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Archivo para abril, 2015

Farisaico

sábado, abril 25th, 2015

Nos escandalizamos cuando un niño mata a su profesor, a un compañero o a sus padres y empezamos a buscar causas en el sistema educativo y en el sistema cultural, como si los niños pertenecieran a otros: los culpables son las series y los videojuegos violentos, la falta de autoridad en las escuelas, la tibieza del Código Penal con los menores. En fin. Puede que alguna culpa tengan. Nos escandalizamos tanto porque tales aberraciones duelen más cuando las comete un chaval y porque ocurren muy de vez en cuando. Sin embargo, nos hemos acostumbrado, y voy a referirme solo a casos de los últimos días, a que una madre tire a sus hijos por la ventana, a que una novia acuchille a su novio inválido, a que se detenga a cientos de personas por producir pornografía infantil o por comercializarla, a que los padres agredan a los profesores, a que se maltrate a los hijos de la pareja -fortuita o estable-, a que se dejen niños abandonados en coches cerrados a cal y canto o en la noche de un apartamento. O en la vida, después de separarlos de su madre o de su padre, no pocas veces mediante asesinato.

Eso sí se repite. ¿Por culpa de las series de televisión, la música y los videojuegos? ¿Lo arreglamos con una subidita de penas en el Código Penal? ¿Creamos un cuerpo especial de orientadores de adultos, unos geos psiquiátricos? Se reproduce el análisis de la tragedia de Germanwings: el copiloto era un trastornado y ya está. Tranquilos todos. Archivado como accidente mecánico.

No pretendo repartir culpas ni acusar a nadie, sino hacer patente la contradicción. Y dejar claro que, desde luego, la culpa nunca es de los niños. Ellos son siempre las víctimas. El de la ballesta, también.

La Voz de Galicia, 25.abril.2015

Misericordiosos

sábado, abril 18th, 2015

Escuché una vez que es humilde quien da a menudo las gracias y quien, también a menudo, pide perdón. Es decir, alguien que reconoce y agradece la ayuda de los demás y, a la vez, se da cuenta de sus errores al prestarla a otros. De la misericordia podría decirse lo mismo: solo quien se siente necesitado de misericordia es capaz de ser misericordioso, no de un modo superficial o sentimental, sino de un modo eficaz: decía San Agustín que no es misericordioso quien se conmueve con el mal ajeno, sino quien hace algo por remediarlo. Hay un libro maravilloso de Antoni Mari que se titula El vaso de plata. Para explicar algunas técnicas de escritura, suelo usar en clase uno de sus relatos, titulado Sufrir con paciencia las molestias y debilidades del prójimo. Responde, como los otros trece, a una de las obras de misericordia. Luego pregunto cuántos saben qué son las obras de misericordia. Nadie levanta la mano desde hace años. Después, para atormentarme, pregunto cuántos han asistido a clase de religión: casi todos.

Tenemos un problema de misericordia, porque nos creemos autónomos y autosuficientes. Quitamos a Dios de en medio, porque no queremos ni sus exigencias ni su perdón. Nos bastamos. Vamos mucho más allá que aquel hombre de la parábola al que se le había perdonado una deuda inmensa y, después, fue incapaz de perdonar a alguien que le debía un casi nada. Nosotros ni reconocemos la deuda. Por eso nos hemos quedado sin capacidad de perdonar a otros. Se ve en las familias, en el trabajo, en todas partes.

Juan Pablo II le dedicó su segunda encíclica y Francisco insiste ahora con su bula El rostro de la Misericordia que convoca el Año Santo. Nos hace falta.

La Voz de Galicia, 18.abril.2015

EGM de diarios: Galicia y España

miércoles, abril 15th, 2015

Nido de mirlos

sábado, abril 11th, 2015

Me  lo dijo en cuanto llegué, exaltada: «Tu tía Carmen ha encontrado un nido de mirlos». Se ve que no correspondí con entusiasmo proporcionado, así que, por si no había escuchado bien, mi madre repitió la noticia con la misma cara de cría que se le pone siempre que regresa a los territorios de su infancia. Apareció luego la tía Carmen y decidieron que tenían que enseñarme el nido. En un lateral de la casa donde nacieron -yo también nací allí- hay un reborde pequeño de terreno casi un metro más alto que el camino, entre el hórreo y la casa, donde ya solo queda un loureiro bajo. Allí se subió para mi susto la tía Carmen y me pidió que la siguiera. Apartó con el bastón unas ramas, salió volando un mirlo enorme y apareció el nido perfecto con sus tres polluelos. Mi madre sonreía desde el camino. Poco antes, me había llevado casi de la mano a un nabal diminuto que mi cuñado sembró detrás de la casita de fin de semana que tienen allí. Quería que me deslumbrara con el estallido de amarillos en sus flores como espigas y que sintiera el perfume, «sano», dijo ella, que producían sin soberbia aquellas plantas, sabiéndose simples nabos. Andaba también pendiente de escuchar el cuco, pero no compareció para darle ese placer. Señalando unas margaritas, me dijo que su llegada siempre la alegraba mucho de pequeña, porque significaba que el San Xorxe estaba cerca, con su misa solemne y su romería en la capilla y su comida de fiesta en casa.

Subí al coche de vuelta. En la radio discutían -mira tú qué cosa- si el aborto es un derecho, si pueden obligarte a organizar una boda gay o si deberíamos hacer algo para detener las matanzas de cristianos. Me dio mucha grima y la apagué.

La Voz de Galicia, 11.abril.2015