
Las guarderÃas, dicen, se han convertido en “aparcaniños”, y si no que se lo pregunten a un incrédulo Shin Chan, que es abandonado literalmente por su madre en un dÃa de temporal de nieve. Una mirada irónica la de este vÃdeo al mundo al que se enfrentan muchos padres (madres, madres…!) a primera hora de la mañana en la que solo hay una palabra: prisa. Asà vamos ”dejando” a los niños con la vecina, en la guarderÃa, con los abuelos, en el cole… para ir a toda prisa a trabajar (“¿Hoy con quién me toca?”, le oà hace poco a una crÃa). Eso en el mejor de los casos, porque no siempre se cuenta con tanta ayuda: ¿sabéis cuántas plazas para niños de 1 año oferta la única guarderÃa municipal que hay en el barrio donde habito? 15. Ayer, una semana después de que se abriera el plazo, ya eran cuatro veces más el número de solicitudes para esa edad. Las autoridades se extrañan, después, de que surjan pseudoludotecas y pseudoguarderÃas donde “aparcar” a los hijos.
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Por si no fuese poca la presión con que andamos las mujeres, cuando llegas al colegio por la mañana una se reconoce y no se conoce ante las demás. Y es que ahà es donde verdaderamente está el quid de la conciliación, ahÃ, a esas horas en que los niños van oliendo a colonia y recién peinados, tú, madre, más que llegar te arrastras en esos zapatos que te acompañan a todos lados, con tus eternos vaqueros, tu pelo mal recogido en una coleta, ese anorak que todo lo cubre y como nota de color, dando el cante como la Pantoja, te plantas unas gafas enormes para intentar pasar lo más desapercibida. A esas horas en que tú no te acuerdas ni de tu horario, hay quien llega convertida en toda una Miss Bimbo, con sus medias, su tacones, su sujetador bien puesto, su pelo suelto y su barra de labios con gloss, esa que tú solo te pones para salir (¿cuándo saliste por última vez?). Las hijas, que todo lo ven, pueden ser en esos momentos crueles con sus madres y preguntarles, asà como si no fuese con ellas, por qué no se ponen tacones o por qué no se pintan los labios… Tan de mañanita hay mujeres que saben conciliar muy bien su tiempo, y otras que no tienen tiempo ni para conciliar.
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Hay datos que lo confirman: con la llegada de los hijos son cada vez más las mujeres que se plantean si continuar con su puesto laboral. Es cierto que muchas de ellas no pueden y ni siquiera se les pasa por la cabeza, porque son la única fuente de ingresos para mantenerlos. Pero cuando hay dos sueldos en casa y el de él pesa más o mucho más, algunas madres comienzan durante su baja de maternidad un letargo de dudas sobre si continuar o no trabajando fuera. En España, dice Paloma de Villota en su libro Conciliación de la vida profesional y familiar, trabajan el 90% de los hombres con hijos y solo el 40% de las mujeres y ellas son las que reciben entre un 20% y un 30% menos de salario que ellos, y el 80% de los contratos a tiempo parcial corresponde a mujeres.Al margen de que cada cual hace con su vida lo que le viene en gana, hay que llamar la atención sobre el fenómeno que puede complicar la ya inestable situación laboral de las mujeres. Si su trabajo y su sueldo valen menos, y no disponen de horario flexible para cuidar de sus hijos, ellas saben que sus ingresos irán destinados a pagar a otra persona para que se haga cargo de sus niños. Y aunque la vida suele ser larga y dar muchas vueltas, en principio, el presente que se les viene encima hace que el pensamiento de abandonar les ronde. Hacer el papel de supermujeres les empieza a cansar: muchas fueron criadas por una generación de madres (ahora abuelas) que no tuvieron estudios y que quisieron que sus hijas tuviesen una buena formación académica y que estuviesen preparadas para ser independientes, pero la realidad de muchas es que no son capaces de abarcarlo todo dentro y fuera de casa. Probablemente, la fórmula resignada de sus madres (ahora abuelas) ya no les encaja y se resisten a llevar la casa, los niños y el trabajo sin rechistar. Por eso, el esquema de madres desesperadas se impone.Un ejemplo, en EE.UU. el porcentaje de mujeres que a partir del 2000 dejaron su trabajo tras su maternidad empezó a aumentar, especialmente entre las de clase media-alta, y no ha parado. Parece que la solución o la clave de la conciliación sigue estando, según los expertos, en la flexibilidad en las empresas. Sobre todo, si se tiene en cuenta que la generación que viene, dicen, ha sido socializada en el ocio y, ante la falta de expectativas económicas, prefieren ganar tiempo.
