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Yo consumo, tú consumes

Escrito por sandrafaginas
8 de noviembre de 2010 a las 10:55h

Desde que sé que el genio creativo de Pocoyó le puso el nombre a ese muñeco porque su hija rezaba “Jesusito de mi vida eres niño pocoyó” le he perdonado un poco su imperdonable merchandising.  Porque es cierto que cada semana los críos se enganchan, llamados por la publicidad de las jugueteras, a diferentes trapalladas del kiosco. Los míos andan con las pulseritas de marras, esas que dicen que lleva Shakira. Pero es moda de estas últimas semanas y cuando llegas al colegio ya son tropa los que las tienen, así que para formar parte del grupito es indispensable el brazalete de colorines. Una madre (o un padre) puede resistirse, claro. Todos pasamos por etapas y tenemos nuestras pequeñas Kamchatka, (yo me resisto a pintarle las uñas, por ejemplo), pero lo cierto es que el poder del colegio impulsa también al kiosco, porque allí es donde intercambian las modas. De las pulseras se pasa a las peonzas o las bolas que se aplastan y saltan enloquecidas o a las postalillas de la Liga de fútbol. Y aunque es verdad eso que destacaba el otro día el periódico de que ya se ha acabado lo del “sipi” y “nopi” de los cromos, porque los padres les compramos de una tacada el álbum y las postalillas, los críos siempre se las agencian para llegar a casa con algo que no es suyo y dejar en manos de otro lo que les pertenece. El trueque se eleva a otras categorías: pegatinas, pulseritas, gormitis…, previa parada en el kiosco. Es el rezo común del: “yo consumo, tú consumes si eres niño pocoyó”. Eso en el día a día, porque ya hay como en mi casa quien se ha hecho con varios catálogos de juguetes para hacer boca para la Navidad, con frases antológicas: “Mamá, de esta página me pido este”… Quedan dos meses por delante y doscientas páginas más por revisar!

El lenguaje de los papis y las mamis

Escrito por sandrafaginas
2 de noviembre de 2010 a las 13:23h

La ternura también se refleja en el lenguaje, a mí me encanta cuando los niños me dicen “mami, porfi” para pedirme que interceda para conseguirles cualquier cosa de las suyas. Su ternura también se traslada a la lengua de una manera brutal cuando balbucean y le llaman como el mío pequeño a Halloween algo así como jalopín, y yo le contesto que él sí que está hecho un ghalopín (la gheada que no falte). O cuando las ”películas” en su boca  son ”pelúlucas” o el ”periódico” ”períocodo”, etcétera, etcétera. Eso es muy tierno. Pero últimamente estoy experimentando una repugnacia natural al traspaso de toda esa jerga infantil al lenguaje del matrimonio y todo el entorno que se cruce con una madre. Me explico. Es lógico que a una en la guardería le digan esporádicamente “mami” porque no se saben los nombres de todas, es un recurso fácil y económico, y casi me atrevería a decir que del gusto de muchas progenitoras. Si otro día estás en casa y oyes que a tu marido se le escapa eso de “díselo a mami, que yo ahora no puedo”, pues vale, lo aceptas (tú también lo haces alguna vez). Pero  observar a un matrimonio que se llaman papi y mami continuamente, en lugar de los nombres de pila, pues… va a ser que no…, va a ser que no…, vaya, que no inspiran mucha sexualidad, por decirlo finamente. Y esto de lo que me parecía imposible estar hablando hace unos años, lo manifiesto públicamente, porque me empieza a preocupar (de esa manera que a mí me preocupa) esa tendencia general de las parejas con hijos a denominarse papi y mami sin ningún tipo de pudor cuando están entre amigos. ¡Joder, que nos conocemos de toda la vida! Y luego está ese pseudoatolondramiento lingüístico de cara a los hijos, cuando se les habla con una dulzura impuesta por el -iño: “Cariño, vidiña, anda vete a por tus cosiñas que un ratiño nos vamos con la abueliña, ¿qué pasa?, ¿que tienes moquiños?, a ver si tengo un pañueliño por aquí, venga suena despaciño!… “. Pero lo peor es cuando este uso es un abuso, y llegas a la guardería (no en todas, claro) y te espetan en la puerta: “Mami, mira, en esta libretiña vamos a apuntar cuántas veces el niño hizo cacolas, ¿vale, mami? Si las hizo blandas, entonces ya te avisamos, de acuerdo, mami?” ¡Coño, con el mami!  Que tenemos nombre!! O no me llames nada!! Que aún tenemos varios años por delante para conocernos!

