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Tercer día, triple llanto

Escrito por sandrafaginas
8 de septiembre de 2009 a las 9:15h

Seguimos intentando superar  la vuelta al cole, pero hemos ido a peor. Ahora los llantos ya empiezan en casa y los reclamos en plan: “Mami, no, al cole no, mami”, “Déjame ‘jubar’ aquí con mis ‘jubetes'”, “Mami, al cole no, porfi”. Con lo cual es levantarse ya con el corazón encogido. A esto sumamos un bebé de un año al que también hemos lanzado al mundo de la guardería, en vista de que lo que nos quedaba por delante era esperar tres meses para que empezase y retardar de nuevo el sufrimiento para adaptarse. El primer día no se enteró, pero hoy, que ya es el segundo, ha llorado también al desprenderse de mi colo, porque aún no anda. Esa es la estampa matinal: uno en brazos, y el otro, una vez más, agarrado a la pierna. Tercer día, triple llanto: el de uno, el de otro, y el mío, al dejarlos a los dos berreando.

Agarrado a la pierna

Escrito por sandrafaginas
4 de septiembre de 2009 a las 16:51h

Hay que pasar por el trago del primer día de cole o de guardería con el mayor encaje posible, pero lo único que veo a mi alrededor son caras desencajadas. Y yo que aún tengo por delante al menos tres años más de sufrida portería, de niños pegados al pantalón, berreando el “mami, mamá” me las prometía muy chulita en este segundo año de guardería. Pero el principio después de un verano es siempre duro, y ahí estaba él, con su chándal nuevo, sus tenis nuevos, su pelo repeinado, contentísimo en el coche cantando el Cantajuego (“envolviendo, desenvolviendo, estira, estira, pa, pa, pa”), que para los ajenos a este mundo viene a ser como la canción del verano (pero en DVD y con vídeos superbailables) que tiene a los padres agotados, pero a lo que iba, él tan mono, tan contento y tan ajeno a lo que le esperaba y yo con los nervios, aunque también cantaba, claro. Pero fue atrevesar la puerta y ni “cuchara, ni cucharón, ni cuchillito ni tenedor”, la música de fondo eran los llantos histéricos de los más pequeños y el susurro miedoso de los que como el mío poco a poco iban encogiendo la carita entre las piernas de la mamá (padres, haberlos haylos, pero pocos) hasta que llega el momento de la separación, que es trágica y se convierte en tensión que conviene cortar cuanto antes. Fue una horita corta, sí, pero dolió. El lunes otra vez a empezar.

Final de verano

Escrito por sandrafaginas
28 de agosto de 2009 a las 9:12h

Los padres nos pasamos el año poniendo a parir a los profesores de nuestros hijos porque son demasiado exigentes o demasiado blandos o porque no saben imponerse, o porque no atienden a las necesidades de nuestros retoños para que llegue el verano y solo con quince días de vacaciones todo su trabajo sea recompensado con frases del tipo: “Bendito colegio, a ver si empieza pronto otra vez”. Ese es el hit más escuchado en cualquier grupúsculo de madres y padres agobiados por la falta de rutina y disciplina del verano. Tanto levantarse tarde, tanta tele, tanta piscina, tanto comer lo que nos da la gana, tanto helado, tanto amiguito y tan poco que hacer termina por desquiciar a los padres que normalmente han de incorporarse a trabajar con estos desalmados aún con la desidida que dan las vacaciones escolares. Por eso ahora que se va acercando el final de agosto empiezas a ver que la gente, agotada de aguantar a sus churumbeles, sabe que dentro de unos pocos días su vida volverá a dar un respiro. Por eso en algunas casas ya las madres ansiosas han comenzado a ordenar armarios y a comprar uniformes, como si eso les adelantase la vuelta a la normalidad, y por eso también algunas se van a la peluquería a ponerse las mechas, como dando por finalizado el áspero trasiego capilar que arrastra el verano. Por eso otros hacen la revisión del coche antes de que finalicen las vacaciones o se dan el capricho de una compra otoñal anticipada, contagiados por los escaparates que más que avanzar la temporada simplemente no la dejan acabar. Pero a mí, con el final del verano, como con la canción, me entra una nostalgia infinita a pesar de haberme tragado virus con fiebre, vómitos y poco descanso y de haberme dejado la pasta y el sueño en algún hotel de playa. A mí con el final del verano también se me escapan flashes que espero se queden para siempre guardados en la retina de la memoria, como esa en que mi hija se sentó a comer en casa con el bañador puesto y las gafas de la piscina puestas no como performance sino como necesario entrenamiento para lo que esperaba fuese un feliz día de piscina. O esa otra en que el bebé descubrió el mar y que la arena, a pesar de todo, sí podía comerse. O la otra en que el del medio decidió que era un buen momento para empezar a hacer todo solo, aunque siga llevando pañal. Todo eso se me ha quedado atrapado en este verano en que, como otros, no ha hecho el calor que esperábamos, no hemos descansado lo esperado, no hemos leído lo que esperábamos, no hemos salido lo que imaginábamos, pero ya lo hemos idealizado como siempre. Ahí se quedó este verano con niños, colgado en sus manos. Feliz regreso a la rutina!

