Perdón por este paréntesis de varios días, pero es que he estado DE VACACIONES DE VERDAD y me he desenchufado del ciberespacio (y de muchas cosas más). Pero vuelvo por mis fueros para contar mi día D.
Me parece que hace siglos que corrí el maratón, aunque fue hace apenas una semana. A veces aún no me lo creo, pero miro la medalla tan chula de “finisher” que me dieron al llegar a la meta y ese trocito de metal con forma de peine (es una reproducción del adorno de hierro que llevan las góndolas venecianas en la proa) me recuerda que sí fue verdad, que corrí 42 km y 195 metros con mis piernas y, sobre todo, con mi cabeza.
¿Que cómo fue correrlo? Fue tremendo. Increíble. Fantástico. Duro. Doloroso. Divertido. Único. Simplemente emocionante. De principio a fin.
El día anterior al día D la excitación apenas me dejó conciliar el sueño y luego, tras dormir menos horas de las recomendables, el Sr. Miyagi y yo nos metimos un buen madrugón. Salimos del hotel a las 6 de la mañana y la carrera no empezaba hasta las 9.30, así que los nervios crecieron aún más si cabe. Y con ellos las visitas al baño.
Tuve que hacer pis como cuatro veces antes de empezar a correr, la última ya a punto de salir, a solo unos metros del resto de participantes, aunque tapada por un amable matrimonio italiano que pasaba por allí. ¡Grazie mille! Pero luego (y eso que era uno de mis temores) ya no me entraron más ganas, lo que significa que durante la carrera bebí justo lo que luego sudé.
Y así empezamos a correr. Al principio iba muy pendiente de mis rodillas y, aunque sonriente, avanzaba muy concentrada. De vez en cuando miraba al Sr. Miyagi con una cara mezcla de ilusión y determinación, como diciendo: “Yes, we can”. Pero al ver que la cosa iba bien, me relajé y empecé a disfrutar: hablando con el Sr. Miyagi, escuchando mi música, disfrutando del paisaje y, sobre todo, entretenidísima con el paisaje humano, que me gusta más.
Siempre me acordaré de las cuatro norteamericanas cincuentonas escandalosas y rubísimas ellas, como recién salidas de Beverly Hills, enfundadas en sus mallas y pintadas como puertas. Ya lo conté en un post, las apaciencias en el “running” engañan: las cuatro nos tomaron la delantera, aunque a una la dejamos atrás al final. Las otras tres nos ganaron, claro. También me acordaré de un octogenario clavadito a Luis María Ansón que cuando parecía que por fin lo dejábamos atrás, siempre volvía a adelantarnos, cual mosca cojonera (al final la espantamos).
Y así íbamos cuando, de repente, ahí por el km 11, las piernas me empezaron a doler. No eran las articulaciones (menos mal), sino los músculos. Los empezaba a notar agarrotados. Lo que nunca me había pasado en los entrenamientos, me estaba sucediendo el día de la carrera. Ahí me agobié. “Joder, que me quedan 30 km y esto irá a más”, pensé. Miré al Sr. Miyagi y le dije: “Me enchufo la música, necesito concentrarme”.
Dicho y hecho. Así estuve hasta el km 16-17, cuando asumí el dolor y me acostumbré a él. Seguí hacia delante, no quedaba otra, y volví a charlar con mi compañero de maratón y a reírme con los niños que, a ambos lados de la carretera, animaban sin parar y ponían cara de asco cuando chocaban su mano con la mano sudorosa de algún corredor.
Ver el cartel de los 21 km (medio maratón) me animó muchísimo. Y al Sr. Miyagi. Llevábamos la misma lista de música y entonces en nuestros iPods empezó a sonar Freedom, de George Michael. Cantamos el estribillo como dos auténticos horteras, pero qué bien nos sentó.
Y así, zancada a zancada, y tras consumir algún gel de glucosa sabor lima-limón (por favor, que le pongan una estatua al que tuvo la idea de empaquetar estos chutes de energía) llegamos al km 25, luego al 30 (¡eh! ¿dónde está el famoso muro? Ni rastro, yo creo que lo dejé atrás con la pájara del km 11) y tras un par de km por un parque (este tramo se hizo pesado, la verdad), enfilamos el puente de la Libertad, en el km 32-33. Eran 7 km de soporífera línea recta que parecían no tener fin (con la silueta de las torres y cúpulas de Venecia al fondo), pero que yo los encaré con optimismo.
Ya no quedaba nada aunque, a estas alturas de la película, he de reconocer que las piernas me dolían tanto que si pudiese me las quitaba allí mismo. Por eso ni paraba en los puestos de avituallamiento. Cogía el agua o la bebida isotónica al vuelo, por miedo a que mis extremidades inferiores dejasen de responderme si les daba una mínima tregua.
Solo faltaban 2 km. Eran los últimos. El Sr. Miyagi y yo aún no lo sabíamos, pero además eran los más duros. Los 14 puentes-rampa que había hasta llegar a la meta acabaron por descuajaringar nuestras maltrechas piernas (sobre todo las bajadas, ¡por favor, qué dolor de rodillas!).
Pero entonces vimos la meta y a mí se me empezaron a saltar las lágrimas. Miré al Sr. Miyagi, más feliz que unas castañuelas, y en un segundo pensé en el año largo de entrenamiento que me había tirado y, cómo no, en mi hijo. Y en mi cabeza escuché a Russell Crowe en Gladiator: “Lo que haces en la vida, resuena en la eternidad”. Más que una corredora de maratón parecía una corredora de marcha (las piernas ya iban casi por libre), pero llegué. Acababa de ganarme mi medalla y mi pedacito de gloria.
Y ahora, una semana después, ¿qué? Eso lo contaré en el próximo post pero ya adelanto que no voy a dejar de correr. Si mis rodillas me lo permiten, claro.
PD: ¿Alguien quiere describir lo que sintió en su día D?