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La Voz de Galicia
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Alégrame el día de mi boda

18 de abril de 2014 a las 16:11

¿Quién inicia la ola en un estadio? ¿Y en las bodas, quién hace de locomotora en el baile del tren? ¿Y si en el momento justo ese líder natural está echando un pitillito? Para eso están los animadores profesionales. Todo un papelón

En todas las bodas hay un invitado simpático que sobresale. Un chisposo, un líder del cachondeo que habla y canta por encima de los demás y al que le brilla la frente antes que a nadie. La acción pasa por él. Después de meses preparando el gran día al milímetro, estos personajes pueden darle gloria improvisada a la fiesta o arruinarlo todo cuando la barra libre pesa más que el ingenio. ¿Cómo se puede prevenir esta situación? Con dinero, claro que sí. La imaginación, la empatía y el saber estar también se pueden pagar llamando a un animador profesional de bodas, un trabajo cuya demanda empieza a equipararse a la de los DJ que se limitan a poner música o a los dúos de cantantes, que están de caspa caída.
«Lo importante es entender qué quieren los novios y saber transmitir», comenta Fran, de la empresa Animus. Él se encarga de coordinar a un equipo de cinco personas que han encontrado en la animación nupcial una actividad complementaria que hay que sudarla y para la que no vale cualquiera: «Si eres altivo o excesivamente protagonista, vas mal. Hay que ponerle nombre a la gente, ser cercano y no cansar», explica el líder de esta firma con sede en Santiago, quien sostiene que lo mejor es pactar con la parte contratante «hasta dónde quieren que lleguemos». A veces pretenden que se anime incluso durante la cena, con la entrega del ramo, con las fotografías de los amigos y la familia, la tarta, las figuras de los novios… «cada vez se lía más y alguien tiene que poner un poco de orden». Fran admite que en al menos una ocasión fracasó en su intento por animar una boda: «El perfil de los invitados era difícil, muy serio, y forzarlos a participar es lo último que se debe hacer».

Póngale a un niño un balón de fútbol en un prado verde y llano y verá lo que hace. Pues las mismas endorfinas debe activar un micrófono pululando por la pista de baile de una fiesta nupcial. Algunos solo piensan en reventarlo. Carlos Carballa ha remediado el furor de los invitados por dar el cante con un recurso con el que se encontró por casualidad. «Yo tenía un micro de estilo retro y un día se me dio por llevarlo a una boda y conectarlo al sonido, con el volumen por debajo de la música. Fue tal el éxito de participación y divirtió tanto a la gente que ahora es un elemento indispensable y un símbolo que nos diferencia». No lo dice uno cualquiera. Carballa es el jefe de Studio21, un imperio de la diversión nupcial que desde Portonovo reparte zapatilla festiva por toda Galicia. Si se los encuentra y tienen fecha libre, quizá pueda contratarlos. Son el Equipo A de las fiestas con animación y desde 1998 han visto la evolución de la demanda. «Ahora el 80 % de la gente que nos llama prefiere a un animador que a un DJ, y eso que esto a veces es difícil de explicárselo a los clientes». Carballa dedica al menos dos años de formación para darle rienda suelta a sus colaboradores. «Es una responsabilidad grande y hay que tener presente que se trata de una boda, no es una piscina de un hotel de Cancún o una clase de aeróbic», sostiene con ironía. Sobre las intrusiones de los invitados pasados de vueltas, es flexible: «Hay que darles un margen para hacer el indio, pero ahí lo importante es mirar a los ojos a los novios, que son los que pagan la fiesta, e interpretar si les gusta o no lo que está ocurriendo», comenta Carballa, quien recuerda que una de sus DJ salió llorando de una boda por la presión y agresividad a la que se vio sometida por los invitados. Él, que sabe de esto, tiene sus trucos. Dejar que fluyan las copas, unas pelucas de colores y el I will survive de Hermes House Band a todo trapo. No hay fallo.

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Llega a los bares la música a la carta

