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Vidas Licenciosas

La Bolera vuelve a reunir a los niños bien

30 de Enero de 2013 a las 23:59

Ya he contado que la noche de Santiago se ha convertido en un agujero negro, pero todavía quedan destellos. El pub La Bolera (1983-2004) cerró cuando el país iba como un tiro, así que su defunción poco tuvo que ver con la ciénaga por la que ahora nos arrastramos. Y por eso tiene más mérito si cabe que su antiguo propietario, Carlos Landín, se haya complicado la vida nueve años después del óbito para organizar una fiesta el próximo sábado 2 de marzo* en la que pretende reunir a clientes, amigos y trabajadores de un local por el que pasaron generaciones de estudiantes y profesionales seducidos durante dos décadas por un estilo que nadie ha logrado resucitar en Compostela. Nunca un establecimiento consiguió concentrar un ambiente tan homogéneo como el del singular pub del Ensanche, que incluso llegó a prescindir del portero en sus épocas de apogeo, tal era el grado de complicidad de los asiduos.

Toño Ruibal, el pincha, en la cabina disfrazado (años 90)

La Bolera, un lugar conservador en muchos sentidos, tenía un público objetivo muy definido y por ello se ganó también sus detractrores, pero en absoluto se trataba de un club hermético o elitista al uso. Sus clientes, así tuvieran 18 o 42 años, convivían despreocupados y ajenos a las etiquetas sociales en aquel sótano de cerca de trescientos metros cuadrados con una decoración simple, muy clara, sin luces estridentes y una música que jamás se alejaba del pop nacional de los 80 (Duncan Dhu, Hombres G, Mecano, Nacha Pop o Radio Futura) o de artistas internacionales poco arriesgados como Madonna, Queen o U2. Sí, era un local tan pijo como honesto, y con esos simples pero sólidos pilares, a los que siempre sumó divertidos empleados que le daban un punto canalla sin salirse de madre, labró un éxito comparable al de otros locales que bebían de la misma receta en Galicia, como La Luna (Sanxenxo), que desde hace unos años acoge una sucursal de NCG Banco que sigue cuidando de los clientes preferentes. Estas dos almas gemelas de la noche en versión verano-invierno y otros que iban del mismo palo en ciudades como A Coruña o Vigo  han desaparecido, y todos coinciden en tener una pléyade de nostálgicos seguidores que juran por Coldplay que nada ha vuelto a ser igual desde que cerraron sus puertas. Por la selección musical de sus Iphone los conoceréis.

La entrada del pub, en Xeneral Pardiñas, siempre libre

Publicaciones de la vida ociosa y cultural de los 90 lo describían de forma un tanto reduccionista, asegurando que el de Xeneral Pardiñas era un pub para ver y ser visto, un reclamo para la gente guapa, pero era algo más que eso. Era un negocio hostelero formal, que no abundaban entonces, como también lo fueron el Dúplex, La Catedral o La Ofisina, que daban la vez en la zona atrayendo en unos cientos de metros de calle a clientes de diferentes perfiles que, según los matices, hacían su particular ruta mojando los labios de bar en bar. Cada pandilla tenía su ubicación que repetía cada noche según la afinidad y las deferencias que lograban de los camareros. Y es que entonces, cuando el gintónic de Larios costaba 400 pesetas (2,4 euros) y los guiños de la casa eran la mejor estrategia de márketing pedestre, la noche del Ensanche daba para arrimarse a tres o cuatro barras distintas y aún quedaba tiempo, dinero y rumba en el cuerpo para desparramar en las discotecas a las afueras de la ciudad. Nueve años más tarde no quedan supervivientes y nadie, decía, supo recoger el valioso botín de La Bolera. A lo sumo, se lo repartieron y lo malgastaron.

Carlos Landín, abajo a la izquierda, junto a varios camareros tras una fiesta de Fin de Año (años 90)

La fiesta o reunión, como la define su promotor, se celebrará en el pazo de San Lorenzo de Santiago con un cóctel y una sesión de música y copas, porque el local de Xeneral Pardiñas sigue cerrado a pesar de los intentos de un empresario santiagués que desde hace un tiempo pelea contra los elementos –entiéndase por elementos a los inquilinos del Concello- para impulsar un nuevo proyecto hostelero. A Landín, ahora en otros menesteres vitales, le sugieren a menudo que se meta otra vez en el lío de las copas de manera estable, pero él, inteligente, se resiste. Los bares, los grupos musicales o los periódicos suelen recibir numerosas muestras de condolencias cuando su actividad cesa, pero seguro que nunca llegarían a tan traumática decisión si sus plañideras hubiesen seguido a su lado en los momentos difíciles.

