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El «vintage» a los 40

Escrito por sandrafaginas
6 de agosto de 2012 a las 12:46h

Reconozco que a mí lo del vintage me pone, pero solo desde un punto de vista lingüístico. Me encanta oírlo porque en esa idea cool de expresarse en idioma extranjero fantaseo con que al fin alguno de los que lo pronuncian lo hagan como deberían hacerlo. Porque ni en francés ni en inglés se asoma ese español arrabalero vintash que tanto adornan los estilistas de ahora. Yo soy poco vintage, será que me tocó crecer en barrio de aluvión y que lo nuevo (sobre todo si era en forma de tigretón a la hora de la merienda) tenía un atractivo mayor. Siempre me ha gustado más la novedad que abrirme a la nostalgia, más ir hacia delante que hacia atrás. En todo. Y no por el olor a naftalina, que también, sino porque en casa de los que no tienen qué heredar queda cutre llamarle vintage a lo que no ha cumplido ni diez años. Y porque en realidad cada vez que me he probado un chaquetón de mi madre siempre le he visto un punto Norma Duval, que en los ochenta era la señora guapa por excelencia. Así que hoy, sobrepasados los 40, debo de pertenecer ya a ese grupo de madres que se visten como adolescentes con la camiseta de Mango, el inconveniente mayor para una hija que observa con ojos de ¡por qué mi madre hace esto! unos looks que más que retro son retró-grados para ella. Porque si entrar en la cuarentena tiene el hándicap de que sabes que El Consorcio es herencia de Mocedades, también tiene esa parte liberadora de apretarte el descolgamiento en los vaqueros como segunda oportunidad, a lo Paco Costas y sin miedo a pegártela en el límite de la estrechez. Y es que en ese límite está la clave, porque si para una de 30 el vintage es chic, para una de 40 tiene el sonido del Oil of Olay (pronúnciese oilofulai), que viene a ser como si de repente tu madre te pidiese que fueses a la playa con su bañador de flores. Que sí, muy riquiño en las fotos del verano del 78, pero nada que ver con la línea del horizonte que marca tu Calcedonia de temporada. Que, por otra parte, tu hija no querrá ni ver cuando pasen veinte años y tú seas ya el vintage hecho carne.

(Columna publicada el domingo 5 de agosto en el suplemento Extra Voz)

Mi Olimpiada

Escrito por sandrafaginas
26 de julio de 2012 a las 21:01h

Hasta hace unos años, yo solo corría por motivos profesionales, es decir, cuando estaba a punto de cerrar el último pub o cuando había que pillar el taxi que me devolviera a los brazos de mi cama. Pero desde que soy una it nai —quizás debería decir monster nai, a los ojos de mis ojeras— corro que me las pelo para ejercer el don de la ubicuidad, ese que te permite pintarte el morro en el retrovisor a la vez que abrochas la mochila del campamento mientras hablas con tu bendita madre. Ella fue vallista antes de que yo empezara a hacer relevos, que es a lo que me dedico todo el día. Porque una madre olímpica espera el relevo de todo el que se cruza en su camino, sin necesidad de más empujón que el que le das a tu hijo (¡hala pa’dentro!) ni más explicación que la del rescate. Que yo no sé por qué nos agobiamos tanto con esa palabra, cuando es un himno que una canta en el podio matutino a lo Mónica Naranjo: «¡Rescaaataaame!». Porque si un hijo aprieta, tres pequeños aprietan hasta hacerte correr con tacones de aguja a lo Forrest Gump. Como una boba y sin mirar para atrás. Y si no que se lo digan a mi amiga Lore que hizo un sprint que ya quisiera Marion Jones en sus mejores tiempos. Mi amiga corrió por lo que corre una auténtica madre: ¡por salvar los dientes de su hija! La pobre niña, que disfrutaba de merienda y piscina, envolvió el aparato (ahora ortodoncia) en una servilleta que fue a parar directamente a la papelera del club veraniego. ¿Y qué hace una it nai de noche cuando descubre en la soledad de su casa dónde puede acabar la boca de su hija? Una supernai arranca más rápido que Alonso, corre los cien metros valla, salta con altura glam la verja de la piscina, y rebusca los ahorros de su vida entre helados, mondas de plátano y petisuís. El aparato apareció, por instinto materno, flotando en sucias profundidades. Pero mi amiga, mi amiga llegó al coche más hinchada que un informe del Banco de España. Sudando, con el paladar en la mano y la sonrisa de medallista olímpica. A la espera, eso sí, del próximo relevo. ¡Que estas olimpiadas no son cada cuatro años!

