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El universo se expande

Escrito por sandrafaginas
14 de agosto de 2011 a las 0:13h

Últimamente me encuentro en esa encrucijada de preguntas y respuestas díficiles. Así que como aquel niño Woody Allen que gritaba al psicoanalista su preocupación porque el universo se expande. Yo, como la madre de Allen, ya he tenido que responder a lo judío: “Bueno, sí, el universo se expande, pero Brooklyn no, vale? Así que ponte a comer de una vez”. Porque los niños tienen esa facilidad para meterte en líos de los que ni siquiera tú sabes salir. Hoy mismo, mientras devoraban la comida en un restaurante, los de la mesa de al lado nos miraban atónitos: “¿Mamá, quién fue la primera persona?” Y ahí te las ves tú entre Adán y el mono resolviendo, entre bocado y bocado, además del Big Bang y la evolución de las especies, el misterio de la vida. Así que mientras la de casi siete años se aproximada a Lucy, la etíope que la antecedió -a ella sí- hace millones de años, el de cuatro, contagiado por la emoción, asumió la teoría a su manera Gormiti, y empezó a saltar como un mono para luego gritar a lo superhéroe: “¡Y ahora me transformo en persona!”. Pero de repente le asaltó la duda: “¿La abuela puede vivir infinito?” (Aclaro que lo del infinito es un concepto que ellos manejan con la misma facilidad que yo el “porque lo digo yo que soy tu madre”). Y entonces avanzamos hacia el desenlace: “No, cariño, nadie vive infinito”. “¿Nadie?” “¿Tú no vas a vivir infinito? ¿Ni papá? ¿Ni yo?”. Así que en lugar del drama, vinieron las risas: “Ja, jajaja, ja, nadie vive infinito”. “No, nadie vive infinito, pero come, anda, que se te va a enfriar”. Pero luego llegó la inesperada reflexión de la de siete: “Pero Jesús, sí, ¿no?”. Entonces empecé, como madre inocente, a jugar al despiste: ¿Qué Jesús, el de Loli, la amiga de la abuela?” “Noooooo!, mamá, el de Jesusito de mi vida…”. ¿Ah, ese Jesús? Pues sí, ese vive infinito”. Y mientras apuraba el último bocado, antes de que pudiera seguir hablando, le metí el tenedor hasta la garganta, pero sus palabras de  respuesta aprendida en el cole salieron igual: “¿Porque vive en nuestro corazón, no?”. “Sí, hija, sí, pero come de una puñetera vez”. Y es que inevitablemente el universo y mis hijos se expanden.

La mano arriba, cintura sola…

Escrito por sandrafaginas
11 de agosto de 2011 a las 23:14h

Imagen de previsualización de YouTubeLo bueno del iPad es que mientras tus hijos van a grito pelado en el coche, tú puedes seguir escribiendo en directo las emociones de la vuelta a casa. Llevamos conviviendo los cinco algo más de una semana las 24 horas del día, y en este Gran Hermano tengo claro que la primera expulsada de la casa sería yo, pero por voluntad propia. Se lo pido al público. Y es que aunque cada vez nos parezcamos más a los Alcántara, es verdad que con nosotros bien podrían hacer un reality de la familia española, pero en el 2011, con su crisis, su tomtom para el coche, con sus nuevas tecnologías, pero con la base playera de siempre: su neverita, su sombrilla (en eso hemos avanzado poco), sus cubos y sus palas, y las discusiones típicas de la familia que se quiere, pero no se aguanta. Hay muchas como la nuestra, lo he visto estos días de ¿descanso? playero. Todas, sin excepción, vamos entrando en fila india en la arena, y siempre de la misma manera: el padre con la sombrilla a cuestas esperando a que la churri (o sea la madre) diga aquí nos plantamos. Porque un marido en condiciones, camina y camina con el sudor de su frente playa adelante hasta que oye: “¿Adónde vas? Ponla ahí” y ahí se clava la sombrilla. Y así afanados clavan y clavan en la arena mientras nosotras disparamos a nuestras crías con esas pistolas de crema que a mí me recuerdan a mi abuela cuando mataba las moscas con aquel “flica”, como decía ella. Bueno, pues los niños con su pistolita de agua, nosotras con la pistolita de crema, ellos clavando en la arena, pendientes de si sube o si baja la marea, por si hay que volver a levantar el campamento, así se nos han ido las vacaciones en el sur, donde no hay esa indecisión norteña de si abre o no abre, donde el sol es sol, y el calor, calor y donde como corresponde a una madre-madre, con su tripita, su celulitis, su biquini Calzedonia, y su sombrero de moda una se arranca a bailar al borde de la piscina con otras cincuenta como tú (mientras ellos duermen la siesta, ¡que clavar la sombrilla cansa un huevo!) para acompañar a los niños. Todas nos conocemos, nos hemos visto antes, yo lo noto en la cara de cada una de ellas cuando rodeadas de críos sudamos la gota gorda a las seis de la tarde y suena la música: “¡La mano arriba, cintura sola, da media vuelta, danza Kuduro!”.

