No sé cómo lleváis lo de los cumpleaños de los niños, pero entre las posibilidades de celebrarlo en casa o fuera, en uno de esos parques infantiles de moda, yo he probado las dos opciones y me he dejado en casa, la pasta, la piel y alguna alfombra. Fuera se lo han pasado, creo, mejor, pero el desquicie de este año empieza a ser parecido a lo de las listas definitivas de entrada en los colegios, puro estrés. Resulta que hay padres que no conciben que sus hijos inviten solo a unos cuantos amiguitos, así que la moda es invitar a toda la clase (25 por aula). Empieza el año y a una media de 20 euros por regalo, sabes la sangría que te espera. Aún no me he visto involucrada del todo en la vorágine, pero empiezo a temerme lo peor para los próximos cursos. Así que además de dejarte el gasto de la fiesta, el regalo del niño, las chuches de los amigos, ahora si no invitas a todos, algunos padres te llaman la atención porque sus hijos se traumatizan (este caso está basado en un hecho real y literal). A eso hay que sumar que si te apetece hacerlo fuera, tienes que hacer una previsión propia de un boda, pedir un hueco en un parque infantil para un determinado día (sobre todo en calendario escolar) está difícil y si quieres uno concreto necesitas adelantarte al menos unos tres meses. ¿Hay alguna beca que cubra estos gastos?
Después de leer la última entrada de Carlos Agulló sobre el racismo, aprovecho la oportunidad para enlazar con los test psicológicos sobre el machismo o el feminismo que circulan por la Red.Tras unas semanas en que los detractadores de las cuotas se han lanzado a castigar la desigualdad feminina favorable del Gobierno de Zapatero, en que los defensores han insistido en la necesidad de este tipo de estrategias, aunque sean márketing y después de dos semanas hablando de Chacón, su barriga y el India Whisky, no sé si habrá variado nuestra dosis de machismo, tan tópico como las preguntas que aparecen en los test: “¿Crees que las mujeres son todas unas histéricas?”, “¿Crees que una mujer nunca será una buena jefa, o por lo menos siempre será peor que un hombre?”, “¿Crees que la menstruación afecta al rendimiento laboral?… Tampoco tiene desperdicio el test feminista: “Cuando hace falta, ¿puedes ser tan competitiva y agresiva como un hombre?, ¿te gusta tener siempre buen aspecto y cuidas detalles como la línea, el pelo y la ropa?”… Pura psicología, para entendernos.
No sé cómo andan de calidez y calidad otros lugares de trabajo, porque al final una se hace tan bien a su habitáculo que ya le resulta difícil imaginar cómo estaría en otro. Se pasan tantas horas entre estas paredes que terminas acurrucándote como en casa, algunos tunean su espacio con post-its, fotos de familia, suvenires y flores: observas, te fijas y elucubras cómo tendrán decorada la casa. Hay lugares agradables y otros, seguro, inhóspitos. ¿Cómo se curra ahí fuera? Aquí el color que predomina es el gris oficina, con moqueta en la misma gama; el colorido lo dan las camisetas (usamos más que camisas) y abundan los vaqueros. Todos tenemos teléfono fijo y a cada rato nos suenan nuestro móviles particulares, con distintas sintonías, que ya quedan memorizadas y distinguidas unas de otras. También distinguimos los pasos, cuando se abren las puertas, y los gritos de algunos pocos. Tenemos, además, televisión, radio e Internet (el periódico lo ponemos nosotros). Hay un comedor y servicio de transporte, y máquinas de café, té, té, café (sin azafatas de Iberia), y chocolatinas, chicles, sandwiches… ¿Es este un Great Place to Work? No sé cómo se vive poniendo hamacas en la playa, ni pegando cuños en sobres, ni envolviendo paquetes en una fábrica, ni aguantando a los clientes en un comercio, ni peinando a señoras “con pelo de Valencia” (es de Carmen Rigalt), ni dirigiendo un Ministerio, ni vendiendo material eléctrico… El lugar de trabajo, tus compañeros, tus jefes moldean tu vida sin llegar a saber cuánto. Ahora, la moda de las auditorías es valorar tu entorno laboral para saber si efectivamente estás en un Bestplace (¿confías en las personas con las que trabajas?, ¿te sientes orgulloso?, ¿tienes acceso a la dirección?, ¿te ayuda un entrenador laboral?, ¿tienes flexibilidad horaria…?). Yo aquí me siento bien… Si no vienen enseguida los de la Mutua a enseñarme cómo hacerlo.
