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Escrito por Paco Sánchez
6 de Junio de 2016 a las 11:09h

Los grandes místicos, santa Teresa, san Juan de la Cruz, fueron personas muy activas y levantaron grandes obras, también literarias. Lo hacían, sin embargo, desde la quietud que produce la cercanía a Dios, la intimidad con él. Y por eso inspiraban paz, serenidad. Los nuevos místicos piensan que lo importante consiste en que la gente vote lo correcto, porque si lo hicieran, tendríamos unos gobernantes adecuados, y teniéndolos, como por ensalmo, todos los problemas se resolverían. Esta mística política siempre ha estado presente en la ingenuidad juvenil, pero en nuestros días ha desbordado ese ámbito, quizá por incomparecencia de la mística auténtica. Los grandes místicos, tan realistas, no creían en esos milagros.

La gran diferencia entre los verdaderos y los falsos místicos radica en que unos pretenden que las personas sean virtuosas, de modo que la sociedad termine mejorando algo, y los otros prefieren imponer desde arriba un modelo social que nos haga virtuosos por decreto. Creen que la política lo arregla todo, cuando en realidad, no. De hecho, bastaría con que no impidiera demasiado el progreso moral de las gentes, por ejemplo, coartando la libertad o imponiendo criterio único desde el Gobierno. Por eso algunos místicos que dicen amar la diversidad detestan la libertad de expresión, la de enseñanza o la objeción de conciencia, por ejemplo.

El misticismo ideológico cree en las estructuras y la mística cree en las personas, por eso esta ha producido los más amplios espacios de libertad y progreso que haya conocido la historia, mientras que el otro acaba engendrando regímenes crueles, inmisericordes. Me da pánico esa mística política falsa y fácil, inmadura.

La Voz de Galicia, 21.mayo.2016

Arte y política

Escrito por Paco Sánchez
6 de Junio de 2016 a las 11:07h

Nos vendría bien leer a los clásicos para entender mejor nuestro barullo político, pero no los leemos o los leemos cada vez menos. Los festejamos como mucho y no cuanto debiéramos. El mes pasado se cumplió el cuarto centenario de dos gigantes: Cervantes y Shakespeare. Por diversas circunstancias, también políticas e industriales en las que ahora no puedo pararme, Cervantes está siendo peor recordado que Shakespeare. Ambos nos ayudarían a entender qué nos pasa, precisamente porque ninguno de los dos quiso ser partidista.

Es clásico, por definición, alguien cuya obra habla a la cabeza y al corazón de cualquier persona en cualquier tiempo y de cualquier lugar. La marca del clásico se resume en la palabra universalidad. Adquieren tal condición porque no se apegan a lo pasajero, a lo que está de moda, ni ponen su arte al servicio de ninguna ideología. Llegan a la universalidad porque tocan el fondo de la naturaleza humana, esa que es anterior a cualquier clase de construcción cultural y que, como consecuencia, comparece siempre y en todo lugar. Son expertos en humanidad y, precisamente por eso, resulta imposible catalogarlos en la derecha o en la izquierda, se resisten a los simplificadores profesionales. Y no porque se atengan a una especie de antigua corrección política -de hecho, ambos parecen hoy muy incorrectos, aunque nadie se atreva a decirlo-, sino porque hurgan en nuestra alma preideológica.

Por eso Ben Bradlee, legendario director del Washington Post en los tiempos del Watergate, cuando unos profesores de periodismo le pidieron consejo para formar mejor a sus alumnos, les dio solo uno que he repetido mucho: «Que lean todo Shakespeare». Y a Cervantes, añado.

La Voz de Galicia, 14.mayo.2016

Soledad

Escrito por Paco Sánchez
6 de Junio de 2016 a las 11:05h

Me

dolió mucho su cara aquel día. Acababa de recibir una de esas llamadas telefónicas. Se notaba que deseaba hacer el favor, pero las ganas se le convirtieron en enfado. «¡Claro, y ahora tengo que arreglarlo yo!». Querían que no diera una noticia. Pedirle a un editor de periódicos que calle una noticia es una barbaridad. «Si no doy la noticia del niño que se la pega en el coche a las tantas de la madrugada (me explicó, además, las circunstancias), ¿cómo voy a publicar que un camionero que va ya cansado haciendo su ruta se estrella contra una casa?». Es una anécdota pequeña, pero en su día funcionó como un fogonazo: entendí de pronto cómo es un verdadero editor, alguien que vive donde su periódico se publica, padece con cada noticia y asume en sus carnes las consecuencias de publicarlas. Entendí por qué se queja de soledad.

