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Vidas Licenciosas

Cotillón con barra libre de testosterona

28 de diciembre de 2012 a las 18:22

A los hombres nos sobran un par de tallas en el cuello al menos en dos ocasiones en la vida: una cuando nos meten en la caja y la otra cuando acudimos con camisa y corbata prestadas a nuestra primera fiesta de Fin de Año. Después suelen venir muchas más, pero que nadie dude que las Nocheviejas memorables, las que con suerte se recuerdan para siempre, pertenecen en exclusiva a los jóvenes advenedizos. Para algunos es una verdadera puesta de largo, un término trasnochado pero que sigue vigente a su manera, ya sin la presencia vigilante de los progenitores que por primera vez sueltan la amarra vital de sus vástagos para dejarlos al pairo en cualquier cotillón, galicismo que, por cierto, definía en su origen un coqueto y elegante baile de presentación en sociedad. Con el tiempo ha derivado en una cita confusa apta para trileros en la que la pompa ha dejado paso a un mercadeo de entradas y copas sin gracia ninguna.


Las chicas viven esa madrugada con más intensidad, porque la disfrutan como el cuento de Cenicienta pero al revés. El gran momento llega tras las campanadas de medianoche. En la siguiente hora, la primera del año, el reloj corre que se las pela: últimos retoques ante el espejo del baño, risas nerviosas y escrutinio parental de escotes y minifaldas antes de salir a la calle como una procesión de cucarachas, por aquello de que el negro nunca falla y estiliza. Preocuparse por si van o no abrigadas es un autoengaño piadoso. Nos aterra certificar que ya son unas mujercitas y que quieren salir del nido vestidas como princesas, aunque jamás sospechen que unas horas más tarde regresarán como simples lacayas, sin príncipe ni calesa, y tiesas por el dolor de dos ampollas inesperadas en los talones, muesca inequívoca de una noche movida. Que les quiten lo bailado.


Toco de oídas, pero sospecho que para los padres con hijos que rondan la mayoría de edad son días de contradicciones en los que poner a prueba la influencia que ejercemos sobre los pequeño gorriones: si apretamos fuerte, los ahogaremos, y si abrimos la mano alegremente se escaparán volando. Obligarlos a quedarse en casa puede ser un drama en los parámetros de un adolescente en vías de maceración. Un chaval no vibra por la noche ante la televisión con la garra de José Luis Moreno, y dar palmas con la marcha Radetzky tampoco es su plan soñado para la mañana de Año Nuevo. Entre el furor prohibicionista y darles carta de libertad para llegar de buena madrugada abaneándose tras una ingesta apocalíptica hay términos medios que por primera vez ellos mismos tendrán que explorar. El problema es de principios, porque indagar en sus intenciones para la Nochevieja suele ser desolador. Entre todo el marasmo de fiestas y otras propuestas siniestras para esa madrugada hay pocas opciones en las que el alcohol no sea el epicentro de un terremoto corporal que suele resolverse hincando la rodilla para darle un largo y afectuoso abrazo al inodoro.
La noche de Fin de Año trae nuevas, inolvidables y en ocasiones decepcionantes experiencias, también para los padres, a los que con humildad recomiendo que estén expectantes si concluyen que el mochuelo ya tiene edad para volar lejos del olivo, pero conteniendo las ganas de saber más de la cuenta. Alguno podría ser víctima de la curiosidad si espera levantado a la niña de sus ojos y comprueba que, en realidad, en la fiesta solo había barra libre de testosterona. Además, nunca se encuentran explicaciones satisfactorias a esos fragmentos de confeti que han ido a parar al interior de sus medias.
Buenas noches y feliz 2013.

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La vergüenza de los corazones solitarios

21 de diciembre de 2012 a las 7:59

Aunque no lo recordemos, en casa hubo una fiesta el primer día que no pedimos ayuda en el cuarto de baño. Después vinieron otros desafíos, como atarnos los cordones de los zapatos o empezar a ir al colegio sin nadie de la mano. También hubo un primer e intrépido viaje en solitario y pronto descubrimos con asombrosa intuición que para tener sexo basta con uno mismo. Más adelante, equivocados o no, tomamos las primeras decisiones relevantes con valiente autonomía y toda esa independencia fue muy celebrada por la familia, pero hay un momento en la vida, y no me atrevería a puntualizar cuándo, en el que el entorno más cercano comienza a preocuparse si estás solo.