Las otras madres

Escrito por sandrafaginas
24 de agosto de 2009 a las 9:41h

(Gracias a Morraconto, Mariquiña y Salgarita por haber sacado a la luz parte de esta tipología materna en este blog)

Lo bueno de las vacaciones es que te expones ante otras madres y así puedes hacer un ejercicio de autoayuda para sacar todo ese autoodio que llevas dentro y al regresar a casa reconciliarte contigo misma al saber que no encajas en ninguna tipología de madres que hay en la piscina o en el parque de casa. Me lo contaba el otro día una amiga-madre. A mí en general me producen dolor de cabeza, vaya, me tensan esos niños maleducados, pegones y contestones con los que te encuentras en el parque o en la piscina. Además ahora que está de moda llevarlos a que se den un chapuzón como si fueran el comandante Cousteau en sus buenos tiempos, con gafas acuáticas de superúltima moda, neoprenos, tablas de surf, y hasta pistolitas de agua te puedes llevar un buen corte si, es un suponer, le rechistas al niño que te está chiringado a ti como si fueses su único objetivo lúdico. Y claro, lo normal es que si te metes en una piscina con niños te salpiquen, pero lo que no es normal es que un crío que no levanta un palmo del suelo esté venga y venga a chiringazos contigo sin que su mamá o su papá le llamen la atención. Si te atreves a decirle algo la respuesta da repelús, a mí ya me ha pasado, la otra mamá me espetó justo lo esperado: “Hija, si te metes en la piscina, te salpican”. Mi contraoferta fue comedida: “Ya lo sé. No me molesta que me salpiquen sin querer, me molesta que me salpiquen seguido con su pistola-rifle-manguera de agua”. Ante este tipo de experiencias, una termina huyendo para no enfrentarse. Pero con los niños es inevitable, al final siempre te encuentras con la tipología materna. Está esa madre registradora de la propiedad, que en el parque le dice a todo quisqui “no cojas la pala, que no es tuya”, “Dale la muñeca a la niña, que no sabemos de quién es”, “Devuélvele el coche a la mamá del niño”. Luego está la madre tumbona, que ya puede ver a sus hijos desquiciantes arrancándole el gorro de baño a una señora, que ella sigue tomando el sol sin inmutarse, convencida de que ya otros terminarán asumiendo el papel que le toca a ella, que es educarlos y por tanto llamarles la atención en algún momento. Es esa misma madre que en el parque da la chapa en el corrillo femenino con frases del tipo “Hay que dejarlos que solucionen sus problemas solos”, mientras con esa excusa sigue con su culo pegado al asiento raja que te raja. También he visto estos días a la madre megáfono, que a través del grito se comunica con su hijo para que todo dios termine sabiendo su vida. “Vamos, fulanito, que ya son las cinco y tienes que ir al dentista y aún tengo que ir a recoger la ropa a la tintorería”. Luego está la supermadre, que siempre sabe lo que le conviene a las otras y a los hijos de las otras: “Mira, no lo habrás traído un poco fresco, porque hoy no hace la temperatura de ayer”, “Y aún no lo mandas a la guardería, pues le vendría muy bien unas horiñas, para jugar con otros niños”… Probablemente, al final del día todas hayamos encajado un poquito en algún aspecto de toda esta fauna, pero aunque solo sea producto de la imaginación a veces me gustaría meterme en la piscina con una superpistolita de agua y empezar a chiringar a unas cuantas, con retoños incluidos.

