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Vidas Licenciosas

Entre copa y copa, panes como hostias

22 de Marzo de 2013 a las 5:51

Confío en morirme sin saber qué se siente después de pegarle una buena paliza a alguien. Pero a falta de carácter pugilístico también pienso que aporrear un teclado de vez en cuando puede ser un buen sparring sustitutivo. En ocasiones es un auténtico placer, incluso un abuso intelectual, escribir ofendiendo a discreción con la certeza de que los aludidos son unos contrastados ignorantes que nunca te van a leer. O que lo van a intentar y no van a comprender el mensaje del todo bien. Por eso le voy a dedicar unas palabras a los mastuerzos iletrados que el pasado sábado le endosaron una irracional tunda a unos chicos que estaban de copas en el casco histórico compostelano. Escribo y rubrico, sin temor a represalias ni a equivocarme, que hablo de unos perfectos retrasados mentales. Analfabetos sociales que deberían llevarse un buen revolcón judicial y una generosa humillación pública por su comportamiento anacrónico y salvaje, más propio de las películas del Oeste o de un videojuego bélico, de ciencia ficción en todo caso. Lo ocurrido hace unos días en la Rúa Nova conformó por unos minutos un impecable compendio de subnormalidad digno de una tesis de zoología Neanderthal. Descarto por completo que se trate de homo sapiens adaptados. Imposible que tengan parejas sentimentales con dos dedos de frente y que se comporten con dignidad ante ellas. Tampoco soy capaz de visualizarlos fuera de la manada dándole un beso a sus padres al regresar a sus casas. Impensable. Sus valores personales equivalen, a la baja, al peso de sus propias deyecciones.

Al margen de las lesiones sufridas por los agredidos, lo más doloroso para una comunidad sensata y educada es lo que en el fondo eleva a categoría de noticia la montaraz refriega, que no es otra cosa que el hecho de que supuestamente formen parte de un equipo deportivo, de élite o aficionado, da igual, o que fueran seguidores de una disciplina, el rugbi, con una dilatada tradición universitaria que presume de disfrutar del tercer tiempo más sano y amistoso del espectro deportivo. En el nombre del alcohol esta sociedad, o sus individuos mejor dicho, cometen actos monstruosos, pero en este caso es la premeditación del grupo la que me asquea. La noche goza de suficientes estigmas negativos ganados a pulso como para que los que no la disfruten o que lo hagan transitivamente a través de sus hijos certifiquen cada cierto tiempo en los periódicos que de madrugada ocurren hechos que a la luz del día serían inconcebibles. Con todo, que la actitud de unos violentos majaderos salte a los papeles debería reconfortar a la gente de bien, porque de otra manera, si repartir hostias como panes por la razón más peregrina fuese el menú nocturno de cada movida, entonces sí habría motivos para coger las maletas y largarse a un lugar civilizado. Un motivo más, quería decir.

El problema, siendo puntual, no nos es del todo ajeno, por mucho que en esta ocasión los macarras en cuestión procedan del país vecino y tuvieran brazos como piernas. Cada uno debe saber bien dónde se mete y por quién se deja acompañar, pero me temo que esas escenas agresivas que se expresan cada fin de semana en entornos de ocio, caracterizados por la agitación y el desenfreno, están protagonizadas por los mismos que acojonaron a los profesores en los institutos o en los colegios de aquí al lado; por los que le ofrecen una marimba de leches gratuita al sanitario que defiende como buenamente puede una consulta saturada o que, en un caso extremo y preocupante, ponen de vuelta y media a la parte más débil que convive bajo el mismo techo o incluso duerme en la misma cama. Por eso mismo no deberíamos conceder un milímetro de condescendencia ni socarronería. A esos chuletas que por las noches empujan con desprecio, que faltan al respeto a hombres y mujeres sin reparar que les falta una talla de camiseta para que la sangre les llegue al cerebro, a esos que miran desafiantes si les derramas la copa o que reaccionan airados ante un encontronazo casual, solo se les puede decir una cosa: muchachotes, las mismas ansias para leer.

Buenas y pacíficas noches.

David García Cea es el segundo por la derecha y le acompañan en la imagen sus colegas del Zona Vella C.F, el equipo en el que juega de portero. Un club de fútbol de Segunda División Autonómica que el pasado 4 de marzo recibió en el Concello de Santiago un premio a la deportividad. Doce días más tarde fue apaleado en la Rúa Nova tras un roce en un local de la ciudad. Los médicos le pronosticaron graves lesiones en el rostro y el aplastamiento de dos vértebras. Tras cinco días en el hospital, deberá pasar tres meses de absoluto reposo en cama. Ánimo, Cea.

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Los jueves de Santiago se quitan del medio

15 de Marzo de 2013 a las 3:39

La Rúa Nova de Abaixo una noche de movida en los años 90.

