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Vidas Licenciosas

Los reyes de la noche

20 de Noviembre de 2012 a las 9:14
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“Controla la puerta, contrata a camareros espabilados con buena presencia que conecten con el público y pon música animada y de calidad. Y ante todo, tómate en serio la diversión de los demás”. La receta me la dio a principios de los 90 un buen amigo que fue un exitoso empresario de la noche compostelana, ya retirado, al que al final la mesa le empezó a cojear por la primera pata. Entonces no le hice caso y seguí estudiando, y por eso nunca perdí dinero en un negocio hostelero, al menos al otro lado de la barra, pero creo que sus consejos siguen vigentes con matices. En esa cuadratura del círculo nocturno (selección del cliente, empleados eficaces y aparentes, buena música y sentido empresarial) la movida santiaguesa ha mejorado en algunos aspectos y en otros ha ido perdiendo inexplicablemente el oremus, pero desde luego se puede decir que, pasando o no por caja, se trata de una noche accesible.
Creo que no teníamos ni los 18 cumplidos cuando una madrugada sin cuartos y nada mejor que hacer nos propusimos que al menos uno de la pandilla entrase en la discoteca Don Juan y contase qué demonios pasaba allí dentro. Sin revelar su estrategia, uno de los nuestros, un caradura fenomenal, se plantó barbilampiño delante del portero -con su abrigo, su mostachito retocado y sus guantes de cuero-, y tras mantener una breve charla enfiló las escaleras. Los demás esperábamos ansiosos al otro lado de la acera. A los pocos minutos salió triunfante y despidió al cancerbero con unas palmaditas en la espalda. A ninguno le interesó qué ocurría en aquel garito. Solo queríamos saber cómo había superado el exigente filtro de clientes: el muy pillo le había dicho que necesitaba encontrar a su padre para pedirle dinero y regresar a casa en taxi, argumento tan brillante como incierto que ablandó al bigotes.
Sabíamos que allí estábamos desubicados por edad e intereses y lo seguimos estando décadas después porque el Don Juan ya no es lo que era, pero los porteros tampoco. Aquel hombre severo, siempre de traje, era una versión más o menos elegante de lo que sería llevar una puerta con rigor, que tenía su contrapunto campechano al principio de la calle con el gran Arturo, ya fallecido, que saludaba distendido a los “jóvenes” mientras cobraba con sus manazas 300 pesetas por entrar en Liberty. Entonces, en el resto de los locales de la ciudad ya se habían hecho un hueco aquellos porteros que más bien eran camorristas sin criterio y con cara de trabajar en una funeraria que aprovechaban la más mínima ocasión para poner en práctica las artes marciales aprendidas en algún gimnasio de mala muerte. Ellos eran los reyes del mambo. Era imposible razonar. Si se les ponía en la chencha que no pasabas, no pasabas. Y te arruinaban la noche.
Muy cerca pero en el otro extremo de esos absurdos y férreos controles de acceso estaba otro local en el que se divertían los pijos universitarios, los profesionales noveles y los maduritos prematuros que aún tenían cuerda para rato. La Bolera fue un pub de éxito desbordante en los 80 y 90 al que se le hizo grande el siglo XXI. Era un sitio peculiar en el que era fácil no encajar, pero a mi juicio su mayor mérito fue reunir a una clientela homogénea sin necesidad de controlar la puerta. Si te gustaba, ibas, y si no, no. Se autogestionaba con una selección natural que, en realidad, venía definida por la música, los camareros y los precedentes. Algo similar sigue ocurriendo en otra onda en locales históricos de cierta dimensión como el Momo o A Casa das Crechas, por los que han ido pasando con absoluta libertad generaciones de coperos sin necesidad de que nadie te prejuzgue, y eso dice mucho de quién dirige esos lugares y qué es lo que busca.
A nadie se le ocurre ya en Compostela cerrar el paso a un cliente con la soplapollez de que no está en lista de puerta o con el cortoplacista argumento de que solo entran los habituales. La prueba de que ese es un mal camino la tenemos en las discotecas de moda de A Coruña, a las que recientemente han chorreado en los medios de comunicación y en los foros de Internet por su particular interpretación del derecho de admisión.Deben saber que fidelizar hoy en día a un consumidor cuesta demasiadas noches, y perderlos a cientos por tener a un cruasancito con pocas luces en la puerta es cuestión de horas. Por suerte, aquí los códigos de vestimenta son inexistentes, porque en estos tiempos en los que en las discotecas se ven más chándales que en el Multiusos de Sar ya no se puede distinguir, aunque personalmente pondría un límite a las chanclas de velcro, cosas mías. La única etiqueta exigible es que no molestes a los demás y que no cometas delitos en los baños. Tampoco es mucho pedir.