La soledad está estigmatizada, así sea premeditada, y se acentúa como nunca si la escenificas en un bar. Pasamos por alto a una pareja que se hace carantoñas en una mesa apartada o a un grupo de amigos que discute un gol en fuera de juego, pero juzgamos sin piedad a un hombre que bebe sin más aderezos que una copa y algún comentario furtivo del camarero. Y digo un hombre porque si me refiriese a una mujer solitaria ya estaríamos despellejando a una zorra redomada, tal es el machismo que destila la noche, otra tara que tenemos que hacérnosla ver. Nos horroriza vivir o morir solos, y sin embargo contemplamos con normalidad entrenar a un corredor de fondo o rezar en el último banco de la iglesia a un devoto; los que leen un libro en la soledad del parque ya nos generan algo de desasosiego, pero adivinamos una vida satánica en los que beben con orfandad indisimulada. Son unos colgados.

Don Draper en su despacho de Madison Av. (Mad Men)

Aunque haga un tiempo de perros, preferimos citarnos para salir a la intemperie antes que pasar un rato en un bar sin un interlocutor reconocido, por eso es cómico observar a las personas puntuales cuando esperan a su partenaire en un garito nocturno. Cada poco echan mano del teléfono móvil con cara de impaciencia para comprobar que no hay nuevos mensajes y que si hace un minuto eran las doce, ahora son las doce y un minuto. Cualquier ridículo gesto es válido con tal de demostrar que somos seres sociales, integrados y bien estructurados, aunque nadie lo haya puesto en duda.

Lo tienen difícil en este mundo los corazones solitarios, y la culpa está muy repartida. La gente es cruel con los ascetas de las barras, pero es justo decir que se cuentan con los dedos de un manco los auténticos barman que son conscientes de lo valiosos y fieles que son esos clientes que deciden pasar un rato tranquilos bebiendo y escuchando música en vez de tirarse en el sillón de casa viendo delirantes anuncios de alargadores de pene; o los que prefieren hacer una parada reflexiva en el bar de la esquina para dejar que ella se acueste y evitar así que reviente de una vez por todas una guerra doméstica cada día más insoportable. Porque no todos los viudos de la noche están desamparados, que conste. Como tampoco todos los que están más solos que la una van a inventar la cocacola al día siguiente y necesitan una copa de aislamiento para inspirarse. Los hay que buscan un chateo fugaz, un ardiente debate de actualidad o, si están de viaje, una mirada más seductora que la de la ojerosa recepcionista de ese hotel que eligió con criterios de austeridad la secretaria de una empresa a la que ya no le dan los números.

Es una lástima, pero la vida no es como nos la cuentan en el cine o en las series de televisión, en las que siempre existe un tugurio que es utilizado por los guionistas para generar encuentros más o menos insospechados entre los personajes. Jamás se ha rodado la escena de un bebedor solitario al que no le interrumpa una fogosa rubia o un sicario con mala cara dispuesto a alcanzar un ventajoso acuerdo. En la ficción siempre ocurre algo que cambia el rumbo de la historia, por eso respeto a los que prefieren salir a la calle sin rubor ni escuderos en vez de dejar que la bombilla de bajo consumo de la mesilla de noche empiece a salir cara. Debéis saber que, al final, si uno es persistente, pagador y respetuoso con el prójimo, lo normal es acabar encontrando un bar en el que todo el mundo sepa tu nombre.

Buenas noches.

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El amor tras las cenas de empresa

14 de diciembre de 2012 a las 6:36
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Decía mi tío Pepe Garrido con su característica voz rasgada que las noches de diciembre eran para los aficionados. A él, que fue un distinguido de la ronda y el taceo, solo le pusieron falta en el Franco cuando su corazón empezó a latir despacio. Por estas fechas, desde la estratégica puerta del Pataca, veía pasar hordas de santiagueses con reconocido pedigrí y a muchos neocompostelanos que solo asomaban ociosos por la ciudad en vísperas de la Ascensión, el Apóstol o en las celebraciones navideñas. Yo creo que lo decía sin acritud y sospecho que, como a mí, le gustaba ver a gente diferente en las calles con los bares hasta la bandera y llenos de incautos a los que detallar alguna historia inverosímil, que si no era cierta estaba siempre bien contada.