26 de marzo de 2014 a las 23:06

Si el telefonillo acabó con los porteros de los edificios, con qué no va a poder un smartphone. ¿Con las míticas gramolas Wurlitzer? ¿Con los DJ? Habrá que verlo. O más bien oírlo. Tres jóvenes zaragozanos, Francisco Arbués, Pablo Midón y Javier Abrego desarrollaron en el 2012 PlayitApp, una sencilla aplicación con la que ganaron el primer premio de un congreso digital y que a diferencia de muchas otras ideas no se ha quedado guardada en el disco duro de un ordenador. La han impulsado comercialmente por toda España y desde hace unos meses ya se puede disfrutar en seis locales de hostelería de Galicia, que han visto una oportunidad para entretener a sus clientes y satisfacerlos con la música que a ellos les apetezca.
El procedimiento es sencillo. Requiere descargarse una aplicación gratuita que localiza los establecimientos que usan PlayitApp. Una vez conectado las posibilidades se multiplican. El propietario del bar puede ofrecer distintas listas de reproducción adaptadas al ambiente que quiere crear y en ellas se pueden escoger las canciones. O bien, cuando está en modo abierto, el cliente puede agregar los temas que le apetece escuchar en ese momento. La canción entra en cola, un mensaje te avisa de cuántas tienes por delante, y antes o después termina sonando. En esto no hay diferencias con las jukebox Wurlitzer, las gramolas de toda la vida que hicieron furor con los discos de vinilo durante la primera mitad del siglo XX y que la casa norteamericana recuperó con aires vintage en los años 80, ya con los cedés incorporados a su carrusel.

Como casi todo lo que tiene que ver con la Red, las posibilidades son infinitas, al igual que las bibliotecas de canciones a las que se puede tener acceso a través de reproductores en streaming. Con esos mimbres la legendaria frase de los DJ «esa no la tengo» desaparece del catálogo de disculpas. Con todo, el sistema es menos anárquico de lo que pudiera parecer y le deja al gestor del local imponer ciertas limitaciones, como que alguien abuse de un tema en concreto o de un estilo que rompa con la filosofía del bar.

Alberto Lareo y Dani Pardo, del restaurante compostelano Manso. Foto: SANDRA ALONSO

En Galicia puede experimentarse en seis establecimientos. Son el Australian Bar (Vigo), el bar Salgueira (O Porriño), el bar Waikiki (A Coruña), la cervecería Bos (Guísamo), el pub Xoldra (Guitiriz) y el bar restaurante Manso, en Santiago. Este último, ubicado en el número 21 de la avenida de Vilagarcía, tiene al frente a Alberto Lareo y Dani Pardo, dos jóvenes que tratan de darle un nuevo aire a la hostelería gallega. Cuidan el material que ponen en sus platos, pero consideran que la animación del bar también es importante para completar la misión de hacer que su casa sea por un rato la de los que entran por la puerta. La posibilidad de abrir la selección musical es solo un aderezo que siempre es bienvenido. Ellos dan acceso a cerca de tres mil canciones. Jazz, blues, rock, pop español de los 80? No busquen Paquito el Chocolatero. No la encontrarán.

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¡Queremos bailar!

12 de marzo de 2014 a las 8:58

Detrás de una machacona canción de Lady Gaga siempre hay un tango o una bachata. Dos por cuatro, cuatro por cuatro… la vida es un compás. Solo hay que identificar el ritmo y poner el cuerpo a funcionar. El baile gana aficionados de puertas adentro en las academias y en los gimnasios, espoleado por los concursos de televisión y la búsqueda de fórmulas para hacer un ejercicio divertido. Pero la extinción de las salas especializadas y la deriva musical de las discotecas y los pubs con cierto aforo impide sacar a la luz de la luna al bailarín que todos llevamos dentro. Todos, sí, hasta los más tímidos y zoquetes. «En seis meses ponemos a funcionar a los más torpes, y si trabajan bien incluso pueden empezar a participar en campeonatos», afirma entre jadeos el catalán Manel López (29 años), que acaba de ejecutar unos pasos para la sesión de fotografía junto a su pareja, Beatriz Veiga (Santiago, 1987). Competían con parejas rivales en el pasado y desde hace nueve años están juntos en todos los sentidos. También para levantar trofeos, como el que acaban de ganar en Benalmádena (Málaga) y que los acredita por segunda temporada consecutiva como la mejor pareja de España en la modalidad de 10 bailes, una especie de decatlón de la danza.

 

Beatriz y Manuel son campeones de España de 10 Bailes / Fotografía: Xoán A. Soler



Estos chicos le pegan. Ella ejerce de odontóloga y él tiene dos carreras, pero a falta de oposiciones bueno es el baile y su enseñanza, que canalizan a través del club santiagués Sons (As Cancelas, 61). En los espejos del local pierden la vergüenza cada semana parejas que han encontrado en la música y en el reto de mover bien sus cuerpos el leit motiv de sus vidas. Son serios, pero sin solemnizar. «Lo importante es que la gente se divierta, aunque fuera de aquí el problema es que no van a encontrar muchos sitios para hacerlo», lamenta Beatriz, quien ve claro el negocio para el que quiera animarse: «Las cenas-baile son un filón». Solo en Galicia hay unas 150 parejas estables participando en eventos, a los que se suman decenas de aficionados. «Muchos jóvenes vienen a aprender un vals para la boda y acaban bailando un chachachá y enganchados para siempre», dice Manel, quien hace una advertencia a los solteros que consideran ridícula su disciplina: «De noche, el que sabe bailar se lleva a las chicas de calle».