Más que peluches son nietos

Escrito por sandrafaginas
26 de octubre de 2010 a las 10:08h

Cuando mi hermano y yo éramos pequeños jugábamos con Hai (leído Jai), el amigo imaginario de él, como si fuera un hermano más. De hecho vivió con nosotros varios años hasta que decidió irse a Barcelona con su hermana Marta. A Hai, que llegó con mi hermano un día así de repente, solo lo veíamos nosotros y recuerdo que volvía locos a mis abuelos porque era invisible para ellos (“Cuidado, que lo pisas!!, les gritábamos). Aunque en realidad era invisible para todos, excepto para mi hermano y para mí. Hai fue a todas partes con nosostros (más con mi hermano, claro), así que no solo se limitaba a aparecer entre las paredes de casa, iba a comer fuera, asistió a acontecimientos familiares, fue de vacaciones…, vamos, que vivió una buena vida mientras duró en nuestra imaginación. No sé qué será de él, pero en mi casa, los peluches me han recordado la buena vida que le dimos a Hai mi hermano y yo. Mis hijos no se han enganchado en especial a ningún muñeco a la hora de dormir, va por épocas, pero en estos momentos duermen con varios que se han convertido en unos verdaderos nietos para nosotros. En una maleta de fin de semana no pueden faltar Teddy, Lolo, Annie, el pollito Titito, ni la ranita, ni Lulo, ni por supuesto en unas largas vacaciones. Y no me quiero imaginar que alguno de ellos se perdiese!! Así que a la preocupación de los hijos se suma la de estos nietos de peluche, y lo peor es vernos hablando de ellos con ese código familiar que tiene que erizar los pelos desde fuera (“¿Dónde está Annie?, ¿Metiste a Lolo?, ¡Falta Teddy!), con la angustia normal de quien sabe que se han vuelto imprescindibles en estos momentos para conciliar… el sueño. Habrá que trabajar duro para sacarlos adelante!

Mis satánicas majestades

Escrito por sandrafaginas
25 de octubre de 2010 a las 11:34h

Imagen de previsualización de YouTubeSe acerca Halloween, pero en mi casa siguen los espíritus despiertos en plena noche, sin necesidad de que se cumpla la celebración. Por eso cuando van a dar las doce a mí ya me entra el pánico, porque sé que enseguida empezará el desfile de máscaras. Hoy a las 3, a las 4, a las 5, porque son tres y hay fiebre, y uno despierta a otro para que cuando den las ocho y suene el maldito despertador, se levante la zombi de su madre, y como sonámbula se duche y haga el desayuno para cada uno de sus satánicas majestades. Y así ha sido.  Para después vestirlos, y llevarlos (los que están libres de virus) al colegio en el coche en un ejercicio de rutina, todos sin hablar, callados, y escuchando la música, que hoy sí, he decidido yo. Así que en un alarde de madurez he sustituido “La vaca lechera”, hit del Cantajuego, por Jumpin Jack Flash, de los Rolling. Y ellos, habituados a exigir su música antes de que se encienda el motor, han entendido que su madre necesitaba ese respiro y me han respetado… Va por ellos, mis satánicas majestades.