Esas llamadas incluyen a veces amenazas oblicuas, halagos tuertos o promesas vagas. El editor gestiona miedos: los de las fuentes y los de los lectores, los de los periodistas y los de los anunciantes y los suyos propios. Son miedos de difícil equilibrio. Pero un editor de verdad lo busca para hacer país y no para chantajear, como otros. La diferencia radica ahí: en estar donde caen las bombas y silban las balas, en vez de retreparse en el despacho de una ciudad lejana contemplando una cuenta de resultados sin personas ni noticias.

Muchos dicen que Santiago Rey es el último editor. Desde luego, ningún otro comparece con tanta frecuencia ante sus lectores jugándose la cara. Celebro que se hayan recogido algunos de sus valientes artículos y discursos en el volumen Yo protesto, que se entrega hoy con La Voz de Galicia, su periódico y su vida.

La Voz de Galicia, 7.mayo.2016

¡Al sótano!

Escrito por Paco Sánchez
30 de Abril de 2016 a las 9:00h

Siendo un párvulo de segundo año, estaba tan tranquilo en mi pupitre y de pronto se abrió la puerta con mucho estruendo y apareció mi hermano llorando. Venía en mi busca, perseguido por una profesora, porque una avioneta había hecho un vuelo rasante sobre el colegio nacional en el que estudiábamos y Luis pensó que se avecinaba un bombardeo y quería morir conmigo. Mientras me abrazaba, la profesora que lo había perseguido sin éxito por el pasillo comentó: «A saber lo que le cuentan al niño en casa». Me sentí muy culpable. Por entonces, padecía obsesión con la guerra y, muy especialmente, con los bombardeos, materia frecuente de mis pesadillas nocturnas, y ya de día, tendía a dibujar aviones lanzando toda clase de munición sobre barcos y ciudades. Eso era lo que le enseñaban a mi hermano en casa y se lo enseñaba yo.

Aunque ya no sufro tales pesadillas infantiles, temo el próximo bombardeo, tan inútil, para el que están aprontando sus armas tantos trolls y tantos bobos que pretenden ametrallarnos con tuits desde sus helicópteros pesados de vuelo bajo. Me refiero a los memes y memeces, a las guerras de banderolas, banderas y banderillas, farola a farola, calle a calle, barrio por barrio. Y a los asuntos sucios que caerán aparentemente del cielo como bombas de racimo sin mirar a quién lastiman más. Y al spam de propaganda y papeletas en el ordenador y en el buzón de casa que se derramará sobre una población ahíta, cansada, harta, hasta las narices.

Como en los bombardeos, cada uno se refugiará en su sótano o en su búnker, si lo tiene. Y de ahí saldrán el día 26 de junio para votar lo mismo. O para no votar. O quizá quince días sin asomar cabeza, pensando… ¿Se imaginan?

Robar o no robar

Escrito por Paco Sánchez
28 de Abril de 2016 a las 17:32h

El

relato periodístico de lo que han hecho durante años Ausbanc, supuesta protectora de los usuarios bancarios, y Manos Limpias, supuesta defensora de la justicia, me ha recordado un cuento y lo he releído. Porque en estos asuntos, como en el cuento, parece que todo el mundo sabía. Todos estaban al tanto y hubiera sido imposible semejante actividad chantajista sin la anuencia de otros que, quizá, operaban con criterios oscuros que los convertían en presa fácil. Dibuja una figura negra de nuestra sociedad en la que, por cierto, apenas comparecen los políticos. Si acaso, por omisión: porque seguro que también ellos sabían. Pero ni Ausbanc ni Manos Limpias ni las decenas de fregados comparables que se han ido descubriendo en los últimos meses -papeles de Panamá aparte- aparecen protagonizados por políticos. El problema con la corrupción no es un problema de corrupción política, sino de corrupción social, intestina.

En su cuento La oveja negra, Italo Calvino describe un pueblo donde todos eran ladrones, un pueblo igualitario: «En aquel país el comercio solo se practicaba en forma de embrollo, tanto por parte del que vendía como del que compraba. El Gobierno era una asociación creada para delinquir en perjuicio de los súbditos. Y por su lado los súbditos solo pensaban en defraudar al Gobierno. La vida transcurría sin tropiezos y no había ni ricos ni pobres».

Pero uno dejó de robar y desequilibró el ecosistema: aparecieron los ricos, los pobres, el hambre y la miseria, la desigualdad. Ahí estamos: o robamos todos o recuperamos el sentido moral en la familia y en la educación. Esta última parece una solución más razonable y poética. Más humana, también. Y más difícil.

