Una noticia de anteayer me produjo el estupor más inquietante: como si llegaran a mi cerebro datos contradictorios imposibles de procesar, como si me contaran algo absurdo. Todos los periódicos la recogieron, menos uno que sabe lo que hace, y nadie que yo conozca la comentó. Unos pocos le dieron ayer seguimiento, La Voz entre ellos. Pero ha sido encofrada con hormigón de silencio, no sé si por la algarabía de la final de Copa, el entuerto financiero, las patrulleras de Gibraltar o porque los comentaristas se han quedado estupefactos como yo, sin nada que decir.
Me refiero al médico condenado en Palma, del que solo se facilitan sexo e iniciales, porque el niño que él y su paciente creían haber abortado terminó naciendo. El juez lo castigó a proveer la crianza del niño hasta los veinticinco años. Si lo escribimos de otra manera, resulta que condenan a un médico porque el niño que debería haber matado vive, y deberá pagar además 150.000 euros a la mujer de 24 años, porque el nacimiento del hijo «altera para siempre» su vida. También se podría decir que condenan al médico por haber salvado sin querer la vida de un niño que su madre quería muerto. Un perfecto mundo al revés.
A quien objete que el feto no era un bebé, sino «un ser vivo» como dijo aquella ministra, le agradeceré que me aclare a qué especie pertenece. La sentencia pone de manifiesto en todo caso el tenebroso mundo inframédico de las clínicas abortistas, donde nunca parece haber médicas. Y que quizá nos estamos volviendo locos de tanto disfrazar de derecho la monstruosa evidencia.
La Voz de Galicia, 26.mayo.2012
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Columna en Nuestro Tiempo que empieza así:
“Asociaba la imagen de los disidentes, opositores y revolucionarios con rostros dolientes, por no decir crispados, en blanco y negro o sepia, algo tristes, de barba despeinada o harapientos, con la única excepción de Valclav Havel. Por eso me resultó tan rara la fotografía de aquella mujer, Aung San Suu Kyi, una especie de madona oriental, que tenía algo de estático y de extático, una serenidad perturbadora que remataba en la sonrisa discreta, apenas dibujada, y en una flor blanca en el lado derecho de su tocado, justo detrás de la oreja. Luego la vi mil veces en otras fotografías. Exagero, quizá fueron apenas unas decenas, porque Aung San Suu Kyi tardó en ganarse la atención de los medios occidentales, pero mantenía en todas aquella aura, alejada de los harapos o del uniforme militar a los que son tan propensos los revolucionarios y mantenía, sobre todo, la flor. Supe también que la llaman “The Lady”, la señora, y me pareció un nombre muy apropiado para aquel rostro”. (para seguir leyendo pinche aquí)
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Para leer se necesita silencio y un lápiz. Si damos por supuesto el libro, lo difícil es conseguir silencios, tiempos de soledad. La coartada para no leer siempre ha sido la misma falta de tiempo reiteradamente aducida por personas de cualquier edad, y muy especialmente de la más temprana, cuando les conmino a que lean un metro de libros al año. Para que nadie se confunda y sume los centímetros de los cómics en vertical, añado que me refiero a un metro de libros tumbados. Les parece una barbaridad y hoy les comprendo un poco mejor.
Suelo reírme cuando argumentan así, pero no les explico lo que me hace gracia: no solo la excusa tan manida, sino el que pienso que disponen de más tiempo que yo. Les doy una receta: basta con llevar siempre un libro encima. Si uno carga con el libro, aparecen esos ratos para leer, a veces muy breves. Un consejo que proviene de la experiencia, de modo que redondeo la frase mostrando el libro que me acompaña en ese momento. Pero lo cierto es que el sistema ya no me funciona.
Compruebo que esos encuentros dulces de silencio y conversación, lápiz en mano, con un texto repleto de sugerencias y descubrimientos van raleando, así que he decidido recontarlos a diario, ante el peligro inminente de emburrecimiento y manipulación, que son los dos efectos secundarios inmediatos de la anemia de letras: el cerebro se queda sin vitaminas, girando sobre sí mismo como un motor loco, y a merced de cualquier opinión vagamente expresada por un compañero de oficina, un entrenador de fútbol o un concejal de urbanismo.