El marcaje de una hija

Escrito por sandrafaginas
14 de octubre de 2010 a las 12:42h

Sin ninguna base científica, pero observando lo de alrededor, puedo asegurar que el marcaje de las hijas a las madres no tiene parangón. Porque en esto los niños son mucho más simples y responden mejor a las órdenes diarias. Pero las niñas no. Tú a una cría le mandas poner, pongamos por caso, una determinada ropa y de camino al armario te pregunta tres veces por qué así y por qué no de la otra forma y te exige combinaciones que no se le ocurren al estilista de Kate Moss. En cambio, al crío le dices: “Venga, nené, a ponerse esto” y va el tío y se lo pone (como mucho te pide unos tenis determinados). A ella le tienes que cambiar el peinado, el lazo, las horquillas y el modelito por exigencias del guión. Pero eso a la inversa también las pagas. Así que si tú te pones, y es un ejemplo real, un camisón de la temporada pasada enseguida te suelta la niña aguijones como el de la mía: “¿Ese camisón que es de cuando estabas embarazada?”. Y de repente te quedas muerta y te pones a darle a la cabeza y a pensar: “La hija de su madre, que soy  yo, me ve gorda, o le recuerdo a cuando estaba gorda, o me ve fea”, y te vas rápidamente al primer espejo a revisarte de arriba abajo. Pero al rato cuando sales de la ducha, el marcaje continúa: “¿Mamá, yo de mayor voy a tener pelos en las piernas?”. Y entonces te revientas, porque aunque estés depilada, una hija que te quiere ve con lupa lo que no ve tu peluquera. Y ya no te digo si estrenas un vestido: “¿Esto es nuevo? ¿Cuándo te lo has comprado? ¿Y a mí por qué no me compras nada? ¿Y por qué yo no puedo ir hoy de vestido? ¿Y por qué yo no puedo ir con manga sisa como tú? (Controlan ya este tipo de vocabulario) ¿Y por qué tú te maquillas y te pintas los labios? ¿Y por qué yo no puedo ir con los labios pintados? ¿Y por qué tú llevas el pelo suelto?, etcétera, etcétera, etcétera”. Los niños te adoran en camisón, con pelos, con la cara lavada, con la barra de labios, con los tacones, con las zapatillas, pero ellas te miden como Rotenmeryers no vaya a ser que se pierdan algo y no lleguen a adquirir lo que les queda aún inalcanzable. La mía lleva unos días torturándome para ver cuándo se puede poner botas de tacón para ir a la calle, pero la tía me especifica, “pero no tacón, tacón, ¿no sabes, mamá?, así con un poquito de tapa. ¿Cuándo puedo? ¿A los ocho años puedo, mamá?, “¿A los siete y medio?”. Ya sé que no todas son iguales, pero en general ellas no esperan a que te salga el grano para decirte que lo tienes.

1.000 kilómetros con DVD

Escrito por sandrafaginas
13 de octubre de 2010 a las 13:00h

Ya no podemos salirnos del esquema Alcántara así que nos hemos atrevido a viajar los cinco en coche y atravesar la Península en busca de unas cortas vacaciones para los niños. Los padres lo que se dice descanso tienen poco cuando el ritmo lo marcan, como en el Imserso, tres desbocados en busca de entretenimiento las 24 horas del día. Así que nada más salir, porque casi no salimos, después de una noche de vómitos (con tres las estadísticas siempre se cumplen y hay más probabilidades de que suceda algún imprevisto), pues eso, los cinco pusimos rumbo al sol amparados por el santísimo DVD, que convierte cualquier situación incómoda en milagro, y sin darnos cuenta casi conseguimos el objetivo. Pero como en todas las aventuras se cumplieron los tópicos, el matrimonio discutiendo como Merche y Antonio, porque allí donde hay que coger el desvío a él le sale una vena ansiosa que le hace perder el sentido de la orientación, y a mí, como corresponde al canon, me sobra el mapa, pero el sentido común y la intuición me dirigen sin necesidad de Tomtom (que no llevamos, ojo!). Y a nuestro griterío doméstico se sumó el habitual de las peleas entre hermanos por la peli de turno, y el cansancio generalizado, y aunque hay que tragarse 1.000 kilómetros oyendo a Bob Esponja (sabemos of course los diálogos de memoria) y retorciéndose cada dos minutos el cuello para tranquilizar al personal, ora agua, ora galletas, ora mocos, ora calor, ora agua otra vez… Pues llegamos. Y ahí fue el remate para los padres entregados a esos tres pequeños ansiosos de miniclub y minidisco, y en ese minimundo nos sumergimos para acompañarlos también subidos al escenario a bailar el chuchuá, chuchuá como otros tantos santos afanados con cara desencajada a la misma tarea, con el fin, ya cumplido, de desayunar, comer, merendar, cenar, bailar y dormir todos juntos. Hoy, de regreso a la rutina, aún resuena Bob Esponja, pero se ha hecho un silencio acogedor que se disfruta.

