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Entradas etiquetadas como ‘corrupción’

Corrupciones

Sábado, agosto 7th, 2010

Decir la verdad produce rentabilidades a medio y largo plazo, no siempre a corto. Ocurre lo contrario con la mentira, salvo en un ámbito: en el mundo del fútbol. La mentira y la trampa consiguen permanencias y evitan descensos, enriquecen fraudulentamente a jugadores desaprensivos y a dirigentes inmorales. Pero por mucho que delincan, nunca pasa nada. ¿Por qué?
Le echo la culpa al sentimiento romántico y, por tanto, irracional que mueve la pasión futbolística. El amor a los colores propios es ciego. Lo hemos comprobado todos alguna vez cuando el seguidor de otro equipo es incapaz de ver el penalti más grotesco. La pasión, también en el fútbol, nubla la razón. De ahí que al aficionado le importen un pito las deudas del club o la gestión gansteril de este o de aquel presidente. «¿Qué quieres? ¿Que bajemos a segunda»?, dirán. Se perdona y disculpa todo si se el equipo consigue los resultados apetecidos. Como no se reconoce la iniquidada un mal hijo porque… es tuyo.
El periodismo deportivo lo sabe y, por eso, escribe siempre para los ganadores que, por otra parte, son los únicos que quieren regodearse con la crónica de un partido ya visto. Los perdedores, sin embargo, se alejan del periódico ese día. «El fútbol es así». El periodismo deportivo escapa de los bajos fondos. Tiende más a la adulación, que facilita entrevistas y noticias exclusivas y garantiza la audiencia de tantos forofos que no quieren saber nada malo de su equipo.
Tenemos, como consecuencia, una reacción política cobarde: nadie se atreve a contrariar esas aficiones de votantes capaces de matar. Nadie exige a los equipos que paguen a Hacienda o a sus empleados antes de reforzarse… Al revés: les condonan deudas y les facilitan operaciones inmobiliarias vergonzosas.
No nos engañemos más. La culpa, como en toda corrupción, es de la sociedad que la alienta. Es suya y mía. Nuestra.

Corrupción y sociedad

Jueves, mayo 6th, 2010

Así arranca una noticia de hoy en La Voz:

Elegían a sus víctimas entre los narcotraficantes de la ría de Arousa porque sabían que difícilmente irían a denunciar sus tropelías a las fuerzas de seguridad. Por eso, la banda desarticulada recientemente por la Guardia Civil extorsionaba a narcos, a los que amedrentaban con palizas e incluso retenciones ilegales para conseguir su objetivo, que era el dinero fácil. Generalmente a sus víctimas no les faltaba, e incluso se lo servían en efectivo, pero si en ese momento no tenían calderilla a mano, los extorsionadores se conformaban con cobrar en especies, y se llevaban la droga.

La Guardia Civil detuvo por este motivo a diez personas, relacionadas con los clubes de alterne de la provincia de Pontevedra. Los autores materiales de los secuestros y palizas son ciudadanos rusos y búlgaros, pero los cabecillas de la banda son vecinos de Vigo.

Impresionante mezcla de corruptos. O esta otra:

Coté, el falso médico de Ferrol, reclama a sus víctimas 4,5 millones por difamación

Me acordé del artículo La política en la era del desencanto, de Juan Manuel Burgos, que al analizar la desafección política (“sentimiento subjetivo de impotencia, cinismo y falta de confianza en el proceso político, los políticos y las instituciones democráticas, pero sin un cuestionamiento del régimen político”), identifica la corrupción como una de sus causas y dice:

La solución teórica a este problema es muy simple: bastaría con que los representantes de los partidos y los gobernantes se comportaran de modo honesto. Pero los políticos, y esto no siempre lo reconocen los ciudadanos de a pie, no son una clase aparte, que provenga de un planeta extrasolar, sino una profesión compuesta de ciudadanos como los demás que han crecido y madurado en el mismo contexto social. Y, si en la política española se ha incrementado el nivel de corrupción, es porque lo mismo ha sucedido en toda la sociedad.

