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Un curso de defensa personal

Escrito por sandrafaginas
15 de septiembre de 2010 a las 19:34h

Apuntarse a un curso de defensa personal cuando tus hijos tienen 2 y 3 años es una posibilidad que contemplo cada vez más. Sí, dramatizo, pero en estos momentos tengo una mano abierta (y no por dar sopapos) cubierta con una venda para ver si la muñeca se ajusta a su antigua realidad. Me ha dado por pensar, una vez analizado el movimiento de la mano, que cada vez que tengo que meter a mi hijo en una de esas sillas del coche y evitar que la cabeza se le golpee y el chándal del cole se le manche al rozarse con el vehículo debo hacer un giro imperfecto que sumados los días ha hecho un pequeño esguince. Pero eso no es todo. Cuando cambio un pañal en el cambiador del baño, un ser diminuto, con pilas duracell, se toma a rajatabla aquella máxima de «dar cera, pulir cera» y a lo Jackie Chan retuerce su pierna y empuja duramente su pie en la boca de mi estómago. Eso sucede incluso varias veces al día. Así que he empezado una técnica de autodefensa que consiste en forzar todavía más los brazos (he sacado bola en estos años sin necesidad de gimnasio) y bloquear sus piernas apoyando todo mi cuerpo sobre sus rodillas durante esa posición. Pero no ha funcionado. El canijo tiene el arte de Speedy González (apellido que comparte) y maneja mejor el escapismo que Houdini. Pero como en estas circunstancias todavía soy yo quien ha de velar por su seguridad (a la mía que le den, claro) tengo que evitar que sufra en su huida un golpe y se me caiga del cambiador. Así que me golpeo doble y triplemente los brazos para sostenerlo (a veces en el aire) con giros dolorosos. Luego está la noche, que a él lo confunde y a mí me funde. Porque en esos intentos porque enganche de una vez el sueño a mi lado (sí, en mi cama, porque con tres se cometen pecaditos de esos a horas intempestivas) empieza la lucha libre. He cogido ya la manía de cubrirme al menos la cara con el brazo y sacar codo, en plan karateca, para evitar lo que me sucedió el otro día. En plena noche y mientras dormía a pierna suelta un patadón me ennegreció la nariz durante varios días. Parece irreal la pesadilla, pero es tan verdad que solo otro u otra en mi situación entenderá que es tan cierto como lo anterior. De los negrones de las piernas hablaré otro día.

Volver a empezar

Escrito por sandrafaginas
10 de septiembre de 2010 a las 11:46h

He decidido arrancarme de nuevo, que ya iba siendo hora… Hay tanto  que contar que una no sabe por dónde empezar. Todos hemos crecido en este año, la de cinco casi 6 ha dejado  Disney y se ha pasado al lado oscuro de las Divinas (las de la serie Patito Feo, para neófitos), y a lo que nos dirigimos últimamente es camino a la perdición, con preguntas del tipo: “¿Mamá, tú cuándo empezaste a ponerte tacones?” y “¿Mamá, a los quince años, por ejemplo, una tiene llaves de casa y ya no tiene cuidadora?” (Empieza pronto a pensar como liberarse del yugo opresor).

Así que los retos del día son básicamente variarle su peinado y cómo innovar en un vestuario en el que cualquier cosa que brille es digno de fondo de armario. Me siento como la madre de la Naomi Campbell, cada vez que aparece con modelitos tipo biquini, con cientos de collares, y una rebequita por encima, para solicitarte la aprobación de su show room. Lo dicho: casi 6 años.

Pero luego están los otros, el que hoy ha empezado el cole de mayores y ha llorado como corresponde a un primer día de tensión, pero ahí estaba hecho otro pincel, repeinado y listo para enfrentarse al mundo de las ceras, la plastilina y el papel pinocho.