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El vino lo probará la señora

26 de febrero de 2014 a las 23:06

Camareros, camareras, jefes y jefas de sala, a ver si se enteran: en el vino está la verdad, y dice que de los cinco últimos ganadores del concurso nacional de la Nariz de Oro, tres eran mujeres, todo un hito teniendo en cuenta que su inmersión entre los sumilleres profesionales todavía es de baja intensidad. En junio, Eva Pizarro García (Valencia, 1980) participará por cuarta vez en su vida en las finales de la prestigiosa competición olfativa. Algo tiene en el apéndice facial esta chica, que hace nueve años cambió la gestión comercial hotelera por el mundo del vino para instalarse en Santiago y acabar montando junto a Iago Castrillón, su pareja, el restaurante Acio (Galeras, 28), una modesta pero viva apuesta hostelera que en los últimos tiempos toma pan y moja en todo cuanto premio gastronómico existe. Aunque trabajan a destajo, a la pareja mejor avenida de la cocina gallega también le gusta salir a comer y beber. A la hora de pedir el vino, Eva, tan educada y menuda como firme en sus ideas, tiene que imponerse discretamente para que le dejen escoger y esquivar los micromachismos que siguen dándose en la hostelería de forma habitual y extemporánea. La carta de vinos, para el señor. La prueba en copa, para el señor. La dolorosa, también para el señor. Pues no señor, algo empieza a cambiar. Lo de la señora Pizarro quizás sea un caso extremo, pero cada vez son más las mujeres que muestran interés y múltiples virtudes ante el descorche de una botella de vino. Iguales ante el olor y el sabor.

Eva Pizarro, del Acio. Foto: MÓNICA FERREIRÓS

 Quizás por camaradería, en casa ajena nunca ha ordenado retirar una botella al no encontrarla en su punto, «pero debí hacerlo muchas veces», confiesa esta valenciana que en su restaurante opta por hacerse la suiza: la neutralidad da pingües beneficios y deja satisfechos a todos, incluso a los clientes masculinos de cierta edad, que son los más reacios a dejarse aconsejar por esta joven y reputada sumiller. Como muchos de sus colegas, es víctima de la riojitis y la riberitis aguda en la que se ha sumido un país en el que el esnobismo vinícola se ha estancado, como la economía, mientras sigue creciendo el interés profundo y verdadero por experimentar con una copa en la mano dejando volar la imaginación. Precisamente en eso, en la parte subjetiva, es donde Eva cree que las mujeres tienen ventaja. «El vino depende de las emociones y los sentimientos, y a las mujeres nos cuesta menos expresarlos. Los hombres son más prácticos». Ya saben, camareros y camareras, quédense con esa cara y con esa nariz. Y déjenle escoger el vino.

Buenas noches.

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Spritz, el trago de la gente viajada

18 de febrero de 2014 a las 17:58

Mamma mia, lo han vuelto a hacer. Los italianos llevan siglos reinventando sus propios clásicos en las artes, el cine, el motor, la moda o la cocina. Siempre consiguen entrar por los ojos, pero ahora tratan de seducir al resto del mundo con el estómago… vacío. El spritz es su argumento, una bebida alcohólica de baja graduación, fresca y amarga por igual y con una sugerente estética que en el 2019 cumplirá sus primeros cien años de existencia. En Italia lo toman jóvenes y mayores y, según la región, se ha consolidado geográfica y socialmente de forma transversal, desde la zona de Venecia, donde forma parte del patrimonio local, hasta Milán, que le ha dado el toque chic. Ponga la punta de un compás en la capital lombarda y ábralo generosamente hasta incluir la exclusiva Costa Azul, Suiza, Austria, la Alemania más mediterránea de espíritu, la emergente Croacia y, por supuesto, la Italia rica y dinámica. Allí donde hay dinero y trabajo, pero también gusto por la buena vida, hay spritz, el combinado anaranjado que bebe la gente cool al terminar la jornada laboral para acompañar un picoteo ligero. A pesar de los aderezos, esta tenaz reconquista italiana tiene poco de romántica y bastante de operación comercial bien maquinada. El asalto transalpino comienza hace diez años tras la adquisición por parte del Grupo Campari de Aperol, la bebida que constituye la base del aperitivo y al que se le añade otro tanto de un champán o vino espumoso (o prosecco, según los gustos), un golpe de soda, generosas piezas de hielo y una rodaja de naranja en el interior de un copón con buena capacidad.