¿Por qué no se enteran?

Escrito por sandrafaginas
20 de julio de 2011 a las 9:34h

Imagen de previsualización de YouTubeHace unos días volvió a darse una carambola, en forma de abuela que hizo el papel de hada madrina y se quedó con los tres una noche. ¿Qué espera entonces una, cuando llega de trabajar, a las doce de la noche? Espera cualquier cosa que no sea lo normal. Y en ese despiste viven ellos, que con cara de lechuza te miran como si hubieses descubierto el misterio del Códice Calixtino (estoy sobre la pista): “¿te pasa algo?” Y aunque dan ganas de responder a lo folclórica (“me pasa la vida”) siempre te conformas con un a ver si lo adivina ¡craso error! Al menos en mi caso no se entera, pero creo que puedo usar el plural, no se enteran. Y en ese plural incluyo a todos los que, siguiendo mi teoría, aguantan del bolso mientras una baila. Era sábado por la noche, y sin niños, y como siempre llegó el domingo.

Así que por si acaso, sigo bailando, a lo Raffaella…

Competencia desleal

Escrito por sandrafaginas
15 de julio de 2011 a las 13:50h

Si Rajoy o Zapatero aprendieran de los debates que existen en el corrillo de madres sabrían realmente qué es tener el mando y hacer oposición. Porque se despellejan unas a otras con esa víbora naturalidad femenina, que va limando las diferencias hasta ganar puestos como en las listas de éxitos. Y en ese hit de competencias siempre las abuelas van por delante. Yo lo noto entre madres y suegras, y no hablo solo de mi caso (por si me leen, que ahora se te meten también en Internet además de en el día a día). Bueno, pues a lo que iba, sin necesidad de pacto de la Moncloa ni mucho menos, existe un acuerdo tácito por el cual si, pongamos por caso, una abuela le regala una camisetita a tu niño, dos días más tarde, la otra abuela cuando se la ve puesta, reacciona contraatacando. Primero van a los críos, no a ti directamente, en plan sibilino: “Ay, nené, qué bonita la camiseta nueva. Desde luego, qué buena es tu mami que te la compró”.  Pero en ese regalazo verbal de una suegra siempre está el interés por ganar la batalla mientras el niño abre la boca como si de repente le pusieran delante una bolsa de chuches: “No me la compró mamá, me la regaló la abuela”. ¡Coño, empieza la guerra! Así que no te extrañes si pasados otros dos días, de repente cuando entras en casa tu marido te suelta: “Mi madre dejó ahí una bolsa, dice que es para el niño, que se lo pruebes y que si no te gusta que lo cambies”. ¡Porque ahí tampoco la cosa va directamente! No, no. Y en ese paquete bomba te encuentras un pantaloncito corto (“mujer, una mudita para un día un poco especial”), con el fin de que pasados otros dos días la otra abuela entre en combate con el mismo objetivo: “Nena, ¿qué mono el pantalón, dónde se lo cogiste?”. Y entonces tu confiesas por lo bajo, como quien no quiere la cosa: “No, bueno, me lo trajo el otro día mi suegra”, y así estás tú, como siempre en medio, en esa pescadilla que se muerde la cola  a ver quién da más. Y eso, claro, siempre que sean generosas (como las mías, que lo son), aunque no sé yo si llamarlo a eso generosidad. Quizás es solo pura competencia desleal.