Con todo, estoy seguro de que será una cita interesante que servirá para que toda una estirpe se ponga por unas horas ante el espejo y repare con disimulo sobre los traseros en los que hace 15 o 25 años ajustaban como un guante los 501. Solo por el atrevimiento, la efímera iniciativa merecería otra noche de vino y rosas para el histórico local, y seguro que así ocurrirá, porque si la genética todavía funciona todo hace pensar que aquellos niños y niñas bien que maduraron alegremente en La Bolera siguen sin pasarse al lado oscuro.

Buenas noches.

*La fiesta será el sábado 2 de marzo en el pazo de San Lorenzo, de 21.00 a 4.30.

Más información:

http://publabolera.blogspot.com.es

http://www.facebook.com/#!/publabolerasantiago

Fotografías de la página de Facebook del pub La Bolera.

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Réquiem por la discoteca Liberty

25 de Enero de 2013 a las 3:31

Compostelanos, Liberty ha muerto. La mítica discoteca no volverá a abrir como tal porque la noche no da para más. Ni para Liberty ni para al menos otros tres populares locales del Ensanche que en este desdichado mes de enero han cerrado, aunque en esos casos sus propietarios siguen buscando a incautos emprendedores que quieran dar la batalla nocturna. A día de hoy, solo uno de ellos parece tener encauzada su continuidad.

El problema es serio, no hay coñas que valgan. Hablamos de puestos de trabajo, de respetables actividades económicas que con las copas dieron de comer a muchas familias y, en el caso de la discoteca de Alfredo Bañas, de recuerdos borrosos para varias generaciones que la disfrutaron o padecieron, según los gustos, a caballo de cuatro décadas de altibajos. En los 80 tuvo épocas memorables en las que se llenaba de macarras; en las sesiones vespertinas sus sillones acomodaron las inquietas posaderas y los primeros besos de miles de jovenzuelos que ahora podrían contar un par de divorcios; y más adelante, a rebufo del cierre de la discoteca del Araguaney, lo petó en madrugadas en las que se quedaba pequeña para las hordas de universitarios que hacían cola con el objetivo de atravesar el benevolente filtro del difunto Arturo. Desde hace un tiempo funcionaba al trantrán y aunque es difícil fijar el inicio de su decadencia, sospecho que viene de lejos. La decoración estaba trasnochada, nunca mejor dicho, y tampoco destacó por organizar saraos atractivos para anclar a la clientela. Abrían la puerta, sin más, y ya se veía que el menudeo copero solo le daba para ir tirando. Era carne de cañón.

Entendámonos, no estamos hablando de Studio 54 y musicalmente tampoco era Ministry of Sound, ni mucho menos, pero a fuerza de resistir –y no tener que pagar una renta, la espada de Damocles de la hostelería- siempre tuvo un hueco en la desvencijada noche local, que va cuesta abajo. Mamés, que se había fogueado en su local hermano, Apolo, innovó lo justo a los mandos de una cabina en la que los discos que entraban habían sido trillados previamente en las radiofórmulas, pero el servicio era serio y atento, sin estridencias. Quisiera no ponerme sentimental, porque al fin y al cabo se trata de ocio y dinero, pero me da lástima por tipos como José Antonio, el camarero de bigotes y ojos claros. Estoy seguro de que ese hombre, al que hace unos días le dijeron que no volviera a su trabajo, tiene el récord de copas servidas en la capital gallega. Una noche me contó que había empezado con Agrasar, el primer propietario, por lo que llevaba allí tanto tanto tiempo como la puerta. Poco después, más o menos cuando otro bigotudo entraba en el Congreso de los Diputados pistola en mano, la adquirieron Blanco y Ferrol, empresarios naturales de Santa Comba con fuertes conexiones en Brasil que ya están de vuelta en el mundo de los negocios. En los últimos años intentaron dinamizar el local con una gerencia renovada y también buscaron gestores pujantes que se hicieran cargo, pero ahora parece que tienen intención de explorar otros usos para el espléndido bajo. Con todo, siempre cabe la posibilidad, remota, de que algún loco quiera coger las riendas para darle otra oportunidad a la música.

Va a ser un año repleto de obituarios nocturnos, ya lo adelanto. Unos irán claudicando por inanición, otros por la presión de las autoridades, que están acojonadas desde lo del Madrid Arena, y la mayoría cambiarán de manos buscando la reencarnación en un futuro cada vez más desfigurado. Me atrevería a decir que ninguno aguantará los treinta y pico años de Liberty, una de las pocas discotecas que mantenía el ritual de cerrar la sesión nocturna con la misma canción: el premonitorio Ojalá de Silvio Rodríguez. Maldita crisis, ojalá pase algo que te borre de pronto.