Sin comisiones

Sábado, abril 24th, 2010

Esta semana he vivido de cerca una historia que ni siquiera sirve para ser contada: produce vergüenza, rabia y resulta, además, humillante para todos. El principal afectado es un empresario puntero con el que he hablado mucho estos días. Decían los sabios griegos que una de las tres cosas más difíciles de la vida es soportar la injusticia. Duele tanto que se necesita hablar para conseguir asimilarla. En esos momentos se dicen cosas muy duras, como es lógico. Mi amigo, por ejemplo, se preguntaba: «Después de esto, ¿crees que puedo seguir yendo por ahí a repetir que la ética es rentable?». Le dije que la ética le había sido rentable hasta aquí, que le va bien y que le seguirá yendo bien, que…
Pero después de colgar, me quedé pensando. Si alguien puede formularse esta pregunta entonces la corrupción es mucho más brutal de lo que imaginamos: no se acaba en este partido o en aquel, ni en tal tipo de empresarios, sino que se ha hincado en nuestra piel social como una garrapata. Serán insuficientes, por tanto, las medidas políticas. Es preciso abordar este problema como una crisis cultural.
Volví a llamar a mi amigo y le dije que tenía que pensarlo un poco más, pero que quizá podría añadir una certificación a las muchas que ya garantizan sus productos: la de que están libres de corrupción. Una etiqueta, una marca que diga a los ciudadanos que esos productos han sido negociados y facturados sin que el fabricante le haya pagado comisión alguna a nadie. Hacerlo así, podría facilitar la transparencia entre votantes, administraciones e industria. Le dije que se podría organizar un movimiento con empresarios de todo el país que trabajan con administraciones públicas y están hartos de someterse a las vejaciones de políticos y funcionarios. No es una idea fácil de articular, pero ya sabemos cómo encender la mecha. Ojalá muchos se atrevan.

Como críos

Sábado, diciembre 5th, 2009

Me decía alguien el jueves pasado que el núcleo de la corrupción reside en la familia, porque en ella residía a su vez el poder. El problema, según mi interlocutor, radica en que todo ha sido alterado en la familia. Las mujeres, decía, se han puesto a imitar a los hombres, de modo que compiten con nosotros en el único campo en que somos imbatibles por ellas: la imitación. Y pierden, claro. Y los hombres se han puesto a imitar a las mujeres, con lo cual las mujeres pierden otra vez. Pero insistía en que uno de los cambios más profundos y funestos de la familia consiste en que ahora mandan los hijos en vez de los padres.
Esta conversación ocurría en el almuerzo y vino varias veces a mi memoria durante la tarde. A última hora la comenté con otro amigo y se mostró de acuerdo con la tesis inicial: efectivamente, decía, ahora mandan los hijos. Pero, además, desarrolló la idea de un modo sugerente y la aplicó, como en un espejo, a la situación política del país.
Que manden los hijos, me dijo, es la peor de las dictaduras, porque se trata de un poder sin responsabilidad. En efecto, tú les tienes que cuidar, alimentar, y vestir, les tienes que educar, tú tienes que pagar sus juergas y sus caprichos. Pero no mandas. Mucho peor que todo eso incluso: no solo te desvives, pagas y te pliegas a los deseos de quienes, en realidad, dependen de ti, sino que si ellos se desmandan, si cometen cualquier fechoría, serás tú quien responda, nadie irá contra ellos: la multa correrá a cargo de tu patrimonio y la deshonra a cargo de tu fama, del nombre que precisamente tú les has dado.  Se constituye así una tiranía perfecta, porque además, en el caso de la familia, viene remachada por un chantaje amoroso —no meramente sentimental— al que resulta muy difícil sustraerse.
Puede que sea verdad. Quizá la ética del poder público sea un mero reflejo de la ética del poder familiar.

Ya os vale

Sábado, octubre 24th, 2009

Me contaron hace años la historia de un accidentado muy maltrecho, y en apariencia inconsciente, que fue recibido con muchas prisas en el servicio de urgencias de un hospital de Bilbao. Lo subieron en una camilla y a todo correr se lo llevaron, supongo, hacia un quirófano. Tomaron mal la primera curva y el paciente se les cayó. Volvieron a colocarlo en su sitio, pero no redujeron la velocidad ni mejoraron los cuidados, de modo que volcaron una segunda vez. A la tercera, desde el suelo, el accidentado abrió los ojos y les dijo las tres palabras del título: «Ya os vale». Y los volvió a cerrar.
«Ya os vale», deberíamos repetir hoy a coro ante el bochornoso golpeteo de noticias sobre corrupción que nos dispensan cada día.  La triste enumeración engorda varios palmos por semana: la Gurtel, Pozuelo, El Ejido, el Palau de la Música, Mercasevilla, los varios asuntos baleares del PP, a los que se ha unido ahora el caso Munar, socia de unos antes y de otros ahora. En fin, una lista interminable a la que se podrían añadir más nombres y geografías: Alhaurín, Boadilla, Estepona…
Se juntan muchas cosas. Primero, que los tiempos de crisis alumbran las excrecencias de los tiempos de bonanza. Luego, que nuestros políticos, en vez de ponerle coto y remedio, se dedican a utilizar toda esa porquería para lanzarse pellas de mierda los unos a los otros. Y por fin, que vivimos en una sociedad atontada por los golpes, pero que no termina de despertarse siquiera un momento para decirles: «Ya os vale».
Y la bola sigue. El paro crece y la actividad económica no repunta: los datos de la EPA, conocidos ayer, demuestran que nos hemos vuelto unos expertos en el sospechoso milagro de recortar paro sin crear empleo. El paciente sigue malito, inconsciente, camino del quirófano y en la camilla que, entre todos, vuelcan una vez y otra y otra más. Sin quejarse, sin remedio.

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