En Santiago sigue habiendo personas que trabajan en las puertas de algunos locales, pero son eso, personas. Chavales más o menos fornidos que se ganan unas perras con un trabajo digno a los que sus jefes les exigen tratar con educación a la gente. Si les das la mano y les sonríes, responden. Te abren la puerta, controlan el aforo, evitan que la muchedumbre entre o salga con bebidas y tratan de silenciar las discusiones futboleras de los fumadores que alteran al vecindario. Si hay un problema, tratan de mediar, y si la cosa se desmadra, llaman a la policía, sin más. Los jefes de la noche han cambiado con los tiempos. En su día también lo fueron los dj`s, más tarde los cocteleros, siempre las camareras guapas y los empresarios con sentido común. Mi amigo no iba desencaminado.
Buenas noches.

Locales de ocio
Escrito por juancapeans 2 Comentarios
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Sé lo que hicisteis la última noche

13 de Noviembre de 2012 a las 10:52

"Tilllate.com" es una web que publica fotos en abierto de gente de copas. En la imagen,unas chicas en el pub Retablo

La noche ha dejado de ser un terreno insondable para los padres vigilantes, los jefes inquisidores, los jóvenes huraños o los maridos de cornamenta astifina. Todo brota a la luz del día digitalmente, a veces con la aprobación del fotografiado y en demasiadas ocasiones sin interés ni visto bueno alguno del protagonista. De un tiempo a esta parte, si quieres salir de patrulla y no acabar capturado en formato JPG abrazado a una barra, a un copazo de licor o a una compañía inapropiada solo tienes una opción: quédate en casa. “Lo que pasa en Las Vegas, se queda en Las Vegas”, la frase que abanderó el despendole sin límite en la capital mundial del vicio, se ha convertido en una entelequia desde que vivimos armados con teléfonos supuestamente inteligentes dotados de cámaras que, todo hay que decirlo, las carga el diablo. En realidad, esos aparatos indiscretos son tan listos como luces tenga su portador, ni más ni menos. Pero lo evidente es que en la era de las redes sociales lo que pasa de madrugada siempre trasciende, incluso antes de que se derritan los hielos de esa copa-balón que minutos antes blandías como si fuera un trofeo.

Personalmente me importa bien poco. Mi comportamiento aguanta los vídeos y las fotos que me echen, y hace tiempo que me merezco vivir sin pedir perdón a nadie por pasar un buen rato donde, con quien y a la hora que me dé la gana, pero hay personas que siguen siendo celosas de su ubicación y de su intimidad, un valor ciertamente sobrevalorado pero que hay que respetar. Hablamos siempre de espacios públicos en los que es difícil atajar las ansias de terceros por inmortalizar momentos de diversión, camaradería o flirteo. Salir enfundado en un casco de moto o ponerse una servilleta en la cabeza cuando se cena con una mujer casada no son opciones razonables. Escoger un lugar apartado, un local discreto o un reservado, sí.

Armando Blanco, hostelero

Vayamos con los precedentes analógicos. ¿Quién no se quedó prendado alguna vez de la galería egográfica desplegada por las paredes del restaurante del simpar Armando Blanco en Cacheiras? Sabemos que el político o la cantante de turno tuvieron a bien posar en algún momento con el inclasificable hostelero, pero seguro que nadie le preguntó a esos personajes si querían quedar para siempre enmarcados a la vista del público tamizados por una capa de grasilla, como si su presencia virtual en ese establecimiento le otorgase un sello de calidad. Visto así, podría decirse que el muro de Facebook se inventó en Teo, el Harvard de la tortilla casera.

Ahora, en versión 2.0, las más afamadas casas comerciales, sobre todo de bebidas espirituosas, han imitado a Armando y en sus fiestas promocionales es habitual que instalen los llamados photocall por los que van pasando los invitados o clientes y en los que inopinadamente te retratan con marcas publicitarias de telón de fondo, como si viviéramos patrocinados. Creen que así nos fidelizan, pero se equivocan. De hecho, debería existir un photocall alternativo a la salida de esas fiestas para ver las caritas y las camisas desencajadas, los ojos vidriosos y el rímel corrido, algo que solo aguanta la indómita Kate Moss.

Blake Lively, Serena en "Gossip Girl"

Un par de años antes de que las redes sociales irrumpiesen en nuestras vidas para quedarse llegó Gossip girl (Chica cotilla). La serie de televisión norteamericana, que ahora está en los estertores de su sexta y última temporada, tuvo la habilidad de desarrollar las tramas vitales y amorosas más o menos facilonas de un grupo de pijos neoyorquinos con la particularidad de que la narradora es una bloguera que se nutre de confidencias anónimas e interesadas. Una vez subidos a la Red, esos cotilleos aceleran los desenlaces a un ritmo vertiginoso. Hace solo seis años geolocalizar y fotografiar a alguien popular en la calle o en un bar y publicar la captura con absoluta inmediatez era plausible pero poco real. Hoy, si un jugador del Obradoiro anda de parranda a deshora es difícil que se le pase desapercibido a cualquiera de los 1.475 amigos que tiene el bueno de Moncho Fernández en Facebook. De ahí que muchos jugadores prefieran disfrutar sus permisos (o escapadas) en otras ciudades gallegas en busca del anonimato, al igual que lo hacen en Santiago los futbolistas del Dépor y del Celta.