La Voz de Galicia, 23.abril.2016

Infierno y paraíso

Escrito por Paco Sánchez
19 de Abril de 2016 a las 16:25h

Cuanto menos se cree en el infierno, más se anhela el paraíso. El paraíso fiscal, por supuesto. Los papeles de Panamá lo demuestran. Apenas un despacho de uno solo de esos paraísos, no precisamente el más prestigioso, y? miren lo que sale. Mientras andamos entretenidos con nombres y nombrecitos, con la exigua presencia de ricos y políticos americanos, mientras le atribuimos la filtración a la CIA, que quiere cerrar las tuberías por las que circula el dinero de la droga y del tráfico de armas, el dinero que comercia con Corea del Norte, con Siria o con Irán pese a las sanciones internacionales, mientras nos entretenemos en todo eso, pocos se fijan en lo fundamental.

La filtración más grande de la historia apenas boceta el paisaje: Zucman, en su libro La riqueza oculta de las naciones, decía (2015) que un ocho por ciento de la riqueza financiera mundial se oculta en los paraísos. El comisario europeo de Asuntos Económicos cifra esta semana en un billón anual de euros el fraude a las haciendas europeas directamente atribuible a esas tapaderas. Y es posible que ambas cifras, por escalofriantes que parezcan, se queden cortas.

Todos sabíamos de tales prácticas, particularmente obscenas en un tiempo en el que la brecha entre ricos y pobres se agranda velozmente a base de devorar a la clase media, la asalariada, la que paga cada vez más impuestos de los que se benefician ricos y pobres. La inmoralidad del sistema resulta evidente. En un tiempo de crisis, bastaría con recurrir a ese dinero -ahora que los bancos centrales parecen ya exhaustos- para incentivar la economía, o por lo menos, para atender a los desatendidos. Estos paraísos nos están condenando al infierno.

La Voz de Galicia, 16.abril.2016

Sin distinción

Escrito por Paco Sánchez
11 de Abril de 2016 a las 9:27h

La ideología de género, contra lo que pueda parecer, procede de una elaboración lenta y meticulosa en algunas universidades estadounidenses y se basa en algunos datos objetivos, porque en otro caso parecería inverosímil y contraria al sentido común. Desde el principio, los investigadores del área percibieron la importancia de la retórica, porque más que a un problema científico se dedicaron a una causa y, para cambiar las cosas, advirtieron que tenían que cambiar antes las palabras y neutralizar ese sentido común. Empezaron por llamarle género al sexo, de modo que una realidad biológica fácilmente comprobable se convirtiera en una abstracción gramatical y, por tanto, en condiciones de ser discutida y reformulada al antojo de cada quien.

Luego cargaron de matices negativos ciertos vocablos. Quizá el que más vejación ha sufrido sea el término padre y cualquiera de sus derivados, muy singularmente paternalismo, que por las razones que sean, carece de equivalente femenino. Quizá el concepto maternalismono se dé en la realidad. Por el camino han comenzado a averiar el concepto maternal. No tanto como paternal, por supuesto. Y así hasta someternos a un lavado de cerebro sin precedentes que hemos aceptado de un modo acrítico, pasivo.

La ley andaluza ha producido alguna extrañeza que dejarán sin respuesta. Porque juegan así. Por supuesto, se advierten rasgos machistas en el lenguaje, pero no precisamente en los nombres genéricos. Como empieza a resultar difícil defender el sentido común, retuiteé ayer una frase de Ramón Salaverría: «Aunque prohíban decir ‘los niños’ frente a la ‘niñez’, seguiremos distinguiendo entre los gilipollas y la gilipollez».

La Voz de Galicia, 9.abril.2016

Palabra y espectáculo

Escrito por Paco Sánchez
6 de Abril de 2016 a las 17:11h

Me da la impresión, acaso demasiado particular, de que el volumen de conversaciones de carácter político ha bajado en las casas y en las calles, en los bares y en las oficinas. Se ha instalado en su lugar un cierto hastío, un aburrimiento muy parecido al que padece la persona que ha gastado demasiadas horas seguidas ante el televisor y, a través de la modorra que le impide moverse aún del sofá, se infiltra en su conciencia un sentimiento incómodo: el de haber perdido el tiempo. La comparación tiene más sentido porque nunca como ahora la política se resuelve en imágenes televisivas, en gestos y posados, en juegos de espejos y paripés que tienen al ciudadano ahíto, empachado. Mucha imagen y poca palabra.