La Voz de Galicia, 19.05.2012
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En un artículo publicado en El País, Luis Ayala daba este jueves un dato estremecedor que andaba yo buscando hace mucho tiempo: «Entre el 2006 y el 2010, los ingresos del 5 % de la población con rentas más bajas cayeron cerca de un nueve por ciento», mientras que los del 5 % de rentas más altas crecieron en un porcentaje cercano al diez. Es decir: se estaba acentuando una desigualdad crónica que los recortes de la crisis -era la tesis de su artículo- pueden agravar hasta límites estremecedores. Ayala hace un análisis interesante, aunque prescinde de los motivos socioculturales para explicar esta brecha cada día más profunda desde, dice, los primeros años noventa, y se remite casi solo a las políticas redistributivas insuficientes.
El gran problema, me parece, reside en la progresiva deshumanización de nuestras sociedades que, con sus instituciones proveedoras de valores averiadas -familia, educación, iglesias-, han quedado sometidas a una visión meramente comercial de la persona: valemos en función de nuestro grado de imprescindibilidad económica. A los indispensables se les paga lo que haga falta y a los recambiables, lo menos posible.
Escribía Simon Leys: «Por una irónica paradoja, el proletariado está condenado al ocio forzado del desempleo crónico, mientras que los miembros de la élite educada, cuyas profesiones liberales han sido transformadas en máquinas dementes de hacer dinero, se condenan a sí mismas a la esclavitud de un trabajo abrumador que no cesa ni de día ni de noche, sin tregua, hasta que revientan en la tarea, como acémilas aplastadas por su propia carga». Deberíamos repensarlo. Y no solo en clave económica.
Publicado el sábado 12.mayo.201
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Etiquetas: salarios, sueldos
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Para los muchos seguidores de Ander, copio:
ANDER IZAGIRRE LANZA SU PRIMER LIBRO ELECTRÓNICO:
‘GROENLANDIA CRUJE (Y TRES HISTORIAS ISLANDESAS)’
(Para contactar: anderiza@gmail.com)
Ya está a la venta mi primer libro electrónico: Groenlandia cruje (y tres historias islandesas). Incluye cuatro crónicas: “Groenlandia cruje” (ganadora del premio Essery 2010 de literatura viajera), “Una casita en el infierno” (sobre la supervivencia testaruda de los habitantes de las islas volcánicas Vestmann), “El hombre de los doscientos penes” (sobre un coleccionista islandés de falos) y “Los consuelos del pirata” (sobre una botella con mensaje oculta en un volcán y sus consiguientes moralejas). El prólogo habla de Josu Iztueta, un amigo que obtuvo superpoderes en el interior de Groenlandia. Y la foto de la cubierta es de Daniel Burgui, otro amigo con ciertos superpoderes que guardaremos en secreto. Viajé con ambos a Islandia y Groenlandia.
El libro se puede descargar por 1,99 euros en la página de la editorial eCícero.es (en formatos ePub y Mobi para libro electrónico, y también en pdf para leerlo en el ordenador). También está a la venta en las páginas de Amazon, iBookstore de Apple, La Casa del Libro… No tiene protección anticopia: si queréis piratearlo, es muy fácil; si el libro os gusta y decidís echar una mano a nuestro trabajo por un par de eurillos, también es fácil.
La editorial eCícero (“periodismo de formato largo”) ha publicado por ahora una crónica de Jon Lee Anderson (Capitán Dadis) y una serie de entrevistas de José Martí Gómez (Ellas). Para los próximos meses promete más libros periodísticos muy jugosos.