El veranito, el veranito

Escrito por sandrafaginas
7 de julio de 2011 a las 9:29h

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En solo un mes han cambiado muchas cosas. La primera, que he traspasado la barrera de los 40 y me he empezado a obsesionar con todo eso que se supone una debe hacer a lo largo de estos años. También me he iniciado en ese gesto Obregón de meter barriga en las fotos en la playa, y me estoy lanzando a exhibir sin pudor esas partes del cuerpo de las que huía como de la suegra cuando comienza a hablar de tu marido cuando era pequeño. O sea, pura contradicción, lo que indica que me hago mayor irremediablemente. La segunda, y vital para mi persona, es que me he comprado un iPad, desde el que estoy escribiendo emocionada, con la sensación de Michael J. Fox, como si hubiese regresado al futuro desde una máquina del tiempo. La tercera, y el motivo fundamental por el que escribo, es que ha empezado el verano y las vacaciones escolares y ese nuevo recolocarse familiar. Así que también han empezado las discusiones. Se lo contaba el otro día a una amiga, mientras ella se desahogaba con la misma anécdota. Meternos los cinco en el coche rumbo a la playa es hacer otro capítulo estelar de supervivientes, en el que unos y otros nos enzarzamos con nuestras necesidades básicas. Ellos con su DVD, con la discusión por su Nintendo, por todo ese kit tecnológico con el que los hemos viciado para media hora de coche… Mi marido con su obsesión por su primaria necesidad playera: saber antes de iniciar la ruta dónde vamos a comer (de plato) y dónde hacerse con su periódico salvavidas al que se agarra para evitar cualquier contacto con el exterior dominical. Eso mientras yo voy dándole a la cabeza a mis frívolas necesidades: la nefasta depilación que llevo y el repaso mental de todo lo que me pude haber dejado sin meter en el carro playero, para flagelarme después. Así que en medio de ese runrún de ansiedades y para alegrarnos el domingo se me dio por empezar  a cantar ese tema de moda, “el veranito, el veranito, como me gusta veranear” (siempre con ese temor real a que Teddy Bautista nos reclame el porcentaje para la SGAE), cuando de repente uno de los niños, con tanto veranito, tanta Nintendo, y tanta cabeza agachada, empieza a vomitar en plena autopista ¿Y qué hace una madre, entonces? Girarse como una loca e ingeniárselas como puede, mientras escucha al padre con su palabrería hueca: “¡Coño, dale una bolsa, que me va  a poner el coche perdido!”. Es entonces cuando una madre hace el verdadero ejercicio de contención, por no mandarlo directamente a esa isla perdida en Honduras para que se las arregle solito. Porque en ese oficio de OpenCor, de madre disponible las 24 horas del día todos los días del año, los hombres se imaginan que tu bolso es el de Mary Poppins, y que puedes sacar de él todo eso que se necesita en cualquier momento! Así que  mientras tu marido piensa básicamente en la tapicería clara del coche, tú vas y arrancas de tu cuello ese colorido foulard playero en plan gincana de superviviente para que el crío vomite tranquilo. Porque tranquilidad, lo que se dice tranquilidad es difícil que exista en una familia numerosa que comienza unida “el veranito, el veranito”. Viva el verano! (y el iPad!).

