
El cronista económico Pierre-Antonie Delhommais publicó recientemente en el diario Le Monde un artículo muy recomendable, duro con la situación económica de España y con la “altivez” de los gobernantes, que lleva por título La déroute de l’Invincible Armada (La derrota de la Armada Invencible). Puede consultarse en el enlace anterior en francés. También acompaño una traducción express al castellano para que nadie se pierda esa visión un tanto chauvinista y revanchista que tiene al norte de los Pirineos de los españoles por creerse que podían volar alto.
La derrota de la Armada Invencible
Pierre-Antoine Delhommais (Le Monde)
En tanto que aclara los hechos, por veces los ilumina, no nos cansamos de repetir la máxima del financiero norteamericano Warren Buffett: “cuando el mar se retira, vemos a los que se bañaban desnudos”. Las empresas que manipulaban sus cuentas, los bancos que tomaban riesgos desmesurados, los gerentes que estafaban a sus clientes, las autoridades de control que no controlaban nada en absoluto. Todos esos países, en definitiva, y sus realizaciones milagrosas. Entre ellos, y solo por limitarse a Europa, estaba la pequeña Islandia, situada a la cabeza de las clasificaciones en materia de desarrollo humano, que la crisis del subprimes hizo retroceder una veintena de años atrás. Estaban las tres repúblicas bálticas, de las cuáles no sabíamos mucho más, en esa carrera hacia la excelencia por la cual cabía felicitarlas. Las protestas estallaron esta semana en Riga, y sus dos vecinos temen correr la misma suerte.
Dentro mismo de la zona euro, dos países suscitaban una admiración desbordante y recibían elogios sin matices: Irlanda y España. El tigre celta está herido, tan gravemente, que circulan rumores sobre la asistencia del FMI.
En España, la fiesta se ha acabado. Un millón de parados suplementarios han sido registrados en 2008, su déficit público podría alcanzar el 6% del PIB en 2009 y la agencia Stándar and Poor’s puso “bajo vigilancia negativa” la deuda del país. Es decir, su solvencia financiera comienza a ser un problema. Una bofetada para el alumno modelo de la clase europea, que cosechaba los accésits, recompensas -nos explicaban-, tanto por su política económica virtuosa como por los cumplidos esfuerzos de su gente.
¡Que las estadísticas españolas eran buenas! Nos machacaban los oídos. Tasas de crecimiento casi a la china, que habían elevado el PIB por habitante hasta el de Italia. Que habían hecho un descenso histórico del paro, con un índice dividido por tres (del 24% en 1994 al 8% en 2007). Que, enfin, habían permitido al país generar confortables excedentes presupuestarios. Además, las finanzas públicas saneadas constituían, en Madrid, el mayor motivo de orgullo. Como una especie de revancha, de la Nueva Europa sobre la Vieja Europa, de la movida sobre el inmovilismo.
Y también con una buena dosis de altivez. José Luis Rodríguez Zapatero exigía que “se reconsiderara el papel internacional” de su país, y recordaba “la legitimidad de España a entrar en el G8”. Sin olvidar las lecciones de virtud presupuestaria que Madrid daba de buena gana a sus socios, particulamente a los alemanes, que desdeñosamente la colocaron, antes de la creación del euro, en la categoría de los países del Club Med.
A sus realizaciones macroeconómicas pasmosas, España añadía el dinamismo de sus empresas, de sus conquistadores, lanzados al asalto del mundo. No sólo España tenía una de las economías más vigorosas del planeta, sino que tenía también los bancos más sólidos, los más provechosos, los mejor gestionados. Con una pequeña joya, Banco Santander, que se presentaba, sin demasiada humildad, en sus campañas de publicidad, como “the best bank in the world”, presidido por Emilio Botin, famoso por su olfato y su prudencia. Pero he aquí que Bernie (Madoff) jugó con “don Emilio”: el Santander colocó unos 2.300 millones de euros en los fondos administrados por el estafador americano, un récord mundial. Un símbolo, también, del fin de un mito de una Armada Invencible económica.
El mar, pues, se retiró y España se encuentra totalmente desnuda. Descubrimos que el milagro dependía del espejismo, construido de desenfrenada y consumismo frenético. Y sobre todo de la histeria inmobiliaria, alimentada por un flujo de mano de obra inmigrante barata y entretenida por el credo de la propiedad (el 83% de españoles son propietarios de su vivienda). La mitad del cemento europeo se consumió al otro lado de Pirineos, España edificaba cada año tantas casas como Alemania, Reino Unido y Francia juntos. Hemos construido muchísimo en España desde hace quince años. Pero, de hecho, no edificamos nada. Nada sólido para el futuro. La productividad es de las más débiles de Europa, la educación es una de las menos eficaces, con una tasa de abandono escolar hasta los 16 años de casi el 30%, un récord entre los países industrializados.
Su mercado del trabajo es todavía más rígido que el de Francia, según la OCDE, lo que, en la boca de la Organización, no es poco decir. Su retraso tecnológico es inmenso, con gastos en I+D que sobrepasan ajustamente el 1% de su PIB, frente al 2,5% en Alemania y el 3,9 % en Suecia. En defintiva, su falta de competitividad se traduce en un déficit corriente cercano al 10%: otras veces, semejante desequilibrio habría sido sancionado con una devaluación de la peseta. Pero, protegida por la moneda única, España ha podido escapar del desastre monetario.
A Zapatero le gusta repetir que su país “está mejor armado que otros” para resistir a la crisis. Estamos mucho menos seguros de eso que él. Pero es sobre todo después de crisis que se debe inquietarr. Cuando Alemania empezará de nuevo a vender sus máquinas y herramienta a los chinos y a crecer, España no tendrá más dinero para cementar y tampoco nada que exportar. Condenada al estancamiento, posiblemente no para la eternidad, pero de forma duradera, por no haberse modernizado y por no poder -políticamente- renunciar al euro. Es a Berlín a donde habrá que ir para sacarle partido a la movida, no a Madrid.