Ignacio Juanvelz, del restaurante El Charrúa, con dos copazos de spritz. PACO RODRÍGUEZ

«Aquí se lo servimos a profesionales jóvenes y viajados», dice Ignacio Juanvelz, un uruguayo que dirige el restaurante El Charrúa en el centro de A Coruña (Estrella, 6) y que ha apostado por este aperitivo por convicción personal. Él, como buena parte de su clientela, ha recorrido mucho mundo, pero con ojos de hostelero, lo que le empujó a implantar este combinado diferente y original que en su casa logra sustituir en ocasiones al tradicional vino o a la cerveza. «A las mujeres les encanta», asegura el restaurador, quien admite el innegable punto moderno que tienen los consumidores del spritz: «Lo piden más los trabajadores de Inditex que vienen por aquí que el coruñés de toda la vida», resume Juanvelz tratando de hacer una sencilla radiografía. Un comentario que haría feliz al responsable de márketing de Aperol, una firma que va a más y que desde hace unas semanas patrocina al Manchester United —los británicos se han refinado, pero fútbol es fútbol—, y que para España ha escogido una estrategia de penetración más dulce. Además de su presencia en Ibiza, donde el spritz triunfa entre los fashionistas, Aperol organizó la pasada primavera unos conciertos acústicos que se celebraron en los mercados de San Antón (Madrid) y la Barceloneta (Barcelona) contando con artistas como Najwa Nimri, Iván Ferreiro, Christina Rosenvinge o Anni B Sweet. La diferencia es que todos actuaron a mediodía y el ambiente ya se lo pueden imaginar, estupendísimo. El mismo que debe haber ahora mismo en los epicentros más in del verano austral. ¿Adivinan cuál está siendo la bebida del momento en Punta del Este?

Buenos días.

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Los embajadores del cubata

13 de febrero de 2014 a las 23:11

«Cuando cumplimos los 40 y se nos da por hacer deporte nos ponemos ropa de marca, pero de marca de bebidas: la camiseta de White Label, la bermuda de Cacique, la mochilita de Bacardi y la gorra de Jack Daniel’s. Y ahí nos vamos». Lo cuenta el humorista Leo Harlem en su monólogo del licoreta profesional y su caricatura es el vivo retrato de una decadente estrategia publicitaria. Tradicionalmente las casas de bebidas con tirón popular trataron de fidelizar a sus clientes con regalos de poca monta: mecheros, gorras de playa, auriculares que no aguantaban cuatro canciones o camisetas de mezcla que se acababan utilizando para dormir de acampada. Pero la penetración de las marcas premium y las limitaciones publicitarias del alcohol obligaron a los gigantes del destilado a cambiar el rumbo. La solución no pasaba por una guapa azafata repartiendo tarjetas de rasca y gana. El gancho estaba dentro de las barras. Y ahí han encontrado a sus mejores prescriptores: los camareros, ahora elevados a las categorías de barman, bartender o incluso embajadores de marcas.

Ana María Martínez trabaja en la actualidad en el hotel Savoy de Londres

No vale cualquiera. A Ana María Martínez (Porto do Son, 1988) las burbujas de la coctelería empezaron a hacerle cosquillas muy joven, cuando sus padres montaron una cafetería en el pueblo. El primer contacto con la barra la llevó a formarse en el sector, primero en FP y después en el Centro Superior de Hostalería de Galicia, y las prácticas le permitieron forjarse al lado profesionales gallegos como Marcos Martínez o Ricardo Lois, que le enseñaron los primeros toques maestros con los que comenzó a participar en concursos con un sorprendente éxito. Hasta que llegó su innovador gin-tonic de tres texturas (sólido, líquido y gaseoso), con el que ganó un campeonato de España impulsado por Schweppes y que le abrió las puertas a un mundo nuevo. El ron Havana Club la eligió para participar en otro concurso junto a los grandes de España (quedó segunda), y Grey Goose, el prestigioso vodka francés, la ha incluido en su libro de cabecera como una de las 25 bartenders más influyentes del país tras su primer puesto en el Campeonato Panamericano de Cócteles, celebrado en Perú en el 2012. Ya como profesional, diseñó la carta del gin club Garoa, de Santiago, al que regresa puntualmente con sus nuevas mezclas, y Bacardi cuenta con ella en eventos de la marca, igual que hacen las emergentes ginebras gallegas, de las que habla maravillas: “Nos apoyamos mutuamente”, explica la sonense desde Londres. Allí está viviendo una experiencia «inolvidable» en el mítico Hotel Savoy, muy cerca del eslovaco Erick Lorincz, el jefe del American Bar, una acreditada referencia mundial de la coctelería. Debe de ser su destino en la vida: combinar con los mejores.