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Parece que empiezan a surgir algunos parches para que los padres se impliquen en la conciliación de la vida familiar y laboral. Hoy la Xunta de Galicia, a través de la ConsellerÃa de Igualdade, acaba de anunciar que dará hasta 3.600 euros anuales a los hombres o a las familias monoparentales (hombre o mujer) que trabajen por cuenta ajena y cuiden a menores de 3 años. Este desembolso no resuelve, desde luego, el problema real de la conciliación, pero al menos se percibe cierta sensibilización y que algo empieza a moverse, aunque sea poco. Son cada vez más las mujeres que se suman a una reducción de jornada o que han solicitado excedencias por algún tiempo tras su maternidad, aunque queda mucho por recorrer. Eso que ya no suena a extraño en el mundo femenino, todavÃa es impensable o muy raro entre los hombres, sobre todo los que trabajan en el ámbito privado. Habrá que ver que es lo que sucede en un futuro próximo: si ellos también se animan y, lo más importante, cómo lo acogen los empresarios.
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La mayorÃa de las parejas después de tener hijos apenas tienen tiempo para retomar su antigua vida personal y muchas ya ni se acuerdan de la última vez que salieron a cenar. Es cierto que los hijos te hacen cambiar para siempre y que ellos se convierten en lo primero y más importante. De todas formas, conviene tomar un respiro, reconciliarnos con el de al lado y disfrutar de una cena a solas. Aunque a veces entre las parejas (como las del vÃdeo) no se interponen los hijos, sino el exceso de trabajo. Hoy, que ya no da risa: Feliz dÃa de la no risa en el trabajo!
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Cuelgo este vÃdeo para todos aquellos que están superando la movida de ser papás y que hace unos años bailaban poseÃdos por el espÃritu de Almodóvar y Mcnamara. Veintitantos años después, quién se lo iba a decir, la movidita (en minúscula) se abrió al Baile de la Rosa y los bufones de la corte hicieron disfrutar a los prÃncipes, inspirados por la desfachatez de aquella belle epoque. Hoy me reconcilio con aquellos maravillosos años, mientras reposo la noticia, trago aire y grito: “Voy a ser mamá, voy a tener un bebé”.
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Entre las muchas quejas que llegan estos dÃas a mis oÃdos de personas que no se han visto apoyadas por la empresa tras su maternidad o paternidad, llama la atención que en algunas denominadas grandes compañÃas todavÃa te echen un pulso cuando se les pide una excedencia o, como es el caso, te amenacen con que los lleves a juicio después de solicitar una jornada reducida, con derecho, según el convenio de la empresa, a acogerte a un horario de mañana. Este tipo de actuaciones provocan, por ejemplo, que habiendo turnos de mañana, tarde y noche, se haga imposible la conciliación porque es difÃcil que alguien se quede con un crÃo a las seis de la mañana para que la madre (es la afectada) vaya a trabajar, y sobre todo, que alguien esté dispuesto a cubrirte en ese tipo de jornada tan variada. Por el momento sigue primando la mentalidad de que detrás siempre hay un abuelo o abuela dispuestos a echarte la mano (cada vez son menos porque ellos también trabajan) y se da por supuesto que al menos son dos en casa los que cuidan de los niños, pero existen muchas excepciones a la regla. Los colegios y las guarderÃas (situadas siempre fuera de los centros de trabajo) funcionan a partir de las ocho de la mañana, en un horario que parece estar regido para los funcionarios (con recogida a las cinco de la tarde), y son muchas, pero muchas, las personas que no trabajan por la mañana o lo hacen a turnos, y es cierto, además, que los niños no siempre se pueden quedar a cargo de los centros escolares. ¿Qué hacer para luchar contra esta mentalidad? El modelo de los paÃses nórdicos es, eso, un modelo. Y las empresas ya saben (o deberÃan) que la productividad no depende del horario. Que se lo pregunten a Holanda, Alemania o Bélgica, los más productivos y en los que menos horas se curra. ¿Cuáles son los menos productivos? Aquellos que tienen un horario más extenso…: España e Italia.
