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Réquiem

Escrito por Susana Basterrechea
15 de noviembre de 2009 a las 20:46h

En este domingo pasado por agua digo adiós a mis Asics GT-2120. Las zapatillas que me han acompañado durante un año largo en cada uno de mis entrenamientos y que aguantaron cada uno de los 42.195 metros de mi primer maratón.

He de confesar que les fui infiel una vez. Fue con otras Asics, con un diseño más bonito, pero la cosa no funcionó. “¿Para qué comer hamburguesas fuera de casa si dentro tengo un filete de primera?”, que diría Paul Newman. Pues lo mismo pensé yo. Al día siguiente del desliz volví a mis GT-2120, las únicas que han sabido sujetarme bien los tobillos y darme seguridad.

Aquí las tenéis a las pobres, algo sucias y con la amortiguación machacada, pero qué clase y cuánta dignidad en sus suelas.

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Por cierto, casi las pierdo y me llevo un disgusto. El Sr. Miyagi quiso inmortalizarlas al final de su camino y se fue el viernes (el día del temporal) con su cámara de fotos a Riazor. Las posó sobre una roca y un golpe de mar se las tragó. Menos mal que por allí nadaba José (sí, en noviembre y con temporal este septuagenario estaba metido en el agua), que, con un par de brazadas, las rescató del naufragio. Gracias, José. Ahí lo tenéis en pleno rescate.

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Y en este domingo pasado por agua doy la bienvenida a las sustitutas que a partir de ahora calzarán mis pies, unas Saucony Progrid Phienix 4 XT-900. Aquí os las presento, tan lustrosas ellas y con ese nombre tan largo y rimbombante.

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Solo os digo una cosa, zapatillas Saucony: vuestras predecesoras os han puesto el listón muy alto. Queréis la fama, pero la fama cuesta. Y aquí es dónde vais a empezar a pagar. Con sudor (el mío, claro).

PD: ¿Tenéis unas zapatillas favoritas para correr (o para hacer cualquier otro deporte)?

“Run” is in the air

Escrito por Susana Basterrechea
13 de noviembre de 2009 a las 20:17h

“Las tienes bien, no hay derrames ni inflamación, no veo ningún problema“, me dijo esta mañana mi traumatólogo. Una sonrisa se me dibujó automáticamente en la cara. “¿Y cuándo puedo empezar a correr?”, le pregunté. “Ya mismo“, me contestó. No salí pitando en ese momento porque no procedía, pero qué subidón. El lunes iré a probar mis rodillas de nuevo. Cruzo los dedos. De los pies, por supuesto.

Porque yo seré una friki, pero no soy la única. No sé si lo notáis, pero cada vez hay más gente a vuestro alrededor que practica el running. ¿No los veis trotando por todas partes? Por los paseos marítimos, por las playas, por los senderos, por las avenidas, por los bulevares….

En mi trabajo, sin ir más lejos, algunos compañeros se han calzado también las zapatillas. Bueno, uno corre y corre pese a que a veces le molestan las canillas (no es un “pupas” como yo); otro corría y corría pero se ha pasado al gimnasio porque le dolían las rodillas; y hay uno más que se compró un chándal, fue un día a correr y al siguiente ya se paró en una cafetería y pidió un café doble con una napolitana de crema. La cuestión, ya se lo he dicho, es seguir intentándolo. Y de momento no pasar delante de ninguna pastelería, claro.

Pues ya lo sabéis: “Run” is in the air. Os dejo con la canción original. El ritmo no está mal para correr, pero lo mejor es la cara del cantante, John Paul Young. Yo creo que tiene esa cara de felicidad porque corre.

Imagen de previsualización de YouTube

PD: ¿Veis a mucha gente corriendo por ahí? ¿Creéis que es contagioso?

PD2: Dedico este post a mi amiga Sonso porque no lo publico a una hora intempestiva y el aviso de que le ha llegado a su correo no la despertará de sus plácidos sueños. Un beso

De rodillas

Escrito por Susana Basterrechea
12 de noviembre de 2009 a las 23:44h

Mañana viernes voy al traumatólogo. Me va a ver las rodillas. Y tras la revisión dará su veredicto. ¿Estarán mis rótulas muy tocadas tras correr el maratón? ¿Demasiado tocadas? ¿Mañana se escribirá el final de mi, reconozcámoslo, corta carrera de runner?