Buenas noches

 

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La tapa de tortilla que nos une

23 de enero de 2014 a las 17:53

Todo comenzó a principios de los 80 en el restaurante de Moncho Vilas. Estaba a unos metros de casa, así que era fácil encontrarse allí a mi padre los sábados a mediodía tomando un vino, haciendo tiempo para no dar un palo al agua en casa. En cuanto tenía ocasión me colaba por la puerta, escalaba por las banquetas y pedía un zumo de malocotón (sic). La bebida era una disculpa, como lo es ahora. Con lo que gozaba era comiendo las patatas fritas, la ensaladilla e incluso los callos y otros aperitivos contundentes impropios de un niño que no alcanzaba con los ojos la meseta de la barra. Nada me gustaba más que zampar todo lo que ponían en aquellos cuencos blancos que hacían un ruido peculiar al tocar con el latón, soniquete que me hacía reaccionar como el perro de Pávlov. Eso, y andar zascandileando entre los camareros con pajarita, las bandejas de nécoras, las fotos de Juan Pablo II y las de otro chaval, Tomás Reñones, que con el tiempo resultó ser el mejor lateral derecho nacido a las orillas del Sar. Entre tanto movimiento, aprovechaba para sisar la manduca de mi viejo, que entonces rondaba mi actual edad y que estaba entusiasmado leyendo en Diario 16 todo lo que contaban sobre Felipe y Fraga. A este último lo veríamos años más tarde a menudo por el barrio, con la diferencia de que Secundino siempre pagaba de su bolsillo lo suyo, lo mío y si se daba el caso hasta lo de algún conocido, y Don Manuel, no. Bebiendo zumos y rodeado de personajes ilustres a los que ignoraba, pasé mi transición vital hasta concluir, ya con uso de ración, que existen pocas cosas más democráticas que las tapas en los bares, así seas futbolista, presidente, obrero o empresario. Si pides un agua, cacahuetes y patatillas. Si pagas un rioja, cacahuetes y patatillas. Si es la hora del martini, cacahuetes y patatillas. ¿Bombay Sapphire con tónica premium y un toque de canela? Cacahuetes y patatillas, por gilipollas.

En la imagen, el San Clemente, todo un mundo de tapas basadas en la cocina casera en pequeño formato.

Las tapas representan la vida de bajo coste que nunca debimos abandonar, al menos en lugares como Compostela, donde siempre fueron generosas, gratuitas y mucho más entretenidas y auténticas que las que ponen en esas franquicias de palillos y montaditos que practican el copago y el abuso de la mayonesa. Les auguro una inminente decadencia, como la que viven los chefs de relumbrón, que se están quemando entre la televisión y el horno de las vanidades. Igual, a dos velas, están los restaurantes de mantel y cajitas para traer la cuenta, mientras los bares modestos resisten gracias al picoteo. Además comemos mucho menos que hace solo una década, por prescripción médica y sentido común, lo que ha llevado al tapeo a amenazar  la viabilidad de las raciones, inmersas en una escalada de precios salvajes desde que nos colaron el euro. Es insostenible contar las croquetas del plato y percatarse de que las estamos pagando a un euro la unidad cuando por unos céntimos más, en el mismo bar, nos ponen una caña… ¡y dos croquetas!

Llevamos las tapas en el ADN y en el colesterol, como les ocurre a generaciones de napolitanos con las pizzas. Pocas cosas divierten más que ver a un bebé echándole la mano a toda patata que corra por la mesa. Esa es la actitud, la misma que mantienen mis padres, ya jubilados, que cuando no están por la labor de cocinar juntos (todo un avance) todavía salen a buscar una buena tortilla que echarse a la boca mientras se bajan, los muy locos, un corto y una cerveza sin alcohol. A veces me llaman para que los acompañe y yo lo hago con gusto, sobre todo porque siguen pagando la ronda. En eso no hemos cambiado tanto.

Buenas noches.

 

NOTA. Dejo unas referencias de restaurantes y bares de Santiago, con la colaboración de Olalla S. Pintos, escogidos con el único criterio de la singularidad o la calidad de sus tapas. Hay más, claro que sí. Si vale la pena que sean divulgados, ahí quedan abiertos los comentarios para vuestras sugerencias, de las que todos podremos tomar nota.

Abellá: también llamado los cocodrilos, por sus bistecs con patatas. Abrente: cantidades a prueba de estudiantes hambrientos. A Barrola: en invierno pone un agua de caldo reparadora. A Moa: los domingos, self service. Avión: los viernes, nécoras. Bierzo Enxebre: abundante embutido de calidad. La Tita: tortillas casi como las de casa. Negreira: Popularmente, O Patata. Novena Porta: perritos calientes. Orella. Orella de cerdo, what elseSan Clemente y Carretas: cocina casera en miniatura. Trafalgar: Más conocido como los tigres, sus tapas de mejillones.