¿Quién mató a los jueves de Santiago? Fuenteovejuna, señor. O entre todos los matamos y solitos se murieron, como se prefiera. Compostela tuvo una merecida fama de ciudad con una intensa y alocada vida nocturna entre semana, pero incidir en esta idea sería un gran engaño para los nostálgicos retirados que en alguna ocasión hayan sido parte activa de aquellas improvisadas manifestaciones de ocio que acababan con calles cortadas con la fiesta como única reivindicación. Los jueves son ahora un solar en destrucción tras desinflarse una burbuja copera en la que la crisis, es cierto, está haciendo su trabajo con tenacidad, pero habría que estimar unas cuantas claves más complejas que han convertido a la capital gallega en una ciudad normal, por no decir vulgar, en la que se sale los viernes y sobre todo los sábados, como Dios manda.

Antes de explicar por qué la movida de los jueves ha decaído hasta la extinción hay que preguntarse por los motivos que provocaron que en los 80 y 90 salir de copas los jueves fuera un infierno, lo que hacía mucho más recomendable quedar para callejear los martes o los miércoles, que sin exagerar podrían asemejarse a un viernes en la actualidad en cuanto a masa juerguista. En aquellas décadas coincidieron dos circunstancias notables: Santiago crecía exponencialmente en torno a una bisoña Administración autonómica (consellerías, hospitales, organismos pujantes como la televisión) en cuyas sedes se meneaban jovencitos que rondaban los 30 y que hoy echan canas y tachan los meses que les quedan para la jubilación. Había dinero fresco y los intereses de las hipotecas, instalados en los dos dígitos, eran un suicidio económico y vital. Al mismo tiempo, la Universidade de Santiago era una comunidad gigante que superaba los 40.000 miembros en una ciudad que nunca llegó a los cien mil vecinos de derecho. En muchas facultades era habitual que el horario académico de los viernes estuviera despejado, y en las más grandes (Empresariales, Derecho…) había dos turnos, de mañana y de tarde. Cuando las clases eran vespertinas sobraba tiempo para reflexionar en la cama. Si tocaba madrugar, solo había que buscar un compañero con buena letra y reservar unas pesetiñas en mayo para las fotocopias. Las convocatorias de exámenes a lo largo del año eran anárquicas, la asistencia a las aulas, masificadas, era más insalubre que obligada, y solo había que desgastar los codos con la primavera avanzada, así que las noches de fiesta eran un no parar. Además, el perfil de aquellos universitarios era diferente, más urbano y rico, ya que procedían mayormente de las ciudades gallegas en las que todavía no existían los campus que después han llegado a quintuplicar algunas titulaciones. Casi nadie tenía coche y lo normal era quedarse en Santiago largas temporadas o regresar a casa una o dos veces al mes a lo sumo para dar cuenta en el hogar familiar de que la dieta de espaguetis y tomate Solís era mucho más efectiva que la Dukan.

La Rúa Nova de Abaixo, en el Ensanche, en la madrugada del jueves al viernes 15 de marzo del 2013. 1.00 am. J.C.

Hoy en Compostela hay poco más de 20.000 universitarios matriculados, todos amedrentados por las circunstancias socioeconómicas que les ha tocado vivir a ellos y a sus familias, y que además proceden en su mayoría del área de influencia geográfica. Por eso cada curso quedan más pisos sin alquilar, de esos con minimalistas dormitorios con muebles de pino y unos terribles suelos de terrazo en los baños que se limpiaban dos o tres veces al año mientras bajo el imán de Pizza Móvil de la nevera amarilleaba un calendario de tareas que nunca se cumplía.

Los oriundos también contribuímos a dejar la copa medio vacía. El éxodo metropolitano provocó que los más jóvenes, los que generacionalmente tendrían que estar despendolándose como si no hubiera mañana, vivan en la actualidad a 15 o 20 euros de taxi del epicentro urbano, lo que ha limitado esas madrugadas improvisadas que comenzaban pegadas al flexo de estudio y en las que era habitual acabar abrazando una farola porque algún incauto del piso había cedido a la tentación de bajar a tomar una inocente caña y despejar algún concepto atascado de Derecho Romano.

El botellón, ya en este siglo, hizo el resto. El fenómeno, más allá de otros debates, ha tenido un efecto exterminador, y ahora que la broma de beber barato a la intemperie puede costar un resfriado y una multa de 600 euros se demuestra que utilizar las canchas deportivas del campus para empinar el codo era un callejón sin salida, y además lleno de meadas. Salvo un puente liberador, los martes, miércoles y jueves de juerga en Compostela son historia, para tranquilidad de las familias de bien y menoscabo de la experiencia universitaria, que sin duda se debe forjar en las bibliotecas y en las aulas, pero también en las calles y en las barras de los bares, donde la gente se licencia oficiosamente en conversaciones, risas y besos. En la vida.

Buenas noches.

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Escrito por juancapeans 136 Comentarios
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