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Archivo para agosto 25th, 2011

Sin hijos

Jueves, agosto 25th, 2011

¿De qué me suena esto? Además de no tener hijos, ahora resulta que somos infecundos. Ay, si yo te contara!!! Me remito a lo dicho en el post anterior. Un país sin niños no tiene futuro (y no es una metáfora). Os dejo el artículo de mi compañero Manuel Blanco que ya habla de héroes y os cuento una historia.

Cuando nos dijeron que sería difícil engendrar hijos (incluso algún médico utilizó palabras indecorosas que se han quedado en nuestra mente) decidimos que nosotros los tendríamos de cualquier forma y a cualquier precio (¡vaya con el precio!). Así que nos pusimos a ello y abrimos varios frentes. La que escribe -ahora riéndose- lloró los siete llorares mientras iba recogiendo información y se embarcaba en la  primera de las fecundaciones in vitro. Fue en el Materno de A Coruña y por aquel entonces (las cosas afortunadamente han cambiado) las mujeres hacíamos cola desde distintos puntos de Galicia para ser tratadas básicamente como animales. Solo en otra ocasión me he sentido tan vaca, pero ya lo contaré más adelante. Así que animalizada me sometí a todo ese proceso cansado que consistió en hormonarme, analizarme, anestesiarme y finalmente colocar en mi interior dos embriones, que una cariñosa bióloga (fue la única sonrisa que vi en todos aquellos días) me anunció. Además del “ábrase de piernas” de un desalmado que hoy ya no es doctor, de ese tiempo solo recuerdo el llanto iniciático y desconsolado en mi cama cuando el mes dijo no. En aquel instante tomamos la mejor decisión de nuestra vida:  adoptaríamos un hijo. Y así empezó otro doloroso proceso de papeles, angustias, más papeles, más angustias, que he resumido como el peor embarazo de mi vida. Pero seguimos adelante con la posibilidad de ”embarazarnos” naturalmente, así que yo me sometí a otro tratamiento en Santiago con una doctora a la que le importaba sobre todo que le pagara con billetes y nunca con tarjeta. Por supuesto, fracasó.  Sin embargo, nos esperaba la felicidad, y el mundo finalmente se abrió un 4 de junio del 2005 y dimos por fin a luz a Sara en Etiopía cuando atravesamos la puerta azul del orfanato de la madre Teresa, apenas un año y pico después de aquel primer doloroso llanto en la cama. Hiperfelices con Sara decidimos un par de años después darle un hermanito, así que cuando ya habíamos pasado el corte para adoptar otro hijo en ese mismo país, yo decidí darme la última oportunidad de traer un hijo naturalmente, y me sometí al tercer tratamiento de fecundación in vitro en A Coruña, con el equipo Ron, entonces en la Maternidad Belén, y hoy en el hospital Santa Teresa. Fue sin duda el proceso más normal y mejor de todos desde el principio, desde que el doctor Devesa nos acogió en su consulta con su rigor y tranquilidad. Y el llanto, pero de felicidad, llegó con aquel predictor rayado en la trastienda de una farmacia de confianza, en la que amablemente me pinchaban la medicación, y en la que cuatro personas (el farmacéutico, las dos ayudantes, y yo) sonreíamos entre lágrimas ante lo que iba a ser nuestro segundo hijo: Pablo. Y la casualidad, o el destino, quiso que naciese también un 4 de junio, pero del 2007, en el Hospital Santa Teresa. ¿Casualidad? El mismo día, y con Teresa de por medio. En fin, mejor no pensarlo… Cuando empezaba el 2008, en el mes de los regalos, a mí me llegó uno envuelto también en llanto. Tan solo seis meses después de dar a luz a Pablo, un predictor me indicaba que estaba en camino un tercero, el espontáneo, que yo, su madre, acogí atravesada y sin ningún ánimo. Así que volví a llorar los siete llorares porque en mis planes no estaba el traer 3 hijos al mundo en solo tres años, y además así, sin planearlo, como adolescente de una sola vez. Por eso siempre he pensado que la vida me tenía preparada esta sorpresa final para hacerme sentir todos los sentimientos posibles de la maternidad, el deseo y el rechazo: la multimadre. Sé lo que es adoptar, sé lo que es someterme a una fecundación, sé lo que es quedarte a la primera, sé lo que es dar el pecho, y no darlo, y me he sentido vaca, aquella vez haciendo cola para extraerme los óvulos, maltratada, y otra cuando animal vacuno estaba en la semana 41 del embarazo de Pablo y  solo pedía silencio, y le daba con el glassex a todo cuanto estante había en mi casa con el síndrome del nido limpio. Si hubiese sido niña, le hubiese llamado Teresa. Pero fue niño. Y es Martín. Por Martín Hache, aquella película tan maravillosa. Sara, Pablo y Martín. Mis hijos, con esfuerzo.

ojd