Real como el título de esta entrada, así ha sido esta semana en que el tiempo se ha esfumado para todo aquello que implica «extras». Solo rutina de trabajo y de colegios, de cambiar pañales y de hacer de comer, de ir a comprar y de volver a trabajar, de escribir lo justo y pensar lo necesario. Los abuelos se han ido de vacaciones y como en muchas casas eso ha implicado que los niños se han estresado un poco más por ciertos cambios de hábitos, más prisas, pero hemos conseguido sobrevivir- casi- a la semana sin que ninguno se haya puesto enfermo, pero con las incidencias que provoca la siempre implacable ley de Murphy: cuanto más te requieren en casa más te necesitan en el trabajo, así que entre carrera y carrera (siempre viene bien para mantener el tipo) me he acordado de todo lo que no he hecho y que debería: comprar la falda para la actuación de baile de la niña, llamar al pediatra del niño, comprar naranjas para el zumo, llamar al sociólogo para cerrar la página del domingo, ir a recoger la alfombra a la tintorería y decirle a mi madre que vuelva pronto, que la necesito como siempre.
El estupendo reportaje de Jorge Casanova sobre la falta de plazas en los colegios concertados y las argucias de muchos padres para meter a sus hijos en un determinado centro me ha traido a la memoria algunos pequeños dramas conocidos. Algo está fallando en un sistema en el que los padres caen en verdaderas mafias de falsificaciones. Un sistema desequilibrado entre públicos, concertados y privados. Una educación pública con carencias, por ejemplo, en cuestiones de horario (cosa que importa y mucho a la hora de compatibilizar las vidas de toda la familia); o que convierte a niños de 11 y 12 años en plenos adolescentes que tienen que convivir en institutos con chicos de 17 y 18, con cierta falta de control que asusta a algunos progenitores. Existen también problemas en los concertados, la mayoría religiosos, que hacen inviable, por ejemplo, una eduación laica con un horario algo más extenso que los públicos (salvo que pagues privados). Y luego hay padres, claro, capaces de cualquier cosa por llevar a su hijo al colegio de moda.
La burocracia permite la trampa y no entiende de excepciones, ni de relativizaciones ni tiene sentimientos. Antes funcionaba el enchufe puro y duro, y ahora el modelo es falsear los datos, la gente del centro no asume ningún tipo de culpa, pero se genera una larga cola de personas que se ven metidas en un berenjenal de papeles que no les sirven de nada si todos trampean: se falsifican certificados de empadronamiento, certificados médicos, rentas, divorcios… Conozco padres «falsificadores» que han conseguido su cometido, padres «falsificadores» que se han quedado a las puertas del éxito, padres «afectados» que non han podido escolarizar a los niños donde les tocaba y porque les tocaba, padres «denunciantes y falsificadores», que gracias a su denuncia han conseguido meter a su niño en el cole, sacar a los ya metidos, pese a que también habían engañado… Este último caso es verdaderamente interesante: si, por ejemplo, has falseado el padrón de tus hijos, pero no has llegado a falsear un certificado médico, y tus niños no entran en el colegio, denuncias porque sabes de irregularidades (¡las tuyas propias!) y consigues que se vuelvan a revisar las listas, invaliden la puntuación de los certificados médicos y finalmente tu hijo entra. Así que luego entre los propios falsificadores se establece una diferenciación moral: «No es lo mismo falsear los datos de la renta –decía una madre- que fingir un certificado médico»; «No es igual falsear el padrón que la renta”, argumentaba otro. «Es diferente mentir sobre tu lugar de trabajo que fingir que estás divorciado». Papeles, puntuaciones, revisiones, denuncias… Todo para que los afectados sigan sin poder acceder a lo que en teoría les corresponde por ley. Un buen sistema.
Ante la novedad de una ministra embarazada, ahora al mando de Defensa, se plantea una curiosidad ante su próxima maternidad: ¿Se cogerá la ministra una baja de 16 semanas, como la mayoría de las mujeres?, ¿se la repartirá con su pareja?, ¿se acogerá a una reducción de jornada para conciliar?… Las malas lenguas ya han calculado que dará a luz en verano, época de vacaciones, con lo cual todo parece indicar que pasado el mes de agosto es probable que la ministra vuelva al trabajo sin que se vea afectada su agenda por traer un hijo al mundo. Algún político varón de segunda fila sí ha cogido la baja de 15 días por paternidad, y durante un tiempo Gran Bretaña estuvo a la expectativa porque se pensaba que Tony Blair se iba a pillar unos días cuando Cherie dio a luz, aunque todo quedó en una falsa alarma. No así el príncipe Haakon de Noruega que solicitó la baja laboral (¿trabaja?) para susto de muchos de sus compatriotas. En cualquier caso, seguro que Carme Chacón sabe defender sus intereses.

