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Archivo para julio, 2011

¿Por qué no se enteran?

Miércoles, julio 20th, 2011

Imagen de previsualización de YouTubeHace unos días volvió a darse una carambola, en forma de abuela que hizo el papel de hada madrina y se quedó con los tres una noche. ¿Qué espera entonces una, cuando llega de trabajar, a las doce de la noche? Espera cualquier cosa que no sea lo normal. Y en ese despiste viven ellos, que con cara de lechuza te miran como si hubieses descubierto el misterio del Códice Calixtino (estoy sobre la pista): “¿te pasa algo?” Y aunque dan ganas de responder a lo folclórica (“me pasa la vida”) siempre te conformas con un a ver si lo adivina ¡craso error! Al menos en mi caso no se entera, pero creo que puedo usar el plural, no se enteran. Y en ese plural incluyo a todos los que, siguiendo mi teoría, aguantan del bolso mientras una baila. Era sábado por la noche, y sin niños, y como siempre llegó el domingo.

Así que por si acaso, sigo bailando, a lo Raffaella…

Competencia desleal

Viernes, julio 15th, 2011

Si Rajoy o Zapatero aprendieran de los debates que existen en el corrillo de madres sabrían realmente qué es tener el mando y hacer oposición. Porque se despellejan unas a otras con esa víbora naturalidad femenina, que va limando las diferencias hasta ganar puestos como en las listas de éxitos. Y en ese hit de competencias siempre las abuelas van por delante. Yo lo noto entre madres y suegras, y no hablo solo de mi caso (por si me leen, que ahora se te meten también en Internet además de en el día a día). Bueno, pues a lo que iba, sin necesidad de pacto de la Moncloa ni mucho menos, existe un acuerdo tácito por el cual si, pongamos por caso, una abuela le regala una camisetita a tu niño, dos días más tarde, la otra abuela cuando se la ve puesta, reacciona contraatacando. Primero van a los críos, no a ti directamente, en plan sibilino: “Ay, nené, qué bonita la camiseta nueva. Desde luego, qué buena es tu mami que te la compró”.  Pero en ese regalazo verbal de una suegra siempre está el interés por ganar la batalla mientras el niño abre la boca como si de repente le pusieran delante una bolsa de chuches: “No me la compró mamá, me la regaló la abuela”. ¡Coño, empieza la guerra! Así que no te extrañes si pasados otros dos días, de repente cuando entras en casa tu marido te suelta: “Mi madre dejó ahí una bolsa, dice que es para el niño, que se lo pruebes y que si no te gusta que lo cambies”. ¡Porque ahí tampoco la cosa va directamente! No, no. Y en ese paquete bomba te encuentras un pantaloncito corto (“mujer, una mudita para un día un poco especial”), con el fin de que pasados otros dos días la otra abuela entre en combate con el mismo objetivo: “Nena, ¿qué mono el pantalón, dónde se lo cogiste?”. Y entonces tu confiesas por lo bajo, como quien no quiere la cosa: “No, bueno, me lo trajo el otro día mi suegra”, y así estás tú, como siempre en medio, en esa pescadilla que se muerde la cola  a ver quién da más. Y eso, claro, siempre que sean generosas (como las mías, que lo son), aunque no sé yo si llamarlo a eso generosidad. Quizás es solo pura competencia desleal.

El veranito, el veranito

Jueves, julio 7th, 2011
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En solo un mes han cambiado muchas cosas. La primera, que he traspasado la barrera de los 40 y me he empezado a obsesionar con todo eso que se supone una debe hacer a lo largo de estos años. También me he iniciado en ese gesto Obregón de meter barriga en las fotos en la playa, y me estoy lanzando a exhibir sin pudor esas partes del cuerpo de las que huía como de la suegra cuando comienza a hablar de tu marido cuando era pequeño. O sea, pura contradicción, lo que indica que me hago mayor irremediablemente. La segunda, y vital para mi persona, es que me he comprado un iPad, desde el que estoy escribiendo emocionada, con la sensación de Michael J. Fox, como si hubiese regresado al futuro desde una máquina del tiempo. La tercera, y el motivo fundamental por el que escribo, es que ha empezado el verano y las vacaciones escolares y ese nuevo recolocarse familiar. Así que también han empezado las discusiones. Se lo contaba el otro día a una amiga, mientras ella se desahogaba con la misma anécdota. Meternos los cinco en el coche rumbo a la playa es hacer otro capítulo estelar de supervivientes, en el que unos y otros nos enzarzamos con nuestras necesidades básicas. Ellos con su DVD, con la discusión por su Nintendo, por todo ese kit tecnológico con el que los hemos viciado para media hora de coche… Mi marido con su obsesión por su primaria necesidad playera: saber antes de iniciar la ruta dónde vamos a comer (de plato) y dónde hacerse con su periódico salvavidas al que se agarra para evitar cualquier contacto con el exterior dominical. Eso mientras yo voy dándole a la cabeza a mis frívolas necesidades: la nefasta depilación que llevo y el repaso mental de todo lo que me pude haber dejado sin meter en el carro playero, para flagelarme después. Así que en medio de ese runrún de ansiedades y para alegrarnos el domingo se me dio por empezar  a cantar ese tema de moda, “el veranito, el veranito, como me gusta veranear” (siempre con ese temor real a que Teddy Bautista nos reclame el porcentaje para la SGAE), cuando de repente uno de los niños, con tanto veranito, tanta Nintendo, y tanta cabeza agachada, empieza a vomitar en plena autopista ¿Y qué hace una madre, entonces? Girarse como una loca e ingeniárselas como puede, mientras escucha al padre con su palabrería hueca: “¡Coño, dale una bolsa, que me va  a poner el coche perdido!”. Es entonces cuando una madre hace el verdadero ejercicio de contención, por no mandarlo directamente a esa isla perdida en Honduras para que se las arregle solito. Porque en ese oficio de OpenCor, de madre disponible las 24 horas del día todos los días del año, los hombres se imaginan que tu bolso es el de Mary Poppins, y que puedes sacar de él todo eso que se necesita en cualquier momento! Así que  mientras tu marido piensa básicamente en la tapicería clara del coche, tú vas y arrancas de tu cuello ese colorido foulard playero en plan gincana de superviviente para que el crío vomite tranquilo. Porque tranquilidad, lo que se dice tranquilidad es difícil que exista en una familia numerosa que comienza unida “el veranito, el veranito”. Viva el verano! (y el iPad!).

ojd