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El Blaster, entre la espada y la pared

14 de enero de 2014 a las 4:23

En la ruinosa noche compostelana, el roce sigue haciendo el cariño. A pesar de la menguante nómina de golfos, persistimos en nuestro gusto por el rebaño, el empujón amable, la picaresca, la bullanga y la confusión. Los cuatro gatos que salen, en vez de repartirse, tienden a ronronear en grupo creando unos desequilibrios insalvables, desbordando unos pocos locales y dejando el resto como los solares que algún día fueron. Hay una amplia casuística que explica el mal momento de muchos negocios y hasta su defunción, pero quién podría pensar que sería precisamente el éxito de público el que hiciera tambalear y pusiera en cuestión la continuidad de uno de los clásicos que, hasta ahora, resistían con solvencia en Santiago. El Blaster irrumpió en la movida compostelana en los años 90 sustituyendo al Can Can, un viejo refugio de xunteiros y de los incipientes clanes periodísticos de la capital, cuando las flores, la pasta gansa y la fama se la llevaban otros locales vecinos que fueron cayendo como fruta madura. Era el caso del Dúplex, el Pérez o La Bolera, bares que solían salirse de madre literalmente de miércoles a sábado; o como Liberty, que cerró hace justo un año porque le buscaron las cosquillas de la seguridad cuando la caja registradora ya no estaba para bromas ni reformas. Este caso es distinto. Al Blaster la policía municipal le está apretando las tuercas igual que nos hemos apretado en su interior durante años sus clientes, solo que nosotros lo hicimos casi siempre de forma voluntaria, o al menos con cierto conocimiento de lo que se nos venía encima.

El exterior del Blaster una noche de un puente de octubre del año pasado

Lo insólito es que, tras décadas de verdaderos mogollones sin que se haya registrado una desgracia, el Concello se proponga justo ahora aligerar el aforo de los locales y con tal objetivo enganche por la oreja de manera ejemplarizante a uno de los pocos que aguantan el tipo (o quizás lo hace precisamente por eso) para temor y desconcierto de los colegas del sector. Las instituciones deben velar por sus propias normas, no lo olvido, pero en este caso el celo llega a destiempo. Para fortuna de los que prefieren las madrugadas sosegadas o para desgracia de los que gustan del tumulto, en Santiago son muy pocos los negocios que en estos momentos tienen el privilegio de superar sus cifras de aforo legales que, todo sea dicho, parecen pensadas por un comité de técnicos nórdicos, obsesionados como están por las distancias interpersonales.

El tema se presta a pocos chascarrillos porque su verdadero germen es la tragedia del Madrid Arena, que inquietó a muchos políticos locales que han comprobado que, al menos para una parte de la opinión pública, sus responsabilidades no duermen aunque ellos se vayan para cama o de fin de semana a un balneario. Pero también es triste que en un país de reconocidos trileros parapetados en cargos públicos se pueda desestabilizar a un veterano negocio, bastante serio y razonablemente próspero para los estándares de la hostelería nocturna, hasta el punto de hacerlo inviable porque los números, aferrados a la legalidad, ya no dan. Como casi siempre en la vida, seguro que entre los abusos y los excesos de los empresarios, que han existido, y las conservadoras medidas que pretenden imponer las autoridades, hay un espacio para el sentido común. Estaría bien que unos y otros fueran ocupando ese lugar. Ahí siempre hay sitio para todos.

Buenas noches.

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¡Cómo está el servicio!

10 de diciembre de 2013 a las 22:00

Los cuartos de baño de los bares y las discotecas tienen su propia historia. En realidad, son otra historia, un mundo paralelo, leyenda en ocasiones. De uno en uno, en pareja o en grupo, en teoría están pensados como lugares de liberación para las pequeñas miserias del cuerpo. Pero tienen otros usos. Por momentos son confesionarios sin celosías en los que abrir el lacrimal y el corazón, y al minuto siguiente son espacios para el vicio y las fechorías. En ambos casos coincide un gesto: cuando se entra, en vez de subir la tapa del váter, se baja. Tengo un profundo respeto por el uso que cada uno quiera darle a estos cuartuchos, pero mi comprensión se resiente cuando deja de existir un comportamiento dinámico y solidario. Que cada uno haga lo que quiera con sus orificios, pero que sea rápido por deferencia al siguiente. En este punto rompo una lanza por las mujeres, que son las grandes agraviadas de estas procesiones de caladiñas que se generan sobre todo en los locales de éxito, que se permiten reventar el aforo e inflarnos a líquidos espirituosos sin pensar en que todo lo que entra tiene que salir, también cuando hablamos del cuerpo humano.