One fine day

Escrito por sandrafaginas
15 de noviembre de 2011 a las 17:59h

Por fin aparezco, aunque, como siempre, mi ausencia se debe a más de lo mismo: trabajo que se va extendiendo a otros terrenos. Pero como Sara Jessica Parker en Sexo en Nueva York he sobrevivido gracias a las nuevas tecnologías. De hecho, ahora escribo desde el entrenamiento de fútbol de mi hijo Pablo (el de 4 años que apestaba el fútbol), y de repente me he acordado de aquella peli, One Fine Day, con Michelle Pfeiffer y George Clooney y ese día terriblemente adorable en el que van sacando tiempo de su tiempo para estar con sus hijos. Y yo hoy me lo he tomado, sin George, es una pena, pero me lo he tomado para ver como le da patadas al balón mientras intenta ponerse ahora la camiseta de su equipo. Y como la Pfeiffer llevo el bolso atiborrado de esa mezcla maternal de hojas secas, migas de pan, post its, y muñequitos de huevo Kinder, y más trabajo que debo posponer para ser esa hooligan que mi hijo necesita. De hecho, a él no le gusta el fútbol, sin embargo, está aquí por sus razones. 1. “para que me animéis” 2. “para marcar goles, léase, triunfar” . Y 3.Y mucho más importante, para jorobar a su hermano de tres años que vive para y por el fútbol, pero que aún no tiene edad para entrenar. Es lo que tiene la “hermandad”, que aprendes a hacerte un hueco enseguida. De aquí me voy a ballet con la de 7, que anda ya en frases del tipo: “Mi amiga y fulano han roto”, y no precisamente una amistad. Menos mal que todavía me queda el más pequeño, que hoy me ha sorprendido con su hipérbole metafórica: “Mamá, te quiero hasta Huelva (es lo más lejos que ha ido) y hasta el fútbol de Messi”. Y eso, para una hooligan como yo, y con permiso de John Carlin, es lo más grande. Hemos vuelto a reencontrarnos con la maternidad, One Fine Day.

Ayer tuve un sueño

Escrito por sandrafaginas
14 de septiembre de 2011 a las 9:17h

El día del estreno es lo que tiene, que todo el mundo te hace fotos y pones tu mejor cara (como la de Elena Anaya, si es posible). Ayer tuve un sueño, soñé que mis hijos entraban de la mano de su padre y de su madre en el colegio, felices como día de fiesta, y subían las escaleras descansados por la emoción del regreso y se daban besos y abrazos con sus compañeros, y se alegraban infinito de ver a sus profesores después de tres meses. Y todos sonreían, porque había tiempo. Pero eso fue ayer, o anteayer, el día del estreno. Hoy su padre, el hombre opaco, que dirían Faemino y Cansado, ha vuelto a su cueva laboral, esa que abre a las 8 de la mañana y cierra a las 8.30 de la noche (y que nos abrigue muchos años). Y su madre tiene el rímel corrido (es lo que tienen las noches de juerga en los blogs), y ha asumido su deshorario a lo Chenoa: “Cuando tú vas, yo vengo de allí”, en ese desfase que es vivir a la contra: hijo en casa, tú en el curro, que es lo que nos sucede a los que escribimos de lo que les pasa a los demás. Que tenemos que esperar a que pase para contarlo. Ayer, que es pasado, fue día de emoción, de poesía vital, pero hoy, que ya es presente, se han impuesto los bocinazos de la prosaica realidad: el atasco de las madres (la mayoría de los padres habían desaparecido) en la puerta del colegio y el desconsuelo de los niños. “¿Mamá, cuándo se acaba el cole?”, me soltó mi hijo de tres años nada más bajarse de la cama. Hoy ya ha habido gritos (para levantarse, para desayunar, para llegar y para despedirse). Y aunque tenía ganas de correr con mi iPod la cuesta de mi casa, he decidido ponerme a contarlo para que se me pase el desconsuelo. “¿Hoy ya es mañana?”, me preguntó el de cuatro años mientras sorbía el Colacao. “Sí”, le respondí limpiándole su bigote chocolatero. “Hoy ya es mañana”.