Desobediencia en la caravana de Juliette Lewis

Escrito por sandrafaginas
11 de junio de 2011 a las 16:49h

Mi casa hoy ha sido un desastre. Tengo que confesarlo a lo Pantoja, desgarrada y con melenón al viento. Y es que tender a la perfección es realmente duro. Así que por si no bastaba con lo habitual, es decir, estar sola en casa con tres hijos (mi marido está de nuevo ganándose el pan a kilómetros de distancia, pero ya viene mañana), me he puesto mala. Enferma, quiero decir. Y aunque las madres no suelen ponerse enfermas, a mí se me ha irritado la garganta (y de paso el carácter) y me he quedado sin voz. Con lo cual he vivido una de esas situaciones ridículas que es visualizarse a una misma hecha un guiñapo a las 7.30 de la mañana, con dos churumbeles de 4 y 3 años gritándome como descosidos al oído para que me levantase y yo sin poder articular palabra, más que una ronca voz de una resaca que no ha sido. Y entonces, no sé por qué, me he imaginado como esas madres de telefilme americano, con la cara de Juliette Lewis, metida en una caravana con tres niños pequeños sobreviviendo al día a día, devorada por la noche. En pijama, con el pelo revuelto y los ojos pegados, por fin logré incorporarme y darles el desayuno, mientras la mayor se tapaba los oídos con la almohada por los gritos de los pequeños (tres son multitud, y se molestan). Pero a lo Juliette Lewis, decidí que, sin voz, me las iba a tener que apañar de otra manera: a palmadas, cuando las cosas se estaban poniendo terribles, y dejando que se organizasen entre ellos la mañana de perros. Me aseguré de que la puerta estuviese cerrada con llave, y con los tres ya en pie, decidí regresar como una yonqui a la cama, bajo mi responsabilidad. Ellos libres por la casa adelante, y yo sin voz en cama. Y así descubrí lo bien y lo mal que se llevan, y cómo se fueron protegiendo y desprotegiendo unos a los otros en la selva del pasillo. Y entonces surgió la original definición de Pablo, que harto de su hermano pequeño, decidió que había que darle un escarmiento con una buena reprimenda a gritos (mientras yo, Juliette Lewis, escuchaba desarmada): “¡Martín, no eres obediente, ¿entiendes? Eres un DESOBEDIENTE, DE-SO-BE-DIENTE. ¿Y sabes lo que significa desobediente? ¿Lo sabes? Pues que ‘el ratoncito Pérez no te va a traer nada cuando se te caiga el diente. DE-SO-BE-DIENTE”. Y así, envuelta en una razonada imaginación, vi como mis hijos sobrevivían sin autoridad a una mañana en que su madre se quedó literalmente muda. Eso sí, muerta de risa.

Y entonces llegó ella

Escrito por sandrafaginas
26 de mayo de 2011 a las 8:52h

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Lo he contado muchas veces, pero siempre que llega la fecha lo repito. Hace seis años hoy que mi vida cambió radicalmente. Porque en ese momento, cuando sonó el teléfono, y en el coche sonaba ‘Amor, I Love you’ de Marisa Monte, mi vida, la que conocía hasta ese momento, se esfumó. Entonces llegó ella, en forma de foto y de unas palabras que pronunció Raquel, de la Consellería, al otro lado de la línea: “Es una niña, tiene 8 meses y se llama Sara”. Ese es el verdadero instante que transforma todo. Gracias a Sara fue posible Pablo. Y gracias a Pablo llegó Martín. Cuando empezó este blog estaba embarazada del tercero (aunque pocos lo sabían) y cuando me preguntan si cambia mucho de dos a tres, siempre respondo lo mismo: el verdadero cambio es de ninguno a uno. Pero de dos a tres siempre te falta una mano.  Desde hace seis años vivo, como dice la canción de Marisa Monte, “en constante alegría”.

Tres de tres: las pequeñas cosas del día a día

Escrito por sandrafaginas
29 de abril de 2011 a las 10:19h

Cuando me preguntan qué es lo que llevo peor de conciliar (mejor reconciliar) la vida laboral y familiar, siempre digo que lo que más me agota son las pequeñas cosas del día a día. Porque el bruto, el componente imprenscindible de la organización de una casa, una es capaz de planificarlo. Si hay que encajar los horarios, pues se fuerzan, y mal que bien se encajan, y las noches sin dormir forman parte del peaje. Pero ir sorteando el día a día, con sus imprevistos, es a veces insoportable. Así que pongamos un ejemplo práctico, para aliviar esta sensación de angustia. He dormido sola con mis tres hijos, porque por circunstancias profesionales de mi marido, esa es cada vez con más frecuencia mi realidad. El pequeño se despertó de noche y lo metí en mi cama, pero ese es un detalle sin importancia. El día se puso movidito por la mañana. Después de insistirle así como diez veces seguidas a la mayor para que acabase el desayuno, estalló la guerra entre ella y yo, porque siempre juega a la contra y me la monta a diario. Vamos, que está en etapa de rebeldía y desobediencia, y se pasó de la raya, entendámonos. Conclusión: primer viaje al colegio, con uno solo, porque ella se quedó castigada. De vuelta a casa tocaba recoger a dos, segundo viaje al colegio, porque la niña de mis ojos ya se había calmado y tocaba retomar la rutina. De camino a la guardería con el tercero, me suena el teléfono: es el padre que me llama para saber qué tal me ha ido la mañana (¡bien, gracias!). Recompuesta, repaso lo que toca hacer de compra antes de salir para trabajar, pero cuando enfilo la enorme avenida de salida vuelve a sonar el teléfono: es del colegio, el del medio tiene fiebre y alguien (YO) debe ir a recogerlo. Tercer viaje al colegio en menos de una hora. Después del Dalsy y el Flutox, y ejercer de enfermera, me he sentado a  escribir para desahogo. He pospuesto el trabajo por unas horas (el relevo forzoso llegará en unos minutos, espero), pero eso son migajas en lo que me espera a la vuelta del chollo. Hoy he hecho un pleno: tres de tres. Si alguien quiere aliviarse más os dejo en la nevera  dos artículos de mis compañeros Sara Carreira y César Casal que han escrito estos días de la no conciliación. Ha entrado el refuerzo por la puerta, me voy… a descansar.