Kittylandia

Escrito por sandrafaginas
5 de octubre de 2010 a las 8:54h

Lo que en una persona adulta es un gusto en un niño es una obsesión, por eso no extraña la cantidad de obsesivas cosas que se van acumulando como una auténtica tienda de souvenirs. Es como si a mí, es un ejemplo frívolo, me gustase Carmen Lomana o Belén Esteban (a esta hora no vienen a mí otros nombres mediáticos de interés, pero, Dios, de imaginarlo me da repelús) y empezase a comer y a beber y a dormir y a vestirme con su imagen estampada en cualquier objeto de uso personal, desde una toalla hasta una braga. Siempre, claro está, por influencia del márketing y los medios, que en eso de echarles la culpa siempre son un clásico. Y el medio televisivo, ese que genera series tipo Patito, iCarly, Ben Ten, etcétera, etcétera, convierte tu casa en un homenaje a ese semidiós que se levanta y se acuesta con tu hijo. Para llegar a ese estado obsesivo-compulsivo de cambio de ídolo cada seis meses, y ahí te ves tú una temporada con tu cría forrada como un árbol de Navidad de todo lo que huela a Kitty: el biquini, el cepillo de dientes, la cartera, el pijama, las zapatillas, las sábanas, el edredón, el lápiz, la goma, las horquillas, el plato, el vaso, el tenedor, la cuchara, la maleta del fin de semana, el estuche, la braga, los calcetines, el chándal, las katiuskas, el paraguas, el anorak, los guantes, la bufanda… con la cara de, perdón por la expresión, “esa puta gata de mierda” (adjetivación acuñada por mi compañera de la sección de economía que ya no sabe como huir de la invasión). Y así de repente acumulas un agujero económico por culpa de ese adorable ser, con el consiguiente beneplácito de tu entorno que está feliz de regalarle a la niña o al niño cualquier objeto que huela a Kitty, a Antonella a Hannah Montana a Spiderman o a Ben Ten. Porque ellos son así, y lo que antes era adorable en cuestión de días pasa a ser horroroso y ya no se lleva, y entonces vuelves a darle la cena en el plato de Pocoyó, y el agua en el vaso de Pocoyó, come con el tenedor de Pocoyó, se viste con el calzoncillo de Pocoyó, lo acuestas con Pocoyó (el muñeco), con el pijama de Pocoyó, el edredón de Pocoyó, lo vistes al días siguiente con el chándal de Pocoyó lo peinas con el peine de Pocoyó, le echas la colonia de Pocoyó, y se va a la guardería con la mochilita de Pocoyó, con su merienda en la bolsita de Pocoyó… Y cuando a eso le multiplicas tres hooligans pues tu casa acaba siendo un museo anacrónico con tazas que parecen aquellas de la boda de Lady Di, horrorosas con la cara de Hannah Montana, llena de útiles inútiles porque ya no les convencen. En estos momentos mi casa huele a Toy Story, a Kitty y a Mickey Mouse. Es su moda.