1, 2, 3…

Escrito por sandrafaginas
12 de septiembre de 2011 a las 6:50h

Ya. Lo tengo todo listo. He trabajado durante estos tres últimos años como una jabata para la llegada de este momento y ahora solo siento los nervios previos al examen final. Sé que cuando pasen unas horas me derrumbaré como lo he hecho tantas otras veces, y sentiré el alivio del esfuerzo acumulado y la distensión muscular en mi sonrisa, y sí, es probable que me dé el bajón natural de recrearme en la escena y mirar en la foto fija del recuerdo todos esos detalles del día a día. Pero en estos instantes de cosquilleo previo me he dado cuenta de que simplemente se hará el silencio en esta casa. El nido vacío. 1 hijo, dos hijos, tres hijos… 1, 2, 3 ¡Y por fin los tres juntos al cole! Así que se prepare el mundo que me sobran minutos en mi reloj, que estoy que no me lo creo. ¡Hala, polluelos, a currar con las tijeras, y los recortables, y la plastilina, y a multiplicar y a aprender que INDEPENDENCIA se escribe sin h! Y como madre adolescente que me siento -y que me hizo mi cachorrita- me daré a los placeres de la libertad personal durante unas horas al día. Sin temer a los horarios, esos que me imponían mis padres y ahora mis hijos. Y leeré, y escribiré, y correré la cuesta de mi casa con mi iPod en las orejas mientras suenan mis hits vitales, no el mundo Cantajuego y la madre que los hizo! Y, cómo no, miraré los escaparates como consuelo porque ya me he gastado toda la pasta en el material escolar y en los uniformes (720 euros por tres ¿no?) Hoy no hablaré del olor a plástico nuevo, ni de pelos relamidos en colonia, ni de manos que se quedan pegadas hasta el infinito, ni de brazos que se retuercen en la despedida. Ni de llantos. Un lloro, dos lloros, tres lloros… No. He apechugado con mis kikuyos como la leona que soy, porque desde el 1 de junio no han tenido clase por la tarde (y no la tendrán hasta el 1 de octubre que, en fin, es sábado, así que hasta el día 3 no volverá la normalidad). 1 mes, dos meses, tres meses. 1, 2, 3, Más otro medio más en forma de horas libres por la tarde. Eternas vacaciones. Da igual que mi trabajo haya sido de tarde, con fines de semana incluidos, da igual si mi marido no ha tenido más que 15 días libres en verano, da igual, yo no me quejo. Que para eso soy madre, y trabajadora, y enseño lo que puedo (y lo que me mandan los profesores en forma de deberes). De mí no saldrá una crítica. ¡Que viva la enseñanza y los enseñantes! ¡Que vivan! ¡ ¡Y que me duren el curso! ¡Que no me los enfade nadie! ¿Vale? Y ahora, por favor, silencio. 1, 2, 3. Y ya. Libre… (Bueno, hoy hasta la una).

(Feliz vuelta al cole a todos).

