
Continuando con el itinerario catecumenal propio de la Cuaresma en el Ciclo A, ayer escuchábamos el evangelio del ciego de nacimiento (Jn 9,1-41). Es un pasaje que tiene una especial resonancia en mi historia personal, porque fue el que de alguna forma marcó mi conversión. Por eso siempre me gusta volver periódicamente sobre él en mi oración, como ocurre también con la parábola del Hijo Pródigo (Lc 15,11-32), que marcó mi vocación.
Una de las cosas grandes y hermosas de la Biblia es que da igual cuántas veces se vuelva sobre un texto que siempre se descubre algo nuevo. Es que la Biblia es Palabra de Dios, es viva y eficaz. Es la Palabra que Dios te dirige hoy a ti, para tu vida.
Lo mismo me ha pasado a mí últimamente con este y otros pasajes, especialmente del Evangelio de Juan. Pero sobre todo con este pasaje en particular del ciego, al que, como os digo, le tengo especial cariño.
Al margen del milagro y de todo el profundo significado que tiene todo este pasaje, hoy quería fijarme en la fascinante escena que se produce precisamente en ausencia de Jesús: el juicio de los fariseos. Me parece fascinante la enseñanza que nos deja esta escena acerca de nuestra forma de hablar de Dios y de la fe.
Si no lo habéis leído, os recomendaría ahora que leyerais el pasaje, porque es una escena realmente curiosa. Jesús ha curado al ciego, y lo ha hecho en sábado, para más INRI. La gente no se lo termina de creer y además estamos en un momento álgido de la predicación de Jesús, en su última visita a Jerusalén, cuando todo está a punto de pasar. Un momento determinante.
Por eso el ciego acaba en manos de los fariseos, que intenten que secunde la afirmación que ellos ya se habían formado (no todos, ciertamente): que era un pecador. Al fin y al cabo había curado en sábado, no una, sino ya dos veces al menos. Sin embargo, el ciego no se deja avasallar y les responde algo sencillísimo: “era ciego y ahora veo”. Luego lo completará afirmando que eso significa que, al menos, es un hombre de Dios, que no puede ser un pecador.
¿Qué quiero decir con esto? Que la base de toda nuestro anuncio, de todo nuestro proceso de fe, es la experiencia de lo que Dios ha hecho en nosotros. En otras palabras, dar testimonio, algo a lo que quise aludir ayer en el artículo que me encargaron para el suplemento de este mismo diario.
La base de todo es la experiencia de que Dios interviene en mi vida y que puede intervenir en la tuya. Hasta el punto de que la declaración del ciego se vuelve hasta provocativa cuando ante la insistencia de los fariseos les pregunta si es que tanto interés significa que ellos también quieren ser discípulos suyos. Ojalá todos pudiéramos descubrir esa acción de Dios en nuestra vida que nos abriese los ojos y nos hiciese caminar detrás de Él.
Es cierto, la afirmación del ciego resulta en último término insuficiente y debe completarse. Ahí está el final del pasaje y la confesión final del mesianismo de Cristo. Nuestra experiencia personal debe ser completada después por un conocimiento y una profundización en la doctrina, de la mano del mismo Cristo en su cuerpo que es la Iglesia. Por eso es importante la predicación, la teología, todo lo que supone la reflexión sobre el dogma.
Pero sin cimientos, sin base, el edificio se desmorona y las palabras se las lleva el viento. Si no somos capaces de demostrar que es posible encontrarse con Cristo, de que Cristo puede significar algo de verdad en la vida de alguien hoy, entonces por mucho que hablemos nadie nos va a creer.
Reflexión