Con los años aprendí a disfrutar de esas madrugadas en las que los veteranos con mil y una noches en las venas se mezclan con neófitos y otros personajes a los que solo les une el trabajo y no necesariamente la amistad o el amor, como suele ser habitual. Dan mucho juego para observar, especular y olfatear, y resulta entretenido ver aparecer por mis sitios de siempre a esos grupos que que se mueven con torpeza cuando todos los gatos son pardos. Entre ellos se adivina toda una fauna de dos velocidades: algunos bostezan como osos y demuestran abiertamente su escepticismo noctámbulo mientras otros se posicionan como pavos reales esperando por esa canción que dé rienda suelta a sus cuerpos chisposos. Pero nada de acercarse de primeros a la barra, no vaya a ser que toque pagar las copas ajenas. Amiguiños sí, pero que cada perro se lama su cipote.

Sin verlos siquiera sería capaz de acertar dónde cenaron, sobre todo los más jóvenes, que son carne de parrillada incluso en estas fechas. Pero criollitos míos… ¡nadie conquistó el futuro apestando a churrasco! Conjeturo si serán estudiantes de Física o de Historia, si formarán parte de un equipo de fútbol sala aficionado venido a menos o si, en el caso de tratarse de un grupo mixto y vigoroso, se habrán conocido pedaleando en las clases de fit-bike del gimnasio.

Con los mayores apuro todavía más la fantasiosa disección. Aquellas maduritas tan marchosas y entonadas que bailan en círculo deben de ser enfermeras del Clínico, deduzco. Y los de la mesa que conversan entre botellines de Estrella tienen toda la pinta de salir de una cena de profesores de instituto. Los más arregladitos y estirados son de algún banco, seguro. O aún peor, de la caja. Tienen mérito, piensas, con lo que les espera en el 2013. Quieto ahí un momento, aquí falta alguien. ¿Dónde están los comerciales del concesionario de coches alemanes que hace cuatro o cinco Navidades descorchaban con notoriedad botellas de Mumm? Ni rastro de ellos.

Lo mejor de estas noches suele llegar al final, cuando los biorritmos se desploman y los grupos se van desintegrando como los hielos de una última copa que se llevará todas las culpas de una resaca épica. En los cruces se forman pequeños corrillos en franca retirada lareteando de un jefe que, una cena de Navidad más, ha demostrado ser un perfecto analfabeto emocional que solo sabe hablar del trabajo. Es entonces, sin la caterva en las calles, cuando puedes centrar la atención en extrañas parejas de compañeros que, con parsimonia, como si no quisieran avanzar hacia el precipicio de la vulgaridad de sus vidas, tratan de dilucidar sus sentimientos tras meses de pícaras miradas y tensión sexual no resuelta con la máquina de café como único testigo.

Son madrugadas diferentes en las que ocurren cosas insospechadas, a veces amables, casi siempre embarazosas. Pero en enero todos estos amateurs que disparan una bala cada año desaparecerán de los bares y quedaremos los de siempre, quizás algunos menos. Los diletantes de la noche volverán a sus rutinas, con suerte a su trabajo, y se dedicarán a adiestrar a sus hijos y a matarse corriendo los sábados por la mañana para poder evadirse unos minutos del hogar y estar en plena forma para aguantar un maratón de compras en Ikea. O cualquier otro plan de fin de semana que depare la excitante vida diurna de la gente ordenada.

Buenas noches.

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Los fabulosos cubatas de 500 pesetas