Tocada y hundida

Escrito por sandrafaginas
10 de septiembre de 2011 a las 18:04h

Las hijas tienen la puñetera manía de descoserte el alma con un simple comentario de cuarto de baño. Mi mocosa, a punto de cumplir los siete, me increpó el otro día con esa arrogancia natural etíope, de quien se siente un ser formalmente superior (y claro que lo es!): «Mamá, ¿tú por qué vas vestida como una adolescente?». A mí, que normalmente me tiembla la barbilla cuando miento, me temblaban las piernas de ver ese terror en forma de puñalada trapera en sus ojos. «¿Quién yo?», balbuceé deshecha como las madres de Maitena. Para añadir: «Qué te lleva a pensar que voy como una adolescente?», mientras hacía recuento mentalmente de mi atuendo (los tacones no me daban opción a agarcharme): unos leggins negros, unas sandalias de tacón y una camiseta con la cara impresa de alguna mujer objeto de deseo. «Esta camiseta», fue su frase demoledora a la vez que hacía el gesto acusador de cogerla sutilmente con la punta de sus dos deditos. Tengo que decir que en ese primer duelo, quedé tocada, pero recuperé el ánimo cuando en un alarde de madurez le di en donde más le gusta: «¿qué quieres que te pinte los labios?». «Sí», fue la afirmación en forma de felicidad, porque compartir ese momento de tacón, rímel y colorete fue para nosotras como un abrazo intenso después de esa herida de todo corazón. Pero como en la maternidad no hay consuelo ni un minuto, cuando las dos íbamos reconfortadas en mi coche, yo camino del trabajo y ella de clase de baile, me hirió de nuevo: ¿Mamá, por qué las madres de mis amigas son más sabias que tú? «What?», «Are you talking to me?», fue lo que dio en pensar mi mente cuando mi boca tragaba saliva. «¿Qué es lo que te hace pensar que son más sabias?», le dije. «Bueno, ellas siempre saben a qué hora es la clase de baile, qué día empieza, cuánto hay que pagar, ellas te llaman para decirte eso», fue su respuesta. «Vaya, a lo mejor yo soy sabia en otras cosas», me atreví en un alardeo inútil. «Sí, claro», dijo ella. «¿En qué?», le sonreí complacida con esa pregunta de concurso. Pero entonces se hizo el silencio, ese eterno silencio que las madres sabemos interpretar con el dolor de la verdad. «No sé, tú sabrás», se limitó a decir minutos después. Y es que para entonces yo ya estaba tocada y hundida.

(Y un abrazo a ese corrillo de madres que me ayudan en el día a día a sobrellevar ese crucigramístico horario de actividades extraescolares y sin las cuales nunca llegaría a tiempo. ¡Ah! Y a mi madre, perdón por todas las veces que le arañé con mis palabras su estilismo de madre-madre. No como yo, que me he hecho vieja de repente con ese insulto mortal: «adolescente»).

Una de políticos

Escrito por sandrafaginas
27 de agosto de 2011 a las 10:58h

Acabo de leer la entrevista que sale hoy publicada en XL Semanal a Rajoy, al que presentan como el muy probable futuro presidente del Gobierno. Hay una respuesta que me ha parecido sorprendente. Ante la pregunta ¿Y qué ha visto en los pueblos pequeños? (se supone que se ha pateado el país), Rajoy dice literalmente: “En una fábrica de Manzanares, provincia de Ciudad Real, que he visitado hace poco, por ejemplo, una de las cosas que me plantearon, que probablemente a mí no se me hubiera ocurrido nunca, es que los horarios escolares allí terminaban a las dos de la tarde, y eso generaba problemas de horario a la empresa, a los padres y a las madres. Escuchando se aprende mucho”.

No sé qué os parece, pero a mí, que a estas alturas no se le hubiera ocurrido nunca, me parece significativo. Nada más.

Sin hijos

Escrito por sandrafaginas
25 de agosto de 2011 a las 8:33h

¿De qué me suena esto? Además de no tener hijos, ahora resulta que somos infecundos. Ay, si yo te contara!!! Me remito a lo dicho en el post anterior. Un país sin niños no tiene futuro (y no es una metáfora). Os dejo el artículo de mi compañero Manuel Blanco que ya habla de héroes y os cuento una historia.

