Tocada y hundida
Las hijas tienen la puñetera manÃa de descoserte el alma con un simple comentario de cuarto de baño. Mi mocosa, a punto de cumplir los siete, me increpó el otro dÃa con esa arrogancia natural etÃope, de quien se siente un ser formalmente superior (y claro que lo es!): «Mamá, ¿tú por qué vas vestida como una adolescente?». A mÃ, que normalmente me tiembla la barbilla cuando miento, me temblaban las piernas de ver ese terror en forma de puñalada trapera en sus ojos. «¿Quién yo?», balbuceé deshecha como las madres de Maitena. Para añadir: «Qué te lleva a pensar que voy como una adolescente?», mientras hacÃa recuento mentalmente de mi atuendo (los tacones no me daban opción a agarcharme): unos leggins negros, unas sandalias de tacón y una camiseta con la cara impresa de alguna mujer objeto de deseo. «Esta camiseta», fue su frase demoledora a la vez que hacÃa el gesto acusador de cogerla sutilmente con la punta de sus dos deditos. Tengo que decir que en ese primer duelo, quedé tocada, pero recuperé el ánimo cuando en un alarde de madurez le di en donde más le gusta: «¿qué quieres que te pinte los labios?». «Sû, fue la afirmación en forma de felicidad, porque compartir ese momento de tacón, rÃmel y colorete fue para nosotras como un abrazo intenso después de esa herida de todo corazón. Pero como en la maternidad no hay consuelo ni un minuto, cuando las dos Ãbamos reconfortadas en mi coche, yo camino del trabajo y ella de clase de baile, me hirió de nuevo: ¿Mamá, por qué las madres de mis amigas son más sabias que tú? «What?», «Are you talking to me?», fue lo que dio en pensar mi mente cuando mi boca tragaba saliva. «¿Qué es lo que te hace pensar que son más sabias?», le dije. «Bueno, ellas siempre saben a qué hora es la clase de baile, qué dÃa empieza, cuánto hay que pagar, ellas te llaman para decirte eso», fue su respuesta. «Vaya, a lo mejor yo soy sabia en otras cosas», me atrevà en un alardeo inútil. «SÃ, claro», dijo ella. «¿En qué?», le sonreà complacida con esa pregunta de concurso. Pero entonces se hizo el silencio, ese eterno silencio que las madres sabemos interpretar con el dolor de la verdad. «No sé, tú sabrás», se limitó a decir minutos después. Y es que para entonces yo ya estaba tocada y hundida.
(Y un abrazo a ese corrillo de madres que me ayudan en el dÃa a dÃa a sobrellevar ese crucigramÃstico horario de actividades extraescolares y sin las cuales nunca llegarÃa a tiempo. ¡Ah! Y a mi madre, perdón por todas las veces que le arañé con mis palabras su estilismo de madre-madre. No como yo, que me he hecho vieja de repente con ese insulto mortal: «adolescente»).
septiembre 10th, 2011 at 18:39
Jajajajajajaja.
Ves? Iso nunca me pasarÃa a min….
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sandrafaginas Reply:
septiembre 10th, 2011 at 18:42
Xa ves, Carmen. Tiran a dar. O certo é que paso o dÃa entre choros e risos. Pero isto é de chorar! Non de rir, non rÃas, eh? “Adolescente eu!”
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septiembre 16th, 2011 at 21:00
brillante sandra ¡ cómo me he sentido reflejada en este relato…..
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septiembre 16th, 2011 at 21:37
¿Por qué será?, je, je. Ya sabes que a mi Sara no se le escapa ni una. Hoy sin ir más lejos me soltó: ¿por qué vas a trabajar tan glamurosa? Y es que hoy es viernes Deluxe.
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