Son como hermanos

Escrito por sandrafaginas
27 de abril de 2011 a las 20:04h

La procesión de días en casa por las vacaciones de Semana Santa no me ha dejado mucho tiempo para escribir, pero sí buenas anécdotas para contar. Ahora que ya tengo empapelada mi casa con pósteres de Justin Bieber y Selena Gómez y que he sucumbido a todas esas cosas que sucumben el resto de las madres, muy a nuestro pesar, me queda el consuelo de que los tres se quieren como hermanos, tanto que a la mínima que una se despista en el ejercicio de la maternidad, siempre están al quite. El pequeño hace unos días me rompió una lámpara de la mesilla “sin querer” y enseguida apareció su hermana para recordarme mis deberes: “¿Y no le reñiste?”. Al día siguiente, la niña le metió la zancadilla al pequeño para que no le cogiera un juguete, y antes de que saliera una palabra de mi boca, el del medio ya me había dado el chivatazo: “¡Ríñele, mamá, ríñele”. Esa tensión para aprovechar cualquier desajuste en el comportamiento es un clásico entre hermanos, como cuando te sueltan: “¡Jo, qué morro, no lo castigas, si llego a hacerlo yo”… Así ando en el día a día, templando gaitas entre ellos para que no se echen las manos a la cabeza, pero como niños que son, allí cuando una entra a saco en plan sargento de hierro, siempre hay un alma cándida que sale en defensa del otro, y ¡es que son como hermanos!: “¡Mami, no le riñas, que ya le perdoné”.

Señora, usted a lo suyo!

Escrito por sandrafaginas
7 de abril de 2011 a las 19:39h

Decía aquella canción de Sabina  “hay mujeres veneno, mujeres imán, mujeres consuelo, mujeres puñal”, y ya lo creo que es así. Y cuando somos madres somos todo eso a la vez y mucho más. Estoy picada, sí, porque me empiezan a cansar esas metomeentodo que cuando llegas al colegio no te preguntan, te acuchillan con consejos que (¡con tres!) una, la verdad, ya no necesita (¡Mujer, ponle el jersey!, ¡mujer, quítale!, ¡mujer, llévalo al parque!, ¡Mujer, ¿le das galletas? ¿Y te come el bocadillo?…). Pero el colmo es cuando alguna abuela rompe el karma de tu hijo. Me pasó hoy, él estaba comiendo una galleta y le cayeron unas miguitas al suelo, y entonces empezó a jugar con ellas, y ahí como un huracán llega una señora a grito pelado y va contra el crío de tres años: ¡NOOOOOOOOOO TE MEEEEEEETAAAAAAAAAAAAAS ESO EN LA BOOOOOOOOCAAAAA! Del susto que se llevó el niño empezó con un llanto desconsolado, primero por el grito y segundo porque no estaba metiéndose nada en la boca, porque para eso estaba yo, su madre, viéndolo jugar con las puñeteras miguitas. Que por otra parte ¡qué no se meterán en el patio del colegio! ¡QUÉ EXAGERACIÓN DE TONO! ¡SEÑORA, USTED A LO SUYO!