Cuando nos dijeron que sería difícil engendrar hijos (incluso algún médico utilizó palabras indecorosas que se han quedado en nuestra mente) decidimos que nosotros los tendríamos de cualquier forma y a cualquier precio (¡vaya con el precio!). Así que nos pusimos a ello y abrimos varios frentes. La que escribe -ahora riéndose- lloró los siete llorares mientras iba recogiendo información y se embarcaba en la  primera de las fecundaciones in vitro. Fue en el Materno de A Coruña y por aquel entonces (las cosas afortunadamente han cambiado) las mujeres hacíamos cola desde distintos puntos de Galicia para ser tratadas básicamente como animales. Solo en otra ocasión me he sentido tan vaca, pero ya lo contaré más adelante. Así que animalizada me sometí a todo ese proceso cansado que consistió en hormonarme, analizarme, anestesiarme y finalmente colocar en mi interior dos embriones, que una cariñosa bióloga (fue la única sonrisa que vi en todos aquellos días) me anunció. Además del “ábrase de piernas” de un desalmado que hoy ya no es doctor, de ese tiempo solo recuerdo el llanto iniciático y desconsolado en mi cama cuando el mes dijo no. En aquel instante tomamos la mejor decisión de nuestra vida:  adoptaríamos un hijo. Y así empezó otro doloroso proceso de papeles, angustias, más papeles, más angustias, que he resumido como el peor embarazo de mi vida. Pero seguimos adelante con la posibilidad de ”embarazarnos” naturalmente, así que yo me sometí a otro tratamiento en Santiago con una doctora a la que le importaba sobre todo que le pagara con billetes y nunca con tarjeta. Por supuesto, fracasó.  Sin embargo, nos esperaba la felicidad, y el mundo finalmente se abrió un 4 de junio del 2005 y dimos por fin a luz a Sara en Etiopía cuando atravesamos la puerta azul del orfanato de la madre Teresa, apenas un año y pico después de aquel primer doloroso llanto en la cama. Hiperfelices con Sara decidimos un par de años después darle un hermanito, así que cuando ya habíamos pasado el corte para adoptar otro hijo en ese mismo país, yo decidí darme la última oportunidad de traer un hijo naturalmente, y me sometí al tercer tratamiento de fecundación in vitro en A Coruña, con el equipo Ron, entonces en la Maternidad Belén, y hoy en el hospital Santa Teresa. Fue sin duda el proceso más normal y mejor de todos desde el principio, desde que el doctor Devesa nos acogió en su consulta con su rigor y tranquilidad. Y el llanto, pero de felicidad, llegó con aquel predictor rayado en la trastienda de una farmacia de confianza, en la que amablemente me pinchaban la medicación, y en la que cuatro personas (el farmacéutico, las dos ayudantes, y yo) sonreíamos entre lágrimas ante lo que iba a ser nuestro segundo hijo: Pablo. Y la casualidad, o el destino, quiso que naciese también un 4 de junio, pero del 2007, en el Hospital Santa Teresa. ¿Casualidad? El mismo día, y con Teresa de por medio. En fin, mejor no pensarlo… Cuando empezaba el 2008, en el mes de los regalos, a mí me llegó uno envuelto también en llanto. Tan solo seis meses después de dar a luz a Pablo, un predictor me indicaba que estaba en camino un tercero, el espontáneo, que yo, su madre, acogí atravesada y sin ningún ánimo. Así que volví a llorar los siete llorares porque en mis planes no estaba el traer 3 hijos al mundo en solo tres años, y además así, sin planearlo, como adolescente de una sola vez. Por eso siempre he pensado que la vida me tenía preparada esta sorpresa final para hacerme sentir todos los sentimientos posibles de la maternidad, el deseo y el rechazo: la multimadre. Sé lo que es adoptar, sé lo que es someterme a una fecundación, sé lo que es quedarte a la primera, sé lo que es dar el pecho, y no darlo, y me he sentido vaca, aquella vez haciendo cola para extraerme los óvulos, maltratada, y otra cuando animal vacuno estaba en la semana 41 del embarazo de Pablo y  solo pedía silencio, y le daba con el glassex a todo cuanto estante había en mi casa con el síndrome del nido limpio. Si hubiese sido niña, le hubiese llamado Teresa. Pero fue niño. Y es Martín. Por Martín Hache, aquella película tan maravillosa. Sara, Pablo y Martín. Mis hijos, con esfuerzo.