Y luego el  pequeño, que como corresponde a un malcriado, ya ha pedido tregua de guardería solo dos días después de incorporarse, con un solícito: “¡Cole, no! ¡Mañana!” Y al más puro estilo madre blanda, como sin experiencia (tócate tú la experiencia) le he permitido el desafío de seguir consintiéndolo un día más en medio de mis piernas con el fin de que el lunes se encarrilen los tres a su destino escolar. Así que a pasar el síndrome del nido vacío.

Hoy hemos vuelto a empezar y a conciliar, porque no hemos podido hacerlo como nos hubiera gustado en un año duro (pero feliz)  en el que me he incorporado a V Televisión y a ese ”Galego con curso” que seguimos disfrutando en antena. Pero esa es otra historia. Ahora que la rutina se ha impuesto intentaremos no interrumpir este diario de fatigas de una madre que tiene que dar respuesta día a día a genialidades como esta: “¿Mamá, nosotras qué somos Divinas o Populares?” (Eso cuando son las nueve de la noche y una llega de grabar con un supermoño y con la cara pintarrajeada cubriendo el mínimo poro facial…) “Cariño, nosotras…” (Qué coño, hay que mojarse: “Cariño, nosotras somos Populares que tendemos a Divinas”. Duérmete, que mañana hay cole y toca volver a empezar.

Casi todo listo para el gran día

Escrito por sandrafaginas
5 de enero de 2010 a las 22:14h

A estas horas los Reyes andan cansados, muy cansados, después de la cabalgata literal que se  han echado sobre sus hombros (con los críos encima, claro).  Y aunque les queda todo el trabajo por hacer, seguro cumplirán con su tarea. Dos de los hooligans están ya fritos, y aún queda la terremoto mayor por bajar de la nube en la que entró en casa. El roscón está encima de la mesa de la cocina, los zapatos en el árbol, con los tres vasitos de agua y sus tres pedacitos de roscón (había que aprovecharlo). Pero el rey Melchor, que es justo el que escribe, todavía tiene las botas puestas y la cartera en la mano, porque sí, aún queda ese pequeño detalle de adulto por resolver. Mañana tocarán sirena pronto, y entonces los padres se convertirán en desempaquetadores profesionales y en Mani Manitas, que mejor era que dejaran en el árbol un destornillador para montar todas esas pilas que les esperan. Pero eso será después de ver cómo se les iluminan los ojos cuando asoman sus caras por la puerta del salón.

Ya vienen los Reyes.

Escrito por sandrafaginas
5 de enero de 2010 a las 10:34h

Como los aficionados que esperan la final de la Champions, o como los que se emocionan con un derbi Barça-Madrid, o esperan la corrida de José Tomás en la Monumental, así pero multiplicados por cien están hoy estos hooligans que tardan en dormir y se despiertan al alba porque hoy es esa gran final. Estamos atacados todos, los Reyes, estresados, y los niños, estresados en estas ya horas finales en que nada es como suele ser. Desde las siete hoy suenan las risas y el griterío descontrolado (“es hoy, es hoy”) y con la emoción de quien espera un mensaje especial (adjetivo lerdo en este contexto, que diría mi compañera) han esperado el periódico a la puerta de casa, todo, por supuesto, para ver llegar en remolcador a sus majestades. Han recorrido la foto de arriba abajo y de abajo arriba, las coronas, el turbante, el color de sus barbas (los que tienen barba) el color de la piel blanca (los que la tienen blanca) y negra (el que la tiene negra). Hemos repasado el recorrido de la cabalgata para que nada falle hoy, la víspera que encierra el misterio de todo aquello que quizás se haga realidad mañana. Esa emoción solo entendida para los que viven en permanente viernes, como ellos, los hooligans vitales, es irrepetible hoy. La ansiedad se ha instalado en sus caras, de cinco años, dos años y medio y dieciseis meses. Y yo solo de verlos estoy felizmente contagiada.