¡Tengo miedo!, que diría aquella Mamachicho. Porque yo, como ya he explicado, ya estoy enganchada a este ir y venir calzada con unas zapatillas con amortiguación. Por eso, si hace falta, hincaré mis desvencijadas rodillas en el suelo de la consulta del traumatólogo y le suplicaré: ¡¡¡¡Déjeme correr, doctor!!! ¡¡¡Quiero correr!!! ¡¡¡Quiero hacer un maratón al año!!! ¡¡¡Lo necesitooooooo!!!

De paso, le preguntaré por la contractura cervical que me mata desde hace una semana y que no sé yo si será un efecto secundario del maratón (el sube y baja de mis vértebras durante casi 5 horas no puede ser bueno del todo).

Menos mal que mi traumatólogo no se parece a este colega suyo de profesión:

Imagen de previsualización de YouTube

PD: ¿Podré seguir corriendo o acabaré coja como House?

Atenas, Murakami y el desierto

Escrito por Susana Basterrechea
11 de noviembre de 2009 a las 0:03h

Esto de correr, aunque de entrada es un ejercicio individual, tiene un efecto, digamos, “Mayoral”: hace amigos. Me explico: sueles empezar a correr porque alguien cerca de ti lo hace o bien eres tú quien contagia el hábito a otros. Al final, corres tú y algunos colegas tuyos también, o viceversa.

En mi círculo de amistades, yo soy la última de la fila. Empezaron a correr mucho antes que yo ”Los Cinco”. Sí, como los de los libros juveniles de aventuras y misterio que escribió hace más de medio siglo Enid Blyton. Solo que en vez de Julian, Dick, Anne, Georgina y Tim (el perro) se llaman Benja, Alberto, Casás, Edu y Sr. Miyagi (Guille). ¿Quién de ellos es el perro? Ufff, difícil decirlo.

Todo esto viene a que uno de “Los Cinco”, Edu, acaba de correr el maratón de Atenas (8 de noviembre), el primero de todos los maratones, el original, con perdón del de Nueva York. Edu, cual Filípides, recorrió la mítica distancia de 42 km y 195 metros en 4:04:05. Edu no murió al llegar a la meta, el impresionante estadio Panathinaiko, aunque todo puede pasar: hace dos años un tranvía atropelló a un keniata durante el recorrido ateniense. 

Esta distancia, pero al revés (de Atenas a Maratón) la hizo en solitario el japonés Haruki Murakami un año después de empezar a correr, en 1982, tras dejar el local de jazz que regentaba en Tokio y dedicarse a escribir. Y para perder las lorzas que se instalaban alrededor de su barriga de tanto estar sentado ante la Olivetti también se dedicó a correr. Desde entonces (ahora tiene 60 años) lo hace todos los días, durante más o menos una hora, seis días a la semana, y ya tiene 23 muescas, una por cada uno de los 23 maratones que ha culminado (su mejor marca está en 3 horas y 40 minutos).

Será que se aplica una de las máximas que menciona en su libro Do que estou a falar cando falo de correr. Según este correcaminos japonés, en esto de las carreras de fondo “el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es una opción, depende de cada uno”. Aquí lo tenéis trotando, a pecho descubierto,  por una carretera de sabe Dios dónde:

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Lo que no sé es si entre sus medallas Murakami tiene la del Maratón des Sables, el maratón de las arenas, el maratón de los 243 kilómetros en medio del desierto del Sáhara, en Marruecos. La competición, que dura varios días, se celebrará en abril (entre los días 1 y 12). Y allí estarán “Los Cinco”. Pero esa es otra historia que os contaré más en detalle en un próximo post.

PD: ¿Tú también empezaste a correr siguiendo los pasos de alguien?

¡Sooooo!

Escrito por Susana Basterrechea
5 de noviembre de 2009 a las 23:12h

Hoy fui a correr a la playa para aplacar el ansia de movimiento. Solo había tres chicos y los tres estaban corriendo. “Otros frikis”, pensé. Llovía algo, el viento soplaba con ganas y las olas se columpiaban lo más alto que podían. Era una mañana plomiza y a mí lo que más me apetecía era correr por la arena.