Haciendo números

Escrito por sandrafaginas
24 de agosto de 2011 a las 9:15h

Dicen que el gasto medio por niño en esta vuelta al cole es de 600 euros, y 720, si llevan uniforme (es mi caso). Así que el caso, el mío -como digo-, es multiplicar esa media por tres, porque este año los tres irán por fin a la vez al cole. Por eso no hay cuenta corriente, de las muy corrientes, que resista, ni siquiera cuando se es supuestamente  familia numerosa. Y es que los números cantan igual, porque ayuda, lo que se dice ayuda, yo todavía no la he visto. Tengo un carné en la cartera que dice que una pareja con tres hijos somos esa clase de familia a la que se le supone un descuento en algún museo (el día que yo pueda irme de museos con los tres daré gracias a la reconciliación) y siempre hay algún amigo que me recuerda que también en Renfe (yo no he cogido aún el  tren en mi vida de casada!), pero para nada más me ha servido. Ni siquiera cuando tenía un barrigón enorme porque ya estaba a punto la llegada del tercero y me presenté en una guardería pública para pedir plaza para mi hijo: “Es que su hijo nace fuera de plazo”. “¡Coño, eso pensaba yo también, pero nacer lo que se dice nacer nacerá!” fue más o menos lo que le respondí a aquella sonrisa con cuerpecito de no haber traído un hijo al mundo todavía. Asumo que es mi problema el haber tenido tres hijos, así que me aguantaré este mes, y el siguiente, y el siguiente, pero a mí, cuando me hablan de problemas demográficos esos políticos sin hijos y algunos expertos “faladetodo” en alguna página de opinión me sale esa vena folclórica como aquella Lola Flores que le pedía una peseta a todos los españoles para resolver su problema con el fisco. Pero yo al revés: de mis hijos para pagarles la pensión a esos ni un duro! Es la insolidaridad que en estos momentos cada madre lleva dentro en este país para viejos.

Domando a la fierecilla

Escrito por sandrafaginas
18 de agosto de 2011 a las 10:24h

Entre los trabajos de madre, está el de domar. Y yo estoy en ello. Ayer, la de casi siete me pegó, sí, sí, lo cuento así abiertamente, porque muchos estarán pensando ahora, “a mí me pega, y bueno, le pongo la cara del revés”. El caso es que mi fierecilla me pegó además en un club de esos provincianos, en los que las familias nos examinamos y las madres nos copiamos el carrito de la piscina. Pues en uno de esos clubs, o si se prefiere sociedades, además de montarme una escena de niña salvaje mientras le aguantaba físicamente su genio cogió su pequeña y adorable mano y me pellizcó con saña en el brazo. Y sí, una madre-madre en ese momento piensa en ponerle la cara mirando pa’ Cuenca, pero a mí me salió el clásico cachete en el culo. Y sacar más que a la supernanny que una no lleva dentro, a la madre que todos tenemos como referencia. Y lógicamente la he castigado con lo que más le duele, sin televisión y sin ese pintaúñas de color rosa de niña consentida que en el verano se había impuesto. A ella eso le duele como a mí que me dejen sin un capítulo de Mad Men en plena temporada. Pero ahora la cosa se ha complicado, porque claro, para cumplir los castigos una también se castiga a sí misma. Y hoy ya no hay piscina tampoco, y se me ha puesto un mal cuerpo como de dolor premenstrual, y solo siento mis ovarios. Domar a los hijos es así de doloroso, porque mientras que a cualquiera de los otros  dos con un solo girar de cabeza, a lo De Niro en  Taxi Driver, les llega para paralizarlos. A mi supernena el arrebato le da duro, y se envalentona, por eso estoy en ese freno en seco y ahora mismo está escribiendo cien veces: “No le puedo pegar a mamá”. Y yo aquí con ella sufriendo el castigo.