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“Los inuits de Groenlandia constituyen una de las sociedades más fascinantes del mundo. Los habitantes de la costa oriental, la más remota, han saltado de la prehistoria a la globalización en un par de generaciones: estuvimos con personas de 50 años que habían nacido durante una migración por los hielos, dentro de una familia de cazadores y pescadores nómadas, y que ahora viven en asentamientos de casitas prefabricadas, con televisión de plasma, con internet y dedicados al turismo. Con los asentamientos obligatorios, muchas personas adultas vieron truncado su modo de vida tradicional, muchos jóvenes tampoco encuentran un futuro interesante en un país ártico, y este descabalgamiento produce tasas disparatadas de violencia, suicidios o alcoholismo. Sin embargo, están trabajando con eficacia para superar esos traumas, para fundar una sociedad moderna con sus propios criterios y sus propias decisiones, y dentro de pocos años crearán un Estado independiente y moderno en un mundo de hielo. Se les plantean retos apasionantes”.
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“Ander Izagirre reúne cuatro historias que son otras tantas aventuras, una por Groenlandia y las otras tres por Islandia. Reportajes repletos de información, pero con espacio para la ironía y el buen humor, que nos recuerdan aquellas piezas que publicaban los suplementos dominicales en su época dorada”. Javier Pérez de Albéniz, Vanity Fair.
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Sobre Ander Izagirre
Ander Izagirre (San Sebastián, 1976) es periodista autónomo, especializado en viajes y temas internacionales. En los últimos años ha publicado reportajes sobre las familias mineras de Bolivia, los refugiados saharauis del desierto de Argelia o los porteadores de las montañas de Pakistán, por los que ha recibido diversos premios periodísticos, aunque en realidad vive de escribir la ruta del espárrago navarro y encargos de ese tipo. Más información en www.anderiza.com y en Twitter (@anderiza).
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Leí la historia de las dos niñas de Ribeira que tienen que recorrer a pie cuatro kilómetros para ir a la escuela porque la Xunta ha suprimido el servicio de taxi que las llevaba, y recordé que mis madre y sus hermanos caminaban otros tantos kilómetros, a través de corredoiras, hasta una escuela con un solo maestro y que, cuando el Mandeo venía crecido, no podían cruzar de ida o… de vuelta. Llevo mal que la gente del campo no disponga de los mismos servicios básicos que la de las ciudades. También leí sobre el cierre de dos centros de día para mayores en Madrid. “Ah, eso no, a estos que ni me los toquen”, pensé.
No puede haber recortes para los mayores. Sería una vergüenza y un error táctico descomunal, porque están actuando como una red familiar de seguridad que amortigua los golpes de quienes van cayendo en el paro. Son muchos los que con su pensión, pequeña pero segura, y los ahorros de una vida, atienden pagos de hijos y nietos.
Ahora que confundimos cualquier servicio con un derecho –incluso si no podemos pagarlo ni individual ni colectivamente–, los mayores sí tienen derecho a una jubilación plácida. La culpa no es de ellos, sino nuestra, por no saber administrar los frutos de sus colas de posguerra, del pluriempleo o la emigración en los años del desarrollo, de sus esfuerzos silenciosos, también para ir a malas escuelas por caminos enlodazados. Lo han pagado y, si no tenían el derecho, lo han comprado con billetes grandes y me duele que se los devuelvan ahora en calderilla. A estos, ni tocarlos.
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A propósito de un gol fantasma, Adebayor reclamó que se instalaran de una vez en los campos dispositivos tecnológicos que permitan dilucidar estos lances con certeza. Un columnista británico le contestó que la tecnología mata el fútbol, pura pasión irracional que alimenta las tertulias de los bares y oficinas, precisamente, con esas controversias. Si mueren las discusiones de café, muere el fútbol, que vive de ellas. Estoy de acuerdo. El periodismo deportivo siempre ha entendido muy bien esto. Uno crece con unos colores entrañables como crece con unos hermanos, y los defenderá siempre con las entrañas. Y así debe ser.