Sobrevivir a un cumple en casa

Escrito por sandrafaginas
30 de septiembre de 2010 a las 20:39h

Acabo de cerrar la puerta y la tensión del cuerpo es como la que te queda después de un examen. No sé si he aprobado siquiera, pero los pies me duelen, los gritos aún resuenan en mi cabeza y tengo una sensación pegajosa en todo el cuerpo, que ya no sé si es de un exceso de chuches o de sudor. Me he aventurado a probar un cumpleaños, el sexto de Sara, en casa. Un total de siete niñas DIVINAS, DIVINAS, cuyo objetivo era desvestirse y vestirse constantemente, con múltiples disfraces y pelucas, y revolver su showroom como modelos y artistillas de cabaret. Y como siempre ha hecho calor, pero he cumplido: con su guirnalda, sus globos, sus mediasnoches, su mantel infantil, y los vasos de  plástico, y las chuches en la bolsa, y los detallitos para las crías, y los regalos para la mía, y la cerveza para los abuelos y la coca-cola para las madres. He recibido como una miss Dalloway, pero ahora me arde una mala leche que no sé de dónde sale, si del cansancio, si del griterío, si de las abuelas pegajosas, si de los cotilleos de las madres, si del exceso de dulce… No sé qué pasa siempre en los cumpleaños, siempre me oxigeno y respiro para tomármelo con paciencia, pero al final me contagio del estrés de los niños. Lo mejor de todas formas ha sido ver a mi negra de pelo rizado con su peluca rubia de pelo liso vestida de Hannah Montana y cantando micrófono en mano el Waka-Waka de Shakira. Sale artistilla. Y entonces me he acordado de las fotos de mi sexto cumpleaños y las coincidencias, la de mi hija ahora y la mía entonces, las dos sin los dos dientes, disfrazadas (yo con un poncho de lana haciendo de falda), con mi casa llena de globos, y la mesa llena de mediasnoches, con su mantel, y sus fantas, y mis amigas,  y mis abuelos, y me acuerdo de mi madre sonriendo y cantándome el cumpleaños feliz ( así sale en las fotos). Y entonces de repente se me ha pasado la mala leche…

¿Hacemos un trío?

Escrito por sandrafaginas
28 de septiembre de 2010 a las 20:15h

Hace aproximadamente un mes que me acuesto en mi cama con uno y me levanto con otro. E incluso a veces me despierto rodeada de dos. En mi cama los tríos son habituales, y a veces llegamos a alternarnos en una promiscuidad doméstica que para sí quisieran otros promiscuos. A estas alturas ya no puedo imaginarme durmiendo sola, es algo que no concibo, porque me he acostumbrado a ese calor corporal y a los patadones nocturnos y me he vuelto adicta sin quererlo al revoltijo en el dormitorio. Es una sensación, como adicta ya digo, de sobredimensión, de excitación, de alteración que antes no concebía. Supone un estado de alucinación mental de tal calibre que hace que por ejemplo te acuestes prácticamente vestida en el dormitorio de uno de tus hijos, y en un lapsus de tranquilidad, te sobresaltes y noctámbula te desvistas, te laves los dientes, y te pongas el pijama por fin en tu dormitorio. Pero lo que es normal de noche en un matrimonio, pues con cinco de familia no resulta ni en las mejores carambolas, los astros suelen hacer esa conjunción diabólica de la que no te salva ni Esperanza Gracia (sí, mi querido Piscis, la de Telecinco) así que lo habitual en realidad es que en ese estado de duermevela el sueño se te vea alterado (además del deseado achuchón) por un crío que te aparece como un fantasma en el dormitorio para sobresaltar tu corazón ya sobresaltado. Eso si tienes suerte, porque en otras ocasiones la conjunción es total, y al fantasma hay que sumar un griterío que  multiplica por cien al despertador, que te vuelve a sobresaltar y que llega a veces de dos habitaciones a la vez.  Y te levantas de nuevo, esta vez en pijama, mientras tu marido abandona el lecho en busca de otra cama a la que darle mejor uso. Y entonces el dúo se multiplica, y te crecen los enanos. Cuando al principio de la noche éramos dos, al final acabamos siendo tres, o cuatro. Y, sí, una vez llegamos a hacerlo los cinco. Para regocijo de nuestros cuerpos, que molidos se preparan para otra noche de locura y desenfreno. Como la que me espera también hoy. Seguro. Mmmm!