Necesidades primarias

Escrito por sandrafaginas
29 de diciembre de 2009 a las 10:31h

Mientras aún me recreo en las palabras de César Casal sobre la rutina (imprescindible este fin de semana) he empezado a analizar cuántas veces me la he saltado estos meses y, claro, mejor no hacer las cuentas. Mis necesidades, como apunta él en su artículo, se han vuelto primarias: comer, beber, dormir. Así seguimos en unas Navidades en que cuando el resto de tu familia saborea viandas y turrones, tú te balanceas con un crío en el colo mientras estiras el brazo con el tenedor a ver si consigues pinchar ese último trozo que queda en la bandeja. Y ahora bebes ese culín de vino en copón grande con el cuello literalmente girado en plan la niña del Exorcista (la de verdad, non la Esteban) para que de un manotazo tu churumbel de 16 meses no te tiña de rojo esa estupenda camiseta que estrenas para la fiesta.

La fiesta que tienen los demás la observo yo, feliz, muy feliz, pero casi sin probar bocado, que para cuando te sientas al primer plato después de haberle cambiado el culo al segundo, ya el resto canta la marimorena… No es la dieta de la alcachofa, ni la disociada, ni la de Nature House, ni muchísimo menos la del cucurucho, es la del baile de san vito, que te mantiene de pie cuando quieres sentarte, y sentada cuando quieres bailar, y despierta cuando quieres dormir, y dormida cuando te tienes que levantar. Por eso me sumo a la rutina de la que habla César, que traduzco en “comer, beber, dormir”. Pero mientras eso no llega, me conformo en subirme a los tacones e imaginarme que tal vez este sábado consiga hacer un hueco en mi agenda y romper la rutina necesaria en forma de otra fiesta: esas de las de antes, de comer, beber y…

(Este mensaje ha sido escrito con otro de los niños en el colo)

Mi producto interior bruto

Escrito por sandrafaginas
18 de diciembre de 2009 a las 10:40h

Imagen de previsualización de YouTubeHay veces que el silencio es la mejor manera de entenderse, así que para los que hayan seguido puntualmente este blog esta frase tendrá el significado preciso que le quiero dar. Podría decir ahora miles de disculpas estúpidas sobre dónde he estado, cómo y con quién durante estos casi dos meses de silencio oportuno. Pero mi vida no ha cambiado nada, lo único se ha complicado un poco más en cuanto a los horarios de trabajo y a la poca disponibilidad con mi familia. (O de sempre, vamos). Hemos superado, eso sí, las amargas noches en vela en que nos quedamos en el mes de octubre, hemos casi empalmado noviembre y diciembre sin pisar la guardería (los mocos y los virus), y hemos sobrevivido a los distintos síndromes maternales, aunque alguno de ellos me sigue rallando la cabeza (no dejo de pensar, por ejemplo, que mis hijos últimamente solo me ven en camisón o en pijama debido a los horarios). Ahora mismo, como madre, solo intento sumarme al reto de superar a la mamá de Caillou, sí, sí, ese icono clásico televisivo, siempre atenta y dispuesta a escuchar y a acariñar a sus churumbeles y esposo sin un mal gesto ni una palabra de más. Así que en esta vuelta de tuerca hacia mi persona, a mí que me suele tirar el modelo Kiti Manver del Almodóvar más ochentero (“¡Vanessa!, al colegio”) , no hago más que mirame en el espejo de ese dibujo animado que ora hace galletas en el horno ora lee un cuento abrazada a la almohada de sus hijos ora va al supermercado ora prepara el árbol de Navidad ora pone la lavadora, pero siempre con la sonrisa puesta. Y en esa dramatización ando, un poco en plan la familia Trapp, cantando villancicos por las mañanas como una verdadera Julie Andrews (en camisón, eso sí) para que desayunen y se vistan en paz, y para que siga reinando este espíritu de buen rollo navideño antes de que a su madre le vuelva la rutina en forma de legionaria verborrea (¡a dormir!, ¡a comer!, ¡a vestirse!, ¡al colegio!). No hay como sacar el mejor producto interior bruto. Feliz Navidad, próspera conciliación, y mucha, mucha, mucha paciencia e imaginación para superar el día a día!