Vacaciones en el coche

Escrito por sandrafaginas
21 de agosto de 2009 a las 10:09h

Cuando cogemos vacaciones en verano todos nos imaginamos descansados, tomando el sol en una playa, o una cervecita fresca debajo de una sombrilla o una parra. Esa es la imagen idílica que nos hemos vendido para regusto los curritos. Pero los padres sabemos que esa postal solo existe en la imaginación del que ya ha superado la cincuentena o de quien todavía anda alrededor de los veinte. Porque a mí las vacaciones lo primero que me dan es tortícolis. En serio. No me imagino ningún viaje en coche de más de media hora en que mi cuello no esté girado hacia el asiento trasero. Y eso que ahora los niños no van como íbamos nosotros, cuando íbamos, cantando el “ahora que vamos despacio”, que por otra parte es mucho mejor haberla superado, porque no me quiero ni poner en la piel de mis pobres padres achicharrados de calor, entonces sin aire acondicionado, y aguantando nuestras gargantas teimudas. Ahora lo que nos toca a las familias con tres pequeños y un coche es apretujarnos primero con tanta silla isofix, y después conectar el DVD portátil, porque los hemos acostumbrado a viajar a la playa de al lado viendo películas como si fuésemos a Benidorm. Y claro si hay al menos dos hermanos en edad de pelear pues lo normal es que a los cinco minutos de haber arrancado, Pocoyó ya haya sufrido varias paradas cardíacas a golpe de manotazo. Así que recorridos eso veinte minutos que dos adultos tardan en colocarlos en el coche, subir las bolsas de la playa, y la filmoteca infantil entera, mientras uno conduce, el copiloto gira su cuello al menos una media de veinte veces en diez minutos, y eso en el mejor de los casos. Otro de los momentos imposibles de reproducir para aquellos que estén ajenos al caótico mundo de la paternidad es ese regreso a casa, con los tres medios fritos, pero con la angustia de que si se te quedan dormidos la noche será terrorífica, así que además de la tortícolis y la ansiedad que te da un día de playa familiar tienes que trabajar la imaginación más que los guionistas de “Perdidos”, pero no para verte tumbada al sol tomándote la cervecita, sino para que ellos atiendan a tus directrices insomnes a base de tácticas como cantarles, moverles las manos y prometerles que al día siguiente les vas a comprar medio Corte Inglés. Entonces, claro, no te llega con solo girar tu cuello, y estirar tu cartera, sino que has de removerte y buscar tu espacio para que ellos te sigan con la mirada.Y es ahí cuando, por error y cansancio, caes, como digo, en la promesa consumista y los niños, que lo que les suena bien lo oyen, aunque estén medio dormidos te lo recordarán tanto al llegar a casa como durante los próximos días una media de otras veinte veces por minuto para desazonar tu resistencia y tu monedero. Cuando consigues aparcar el coche, desaparcar tus bolsas, su filmoteca, la silla de paseo, y a los tres, dos de ellos cargados a tus hombros y a los de tu marido. Sumas a la tortícolis, una contractura de espalda, que si no te da en ese instante, te dará después de haberte agachado para bañar a tres. Pero eso sí todos esos dolores solo los notarás una vez que los tres se hayan quedado dormidos. Que es entonces cuando tú empiezas a sentir.

