En directo. Así asistimos hace diez años a los colapsos de las torres gemelas. Con apenas minutos de diferencia, dos de los símbolos de la City se desplomaron en nuestros salones, en el metro, en la peluquería, en el dentista… delante de nuestras atónitas caras. Hubo incluso quien pensó que aquello era una película, una ficción imposible de concebir en la capital del Imperio. Y no me extraña. Las imágenes hablan por sí solas.
El mundo se paró al ver como muchos de los que se quedaron atrapados en las torres, aterrados, se tiraban al vacío como última esperanza de supervivencia. Espeluznante.
La Tierra giraba, pero a cámara lenta, igual que la mente de George Bush Jr. Un colaborador le informó al oído de que un segundo avión acababa de impactar en el World Trade Center, y el tipo se quedó con cara de pescado. La profesora del colegio que visitaba el presidente, no dejaba de golpear el libro de lectura para que sus pequeños no perdiesen el compás. «Get ready?» – les decía – tac, tac, tac. Todos a repetir, silabeando. Se me antoja que cada golpe de lectura era una víctima más del infierno, del horror del atentado. Mientras, el jefe supremo no sabía donde meterse. Un penoso «tierra trágame» del que nuestros receptores dieron buena cuenta.
Ese 11 de septiembre quizás haya sido el día de la historia con mayor audiencia de los informativos. Ninguna tragedia, hasta el momento, ha podido superar aquellas largas horas de directo a nivel planetario. Aunque, desgraciadamente, aquí supimos lo que era cubrir un hecho semejante algunos años más tarde. Los trenes de la muerte de Madrid segaron 192 vidas y mutilaron muchas otras para siempre. Además de ofrecer un espectáculo lamentable con la siembra de dudas sobre la autoría de las masacres. Nosotros también hemos dado al mundo minutos vergonzosos de informativo. Otro caso de políticos que no dan la talla frente a las circunstancias.
Pero no quiero dejar en el tintero otra reciente tragedia. También intoxicada, pero aquí con índices de radiactividad que rompen los medidores Geiger que, sin embargo, no aparecen por ninguna parte. Solo de tanto en tanto, con cuentagotas, sabemos qué es lo que sucede en Japón. Hace seis meses el terremoto y posterior tsunami se llevaron por delante, según los últimos recuentos, a cerca de 20.000 personas. Causando además una de las mayores, sino la mayor, catástrofe nuclear de la historia. Pero, ¿dónde está la catástrofe atómica? ¿Dónde se han metido los cerca de 100.000 evacuados de Fukushima? ¿Alguno de ustedes les ha visto en la tele? Yo he visto explosiones lejanas y cuatro tonterías más con imágenes de recurso. Pero lo gordo, lo importante no está. Si me apuran, Chernóbil tuvo en su día más cobertura. Y eso que nos separan 25 años. ¡Casi na!
Se mantiene una más informada a través de Twitter y eso es porque algo falla. Reconozco que los lunes negros de la bolsa dan jugosos titulares, pero la vida media del plutonio , amigos, ronda los 25.000 años. Creo que eso se merece un ratito al menos de fibra informativa. En un momento, además, en el que el debate nuclear parecía haber ganado la partida, frente a los retos de los gases invernadero (que están desbocados, como de costumbre se buscan compradores de cuotas de emisión). Europa se encaraba a una segunda gran oleada de nuclearización cuando, de repente, un tsunami se llevó por delante la política atómica de Angela Merkel.
Creo recordar, esta es una tontería como otra cualquiera, que algunos de los grupos de comunicación más importantes del mundo están participados o son propiedad de empresas estrechamente vinculadas con la energía. Como botón de muestra la NBC, cuyo logotipo es todo un derroche de color. Para saber más, llega con la wikipedia.
Por el momento, la luz se ha hecho en la Gran Manzana…
La Tierra giraba, pero a cámara lenta, igual que la mente de George Bush Jr. Un colaborador le informó al oído de que un segundo avión acababa de impactar en el World Trade Center, y el tipo se quedó con cara de pescado. La profesora del colegio que visitaba el presidente, no dejaba de golpear el libro de lectura para que sus pequeños no perdiesen el compás. «Get ready?» – les decía – tac, tac, tac. Todos a repetir, silabeando. Se me antoja que cada golpe de lectura era una víctima más del infierno, del horror del atentado. Mientras, el jefe supremo no sabía donde meterse. Un penoso «tierra trágame» del que nuestros receptores dieron buena cuenta.
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