La mamá de Caillou.

 

 

 

 

Per

En su cama o en la tuya

Escrito por sandrafaginas
18 de octubre de 2009 a las 11:34h

En estos momentos empiezo a parecerme a Samanta Villar, la reportera, que bien podría realizar uno de sus programas con experiencias como la nuestra. “21 días sin dormir” es un buen título. Nosotros llevamos -y no es una coña- 17 días sin dormir seguido. Exactamente desde el día 2 de octubre, viernes. No dormir es igual a: no dar pie con bola en el trabajo, llegar tarde al cole, gritarle a tu pareja cuando tú tienes un problema, cagarte en la madre que los parió cada vez que oyes el grito nocturno “¡mamá!”, no tener paciencia con nada ni con nadie, huir del espejo porque te reconocerías… Esto no es exactamente igual que el insomnio (que será mucho peor, seguro). Esto es estar dormida a pierna suelta y sobresaltarte todas las noches por uno de los berreos. Tener tres hijos pequeños hace que a veces estas carambolas resulten, y donde se despierta uno, aquí se despiertan tres. Una, por los miedos. Otro, por ejemplo, porque tiene fiebre; y el otro, porque le cae el chupete. Pero lo cierto es que casi siempre el grito de uno es el que provoca que los demás se despierten contagiados. Esto no lo cuenta ni Estivill ni ninguno de los expertos del sueño infantil. Siempre te cuentan el rollo del bebé, al que hay que educar, o en contrapartida, el abrazo nocturno que hay que dar cuando se despierta el niño, como propone el otro especialista Carlos González. A mí me la trae floja, como se diría vulgarmente, ni me dan las manos para abrazar a los tres a la vez, como ellos reclaman, ni puedo castigarlos sin ir a calmarlos, ni puedo evitar que se levanten, ni puedo evitar siquiera que despierten a los hermanos. A veces los astros se conjuran. Solo hay un dilema: ¿en su cama o en la tuya? Y ahí andamos, unas veces vamos nosotros, y otras vienen ellos.  17 días (y 17 noches).

Donde caben dos, se apretujan cinco

Escrito por sandrafaginas
8 de octubre de 2009 a las 19:57h

Muy a mi pesar el eslogan de Ikea “donde caben dos, caben tres” no se cumple a rajatabla, así que no contentos con el exceso cumpleañero en el que seguimos inmersos, he involucrado a toda la casa en un cambio de habitaciones, para hacerle hueco al pequeño que nos ha acompañado desde su nacimiento en el cuarto comunal en el que al final terminan todos (el de los padres). De manera que a la tropa que somos, hemos sumado al pintor, que ya entra por casa como si fuera uno más de la familia. Porque no contenta con la “calma” que genera el levantarse varias veces por la noche, ahora los días son un eterno campamento de limpieza, como si una estuviera con el síndrome del nido limpio, en un preparto permanente. No sé si es el comienzo del otoño (yo octubre lo asocio siempre a cambio de armarios), una encubierta insatisfacción como la de Annette Bening en American Beauty, pero ya me estoy empezando a preocupar de esta incontenida vorágine que se cierne a mi alrededor. Y ahí ando, haciendo espacio donde no lo hay, sumida en el ikeísmo, he intentado aprovechar huecos, he reorganizado los metros cuadrados para que donde había dos hace solo cuatro años quepan cinco en estos momentos. Cinco, con sus camas, cinco con su ropa, cinco con sus necesidades particulares, uno con su trona, con su silla de paseo, el otro con la otra silla de paseo, el patinete rosa de ella, mi ordenador, sus libros, mis libros, nuestros libros… (Coño, tanto libro sin tiempo para leer ahora!) Sus películas, mis fotos, nuestras fotos… Todo lo que se acumula innecesariamente, pero tan indispensable en forma de recuerdos. Mi casa se ha convertido estos días en un campamento barnizado de hogar, para que donde cabían dos quepan cinco, aunque sea apretujaos. Tan apretujaos como esos que estoy viendo ahora mismo por el rabillo del ojo en Gran Hermano mientras escribo. Lo que hace el tiempo libre… Y yo aquí dándole al Don Limpio y al Glasex.