Me llaman mamá

Escrito por sandrafaginas
18 de agosto de 2009 a las 13:18h

Estos días de relax empiezo a parecerme a la mamá de Mafalda, a todas esas mamás de Mafalda, como decía ella, porque está esa que adora a sus hijos todo el día, la que los persigue como una histérica para que coman, la que es feliz en su dulce hogar, la que vive esclava de la casa, la que hace horas extras a partir de las doce para que se duerman y la que responde mil veces a la palabra mamá. Por eso en estos días de vacaciones he hecho un ejercicio de esos inútiles por raros para saber cuántas veces al día me han llamado mamá, mami o sucedáneos en 24 horas y por qué. Y el total ha sido de 42 veces en un día escogido al azar. Al final va a ser que a una la llaman por el puro placer de saber que existes sin más necesidad. Es cierto que hay ese mamá lloroso de cuando están cansados al final del día y te buscan para su consuelo. Está ese mamá exigente de cuando quieren algo ya. El “mami, ven” para que seas cómplice del desastre que ha hecho uno de los hermanos. El “mami, porfi” para que les compres algo. O el “mami, mira” para que veas sus proezas en la piscina. Pero el que predomina a todos ellos es un mamá fático solo para que contestes. Y ese que puede parecer tierno es el que te rompe el karma cuando te estás duchando y lo oyes y tu mente cree que ha pasado algo malo y te hace salir empapada al medio del pasillo para nada más que que te miren absortos en plan: ¿y a esta qué punto le ha dado? O cuando estás agachada en el medio de la cocina separando la ropa blanca de la de color, en camisón, con el sudor que te cae como chorretes y oyes esos otros diez mamás seguidos a los que respondes con un queeeeeeeeeeeeeeé largo e impaciente que solo conduce a que abandones tus tareas domésticas para presenciar una más de sus escenas cotidianas, por ejemplo, que están cómodamente repanchingados viendo la televisión, pero te han perdido de vista. A veces cuando se acuestan, te pueden llamar mamá otras siete veces con el fin de que abandones tu minicena y tu minidescanso en el sofá por el puro placer de verte de pie apoyada en la puerta de su habitación. O cuando estás hablando por teléfono con alguien, entonces te reclaman por tu nombre de guerra para que desistas de ese otro ejercicio que no sea atenderlos. Y no os quiero contar cuando en un acto de mujer libre e independiente te encierras a escribir, es un decir, estos cuatro párrafos en albornoz, en el ordenador, ahí la multiplicación de las mamás es mayor que la de los panes y los peces, pero te reconcilias con el género al comprobar que eres capaz de eso que parecía un tópico femenino. No solo haces más de dos cosas a la vez, sino que además de hacerlas bien no has perdido la sonrisa cuando una vocecita te dice por cuarta vez en un minuto: ¿Mami, mami, dónde estás?¿En el ordenador?

Noche loca de hotel

Escrito por sandrafaginas
14 de agosto de 2009 a las 7:51h

 

(Aquí os dejo otro monólogo que he hecho para el programa de Radio Voz, “Despierta Galicia”, que lleva Amparo Ginés en agosto, y que salen los lunes y los viernes).

 