Las guarderías, dicen, se han convertido en “aparcaniños”, y si no que se lo pregunten a un incrédulo Shin Chan, que es abandonado literalmente por su madre en un día de temporal de nieve. Una mirada irónica la de este vídeo al mundo al que se enfrentan muchos padres (madres, madres…!) a primera hora de la mañana en la que solo hay una palabra: prisa. Así vamos ”dejando” a los niños con la vecina, en la guardería, con los abuelos, en el cole… para ir a toda prisa a trabajar (“¿Hoy con quién me toca?”, le oí hace poco a una cría). Eso en el mejor de los casos, porque no siempre se cuenta con tanta ayuda: ¿sabéis cuántas plazas para niños de 1 año oferta la única guardería municipal que hay en el barrio donde habito? 15. Ayer, una semana después de que se abriera el plazo, ya eran cuatro veces más el número de solicitudes para esa edad. Las autoridades se extrañan, después, de que surjan pseudoludotecas y pseudoguarderías donde “aparcar” a los hijos.
Por si no fuese poca la presión con que andamos las mujeres, cuando llegas al colegio por la mañana una se reconoce y no se conoce ante las demás. Y es que ahí es donde verdaderamente está el quid de la conciliación, ahí, a esas horas en que los niños van oliendo a colonia y recién peinados, tú, madre, más que llegar te arrastras en esos zapatos que te acompañan a todos lados, con tus eternos vaqueros, tu pelo mal recogido en una coleta, ese anorak que todo lo cubre y como nota de color, dando el cante como la Pantoja, te plantas unas gafas enormes para intentar pasar lo más desapercibida. A esas horas en que tú no te acuerdas ni de tu horario, hay quien llega convertida en toda una Miss Bimbo, con sus medias, su tacones, su sujetador bien puesto, su pelo suelto y su barra de labios con gloss, esa que tú solo te pones para salir (¿cuándo saliste por última vez?). Las hijas, que todo lo ven, pueden ser en esos momentos crueles con sus madres y preguntarles, así como si no fuese con ellas, por qué no se ponen tacones o por qué no se pintan los labios… Tan de mañanita hay mujeres que saben conciliar muy bien su tiempo, y otras que no tienen tiempo ni para conciliar.
Hay datos que lo confirman: con la llegada de los hijos son cada vez más las mujeres que se plantean si continuar con su puesto laboral. Es cierto que muchas de ellas no pueden y ni siquiera se les pasa por la cabeza, porque son la única fuente de ingresos para mantenerlos. Pero cuando hay dos sueldos en casa y el de él pesa más o mucho más, algunas madres comienzan durante su baja de maternidad un letargo de dudas sobre si continuar o no trabajando fuera. En España, dice Paloma de Villota en su libro Conciliación de la vida profesional y familiar, trabajan el 90% de los hombres con hijos y solo el 40% de las mujeres y ellas son las que reciben entre un 20% y un 30% menos de salario que ellos, y el 80% de los contratos a tiempo parcial corresponde a mujeres.Al margen de que cada cual hace con su vida lo que le viene en gana, hay que llamar la atención sobre el fenómeno que puede complicar la ya inestable situación laboral de las mujeres. Si su trabajo y su sueldo valen menos, y no disponen de horario flexible para cuidar de sus hijos, ellas saben que sus ingresos irán destinados a pagar a otra persona para que se haga cargo de sus niños. Y aunque la vida suele ser larga y dar muchas vueltas, en principio, el presente que se les viene encima hace que el pensamiento de abandonar les ronde. Hacer el papel de supermujeres les empieza a cansar: muchas fueron criadas por una generación de madres (ahora abuelas) que no tuvieron estudios y que quisieron que sus hijas tuviesen una buena formación académica y que estuviesen preparadas para ser independientes, pero la realidad de muchas es que no son capaces de abarcarlo todo dentro y fuera de casa. Probablemente, la fórmula resignada de sus madres (ahora abuelas) ya no les encaja y se resisten a llevar la casa, los niños y el trabajo sin rechistar. Por eso, el esquema de madres desesperadas se impone.Un ejemplo, en EE.UU. el porcentaje de mujeres que a partir del 2000 dejaron su trabajo tras su maternidad empezó a aumentar, especialmente entre las de clase media-alta, y no ha parado. Parece que la solución o la clave de la conciliación sigue estando, según los expertos, en la flexibilidad en las empresas. Sobre todo, si se tiene en cuenta que la generación que viene, dicen, ha sido socializada en el ocio y, ante la falta de expectativas económicas, prefieren ganar tiempo.
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