Y así estuve media hora. Empecé súper emocionada, escuchando la lista de canciones que me hice para correr en Venecia. A los 20 minutos, sin embargo, noté mis rodillas (las dos, ¡¡oh, cielos!!) algo cargadas y ciertas molestias (sin llegar a ser pinchazos, ¡eh!). Seguí 10 minutos más para ver cómo evolucionaba la cosa y como no iba a peor, pero tampoco a mejor, paré.

Ya me iba de la playa algo cabizbaja, enfrascada en mis pensamientos rotulianos, cuando me topé con Toni, un amigo que se puso a tirar briznas de hierba al aire para comprobar si el viento era el adecuado para hacer kite-surf. “Susana, no me extraña que te molesten las rodillas. Tienes que dejarlas en paz una temporada, no te agobies”, me dijo. “Tienes razón”, le contesté. Y lo dejé en la playa, con su cometa y sus briznas.

Conste que no estoy deprimida, porque en el fondo sabía que esto podía pasar, que tras el esfuerzo del maratón debo descansar más y, como ya me ha dicho también alguien en algún comentario en este blog, tengo que tomármelo con calma. “Amodiño, Susana”, me repito una y otra vez, a ver si se me mete en la mollera.

La próxima semana veré al traumatólogo, volveré al fisio y me dedicaré a nadar, hacer bici y otros ejercicios para fortalecer los músculos de las piernas, que son los que aguantan a las pesadas de mis rodillas. Espero que el médico me deje correr aunque sea un poquito. Pero me temo que este mes ni medias ni carreras de 10 km ni nada de nada, ni aunque se corran de noche. A ver en diciembre.

Mientras, me consolaré con esta foto. Es de la llegada del maratón. Sr. Miyagi, siempre nos quedará Venecia (prometo no dar más la vara con el maratón).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PD: ¿Algún consejo para sobrellevar la era post-maratón?

Yonqui

Escrito por Susana Basterrechea
5 de noviembre de 2009 a las 0:25h

Llevo 10 días sin correr y ya no puedo más. Ya he descansado del tute de Venecia y el minicatarro parece controlado a base de paracetamol. Mañana vuelvo al ataque. Pero con tranquilidad, que no es cuestión de jorobarme las rodillas. Correré un ratito para ver cómo responden tras el maratón. Estoy deseando ponerme la ropa de correr, calzarme las zapatillas, colocarme las rodilleras, coger el iPod y, ¡hala!, a trotar. Me da igual si llueve (creo que así será), si hace viento (un poquito creo que también va a hacer) o si hace frío (que al parecer sí se notará). 

Es lo que tiene haberse convertido en una yonqui del running. Y no me estoy quitando. Qué va. El primer maratón ha sido el principio de una gran amistad con las carreras pedestres de larga distancia y voy a seguir corriendo

Mi cabeza ya maquina nuevos retos. Si el próximo año hay maratón en A Coruña, vive Dios que lo correré; en el 2011 seguiré en la brecha, y para el 2012, cuando cumpliré 40 años, ya he pensado en celebrarlo corriendo con el Sr. Miyagi el maratón de Londres, adonde, dado nuestro pánico a volar, podemos llegar en coche-ferri-tren.  

Sé que es una pena lo del miedo al avión porque mira que no hay maratones en sitios curiosos y lejanos. He mirado el enlace que envió Aliikai en su comentario y se corren 42.195 metros en Groenlandia (, en el Polo norte (http://www.npmarathon.com), en la Antártida (http://www.icemarathon.com/), por la Muralla china (http://www.great-wall-marathon.com/Default.aspx) y hasta en Jamaica (http://www.reggaemarathon.com/).

Y sé que me espera el día en el que correré también el de Nueva York, pero como dice el Sr. Miyagi: “Susana San, ese maratón lo haremos a los 50 o 55 años, cuando nos dé igual que el avión se estrelle porque tendremos a la familia ya criada”.

Así que mientras no llega el próximo maratón, iré calmando el mono con otras carreras más cortitas, pero muy satisfactorias también. El 22 de este mes hay un medio maratón en Vigo y dos días antes una carrera nocturna de 8 km en Oporto. Pies para qué os quiero.

PD: ¿Tenéis en mente alguna carrera?