Levantarse después de una noche en la que los niños te han dado, eso, la noche es lo más parecido a un fuerte resacón de una noche loca de juventud. No sé si os habéis fijado alguna vez en eso. La última que recuerdo es justamente hace dos días de vacaciones en un hotel y todavía me dura esa sensación de alucinación permanente que tienes. Porque a lo normal de cualquier noche, hay que sumarle que estás en un contexto ajeno, en una habitación distinta, que has terminado por customizar a tus necesidades. Los de los hoteles no lo saben, pero los padres lo primero que hacemos es hacernos dueños de esos pocos metros cuadrados para habilitarnos a nuestras necesidades, y lo que era antes era una suite paradisíaca con vistas al mar, se convierte en un búnker fuera de todo peligro. Acceso a la terraza cerrado herméticamente, por todos los por si acasos, fuera llaves peligrosas y esquinas terribles, nevera cerrada a cal y canto, no vaya a ser que se beban el whisky que tú necesitarías tomarte, vigilancia permanente para que no se suban a los sillones y se asomen a las ventanas, y luego está ese momento final en que rodeas sus camas con todo lo que encuentras a alrededor para que no se caigan de la cama. Pero como la ley de Murphy se cumple, y aunque los padres llegamos derrotados a la cama, después del estrés que supone intentar dormir a tres pequeñajos antes de las doce de la noche, lo que viene después es lo más parecido a un after de esos a los que ibas a los veintitantos. Así que cuando tú ya estás en el limbo y tu fiel esposo no reconoce ni a su madre de lo sopas que está, a las dos horas de enganchar el sueño, oyes un golpe seco PLAS acompañado de un llanto terrible y te levantas como una zombi porque finalmente el crío se ha caído al suelo por el resquicio mínimo que tenía, y lo acurrucas a tu pecho medio sobada para calmarle el griterío nocturno. Pero sus llantos despiertan al bebé que berrea todavía más, y entonces se levanta tu marido, si no tropieza antes con la maleta, y lo acuna a saltitos por la habitación no vaya a ser que la seguridad del hotel nos requiera en la recepción de un momento a otro porque en esa junior suite hay más follón que en la suite de Cristiano Ronaldo. Es entonces cuando la mayor se despierta con esa mirada de “aquí no hay quien duema” y le pides a tu marido: “Cari, anda, hazles un biberón a los pequeños”, y él, que va ciego, pero no de alcohol, te los trae y se los enchufas, pero uno de ellos te vomita por encima y te quitas la parte de arriba del pijama. Acabas encogida, muerta de calor o de frío, nunca hay término medio, en otra cama que no es la tuya, y con otro ser que no es con el que te habías acostado a primera hora de la noche.  Así que cuando el sol se asoma por la cortina, y te miras en el espejo no te reconoces, medio desnuda, no sabes qué ha pasado, si has dormido o no, pero ves una serie de polvitos blancos sobre la encimera del baño, y te asustas, ¡Coño, que he hecho!, pero de repente recobras la lucidez, te agachas a coger el cacito dosificador de la leche en polvo, lavas los biberones, y sabes que a diferencia de la resaca de años atrás, en lugar de sofá y tele, lo que te queda por delante es un maravilloso día de playa, con los tres niños pequeños, así que solo te queda coger aire para inflar los manguitos.

 

Sin cuartos de baño

Escrito por sandrafaginas
11 de agosto de 2009 a las 9:22h

 

Desde el umbral de las vacaciones, todo se ve distinto, a veces peor de lo que una se imaginaba. Por eso no está mal echarle un poco de imaginación y de exageración a los trompicones del día a día, con los tres niños, un marido poco playero y falta de sueño y sol. Así que aquí os dejo algunos pequeños monólogos que los lunes y los viernes están saliendo en el programa de Radio Voz “Despierta Galicia”, con el fin de que nos riamos un poco más de nosotros mismos. Este que subo salió justamente ayer, no es el primero, pero tampoco será el último.

SIN CUARTOS DE BAÑO

Cuando viajas por Galicia con los niños de vacaciones es cuando te das cuenta de lo bien preparados que estamos los de dentro para cualquier imprevisto que te surja con ellos. En serio. Si no fuera por esa cantidad de naturaleza virgen que tenemos a nuestro alrededor mis hijos no podrían hacer pis, porque lo de los cuartos de baño es otra historia. Ahora entiendo a todas esas madres que saludan la vuelta al trabajo con frases del tipo: “Por lo menos, aquí puedo ir al cuarto de baño sola”. Porque a ver, por muy espabilada que seas y tengas casi todo previsto, sus necesidades son eso, necesidades. Así que aunque estés habituada a ir a restaurantes donde se reciben niños sin problemas (a veces en otros cuando entras con tres te miran como a terroristas), pues no siempre puedes adecuarte. Y ahí estás tú, que si ya normalmente sabes lo que significa hacer pis con el bolso colgando, la chaqueta remangada, medio de pie, mientras sujetas esa puerta que está siempre rota, pues ahora con los críos ni te cuento. Entras en esos chiringuitos de playa, con el suelo empapado, sin papel higiénico, con el pestillo estropeado, la cadena que no tira, sin jabón, y solo por un momento piensas cúales son los requisitos mínimos para que un habitáculo sea un cuarto de baño. Pero te resignas y cargas a la cría en el coliño aun a riesgo de ensuciarte tú, que para eso eres su madre y una madre siempre tiene recursos, y si te metes en uno de esos típicos baños de cafetería de medio metro cuadrado en el que tienes que entrar de lado, terminas haciéndote un hueco en plan Matrix y saltas con el crío en brazos, abres tus piernas, te arrojas al suelo, bajas tus rodillas a los pegotes de la baldosa, extiendes (si con suerte lo llevas) tu cambiador infantil tan mono de dibujitos y allí mientras sujetas la puerta porque no cabe nadie más cambias al crío te ríes de la clase de pilates de tus amigas solteras, que ya quisieran ellas tener esa flexibilidad que te da la maternidad. Y claro pasas por todo esto, por no hacerlo delante de todos los que gustosamente están sentaditos tomándose el café. Luego está ese momento en que tú vas al baño y como mujer te tragas a todos los críos contigo, porque la niña ya no puede ir con su padre, claro, al baño de los hombres y los cambiadores fijos, en el caso extraño de que des con uno, están siempre en el de las mujeres. Así que aunque tú estés cómodamente tomándote tu refresco en una terracita, a tus necesidades fisiológicas sumas tres más. Y es entonces cuando además se suma tu amiga y los críos de tu amiga. Y en lugar de ir de dos en dos, como hacías en tu juventud, vas de siete en siete. Y ahí estás tú otra vez, con la puerta que no cierra, tu bolso cruzado arrastrado por el suelo, tus clínex rodeando la tapa para que se sienten, mientras en un juego de equilibrio temporal vas cambiando al de dos años como puedes, medio de pie, colocándole el pañal a las bravas. Tu amiga te sujeta al bebé, y cuando tienes a los otros listos, te vuelves a agachar para apoyar tu cambiador en algún resquicio de suelo y hacer lo propio con la criatura. Con suerte, si hay papelera dejas el material en el baño. Si no, te lo comes con patatas hasta salir a la calle. Ay, la calle. No saben los dueños de los perritos los trabajos que se ahorran.