Cuando la imagen sustituye la palabra en lugar de ilustrarla, ocurre exactamente eso: que la reemplaza, y que al reemplazarla obliga a pensar con imágenes en vez de con conceptos. Resulta más cómodo, también para el manipulador. Pero entre otros muchos peligros, hace casi imposible el matiz, propende a la falta de respeto y emborrona la memoria de detalles secundarios: el beso en la boca entre dos políticos, el niño de una diputada, el posado de dos candidatos por la Carrera de San Jerónimo y muchos otros que todos recuerdan, también porque los medios, en vez de obviarlos, los magnifican.

Y así hemos llegado aquí. Sin palabra, en cualquier sentido que quiera utilizarse el término, y empalagados de imágenes que matan el razonamiento, imágenes extremas en las que las pocas voces apenas sirven apenas para dibujar insultos, descalificaciones radicales o falsas apariencias. El empacho de espectáculo impide el diálogo real. Todo exceso termina en triste abotargamiento.

La Voz de Galicia, 2.abril.2016

Lula y yo

Escrito por Paco Sánchez
21 de Marzo de 2016 a las 18:41h

Me apena la situación de Brasil, país para el que guardo un afecto especial desde hace casi treinta años. Estos días he recibido muchos mensajes de amigos de allí, antiguos alumnos la mayoría, periodistas casi todos. La percepción general puede resumirse en una palabra: impotencia. Uno de los mensajes resumía el panorama en una frase certera que me dio que pensar: no hablaba de Lula ni de Dilma ni de la conveniencia de que se retiraran o prosperara la moción para retirarlos. Se limitaba a decir que la gente es buena, que trabaja mucho, pero que, si se le presenta una ocasión favorable para atrapar algo más, no lo piensa dos veces. Y no se refería solo a los políticos.

Los brasileños son, en efecto, gente buenísima y muy trabajadora, pero lamentablemente, lo otro también es frecuente, como han podido comprobar quienes hayan intentado hacer negocios allí. No es fácil resistirse a lo fácil, sobre todo si se disfraza, al principio, de preocupación por la familia u otros intereses nobles: la financiación del partido, por ejemplo. Primero se hace una caja b y, cuando el dinero se ha vuelto invisible, resulta fácil separar una parte para uno mismo y guardarla en Suiza o en Andorra. Pero no se llega a Suiza de golpe.

Sí, he cambiado de país a mitad de párrafo, porque las diferencias de nuestros políticos con los de Brasil son solo de grado: circulan allí muchos chistes sobre esto. Y también son de grado las diferencias entre la gente común que, aquí como allí, se indigna y protesta, pero si se presenta la ocasión propicia para trincar, trinca: sean de derechas o de izquierdas, políticos o técnicos, empleados o empleadores. Por desgracia, no ocurre solo con el dinero.

La Voz de Galicia, 20.marzo.2016

Colau en tres refranes

Escrito por Paco Sánchez
14 de Marzo de 2016 a las 10:24h

Siempre pensé que Ada Colau tenía cara de buena persona y, por aquello de que «la cara es el espejo del alma», me caía bien. La juzgaba quizá osada, pero la osadía puede convertirse en una virtud política si se casa con la prudencia. Pronto percibí que su atrevimiento provenía más bien de ese otro dicho según el cual «la ignorancia es atrevida». La alcaldesa de Barcelona dio pronto señales de incompetencia que no me atrevía a juzgar como maldad. Solo incompetencia. La misma que le impidió pedir previamente al Ejército -por razones buenas o malas- que no acudieran a la feria educativa. La misma incompetencia que, quizá sin pretenderlo, la llevó a humillarlos.

Tal vez porque ignora que las Fuerzas Armadas proporcionan formación de mucha calidad y en todos los niveles: desde pilotos de aviación e ingenieros hasta mecánicos o conductores de vehículos especiales. Tal vez porque ignora la diferencia entre ser antimilitar y ser antimilitarista («militarismo: preponderancia de los militares, de la política militar o del espíritu militar en una nación»). Contra esto último, nos apuntamos casi todos, también los militares españoles.

Pero me pregunto si le diría Colau algo así a Fidel Castro, al Che o a Chávez, todos ellos militares y de izquierdas. No sin consecuencias. No, ¿porque a lo peor los admira? ¿O será que Colau prefiere un Ejército ideológico a uno profesionalizado y sometido a las instituciones democráticas, como explicaba ayer Roberto Blanco? ¿Y cómo encaja esto con que Podemos proponga a un militar para ministro de Defensa después de una serie ya larga de ministros civiles? En fin, todo refrán tiene su contrarrefrán y es verdad que «las apariencias engañan».

La Voz de Galicia, 12.marzo.2016