El día D

Escrito por Susana Basterrechea
2 de noviembre de 2009 a las 22:33h

Perdón por este paréntesis de varios días, pero es que he estado DE VACACIONES DE VERDAD y me he desenchufado del ciberespacio (y de muchas cosas más). Pero vuelvo por mis fueros para contar mi día D.

Me parece que hace siglos que corrí el maratón, aunque fue hace apenas una semana. A veces aún no me lo creo, pero miro la medalla tan chula de “finisher” que me dieron al llegar a la meta y ese trocito de metal con forma de peine (es una reproducción del adorno de hierro que llevan las góndolas venecianas en la proa) me recuerda que sí fue verdad, que corrí 42 km y 195 metros con mis piernas y, sobre todo, con mi cabeza.

¿Que cómo fue correrlo? Fue tremendo. Increíble. Fantástico. Duro. Doloroso. Divertido. Único. Simplemente emocionante. De principio a fin.

El día anterior al día D la excitación apenas me dejó conciliar el sueño y luego, tras dormir menos horas de las recomendables, el Sr. Miyagi y yo nos metimos un buen madrugón. Salimos del hotel a las 6 de la mañana y la carrera no empezaba hasta las 9.30, así que los nervios crecieron aún más si cabe. Y con ellos las visitas al baño.

Tuve que hacer pis como cuatro veces antes de empezar a correr, la última ya a punto de salir, a solo unos metros del resto de participantes, aunque tapada por un amable matrimonio italiano que pasaba por allí. ¡Grazie mille! Pero luego (y eso que era uno de mis temores) ya no me entraron más ganas, lo que significa que durante la carrera bebí justo lo que luego sudé.

Y así empezamos a correr. Al principio iba muy pendiente de mis rodillas y, aunque sonriente, avanzaba muy concentrada. De vez en cuando miraba al Sr. Miyagi con una cara mezcla de ilusión y determinación, como diciendo: “Yes, we can”. Pero al ver que la cosa iba bien, me relajé y empecé a disfrutar: hablando con el Sr. Miyagi, escuchando mi música, disfrutando del paisaje y, sobre todo, entretenidísima con el paisaje humano, que me gusta más.

Siempre me acordaré de las cuatro norteamericanas cincuentonas escandalosas y rubísimas ellas, como recién salidas de Beverly Hills, enfundadas en sus mallas y pintadas como puertas. Ya lo conté en un post, las apaciencias en el “running” engañan: las cuatro nos tomaron la delantera, aunque a una la dejamos atrás al final. Las otras tres nos ganaron, claro. También me acordaré de un octogenario clavadito a Luis María Ansón que cuando parecía que por fin lo dejábamos atrás, siempre volvía a adelantarnos, cual mosca cojonera (al final la espantamos).

 Y así íbamos cuando, de repente, ahí por el km 11, las piernas me empezaron a doler. No eran las articulaciones (menos mal), sino los músculos. Los empezaba a notar agarrotados. Lo que nunca me había pasado en los entrenamientos, me estaba sucediendo el día de la carrera. Ahí me agobié. “Joder, que me quedan 30 km y esto irá a más”, pensé. Miré al Sr. Miyagi y le dije: “Me enchufo la música, necesito concentrarme”.

Dicho y hecho. Así estuve hasta el km 16-17, cuando asumí el dolor y me acostumbré a él. Seguí hacia delante, no quedaba otra, y volví a charlar con mi compañero de maratón y a reírme con los niños que, a ambos lados de la carretera, animaban sin parar y ponían cara de asco cuando chocaban su mano con la mano sudorosa de algún corredor.

Ver el cartel de los 21 km (medio maratón) me animó muchísimo. Y al Sr. Miyagi. Llevábamos la misma lista de música y entonces en nuestros iPods empezó a sonar Freedom, de George Michael. Cantamos el estribillo como dos auténticos horteras, pero qué bien nos sentó.

Y así, zancada a zancada, y tras consumir algún gel de glucosa sabor lima-limón (por favor, que le pongan una estatua al que tuvo la idea de empaquetar estos chutes de energía) llegamos al km 25, luego al 30 (¡eh! ¿dónde está el famoso muro? Ni rastro, yo creo que lo dejé atrás con la pájara del km 11) y tras un par de km por un parque (este tramo se hizo pesado, la verdad), enfilamos el puente de la Libertad, en el km 32-33. Eran 7 km de soporífera línea recta que parecían no tener fin (con la silueta de las torres y cúpulas de Venecia al fondo), pero que yo los encaré con optimismo.

