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Vidas Licenciosas

Bares buenos, bonitos y, de momento, baratos

28 de Febrero de 2013 a las 0:46

Algo se está cociendo en Compostela, y no es precisamente un centollo de kilo y medio. El viejo local de la cocinera Toñi Vicente ha vuelto a llenarse de gente, ahora bajo el nombre de La Industrial, un atractivo bar de vinos, cañas y tapas que sirve unas copas bastante ricas; Kunsthalle, el local nocturno de moda, también ofrece por el día originales bocados sobre trozos de pizarra, que acompaña con obras de arte, música en directo y animadas retransmisiones deportivas; A Nave de Vidán, por seguir con ejemplos de negocios abiertos en los últimos meses, tiene su propia línea de trabajo, generando eventos alrededor de la cocina para atraer clientela; y Marcelo Tejedor, el restaurador con más talento de la ciudad y con importantes conexiones internacionales, se va a reinventar en cuestión de semanas como taberna gallega con aires orientales, sin las ataduras del menú y las reservas previas. Todo esto tiene un nombre: tendencia. Utilizo esta palabra en el sentido técnico del análisis del mercado, en este caso hostelero, y no como expresión para incluir todo lo que parece moderno, enrrollado o de un gafapastismo subido. Los nuevos locales de Santiago están mudando el formato tradicional, en una baja forma alarmante, y empiezan a explorar fórmulas más cercanas a un público que ya no está dispuesto a sentarse en una silla mullidita y esperar por decreto un rejonazo de al menos 50 euros por persona, así no quepas por la puerta al salir.

Carlos Montilla y David Barro, del Kunsthalle

El fenómeno es interesante, porque las últimas aperturas tienen un inequívoco sabor local y están atrayendo por igual a una clientela de diferentes edades, de corte urbano, pero sin atender a los clichés de sofisticación o de alta capacidad adquisitiva con los que se identifican este tipo de lugares en las grandes capitales. Detrás de estos negocios están empujando con ganas santiagueses de entre 30 y 40 años que están sabiendo captar la atención de sus vecinos, que sufrían atrapados en las cartas turísticas de los calamares, la empanada y el marisco (según mercado) y los escaparates-frigorífico con pulpos desparramados sobre una jarra de cerveza, que todavía quedan. Entre esa oferta trasnochada y los lounge bar, los espacios chillout y otras gilipolleces importadas sin criterio alguno había un hueco más auténtico y autóctono que han ido cubriendo negocios modestos pero entusiastas como O Curro da Parra, Abastos 2.0, La Cavita o A Moa, en los que se podrá comer y beber mejor o peor, pero que están creciendo en el oficio de la mano de sus clientes y que ofrecen, de momento, precios razonables. Difícilmente estos gastrobares, neotascas, tabernas contemporáneas o como se quieran etiquetar ellos mismos van a colgarse del pecho estrellas Michelin, ni van a perpetuarse los cerca de cien años de vida de Casa Vilas, que con su cierre se convirtió en el paradigma de un modelo agotado, pero ya le están comiendo las papas a los que persisten en sus sobrevaloradas cartas de sota, caballo y rey, aunque a los chupitos invite la casa.

Alejandro Loimil, Marcos Cerqueiro, Alicia Iglesias y Hugo Rodríguez, del Abastos 2.0

Modernizarse y evolucionar, que conste, consiste en algo más que poner unas tostas en la barra, desplegar cuatro cubiertos de Ikea en una mesa sin mantel y hacer el paripé con unas cáscaras de lima y una cucharilla imperial al preparar los gin tónics. El modelo tiene que aferrarse a una realidad económica latente, y es que los que todavía apañan cien euros al mes para invertir en ocio prefieren salir una vez a la semana y reunirse en locales animados en los que si quieres gastas ocho, y si estás muy a gusto, ochenta. La otra opción es estallar de Pascuas en Ramos un pastizal en un comedor solitario vigilado por un camarero que con su mirada tristona te recuerda que cualquier comanda pasada fue mejor y más abundante. De esos aguantarán o lograrán remontar media docena, porque de todo tiene que haber, pero el resto, siendo prescindibles, sucumbirán a una facturación menguante más por inacción que por inanición. Ahora y en los próximos años toca una segunda renovación hostelera en Santiago -la primera la propició el Xacobeo 93- pero sobre todo ha llegado el momento de recuperar el trato exquisito con los clientes, de ponerlos en el centro del negocio, desde que entran por la puerta hasta que pagan lo justo, se van y hablan bien a otros de la experiencia, que es cuando de verdad acaba de cerrarse el círculo digestivo de un local próspero. En el fondo, que el modelo cambie es un pequeño triunfo de la gente normal. Lo anormal era que los mejores coches aparcados a las puertas siempre fueran el del dueño del restaurante o el de un conselleiro al que le pagábamos la cuenta a escote.