En diciembre del año pasado trascendió a través del diario The Telegraph un estudio revelador: un 76 % de los jóvenes británicos aparecen bajo las influencias del alcohol en fotografías subidas a Facebook, y nueve de cada diez usuarios habían eliminado en alguna ocasión la etiqueta que les identificaba en una imagen por considerarla embarazosa. La popular red social implementó recientemente herramientas para evitar el etiquetado involuntario, pero a mí, que tampoco me obsesiona el tema, no me convencen: si mi reputación va a quedar por los suelos prefiero saberlo cuanto antes para ponerle remedio e impedir que mi imagen salte de pantalla en pantalla sin el más mínimo filtro. Ojos que no ven, fama que se resiente. Y ya habrá tiempo de tirarle de las orejas al indiscreto surtidor de momentos de ocio ajenos.
Escrito esto, creo que salvo extrañas excepciones la gente es bastante responsable con la imagen de los demás, aunque solo sea por la cuenta que le trae. Resulta conmovedor comprobar cómo los grupos de chicas se ametrallan a fotografías durante toda la noche con sus mejores sonrisas y, al momento, se reúnen en corrillos para decidir si la escena pasa a la posteridad o bien va, solidariamente, directa a la papelera de reciclaje porque una de ellas salió con los ojos cerrados. Si finalmente la imagen da el salto a la Red, hay que ver cómo se piropean a sí mismas: “Wapa!!!”, se escriben con cierto cinismo entre ellas. A mí me parece que pierden un tiempo precioso que podrían dedicar a dar conversación, abrazos y calor en las frescas noches de Compostela, pero cada uno tiene derecho a disfrutarlas como quiera. Y a los que se quedaron en casa delante del ordenador con ganas de saber si pasó algo más intenso que ese premeditado posado siempre nos quedará decirles: haber salido.
Buenas noches.

Tendencias nocturnas
Escrito por juancapeans 2 Comentarios
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James Bond bebiendo a morro

6 de Noviembre de 2012 a las 12:36

Ian Fleming parió en los años 50 al primer bebedor selecto al que imitar, pero ese perfil de ficción, atildado y estiloso, nunca cuajó en la sociedad española, ni mucho menos. El matiz de un martini con vodka “agitado, no revuelto” solo está al alcance de los mas afinados catadores y es algo a lo que ya no podrán aspirar varias generaciones maleducadas en el vaso de tubo cuyos descendientes, mayoría en la noche, se han entregado sin remedio al morro de la botella y al cubalitro de plástico.

Existen innumerables signos exteriores de madurez personal, también en la desordenada y canalla vida nocturna. Uno de ellos, tan banal como auténtico, se manifiesta cuando te sorprendes haciéndole aspavientos al camarero para que ponga la copa en su punto justo de alcohol para disfrutarla de verdad, superando la máxima de beber más gastando menos. En una especie de equilibrio cósmico, los jóvenes del último cuarto del siglo XX tuvieron pocos recursos económicos cuando el cuerpo se lo perdonaba todo, y a medida que pasaron los años y las resacas de Larios se hicieron más punzantes fueron encontrando mal que bien responsabilidades y motivos para dedicar más dinero a la hipoteca y menos a la juerga. Visto con el tiempo no fue un gesto muy inteligente, pero sí más sano.

Para los jóvenes de hoy, la pasta sigue siendo un problema que empieza a ser crónico, pero han encontrado una fórmula de bajo coste para cargarse hasta perder el sentido acudiendo a los nuevos abrevaderos del siglo XXI: los supermercados. Que el sector de la alimentación se esté forrando vendiendo lineales repletos del peor alcohol que se ha destilado jamás no deja de ser otro signo de decadencia social, y por tanto de la noche. Pero en este punto nadie tiene nada que decir. Aquellos reclamos del 2×1 de los bares, ahora prohibidos por las normativas municipales, son un inocente cuento de Disney ante las actuales ingestas espirituosas premeditadas con alevosía al atardecer que han convertido al Hospital Clínico en un after hour recurrente.

A partir de ahí, el encanto de la noche se pierde y se impone la vomitona. La música se apaga a gritos. La seducción se convierte en bravuconería. Nadie baila y las conversaciones son pobrísimas, una ciénaga. No hay ingenio ni chispa, solo fogonazos, y todo resulta mucho más agresivo y atormentado. Como el último James Bond.

Buenas noches.

Nota: artículo inspirado en la pasada madrugada del jueves 1 de noviembre en Santiago de Compostela.

De copas
Escrito por juancapeans 1 Comentario
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