Ya no quedaba nada aunque, a estas alturas de la película, he de reconocer que las piernas me dolían tanto que si pudiese me las quitaba allí mismo. Por eso ni paraba en los puestos de avituallamiento. Cogía el agua o la bebida isotónica al vuelo, por miedo a que mis extremidades inferiores dejasen de responderme si les daba una mínima tregua.

Solo faltaban 2 km. Eran los últimos. El Sr. Miyagi y yo aún no lo sabíamos, pero además eran los más duros. Los 14 puentes-rampa que había hasta llegar a la meta acabaron por descuajaringar nuestras maltrechas piernas (sobre todo las bajadas, ¡por favor, qué dolor de rodillas!).

Pero entonces vimos la meta y a mí se me empezaron a saltar las lágrimas. Miré al Sr. Miyagi, más feliz que unas castañuelas, y en un segundo pensé en el año largo de entrenamiento que me había tirado y, cómo no, en mi hijo. Y en mi cabeza escuché a Russell Crowe en Gladiator: “Lo que haces en la vida, resuena en la eternidad”. Más que una corredora de maratón parecía una corredora de marcha (las piernas ya iban casi por libre), pero llegué. Acababa de ganarme mi medalla y mi pedacito de gloria.

Y ahora, una semana después, ¿qué? Eso lo contaré en el próximo post pero ya adelanto que no voy a dejar de correr. Si mis rodillas me lo permiten, claro.

PD: ¿Alguien quiere describir lo que sintió en su día D?

Corre, dijo la tortuga

Escrito por Susana Basterrechea
29 de octubre de 2009 a las 17:26h

Hola a todo el mundo. No he desaparecido del mapa ni la mafia me ha hecho unos zapatos de cemento, es que han sido casi dos días de viaje de regreso de Venecia (en barco, tren y coche, ya sabéis que nada de avión) y ayer me pasé el día con mi hijo, que era lo que más me apetecía después de una semana sin verlo.

De nuevo en el blog, quiero decir algunas cosas.
En primer lugar, la más importante. ¡¡¡MUCHÍSIMAS GRACIAS!!! A todos los que leéis este blog, a los que mandáis comentarios, a los que habéis seguido esta aventura de correr un maratón, a todos los que habéis aguantado mis neuras, paranoias y miedos, a todos los que me habéis felicitado por llegar a la meta. El que diga que no le gusta o que no necesita que le den una palmadita en la espalda por el trabajo bien hecho, sencillamente miente. Gracias de corazón.

Y ahora, por alusiones, respondo a las críticas con unos datos (esto es muy periodístico). El ser humano camina a una velocidad media de entre 3 y 3,5 km/h. Yo hice el maratón a una media de 8,5 km/h y corrí cada uno de sus 42 km y 195 metros, de principio a fin, durante 4 horas y 54 minutos, no paré ni anduve en ningún momento. Mi corazón latió a una media de 160 pulsaciones por minuto y consumí 3.600 calorías (una persona que no haga ejercicio debe ingerir unas 2.000 al día). Así que, siento chafaros el argumento, pero sí es necesario entrenar (piernas, corazón y pulmones) para correr el maratón como lo hice yo. Y seguro que hay alguien que, sin prepararse, lo hace igual o mejor, pero sería excepcional. O una temeridad. Quien corra (no ande) un maratón sin entrenar tiene muchos boletos para acabar en una ambulancia.
Respecto a la cobertura mediática que me han dispensado, entiendo que haya gente que pueda pensar que haya sido excesiva, que lo que he hecho no es para tanto. Incluso puede que tengáis razón, pero ¿no sois capaces de ver nada positivo en proponerse un reto, trabajar durante un año y finalmente lograrlo? Quizá es como dice Sabina en la canción: “corre, dijo la tortuga/ atrévete, dijo el cobarde/ estoy de vuelta, dijo un tipo que nunca fue a ninguna parte”.