Uno se imagina al promotor de un bar departiendo con el arquitecto en la obra de lo que en cuestión de semanas será su nuevo local. La barrá irá por aquí, larga y cómoda para abrevar a cuantos más, mejor; la cabina del DJ, allá en lo alto, porque la música será muy importante en el proyecto; la decoración, impactante; esa puerta de emergencia, que dé las medidas justas y listo; aquí irá un pequeño almacén, al otro lado las neveras y en esta zona que no falten puntos de luz; el suelo, liso, oscuro y sufrido, fácil de limpiar. ¿Y los baños? ¡Ah, los baños! Las bajantes del edificio mandan. Tras darle unas cuantas vueltas, entre el técnico y el hostelero deciden la disposición del espacio. Un cuartito para las chicas y otro para los chicos, y si da, a ellos les ponemos un meadero de pared, así lo confundan con el lavabo, que no es la primera vez que presencio la escena. La barra y la caja, que peten, y las vejigas de los clientes, que aguanten. Así es como nos tratan las normas urbanísticas, a las que, ahí sí, se aferran los empresarios con el fin de ganar un par de mesas o unos metros cuadrados diáfanos para que la muchedumbre se roce a gusto.

Después ocurren dos cosas: la cosa no marcha como se preveía, algo habitual en estos tiempos, y la clientela orina a cuentagotas; o el aforo se desborda y cuando menos te lo esperas hay más ambiente en la cola del baño que en la pista de baile. Pueden resultar unos minutos divertidos o una tortura fisiológica, depende del apuro, pero una injusticia en cualquier caso. ¿Hay problemas más graves en el mundo, incluso sin salir de esa misma calle en la que intentas divertirte? Seguro. Pero, ¿es una falta de respeto, de previsión y de atención al cliente que paga y trata de pasar un rato agradable y provechoso? Tengo pocas dudas.

Luego está el mundo interior, plagado de restos arqueológicos. Un cajetín para el papel higiénico y otro para el jabón, siempre vacíos, y secadores con los que nos sentimos ridículos porque, por mucho que toquemos el botón o pasemos la mano, nunca arrancan. Que la taza tenga todos sus elementos intactos es casi un lujo asiático. Nadie debería esperar de los locales de la noche unos servicios a la altura del Savoy, con sus toallitas de paño, sus perfumes en el tocador y la estampa y la hora en la puerta del último limpiador que pasó a domar el tigre, pero tampoco es admisible una cochiquera despreciable y fría en la que jugarse una cistitis de caballo. Conozco baños de respetables negocios en Compostela que llevan años con la cisterna rota, y los dueños como quien oye llover. Al menos las nuevas tecnologías, Twitter mayormente, nos han ahorrado la profusión de pintadas presuntamente geniales en las paredes, que los propietarios deben mantener como reliquias pensando en el entretenimiento de los usuarios pero que solo refuerzan el aspecto deplorable de estos cuchitriles. De hecho, de los bares históricos que frecuento, muchos con baños al límite de lo salubre, solo recuerdo un ripio: “En este lugar en el que entra tanta gente, hace fuerza el más cobarde y se caga el más valiente”. Así de triste. Así de sucio.

Buenas noches.

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Las discotecas de Santiago son historia

28 de noviembre de 2013 a las 0:43

Hago un repaso rápido y me salen tres. Tres discotecas que actualmente funcionan con cierta solvencia en la otrora marchosa Compostela. El resto malviven, se han convertido en salones de bautizos y comuniones o están cerradas sin más, con sus luces de colores apagadas a la espera de sabe dios qué, porque como salas de baile no tienen futuro. Pasado sí que tienen. Incluso prehistoria, que hay que situar nada menos que en el Hostal dos Reis Católicos en los años 60. Allí en sus bajos de piedra surgió el primer intento serio de montar en Santiago un espacio para las copas y el baile que fracasó precisamente por eso, por ser demasiado estirado para una ciudad que empezaba a armarse con adoquines contra el franquismo. Hubo otra con más éxito que recordará algún carroza. Estaba, no se lo pierdan, en el sótano del antiguo Gaiola, en Bautizados, donde ahora lo único que se menea es el torno de un kebab. Después empezó lo serio, o lo divertido, según se mire. El Johakin fue el estandarte de una generación de locales que pusieron las bases del posterior despiporre de madrugada en Compostela. La montó a finales de los 60 un tal Joaquín, un novillero de Albacete que puso una banderilla y espoleó el incipiente ocio nocturno de una ciudad que empezaba a revolverse. Estaba, aunque con un local más modesto, en el mismo lugar que ahora ocupa el Ruta, una de las considero que resisten el tsunami de la crisis. Entre una y otra pasó con más pena que gloria Kilate, de la que solo recuerdo su sugerente logotipo y su fama de estar petada de macarras, como su vecina Popool (más tarde Factoría), que es de las que están chapadas a cal y canto desde hace años sin otra actividad conocida. Ambas eran cañeras, nada que ver con la selecta clientela que ya enfilaba el Don Juan, ahora reabierto con aires más jóvenes; El Corzo, que sigue en pie y a la que solo bajé una vez en mi vida con una compañía inquietante; o El Búho, del que hablan los coperos veteranos pero del que no tengo la más mínima referencia. Sí descendí alguna vez a las catacumbas del Maycar, que era más de andar por casa que las anteriores y que siempre acogió a la grey universitaria de última hora. Ahora despunta entre los alternativos y perroflautas. De momento, los perros se quedan fuera.