7 de diciembre de 2012 a las 13:26

En 1986 el semanario internacional The Economist implantó un curioso e informal método que sigue vigente y que permite comparar los precios de las cosas mundanas en diferentes países. El Índice Big Mac nos descubrió que con 50 dólares es posible adquirir a día de hoy hasta 30 hamburguesas en un Mc Donalds de la India, mientras que en la zona Euro o en Estados Unidos, de forma genérica, solo dan para comer 11, suficientes para colapsar las arterias más limpias. En aquel año en España todavía circulaban los billetes de 500 pesetas con el rostro melancólico de Rosalía de Castro, y con uno de aquellos se podía comprar un paquete de Ducados y tomar una caña en el Pichón, que era el bar más pijo de la plaza Roxa, y aún daba para empezar la noche en La Ofisina con un J&B con cola. Cinco lustros más tarde se pagarían dos cafés en una terraza de A Quintana. Y gracias, porque en las grandes capitales, sin salir del país, ni eso.
Entre medias, mientras España se sacudía el landismo patrio, el insaciable Carlos Solchaga sacudía con impuestos a todo lo que oliera a vicio, alcohol y tabaco mayormente, lo que provocó que a mediados de los 90 el DYC se pagase ya con las populares monedas de 500 sin recibir nada a cambio. Aquella rubia grandota en la que aparecían juntitos pero no revueltos don Juan Carlos y doña Sofía fue una auténtica barrera psicológica para los hosteleros, que no se atrevían a pedir al cliente más chatarra para ajustar los precios de los licores al desbocado IPC, que crecía por encima de los cinco puntos cada año. Solo los locales más sofisticados, si es que entonces existía alguno en Galicia, se atrevieron a ir dando saltos de cincuenta en cincuenta en pesetas, como si los camareros no tuvieran luces ni tiempo para liarse con las monedas chicas mientras abrevaban a la muchedumbre.
Cuando el euro comenzaba a asomar sus garras y Aznar nos apretó los machos el interanual se contuvo, pero el índice de precios había crecido un 65 % respecto al año 86, por lo que se puede concluir que entonces no nos brearon el bolsillo innecesariamente, y si lo hicieron lo asumimos con gusto. La gran puñalada pecuniaria llegó en el 2002, cuando fuimos europeos de verdad y nos acostumbramos a pagar cafés en París a tres eurazos y reconquistamos el Caribe armados con una potente moneda con la que daba gusto cambiar divisas en el banco. Mientras, aquí en casa, en las listas de precios de los bares las bebidas espirituosas tonteaban con los céntimos: que si 4,20 por un cubata de ron, que si 4,50 por un Beefeater (el Larios era de obreros) y venga de propinas, despreciando las moneditas de cobre en las que tuvieron a bien siluetear la fachada de la catedral de Santiago. Con dificultad multiplicábamos por 166,386 y aquellos precios empezaron a subirse a la parra. Solo unos años antes estaríamos hablando de entre 750 y 830 pesetas, casi el doble de lo que se pagaba a principios de la última década del siglo XX. Sí, casi el doble.


Tacita a tacita, el IPC siguió creciendo en el siglo XXI de tres en tres puntos, como suma Alberto Corbacho para el Obradoiro, y pronto se fijó en Compostela un precio de cinco euros por una copa como si existiera una tarifa plana. Puede parecer mucha pasta para un currante local, pero para un europeo es una auténtica broma, así que algún desajuste sí que existe entre el precio de los cubatas y el de las famosas hamburguesas. Ahora da igual que vayas a un garito inmundo o a uno de moda, con sus porteros trajeados y su dj residente, que por una copa estándar se paga desde hace siete u ocho años con el billete azul grisáceo. Por decreto. Y ahí sigue estancada en la actualidad la tarifa copera, salvo cuando la gente se pone estupenda y se deja llevar por el efecto Sapphire, asumiendo recargos por beber de esas bonitas botellas de diseño que contienen destilados que supuestamente tienen más calidad y que dejan exactamente la misma resaca pero con un regusto afrutado.
Los más beneficiados con el páramo de los cinco euros han sido los locales de medio pelo, que sin esforzarse lo más mínimo se han aupado a una facturación inmerecida, mientras que los que intentan ser un poco curiosos en su propuesta hostelera se han visto de nuevo atrapados por una frontera monetaria que parece insalvable, porque si dan el salto a los seis euros entonces sí que nos sale la multiplicación. Ya saben, seis euros, mil pelas, y por ahí hay mucha gente que no pasa.


Más allá de desplumarnos las carteras con nocturnidad, la salvaje escalada del euro ha tenido sus consecuencias en la movida, aunque debe quedar para la reflexión personal si vale o no la pena lanzarse a patrullar las calles con la actual cotización. Los más jóvenes tienen las cuentas claras. Sostienen que hacen botellón en los parques o en los pisos porque las copas son muy caras para su escueta economía. Hacen sus números y ven que con 15 pavos compran en el supermercado una botella de importación con su combinado de dos litros y una bolsa de hielos de la gasolinera y se ventilan diez o doce chupinazos, dependiendo de cuánto carguen el vaso. En la mayoría de los bares de la ciudad esos 15 euros no les darían ni para apagar la sed, y por eso el alcohol ha dejado de correr como antaño. Adiós ríos, adiós fontes.

Buenas noches.

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Escrito por juancapeans 9 Comentarios
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