Y ya no quiero imaginar cómo os vais a poner algunos cuando hagan la película de mi aventura maratoniana. Quieren que la protagonice Katie Holmes, pero claro, primero ella tiene que entrenar un poco más y bajar su marca, que es de 5 horas y 29 minutos. Un poco de sentido del humor, ¿no?

Como una imagen vale más que mil palabras (sobre todo si las escribo yo) pinchad aquí si queréis ver a una servidora y al Sr. Miyagi llegando a la meta en Venecia (somos los dos de camiseta negra a la izquierda). Un beso.

Veni, vidi, vinci

Escrito por Susana Basterrechea
25 de octubre de 2009 a las 18:19h

Ya está hecho. Y la verdad es que la cosa ha ido mejor de lo que esperaba. Es más, estoy alucinada, encantada, como en una nube. Me lo creo porque lo he sudado y lo he sufrido, kilómetro tras kilómetro. Pero es que he bajado de las cinco horas (4:54:24) y sí, ya es oficial, ¡¡¡LE HE GANADO A KATIE HOLMES!!!

Bromas aparte, el maratón ha sido como una montaña rusa de sensaciones: me he puesto nerviosa, me he reído con la gente, me he emocionado con algunas canciones que iba escuchando, he pasado dolor, he pensado en mi hijo y, al final, en la meta me he abrazado al Sr. Miyagi y he llorado. Estoy feliz. Eso sí, me pasa lo que a Rambo: ¡¡¡No siento las piernas!!!
Pero ahora toca baño, siesta y salir de paseo. Hoy voy a cenar como una lima (que es lo que soy en estado natural) y a celebrar que he corrido mi primera maratón con una buena botella de vino. O dos, ya veremos.

Gracias de verdad a todos los que os habéis interesado por mi aventura maratoniana y habéis mandado comentarios y un montón de positivismo. Un cachito de la medalla es vuestro.

Por cierto, en cuanto a la porra, nadie ha clavado el tiempo, pero hay aproximaciones muy interesantes. Los ganadores son:
1.- Isabel, con 4 horas y 50 minutos
2.-Pablo, con 4 horas y 48 minutos
3.-Jose (4 horas y 44 minutos) y Julio (5 horas), cada uno con 6 minutos de diferencia, solo que uno por arriba y otro por abajo.
*El Chary puso que menos de cinco horas, pero al no concretar no entra en el podio. Lo siento, Chary. Y el Sr. Miyagi ya me ha dicho que mejor que no abra el sobre de su apuesta que dejó en A Coruña. Hombre de poca fe.

Enhorabuena a los que sí la tuvieron. Un beso.
Aquí me tenéis con la medalla.
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PD: ¿Quién no se cree aún que es posible que una persona normal y corriente corra un maratón si se entrena lo suficiente?

Corro, luego insisto (en llegar)

Escrito por Susana Basterrechea
25 de octubre de 2009 a las 0:25h

Pase lo que pase, muchas gracias a todos los que habéis mandado comentarios, sobre todo por aguantar mis neuras, porque he sido una pesada. Plomísima, dice el Sr. Miyagi.

Faltan solo nueve horas para empezar a correr mi primer maratón y ya no hay vuelta atrás. El Sr. Miyagi y yo tenemos todo el equipo preparado. Hasta una bolsa con el desayuno, que tomaremos en el vaporetto (ya no están de huelga, menos mal) porque hay que salir del hotel a las seis de la mañana.

A las 6.19 cogemos el barquito y a las 7.10 nos montaremos con otros corredores en un bus que nos llevará a Stra, un pueblo lleno de villas donde empezará la carrera. Vamos, una agenda tan milimétrica que ni la de Obama. Total, que llegaremos a las 8 a la salida y el pistoletazo no se oirá hasta las 9.30. Y ya se sabe, el que espera, desespera.

No le temo a la distancia ni al muro, pero por favor que no me fallen las rodillas.
Nada más. Ahora, a intentar dormir. Las apuestas están hechas. Que gane el mejor.
Buenas noches y buena suerte. Para Pedrito, el beso más grande.

PD: Para los más morbosos, es posible seguir en tiempo real el maratón a través de la web oficial (www.venicemarathon.it). Para los chalados como Guisande, lo retransmite la Rai Tre. Por la tarde, si no estoy muy hecha polvo, os cuento cómo me ha ido. Por cierto, como diría Camilo Sesto: Venecia mola mazo.

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