es tan abrumador el poder de penetración de estas prendas que hasta creo firmemente que a los actuales universitarios, si les dejasen, saldrían en la orla con el mismo aspecto que los medallistas de Múnich 72. Los diseñadores de Puma, Converse o New Balance deben partirse la caja a diario de lo fácil que se lo ha puesto una generación a la que no le duelen prendas al portar logotipos maximalistas que, en honor a la autenticidad, eran mucho más discretos en la ropa deportiva original de hace 30 o 40 años, como bien demostró Nadia Comaneci (apreciad más abajo lo que era manejarse de verdad en una barra fija). Al margen del incompresible gusto de los dirigentes caribeños es una pérdida de tiempo tratar de buscar respuestas ideológicas al fenómeno, porque es bastante más transversal de lo que se pudiera sospechar: triunfa por igual en un concierto de Love of Lesbian petado de urbanitas que en un magosto de la cofradía nacionalista. La globalidad tiene estas cosas, como lo demuestran las  zapatillas de running del doctor House, un tipo cínico que, ironías de la vida, nunca podría escapar corriendo de nadie.

House usó durante las ocho temporadas de la serie zapatillas de running New Balance y Nike. En el límite de lo "casual"

Antes de que la muchachada me cruja dejaré a un lado mi disgresión sobre ponerse tres rayas para salir de copas (las de Adidas, entendámonos) para centrarme en la que creo que es la verdadera e inopinable razón que sostiene esta moda de lanzarse a la noche desarreglado pero formal y que, ya en serio, era el verdadero quid de mi reflexión: avanza el ciclo de la depresión y con él nos arrebatan los motivos para cambiar nuestro estilo diurno para diferenciarnos en momentos de ocio que todos nos merecemos. Hay poco que celebrar, menos cenas, muchas menos fiestas… Entre el pajareo de Fin de Año o de los bodorrios y el chandalismo exacerbado que vivimos en la actualidad hay un término que está pasando de medio a mediocre, porque en realidad tampoco hay locales con iniciativas ocurrentes que inviten al coqueteo visual, al compromiso con una estética (ojo, la que sea, con absoluta libertad) así que lo mismo vale una camiseta rota que un jersey descosido. Parece que todo funciona, incluso traspasar hacia abajo los límites de la higiene. Los tiros, nada largos, van por ahí.

Esta no es una cuestión de dandis, princesas o pijos con deje de mendigos. El problema es que nos están quitando las ganas de que nos digan que una noche estamos radiantes, por dentro y por fuera, cada uno a su manera. Y que conste que quien esto escribe está convencido de que lo importante no es lo que uno lleve puesto encima al salir, sino cómo quede la ropa al llegar a casa. Si está esparcida por el suelo desde la puerta hasta los pies de la cama y entremezclada con prendas ajenas, señal inequívoca de que has acertado.

Buenas noches.

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Salir con dignidad después de los 40

12 de abril de 2013 a las 0:39

El lenguaje es a veces tan sutil como cabrón. Socialmente uno empieza siendo un quinceañero, después un veinteañero, más tarde un treintañero… hasta que se llega a ser un cuarentón. Esa es la frontera. Cua-ren-tón,  con lo despectivo que suena. Ni el idioma ni la noche de Compostela han tratado con respeto a sus mayores, o a sus adultos maduros, como se les quiera llamar. Volcada como lo ha estado históricamente con los universitarios, el ocaso de esta casta (leer “Los jueves de Santiago se quitan del medio“) ha dejado un interesante nicho de ocio para los nacidos entre los años 60 y 80 que se está agrandando por momentos hasta convertirse en una gran fosa común que va llenándose de solteros crónicos, maduritos y maduritas rebotados de relaciones rotas o hundidas en el tedio y seductores Rodríguez de ambos sexos que encuentran en los bares, los amigos y el flirteo su verdadero respiro familiar. También asoman grupos constituidos por parejas sin descendencia que todavía tienen algo que contarse tras una cena y progenitores primerizos a los que se les reconoce porque miran el reloj con indisimulada preocupación, ya que cada ronda les cuesta diez euros extra que les sopla la canguro por hora. Una noche cara que anuncia una mañana de caritas y sudores cuando los niños tocan diana.
Todos tienen un enemigo común: la resaca. Cualquiera que recuerde a Tejero entrando en el Congreso es también consciente de que cada vez que se entrega a la francachela nocturna inicia un rito de autoinmolación que se certifica al lunes siguiente, cuando te espetan que todavía tienes mala cara. Es el drama del bebedor talludito. La fábrica interna se vuelve cada vez más lenta y las reverberaciones corporales, ya sean en la azotea o en el bajo vientre, se extienden dos, tres y hasta cuatro días. Es un hecho constatado. Los que siendo unos chavales aguantaban las noches de jota con pasmosa alegría empiezan a resentirse físicamente a partir de los treinta, igual que le sucede a la mayoría de los deportistas de élite, aunque siempre aparece algún Maldini de la copa-balón que es capaz de superar con dignidad la crisis de los 40 y que, lejos de entregarse al chándal y al sofá los fines de semana, sigue en activo en esa pequeña liguilla de veteranos que se da cita en escogidos locales de la ciudad en los que las arrugas, las entradas y el rollo fondón son de un tiempo a esta parte bienvenidos.
Los quehaceres universitarios, las dificultades para acceder a un primer empleo y el persistente efecto cautivador de las movidas de Ordes o Santa Comba, así como el botellón o la moda de reventar casas rurales «porque yo lo valgo» han apartado a los adolescentes y veinteañeros del circuito nocturno compostelano, elevando la media de edad de forma notable. Por el mismo efecto se ha estirado la esperanza de vida de muchos establecimientos que estarían moribundos si dependiesen del menudeo económico de una chavalada muy empobrecida (en realidad son sus familias las que están caninas) y que se siente incómoda al reconocer bajo el mismo techo a los amigos de sus padres. En esos encuentros intergeneracionales los mayores, los machitos zalameros sobre todo, constatan que el arroz está más que tostado cuando tratan de tontear con jovencitas. A fuerza de fracasar comprenden que la edad les ha otorgado un don: por momentos son hombres invisibles. Darse cuenta a tiempo de ese insospechado superpoder permite mantener intacta la autoestima y evita bochornosas escenas.