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A estas alturas, seguramente ya estamos incluidos en algún tipo de perfil de padres: o somos de los laxos o de los severos o de los que encajamos según el dÃa en cualquiera de los grupos que los estudiosos del género sean capaces de distinguir. Sea del tipo que sea, es probable que se haya visto al borde del ataque de nervios por culpa de sus hijos y haya pensado o decidido que nada como un tirón de orejas, un azotito (para nosotros, chaparreta) en el culo, o un par de palmaditas en la boca, dependiendo de la edad de los niños. Son muchos los que defienden estos métodos, como el juez de menores Emilio Calatayud nos aclara en el vÃdeo. Los laxos agotan normalmente todo el repertorio de posibilidades que da Supernanny, pero hay momentos que incluso a estos la paciencia se les agota y caen en la tentación del coscorrón. El otro dÃa una madre agotada por su crÃo de 2 años, camino de los 3 (edad tÃpica de las pataletas en plena calle) intentaba por todos los medios que su niño dejase los columpios. Primero lo intentó con la petición clásica: «Fulanito, venga, que es tarde y hay que irse a casa». Cuando ya habÃa repetido la frase unas quince veces, cambió de táctica: «Mira, Fulanito, mira quién viene por allÃ, a ver si me coges». Fulanito seguÃa aferrado al tobogán, con el desdén que da saberse poderoso, asà que ni se inmutó. «Fulanito (ahora la madre con tono serio y seguro), me voy, venga, te dejo solo, adiós». Fulanito insiste en subir por el tobogán. La madre decide dejarlo solo unos segundos a ver si el niño reacciona, pero es inútil. El tobogán y el crÃo ya son uno. Ante la falta de reacción, la mamá arranca al niño del columpio y se lo lleva en volandas. Tres metros los separan del dichoso tobogán, pero el niño turra y consigue aferrarse de nuevo a él. Los gritos de ella ahora asustarÃan en la noche: «Fulano, que vengas aquà ya». Llevada por una fuerza instintiva agarra al niño y entre el llanto de él y la desesperación de ella le da un par de azotitos en el culete al tiempo que repite: «Venga, hombre, que hay que ir a comer». En ese momento en que está pensando en todo lo que tiene aún por delante (comida, trabajo, compra, cenas…), se le acerca un hombre con aspecto de no haberse levantado nunca de noche a acunar a un niño y le suelta: «Señora, deberÃa saber que a los niños no se les pega, a ver si vamos aprendiendo». «Métase en su vida» fue lo único que logró articular mientras pensaba en cómo explicarle lo de la chaparreta a tiempo.
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«Hola, soy gobernador de Nueva York y le he puesto los cuernos a mi señora dejándome el dinero público en prostitutas», «Hola, soy el responsable de Urbanismo del Ayuntamiento de Palma y me he fundido la pasta municipal en clubs de alterne gay», «Hola, soy el nuevo gobernador de Nueva York y también le he sido infiel a mi mujer, pero ella también me los ha puesto a mû… Leyendo esta abrumadora oleada de noticias sobre las relaciones extramatrimoniales, a una, primero, le entra yuyu por el simple hecho de tratar el tema, pero no deja de reconocer esa valentÃa tan distante de hacer público lo privadÃsimo (aunque en estos casos lo privado ha sido a costa de lo público) y sobre todo esa resignación tan poco almodovariana de aparecer al lado de tu infiel esposo con el único objetivo aparente de seguir celebrando todos juntos el dÃa de Acción de Gracias. Asà que si esto se ha convertido casi en algo parecido a una reunión de ex alcohólicos, entiendo que para ahuyentar el dolor extramatrimonial convenga dar un paso adelante y berrar al mundo tu infidelidad. Lo normal en el mundo de los no públicos es cerrar la boca, aunque te pillen en todos los renuncios. La clásica llamadita perdida, el mensajito de móvil, el correÃto de turno, para dar luego paso a las pistas pecaminosas: un olor, un color, un sabor en la ropa, el extracto del banco, tu doble desayuno en el hotel x pagado con la tarjeta… En fin, todo ese cúmulo de detallitos que unidos uno tras otro parecen tener la intención de dejar rastro, la huella, para que el de al lado se entere sin hacerlo público, porque ese es el menor de los males. Si no fuera tan obvio, dirÃa que el último morbo de poner los cuernos es precisamente no poder contarlo.
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Vaya por delante que lo de formar parte de la blogosfera hace todavÃa más difÃcil la (re)conciliación, asà que esto ya empieza a convertirse en un metalenguaje, el metablog: yo no concilio por el ¿tú concilias? Pero ahora que Carlos Agulló me pide opinión le respondo también por la tangente al dilema que me plantea en su entrada ropa tendida. ¿Seguimos contaminando con tanto uso de la secadora o contaminamos nuestro paisaje urbano con tanta ropa tendida? (Muy buenas las fotos de Nacho) ¿Contaminamos o conciliamos?, me pregunta. Insisto en que mi respuesta va por la tangente, porque ahora ya apenas podemos tender la ropa con esos minipisos que aprovechan un cuarto de galerÃa para llamarles terracita en la cocina, que te permiten únicamente a duras penas un solo electrodoméstico, y sin salida al clásico patio de luces. Después de la lavadora, la secadora se ha convertido también en indispensable en las casas con niños y sin tendal externo, porque ahora lo que nos faltaba es no tender, vaya, no lavar. Pero quiero matizar que la disyuntiva entre electrodoméstico y tendal es también impensable (no sé cuántas secadoras ponéis habitualmente), asà que casi todos nos arreglamos con un pequeño tendal interno en el que colgamos aquellas prendas que no se pueden secar a máquina. Como véis, también hay que saber conciliar electrodomésticos (lavadora: ropa de color, ropa blanca, ropa delicada; secadora: no ropa delicada). Pero espero que en casa haya siempre ropa tendida. (Significará que conciliamos… ).
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