Buenas noches.

Sergio, Miguel, Álex y Adrián, de O Curro da Parra

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Escrito por juancapeans 22 Comentarios
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Los pollos del Galicia

12 de Febrero de 2013 a las 1:46

Cuando los camareros del Galicia te preguntan qué quieres tomar te dan ganas de ponerte firme y contestar a gritos como el recluta cowboy de La chaqueta metálica: “Señor, sí señor. Jamón asado con queso, señor”. ¿Y de beber, pedazo de cabrón? “Una caña, señor. Con dos dedos de espuma, señor”. Exagero un poco, pero es que todo lo que ocurre en esta cafetería del Ensanche compostelano entre las 5 y las 7 de la mañana resulta desmesurado. A las ocho entran los primeros clientes de vida ordenada, que reciben una cuidada atención con la banda sonora de una churrería decente de buena mañana: la máquina del café calentando la leche, los platos y tazas que se ordenan en el lavavajillas, el roce del papel de los periódicos que se despliegan sobre una barra despejada y limpia… Solo dos horas antes, la guerra.

Las 6 am, hora punta en la barra del Galicia

El Galicia abre puntual a las cinco para alimentar a tropas infinitas de jóvenes que no se han comido nada mejor en los pubs y discotecas de Santiago. Los camareros van a tope, espídicos, pim-pam-pum, bocadillo de atún. Y así llevan años, llenando el buche de los rezagados de la noche que no hicieron suficiente cama a las copas. A las seis de la mañana, a pleno rendimiento, los currantes se mueven dentro y fuera de la barra con la misma viveza y mala hostia que tiene la selección española de balonmano. Tras cumplimentar la comanda, marcan jugada y empieza el espectáculo: un grito a la cocina, movimiento en los fogones, amagan con las bebidas, asistencia a la encimera y cuando menos te lo esperas, zas, bocadillo chorreando en toda la boca. Antes de que levantes la mirada ya te están cantando el gol de la cuenta. Hay que pagar al momento, porque no se fían ni de su sombra. Así es la ley del Galicia, un bar plagado de carteles con instrucciones que marcan los límites a los clientes: está terminantemente prohibido cantar, y como recuerda una fotocopia con la imagen de Francisco Franco, “joderos (sic), conmigo se podía fumar”. Hace poco tiempo ha suavizado su aspecto de bar de combate mañanero montando a la entrada un exitoso horno de pizzería que maneja José Piedra, el propietario, que es de Luou (Teo) pero que ahora se ha puesto un simpático gorrillo y parece que haya nacido en la misma Via Veneto si se atiende a su soltura con la mozzarella. Incluso en estos tiempos hay colas del paro más cortas que las que atiende los viernes y sábados el reconvertido pizzero, que cuando hay lío siempre muestra su lado conciliador con la pala del horno en la mano. Así cualquiera.

Con Franco se fumaba mejor

Un "angelito" disfrutando en carnavales en el Galicia

La carta del Galicia es bastante primaria pero tiene guiños pensados para los personajes excesivos de la noche que entran dándose golpes en el pecho del hambre que tienen. Las denominadas Bombas son bocadillos gigantes, un menú degustación deconstruido a la brava que encierra en media barra de pan rodajas a discreción de lomo, queso, huevo, bacon, tomate… son solo aptas para bocazas. Ahora está a la baja, pero el plato que dio fama al local fue el pollo asado, todo un reconstituyente matinal que ayudaba a asentar el bebercio y que daba alas para aguantar las difíciles horas que iba a pasar el cuerpo a continuación. Sospecho que el régimen cuasi militar de la cafetería proviene de los loquísimos años 80, cuando la guarnición solía volar de mesa en mesa espoleada por la euforia. Hoy en día siguen apareciendo algunos gallitos en el corral que tratan de montar su particular pollo. Pero acaban siempre trinchados.

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Escrito por juancapeans 13 Comentarios
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