Solos en casa

Escrito por sandrafaginas
27 de julio de 2009 a las 17:17h

Hay noticias que le ponen a una la piel de gallina. Y no digo que no estemos a veces estresados como para cometer errores en el cuidado de los niños que lleve a consecuencias fatales. Pero otra cosa es olvidarse de los hijos en el coche cuando los dejas aparcados para ir a trabajar o dejarlos solos en casa. Recuerdo una vez a una amiga a la que se le pasó por la cabeza dejar a su hijo pequeño durmiendo mientras bajaba hasta la esquina de su calle a su hija también pequeña. No lo hizo, solo se le pasó por la cabeza, llovía, estaba sola, pero en ese momento se le planteó solo una pequeña posibilidad que la aterró: quedarse atrapada en el ascensor. Entonces su sentido común funcionó. Habrá muchas veces que no pase y en al aturullo del día a día habrá quien tome decisiones arriesgadísimas, pero por solo una vez que pase es mejor no poner a funcionar al azar en estas situaciones. Con ver noticias como estas, a los que observamos ya nos llega. ¿Que hacía sola en casa una niña de dos años? ¿Tienen respuesta los padres para eso?

El embarazo llega al Parlamento gallego

Escrito por sandrafaginas
23 de julio de 2009 a las 17:31h

Llevo varios días sin escribir, tantos que casi me convoco para un suicidio mediático tipo el de Coto Matamoros para ver si todavía hay audiencia al otro lado. Pero es absurdo ponerme a relatar aquí lo que supone un julio lluvioso con la mitad de la gente de vacaciones, con tres niños en casa, porque todos estáis también a lo mismo. Dicho esto, y en plan telegráfico, quiero colgar un mensaje que me acaba de llegar de la presidenta del Parlamento gallego, Pilar Rojo, en el que  muy amablemente me pone al tanto de una reforma puntual que acaba de trasladar a los grupos parlamentarios orientada a permitir que, en una baja de maternidad, cualquier diputada pueda delegar su voto. Y dice textualmente (traduzco para los foráneos): “De salir adelante esta reforma, pondríamos fin a anomalías como la registrada en la pasada legislatura, en la que una diputada se vio privada de sus derechos por el hecho de ser madre. Considero que desde las instituciones debemos adoptar medidas concretas que sirvan de ejemplo al conjunto de la sociedad, en este caso en materia de conciliación”. Ahí os lo dejo. No sin antes apuntaros también la columna de mi compañero Lois Blanco, que matiza esta propuesta de cambio.

 Propuesta reforma regulamento maternidade

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