Primer asalto: los cumpleaños

Escrito por sandrafaginas
22 de septiembre de 2009 a las 17:57h

Pasados estos días de adaptación a la vida escolar, empezamos ya a sufrir las consecuencias de tanta vida social infantil. El primer asalto después de habernos dejado la pasta en los uniformes, los libros, el chándal, el comedor, las actividades extraescolares (multiplíquese por hijos, claro) viene de la mano de los cumpleaños. Y en ese dilema andamos, porque si por un lado nos quejamos continuamente de los gastos que genera el colegio, por otro los padres estamos también generando en el día a día un montón de gastos innecesarios alrededor de los niños. Y ya digo que es un dilema, porque casi nunca se puede ir en estas cosas a contracorriente, dada la fuerza del grupo. De modo que en esta semana pasada, pongamos un ejemplo real, hemos tenido dos cumpleaños y nos enfrentamos a otros tres hasta el miércoles próximo. La moda es celebrarlos en esos negocios de fiestas, con bolas, chuches, y baile… e invitar a toda la clase (unos 25), por lo que cada niño afora 10 euros, lo que hace un total de 250 euros para regalarle al churumbel. Y en esas andamos. Algún padre que se niega a celebrarlo así, se ve involucrado en que su retoño vaya igual a los cumples, lógicamente. El que empieza por no invitar a toda la clase, también acaba extendiendo la celebración a todos, por no dejar a cinco o seis críos fuera (“postos a gastar”), pero lo peor es que en contra del deseo de los niños, a veces los padres regaladores “se fuerzan” a tener que gastar esa pasta gansa hasta completar los superregalazos y consumir los 250 euros. Y como tampoco se quiere hacer diferencias entre los niños y que unos lleven menos que otros, el grupo ha decidido esa cantidad.  Conozco un caso de una cría que se bloqueó y dejó de abrir paquetes (es cierto que en su cumple había más de 30 niños) y otro que, en vista de que sus padres no le dejaban invitar a toda la clase, empezó a falsificar las invitaciones con fotocopias, para que ninguno de sus colegas se quedara fuera…

Esto que puede parecer una pijotada (y que lo es en cierta medida) refleja muy bien lo que los padres hacemos a diario: contradecirnos.

Dos horas sola

Escrito por sandrafaginas
10 de septiembre de 2009 a las 12:37h

Hemos pasado la prueba bastante bien, a pesar de que la noche también aquí ha sido movidita, de Santa Compaña, yo metida en la cama con el del medio, y el padre con la mayor. El bebé se despertó a las siete, y a las ocho aquí ya bailábamos el mambo (¡solo en pensar en entrar por la tarde a trabajar ya me da sueño!), pero me he organizado bastante bien, así que superada la prueba del tráfico que ha sido insufrible, colas para entrar en el colegio, dobles filas, triples filas, etcétera, he dejado a la mayor feliz con sus amigas en clase dibujando el verano, he vuelto a casa, he subido a los otros al coche, he vuelto a hacer doble fila, he bajado a uno a la acera, he cogido al otro en el colo, y listo, las 10 de la mañana, un solo pucherito, y sola. Sola durante dos horas. Ha sido una sensación extraña, de descoloque, de qué hago, de adónde voy, de si me llaman o no me llaman de la guardería… Pero ya está. Hay vida fuera. He estirado ese par de horas como nunca. Ánimo para mañana.