Buenas noches.

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Los mañaneos de La Tita

18 de Enero de 2013 a las 3:18

Sería capaz de ofrecer algún que otro argumento convincente a esos progenitores suspicaces que piensan que uno no pinta nada en la calle a las tres o cuatro de la madrugada, pero a las ocho de la mañana… a las ocho nadie aguanta los reproches de la madre más comprensible. Nunca asistí a una conversación memorable en un after hour. Tampoco coincidí remotamente con la mujer de mi vida ni con nuevas amistades, ni encontré en realidad alguna razón sólida que justificase mi presencia. Pero ahí he estado, lo confieso. Los he visto de todos los pelajes, desde sofisticados e inocentes locales que creían engañar al sol cerrando las persianas a garitos sórdidos en los que todo el papel del Código Penal no llegaría para limpiar los cuartos de baño. Todos resultan en el fondo muy parecidos, y como cooperador necesario me resistiré a hacer un alegato de acusación, aunque sí me gustaría indagar sobre ese peregrinaje de perdición que nos lleva a insistir en esas noches a las que nunca acabas de ponerles la guinda.

Los after, seamos honestos, son un refugio de tramposos. Noctámbulos que, como Lance Armstrong, desafían la campana de Gauss de la euforia y los biorritmos y que son capaces de seguir pedaleando en la barra estática cuando los cuerpos magreados por el alcohol ya no dan más de sí. Son locales desposeídos de sexualidad, el arma de motivación masiva que mueve la noche, de ahí que siempre tengan un tufillo a fracaso. Abundan las pupilas encendidas, los párpados caídos, los gestos faciales excesivos, la pastosidad verbal y las reflexiones en bucle, signos suficientes para catalogar los síntomas de todo un vademecum de estupefacientes que no se ven pero que están ahí. Canallas y almas en pena conforman la foto fija de unos tugurios por los que se asoman esporádicamente golfillos interinos a los que la noche se les ha escapado de las manos y que, sabedores de que la mañana está arruinada, prefieren matar con torpeza las últimas impresiones de una jornada estirada hasta el arrastre definitivo. From lost to the river.

Culminar la noche en un after tiene un poco de heroica resistencia y mucho de villanía. Desde que empecé a pendonear acabé en tres o cuatro ocasiones en las catacumbas de La Tita*, el Tourmalet compostelano. Es un lugar tremendo. Siempre me costó encontrar la puerta de entrada, a pesar de que conozco bien la zona, y juro que nunca lideré la expedición, lo que deja en entredicho mi personulidad, pero estoy seguro de que me dejé arrastrar sin oposición alguna porque, defectos que tiene uno, de vez en cuando considero saludable continuar la vigilia perdiendo de vista la manecilla corta del reloj y asestando un golpe de estado al ciclo del sueño. Me cuesta recapitular las escenas, quizás olvidadas interesadamente, pero a mi memoria acude una persistente cortina de humo y los latigazos de un futbolín en el que la bola corría endemoniada para los corrompidos reflejos de la clientela. Siempre había algo de cola en el baño y gente solitaria que interactuaba a voces con el primero al que le aguantabas la mirada más de tres segundos.

Lo último que supe del garito fue por la sección de sucesos, nada bueno, y desconozco si sigue abriendo su puerta de barrotes metálicos gastados que ahora se confunde con la de la Lavandería Alegría -siniestra coincidencia-, pero también guardo un grato recuerdo. Fue a mediados de los 90: aquel día me pareció adorable la profesionalidad de la dueña cuando un amigo pidió un Chivas con hielo, botella que ni por asomo existía en la huérfana estantería de la que había sido una parrillada de carne reconvertida en un bar cuya especialidad es el pecado. Ella, servicial, nos solicitó unos minutos de margen y al poco tiempo la vimos bajar por las empinadas escaleras con una bolsa de un supermercado cercano que contenía la elegante caja con ribeteados plateados del licor escocés. Tener esas deferencias debe de ser la única ventaja de acoger a los últimos canallas de la noche mientras arriba, de buena mañana, los coches ya no pasan los semáforos en verde a la primera y las señoras llenan los carritos de la compra para hacer una comida familiar a la que un puñado de ovejas descarriadas nunca llegarán a tiempo.

Buenas noches.

*La Tita es el nombre oficioso de un after del Ensanche compostelano, nada que ver con el respetable negocio hostelero que regenta en el 46 de la Rúa Nova Mohamed Azibou El Heman.