Trasladar esta visión a otros ámbitos resulta demencial. Si la defensa de unos colores deviene en parapeto de una gestión fullera y aprovechada, si se convierte en una especie de ideología peronista que se aplica a todo, también a la expropiación de los impuestos ajenos, se entiende que un club dedique la tercera parte de su revista a mentir sobre los datos de difusión de este periódico, sirviéndose de informaciones falsas –censuradas en su día por el organismo competente– tomadas del, dicen, “diario peronista” de Abel Caballero, alcalde de Vigo. El viejo recurso de buscarse enemigos externos para aunar a la afición, no en torno al equipo, sino en torno al presidente.
“El fútbol es así”, azaroso y venturero: no siempre gana quien mejor juega ni quien más arriesga. Está bien, insisto, pero fuera del juego, de esa esfera de pasión necesaria o al menos conveniente, convendría que las cosas discurrieran de un modo más justo para los aficionados, que son los que pagan y no merecen tan clamorosa falta de consideración.
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Parece que un cáncer persigue a los presidentes populistas latinoamericanos: no lo padece solo Chávez, que va a curarse con el también enfermo Fidel. En enero se anunció que el paraguayo Lugo había superado su linfoma, diagnosticado hace dos años. Y acaso en uno de esos contagios de todo lo malo –ya se sabe que lo que se contagia es la tiña, no la hermosura–, quiso tener uno de tiroides Cristina Fernández en el último diciembre, pero los médicos dijeron que no padecía tal cosa y tuvo que volver a su Casa Rosada, como una princesa envuelta por el cariño de su pueblo, tan burdamente manipulado.
Pero sin cáncer para suscitar compasión, se puso a buscar enemigos fuera, que es lo propio de los populistas cuando están arruinando algo. Intentó enredar con las Malvinas –cuánto partido le saca esta mujer a Videla–, hasta que decidió nacionalizar por segunda vez YPF, después de haber obligado a Repsol a regalar un 25 por ciento a unos amigos de la familia.
Este otro cáncer hace temer a los países serios de la zona que los consideren también a ellos cancerígenos. Pero sobre todo, debería hacer pensar a gobiernos y empresas que, para enfrentarse a esa enfermedad, no valen los atajos, los trapicheos y las componendas: permitir que esta mujer hable en el Congreso de los Diputados, ceder en una falsa venta que apesta a corrupción, pasar de puntillas sobre sus ataques a la libertad de prensa… Si la defensa de los intereses económicos se sitúa por encima de la defensa de los derechos humanos y de la justicia, se termina antes o después en esto.
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Ha producido revuelo y enojo la publicación de un informe tétrico sobre la situación económica española firmado por Carmel Asset Managment, y difundido por The Wall Street Journal. El escándalo se produjo no tanto por los negrísimos augurios del informe –sin apunte alguno de esperanza-, como porque la propia Carmel reconoce que ha hecho una fuerte inversión en credit default swaps, una especie de seguro para el caso de que fallen los bonos españoles, y porque apuesta decididamente por la quiebra del país. En el caso de que se produzca en el 2012, según ellos, conseguirían una rentabilidad en torno al 300 por ciento. Y claro, encaminan el informe, precisamente, a reforzar esa posición.
Podría argüirse que la empresa hace lo que sabe hacer y lo hace bien. Cabría añadir que, si las cosas están tan mal, no es por culpa suya, sino nuestra, que ellos simplemente operan como opera el mercado y que si no les hubiéramos dado pie, nada de esto habría sucedido. Conocemos el razonamiento, típico de la moral (?) capitalista. Lo hemos visto aplicado muchas veces, especialmente en el campo de la bioética: si algo se puede hacer técnica y legalmente, ¿por qué no hacerlo?
Una pregunta fácil de responder: porque hay en juego cuarenta millones de vidas, más si me apuran, según los posibles efectos de la ruina de España sobre todos o algunos países de la zona euro. Pero en la moral capitalista no cabe la consideración: ni con los embriones ni con los fetos ni con las personas, porque entiende de contabilidad, no de caridad. No sé por qué nos extrañamos tanto.
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