Pero para alternativa, Black. Ubicada en los bajos del hotel Peregrino, en los 80 fue la discoteca de los modernos y el primer gran local en el que los gais se encontraron cómodos. Debió de tener sus episodios oscuros, porque durante una larga temporada recuerdo toda la ciudad llena de pintadas pidiendo la muerte del «negro del Black». Creo que se referían a su polémico portero y lo decían las paredes, no yo. En esos tiempos los pubs del Ensanche ya habían tomado posiciones (Número KLa OfisinaZetaLa Bolera…) y a partir de las cuatro comenzaba la ruta por las discotecas del extrarradio. El tour metropolitano llegaba hasta el Hipódromo, en Osebe, o La Facultad (antes Ben Alí), en Santa Lucía, que tuvo un breve franquiciado de Pachá –manda carallo- y Salón, en los bajos del hotel Los Tilos, que montaron los dueños de Dúplex para dar continuidad a su exitosa experiencia en el centro. Todas fueron decayendo porque, entre otras cosas, los clientes se iban muriendo por las carreteras y las pistas por las que intentaban esquivar los controles de la Guardia Civil, que empezaba a tomarse en serio lo del soplímetro. Aquello era insostenible.

Cuando el alcohol dejó de correr por las carreteras fueron los mejores años de Laesquina, pija a dolor; Apolo y Fontana, en la plaza Roxa; Liberty, cerrada desde hace unos meses y con visos de reabrir cuando pase el temporal; pero sobre todo, llegó el momento del AraguaneyGhaleb Jaber hizo una oportuna reforma, erradicó el ambiente de boina que le atribuían y bajo la marca Casting montó la que probablemente fue la mejor disco del centro de Santiago, que arrasó en los 90. Al final se cansó y reutilizó el espacio para los eventos de su lujoso hotel. Decidamente, los cristales rotos y las vomitonas a la puerta eran incompatibles con la impecable tripulación de Iberia, que se alojaba allí para salir en el primer vuelo de la mañana a Madrid. Sí, ese que también ha desaparecido. A su sombra competían la discoteca Sarela, en Vidán, el Afreketé, que empezó muy bien pero que se perdió entre sus mastodónticas columnas; y La Cabina, ya de la mano de un joven Fernando Pazos, que le dio una vuelta al antiguo Aquarium y que ahora mantiene el pulso como Gabbana. Más errático fue el periplo del pub El Duque, en Santiago de Chile, que en los últimos años se centró en los estudiantes más jóvenes y está quemando etapas sin acabar de levantar el vuelo: primero fue Century, después Shangoo y ahora vuelve a intentarlo como Rockola, el perfecto ejemplo de lo complicado que es aguantar el tipo en estos momentos. Solo Capitol, que tuvo una breve pero exitosa etapa como disco hace justo diez años -ahora sigue a tope como sala de conciertos- podría levantar hoy el ánimo de la descafeinada noche compostelana, que a partir de las cuatro se diluye como un azucarillo. Pero esa posibilidad quedó en manos de la voluntad administrativa, y ya se sabe, vuelva usted mañana.

Me he dejado Clangor para el final, intencionadamente. Abrió en 1980 y, gustase o no, es con todo merecimiento el icono por excelencia de la mejor etapa de la movida compostelana, que nunca volverá. Atrajo a grupos internacionales de primera, las mejores bandas del emergente pop español la consideraban su segunda casa, y desde la cabina Fernando Pereira abrió las orejas al rock and roll a un par de generaciones a un volumen como nunca se ha vuelto a escuchar en Galicia. Con una estética en blanco y negro sencilla y atractiva, la historia la ha convertido en víctima de su propio drama. Es como intentar entender el peso musical de Antonio Vega, uno de los amigos de la casa, dejando a un lado su desgraciada deriva y su trágico final. Allí pasó lo que pasó una noche de octubre de 1990, y cuando intentó revivir unos meses más tarde el vinilo ya perdía revoluciones. A diferencia de las heridas de aquella fatídica madrugada, cerró para siempre. El que quiera saber más, puede buscar en la Wikipedia, que para eso es el único local de copas de Santiago que tiene el honor o el estigma de haber llegado hasta ahí.

Buenas noches.

 

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Escrito por juancapeans 41 Comentarios
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