Pero el oasis es limitado, tan solo cuatro o cinco palmeras con sus abrevaderos para dar cobijo temporal a los adultos de espíritu cachondo que no superen los 50. Más allá solo hay niebla, más espesa si cabe tras el cierre hace ya un tiempo de locales como El Duque o el Rahid, desapariciones que se unen a la extraña situación que vive el Don Juan, el desguace de referencia en Compostela, que está pendiente de arreglar algunos asuntos técnicos que han dificultado su viabilidad. Habrá que comprobar en los próximos años si a medida que avanzan estas nuevas generaciones callejeras la oferta se va a adaptando, pero es evidente que en la actualidad la noche vive un decadente climaterio para las manzanas y las peras maduras, algo que resulta del todo injusto, porque cualquiera tiene derecho a celebrar con unas copas y unos agarrados que la última convocatoria para un examen rectal se haya superado cum laude.

Buenas noches.

Nota. Cinco recomendaciones para maduros despistados que reenganchan con la noche:

1. Galo D’Ouro. 2. Carrilana. 3. Armería. 4. Dado Dadá. 5. Garoa

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Los vinos del Franco, los reyes y la segunda transición

4 de abril de 2013 a las 1:10

Me harían falta siete u ocho siglos de vida para hacer una valoración objetiva del momento que atraviesa la rúa do Franco, que fue, es y tiene el reto de seguir siendo la arteria sobre la que tomar el pulso de la hostelería compostelana. Por eso, antes de tropezarme con el pasado, le pondré los puntos a las dos íes de la palabra Historia: en el arco de Mazarelos resiste a los vándalos desde 1971 una placa que recuerda que por esa puerta, una de las siete del casco histórico, pasaban desde siempre los carros cargados con barriles de vino del Ribeiro y del Ulla con destino a la popular calle, cuyo nombre se remite a los taberneros medievales que atendían a los francos, como se denominaba de forma genérica a los peregrinos que llegaban caminando desde más allá de los Pirineos. En una ciudad que vivió acomplejada entre sotanas y solemnes catedráticos mientras el resto de Occidente avanzaba con firmeza, una calle de esparcimiento como esta tuvo que suponer una auténtica liberación, y por ello es difícil discernir cuáles fueron sus etapas gloriosas y las que pasaron desapercibidas entre el olor a alcohol mal destilado, cánticos desafinados y serrín en el suelo.

Por Mazarelos entraban en la ciudad "los buenos vinos de la Ulla y del Ribeiro"

Si nos referimos al siglo pasado, el Franco fue una calle indigna de la monumentalidad de Compostela hasta bien avanzados los años 80, de ahí que los oriundos la esquivasen cuando paseaban con invitados foráneos para evitar a los borrachines habituales, a los, que con la ronda avanzada, la escueta rúa se les hacía más estrecha si cabe. Por eso me parece una acertada metáfora que su resurrección contemporánea tenga tanto que ver con una de las pocas tabernas que todavía hoy conservan el auténtico sabor del vino de cunca. A principios de los 90, sobre las mesas de O Gato Negro, el entonces conselleiro Vázquez Portomeñe bosquejó sobre unas servilletas de papel las bases del que poco después se convertiría en el Xacobeo 93, un proyecto laico que, respetando la tradición religiosa y usando como punta de lanza el atractivo patrimonial de Santiago y el Camino, puso en el mapa turístico a la aldea más bella y universal. Ya sé que suena algo excesivo, pero es tan radical como cierto que hace exactamente veinte años al Franco dejaron de llegar camionetas con barriles de vino y comenzaron a entrar auténticos convoys de turistas y peregrinos, y con ellos, carretillas, esta vez llenas de dinero. Hubo algún perezoso que conservó algún tiempo más aquellos baños desvencijados de caída libre, pero poco a poco, a fuerza de ver cómo despabilaban los propietarios que estaban azuzados por el recambio generacional, las desastradas tabernas con mesas de formica fueron dando paso a otro modelo de hostelería más aseado en todos los sentidos, más profesional y más presentable.