Los trabajos del ratón Pérez

Escrito por sandrafaginas
24 de septiembre de 2010 a las 10:03h

Nunca me había imaginado que en la faceta de madre entraría la de dentista, pero para los que se dediquen a análisis sesudos que vayan apuntando, ¡que no solo de lavadoras y de la compra vive una madre! Así que ya he quitado dos dientes en menos de cinco días, y sin que me temblara la mano, aunque todo hay que decirlo el trabajo estaba casi hecho porque las ansias de que llegara el ratón Pérez eran tales que yo creo que la niña hubiera sido capaz de tumbarme a mí, antes que al diente, con tal de conseguir la moneda. Así que a la faceta del dentista (sin anestesia, ojo!) hay que sumarle la del diminuto ser que aparece por las noches a cambio de los dientes, con la responsabilidad que eso supone. El primer día todo funcionó a la perfección porque había tiempo, pero ayer al ratón lo pilló desprevenido en el chollo, sin ninguna moneda decente en un supercarterón al que le sobran tiques del Carrefour (de esos que siempre caducan y sirven para descontarte un euro en el producto que nunca compras) y tarjetas inútiles, como la de familia numerosa (sí ya sé que en Renfe hacen descuento, ¿pero quién demonios va en tren desde aquí sin AVE que vuele?). Y en esa difícil encrucijada, el ratón, cabizbajo, tuvo la suerte de cruzarse de camino a casa (hay que tener en cuenta que su horario sigue siendo básicamente nocturno) con su maestro, que en la actualidad ya no se dedica a este tipo de conjuros mágicos (está especializado en otros malabarismos) y le resolvió el problema, no sin antes advertirle que la moneda debe siempre ser especial en estos casos. El ratón Pérez, mucho más confiado, hizo entonces su trabajo, pensando que era realmente brillante esa idea de poner dos euros debajo de la almohada con una moneda en la que se veía representada nada más y nada menos que la figura del Quijote. Pero como en los cuentos, a la mañana siguiente, el destino le tenía preparada una buena moraleja a la madre.

– “Mira, cariño, el ratón te ha dejado una moneda de dos euros, y además es del Quijote, ¿sabes quién es?” (Eso para ir metiendo caña, que ya estamos en primero de primaria y hay que ir espabilándolos).

-“No, dijo la niña. ¿Quién es?”. Y así a lo bruto, en albornoz mientras una se lava los dientes y hace también el oficio de maestra, respondí: “Pues el protagonista del libro más famoso de España, lo escribió hace muchos años Cervantes. Don Quijote se volvió loco de leer tantos libros”.

-Y entonces a la cría se le hizo la luz: “¡Ah, era un adicto, claro, como en “iCarly” (aclaración: serie de Disney Channel para preadolescentes en el que tres críos graban un programa para colgarlo a diario en la Red), ya entiendo, como cuando Spencer se hizo adicto al Comecocos y no paraba de jugar en todo el día, no?”.

-“Más o menos”, dije.

-Y entonces me espetó incisiva: “Mamá, ¿tú eres adicta a algo?”

Y ahí ya solo pude enjuagarme bien la boca y tragar saliva, para retomar el discurso castrense de todas las mañanas: “Venga, a peinarse que llegamos tarde al cole”.

Moraleja: “He gastado demasiada energía allí donde no era necesario, como otras tantas veces”.