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La fiesta debe continuar

10 de Enero de 2013 a las 23:50

En mi película de cabecera el protagonista sostiene que para ser feliz solo hacen falta tres cosas: un buen médico, un cura tolerante y un contable listo. A mí me bastaría con dos, pero echo en falta en la terna a un personaje que siempre me ha acompañado en diferentes trayectorias vitales. En mi familia, en mis etapas de estudiante, en cada viaje, en todos los lugares en los que he trabajado y entre mis amigos y conocidos siempre ha existido alguien dispuesto a organizar una fiesta, entendiendo como tal cualquier encuentro que te despegue de la rutina para celebrar en compañía lo que se preste, así esté marcada por el calendario, por una buena noticia o por el simple placer hedonista de pasar unas horas con animus iocandi.
Es el momento de reconocer a estas personas, y cada uno tiene las suyas, porque son una especie en extinción y ahora son más valiosas que nunca ante este cenagal en el que nos han sumido algunos de los lectores habituales de The Economist, el mismo semanario que tituló hace poco en portada aquello de «Spain, the party´s over». Ese fin de fiesta genérico también está amedrentando a los que nos rodean, a los que siempre estaban con el dedo en el gatillo de la diversión dispuestos a liarse la manta a la cabeza. Son esos colegas, amiguetes, hermanos, tíos o incluso vecinos del barrio o la parroquia que periódicamente son capaces de fijarnos horizontes de asueto lejos de la rueda del hamster. No son necesariamente los más influyentes del colectivo, ni los más poderosos, ni siquiera los más afines o cachondos, pero deberían tener nuestra gratitud eterna porque la mayoría de las veces, si no estás peleado con el mundo, hacen con sus planes que la vida sea un poco mejor. Los libros sobre liderazgo y felicidad que pueblan las estanterías de los quioscos de los aeropuertos no dedican una sola línea a estas figuras que te arrancan una sonrisa un miércoles cualquiera con un correo electrónico que, en el peor de los casos, promete solaz y distracción.

Verbena. Por Álvaro Ballesteros

Otra cosa es que tengamos el cuerpo para farolillos. Mi colega Arita Montero, teórica de las pequeñas cosas, asegura que todos los que nacimos en períodos vacacionales como la Navidad o el verano fuimos niños tristes porque nunca repartimos caramelos en clase con los compañeros ni nos cantaron en público el Cumpleaños feliz. Mi parecer, sin ser coincidente, también puede sonar a psicología barata, pero creo firmemente que la vida nos va configurando como agentes festivos activos o pasivos. Los primeros, pocos, son dinámicos y pujantes, organizan, emplazan con soltura y se implican en su desafío social sin temor al fracaso. Y los segundos, la mayoría, participan con mayor o menor espíritu animoso, dejan hacer o dejan pasar. La decisión de sumarse o no a una convocatoria es fácil de resolver cuando es personal y no afecta a terceros, pero nada trivial si es la pareja sentimental la que muestra su desgana ante una sardiñada de San Xoán, un aniversario familiar o una fiesta choqueira de carnaval. Esas situaciones acaban irremediablemente en caritas y morritos, antes, durante o después del evento. Un lastre, vaya.

Boda gitana en Vedra. Por Xoán A. Soler

Aunque la desazón nos pueda y el hábito nos haya conquistado, siempre hay motivos para conmemorar sin límite de edad ni solemnidades. ¿Cómo si no se acaba juntando cada año ese grupo menguante de quintos del 56 que compartieron el servicio militar en Zaragoza? ¿Qué sentido tendrían las bodas de oro si los que cumplen medio siglo juntos no lo celebran como algo realmente insólito? ¿Qué mierda de momento estamos viviendo que hasta las parejas jóvenes bien avenidas se casan a escondidas para evitar montar un fiesta por modesta y austera que sea? ¿Es que todavía no hemos aprendido que uno se hace adulto cuando el día de su cumpleaños no le sale a cuenta al hacer el balance entre los regalos recibidos y los gastos en invitaciones? Por estas y otras razones creo que es un buen momento para mostrar nuestro agradecimiento a esos entusiastas líderes domésticos que pierden su tiempo y muchas veces su dinero con el desinteresado objetivo de unir por unas horas a personas que tienen algo en común y a los que el destino ha ido espolvoreando por el mapa de la vida, en el que las distancias no se miden en kilómetros sino en circunstancias.
La fiesta debe continuar. Nos merecemos seguir siendo felices por encima de nuestras posibilidades y ya mañana, de resaca, que vuelva “el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”.
Buenas noches.

“Fiesta”. Joan Manuel Serrat. 1974

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