Manolo, de O Gato Negro, con los barriles de vino

Ya se sabe que la Historia la cambia la gente de a pie, pero los “antes y después” los definen los personajes relevantes y sus hechos. Algo así debió ocurrir la cálida noche en la que los otrora felices reyes de España, de visita en la ciudad en julio del 2003, decidieron salir del Hostal a la hora de cenar y, atravesando el Obradoiro como una pareja bien avenida, dieron con sus reales posaderas en los taburetes de O 42. No fue una elección casual, ya que se trata de una de las primeras tabernas que se atrevió a renovar su estilo sin perder la esencia, recuperando la piedra vista en las paredes sobre las que se puso de moda colocar moneditas que ya no llevaban la efigie monárquica, sino el perfil de la fachada barroca de la Catedral, todo un triunfo del pueblo.

Los reyes saliendo de cenar de O 42 en el verano del 2003

A esa etapa de renacimiento siempre le acompañó la polémica, porque el Franco continuó siendo un concepto de hostelería muy amplio, para bien y para mal, en el que pagaban muchos justos por algún pecador que siguió creyendo que esos señores altos y rubios que hablaban raro y que llegaban con el buen tiempo eran tontos del higo a los que se les podía tomar el pelo con el producto y con la cuenta. Cada verano trascendía alguna clavada monumental a un grupo de extranjeros, amparada casi siempre por los difusos precios del marisco, gestos cortoplacistas que tiraban por tierra el trabajo de respetables profesionales que entendieron que acabar el día desparramando el cubo con el agua sucia a los sumideros de la calle era un mal negocio para todos.

Pepe Noya (izquierda) recibe al ex futbolista Paco Buyo en A Barrola, uno de los locales de referencia y de encuentro de compostelanos y visitantes

Pero la prueba latente de que el prestigio de las rúas del Franco y A Raíña mejoró y que dieron en la diana fue que con el tiempo se llenaron de compostelanos que renovaron su confianza en estos locales, dándoles sustento y ambiente incluso en temporada baja.

El equipo del San Jaime, liderado por una familia que apostó por la renovación de sus locales en los últimos años

Y utilizo el pasado con criterio, porque de un par de años a esta parte la saturación del modelo se ha hecho evidente. Un ejemplo: entre las dos calles se cuentan algo más de medio centenar de bares y restaurantes, y el pasado martes, a las diez de la noche, había 23 establecimientos cerrados, aunque solo uno de ellos de forma permanente. Los que saben de este negociado aseguran que al menos una decena de propietarios traspasarían hoy mismo el tinglado de buena gana, y es posible que unos cuantos más hayan reparado ya en que lo más inteligente en estos momentos sería entregar la cuchara, pero no lo hacen confiando en un verano que se antoja complicado.

Los más listos y perseverantes han empezado a cambiar, iniciando una segunda transición inevitable. El París, por ejemplo, ha mudado su decoración y hasta tiene una programación de espectáculos que atrae a los más jóvenes. El Dakar, en el otro extremo, sigue anclado en el café rutinario y en su decoración ochentera. Entre uno y otro, un desierto de creatividad separa a esta calle que, aún teniendo algún oasis de animación, buen hacer y buen comer, empieza a ofrecer preocupantes signos de decadencia. O reaccionan pronto o nuestros hijos solo podrán hablar de oídas de un Franco que, este sí, vale la pena recordar.

Buenas noches.

En la imagen de los 70 (cedida por Genoveva López), ilustres del taceo como el librero Gonzalo, Alfredo López (propietario de O 42), Maximino Castiñeiras (O poeta de Amaía), Paz Cans (pintor) y Pepe Alvite (periodista), entre otros

PD. Un guiño literario con casi cien años de historia para los que padecen el invierno compostelano.

“-¿E logo? Se extraña usted, claro está. A todos les ocurre lo mismo cuando vienen por primera vez.  Piensan que en Santiago no es posible divertirse.

-¿Con la lluvia, las calles a oscuras y esta tristeza…?

-Con todo eso señorito. Tristeza hayla, no se puede negar, agua del cielo también cae abondo, más para estar alegre basta con que uno tenga alegría. En teniendo el cuerpo contento, se ríe uno así estén las piedras de la catedral negras de un mes de lluvia… En cuanto a la oscuridad de las calles, hale parecer muy bien cuando lleve aquí una temporadiña y se arme su chollo con alguna rapaza.

-¿Y llueve siempre como hoy?

-Mucho más, lo de hoy es un orballo.

-¿Es verdad que dura muchos días el agua?

-¡Ay!, le hay veces que se le pasa un mes lloviendo. Y algunas más. Pero non pase pena, los primeros días estará usted mal, luego se acostumbrará usted y…

-¡Nunca!

-¡Boh! Es usted un rapaz, y de rapaz se le hace uno pronto a todo”

Conversación entre el tabernero Rafael y Gerardo Roquer, protagonista de “La casa de la Troya”. A. Pérez Lugín. 1915

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Escrito por juancapeans 18 Comentarios
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