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Archivo para Enero, 2013

Series

Sábado, Enero 19th, 2013

A principios de curso una colega de otra universidad me pidió que pasara una encuesta a los alumnos sobre su consumo cultural: qué veían, qué leían, a qué jugaban y en qué redes se movían. Quería cotejar los resultados con los de los suyos. Hice las encuestas y las miré antes de enviárselas. Muchas de las respuestas me las esperaba: ven mucho cine, pero no van al cine; y muchas series, pero también en internet. Por supuesto, ocurre lo mismo con la música, pero no imaginaba que casi todos los libros que leen los leen también en la red. Bastantes de las obras me resultaban desconocidas, especialmente en los capítulos de juegos y series.

Me dije que, si quería enseñarles bien, tenía que saber de qué se alimentaban. Empecé poco a poco. Una alumna brillantísima me ayudó con lo de las series y me preparó unas sinopsis de las más vistas, que incluía clips y un capítulo representativo. Gracias a esto pude avanzar rápido y buscar por mi cuenta las otras. Tenían en común una historia ágil y amena, a menudo inteligente; mucha sangre y no poco sexo.

Me sorprendieron, sobre todo, por el grado de violencia, quizá porque el discurso cultural, en teoría, abomina de ella. Pero hay que vender: aparecen menos pistolas y tiros que hace años, pero abundan las espadas, los ganchos, los bisturís: la sangre que sale a borbotones y salpica la cámara. Primitivismo con ínfulas históricas, en varios casos. Sexismo, en otros. Reconozco que no aguanté la mirada en bastantes escenas. Puede que me esté haciendo viejo. Puede que no. Pero me preocupa el siguiente paso: estas cosas siempre exigen más.

 Esta columna debería haber sido publicada en La Voz de Galicia, 19.enero.2013, pero apareció una versión anterior.

Un interesante debate relacionado: Tetas, espadas y la superioridad moral del chorizo, de Alberto Nahum García. Conviene leer también los comentarios.

 

Quejas

Sábado, Enero 12th, 2013

El tiempo perdido en quejarse es eso: tiempo perdido. Ya sé que el refrán dice que «quen non chora non mama», pero solo es cierto cuando se llora sin exagerar y ante quien puede resolver las cosas. En cualquier caso, no me refiero a esto ni a la protesta ante lo injusto, necesaria incluso sin posibilidad de éxito. Me refiero a la queja más personal, destinada a justificarse, y que sirve apenas para darse lástima a uno mismo. Ese tipo de queja termina por aburrir a la familia y a los amigos y por alegrar a los enemigos. Un tipo de lamento que no debería calificarse de inútil, porque en realidad resulta perjudicial, contraproducente. En nuestros días, responder con un simple «bien» al «¿cómo estás?» puede parecer una presunción casi provocadora, una desfachatez insolidaria, propia de almas débiles. Y la sonrisa a punto está de alcanzar una condición parecida. Sin embargo, me parece que sonreír y no quejarse caracteriza, precisamente, a los fuertes. Cuando un fuerte se queja, tiembla el mundo. Cuando se queja el quejica, su interlocutor sestea y mira a todas partes en busca de un aliviadero, una vía de escape cualquiera. El quejica desangra sus energías buscando culpables, repartiendo responsabilidades a diestro y siniestro, exculpándose, en vez de emplear esos recursos en esfuerzos que le puedan sacar de su mala situación, que a veces ni siquiera es tal, pero permite ese ejercicio de vertiginosa autocompasión retroalimentada, muy próxima a la lujuria, como decía Greene, y que tantas depresiones ha producido. Aquellos versos, «Facilidad, mala novia. ¡Pero me quería tanto!» se aplican también hoy, cuando lo fácil es quejarse.

Publicado en La Voz de Galicia, 12.enero.2013

Misericordia

Miércoles, Enero 9th, 2013

Con retraso, enlazo la última columna en Nuestro Tiempo. Empieza así:

En el año 90, mientras visitaba la todavía Unión Soviética, alguien de allí me dijo en Moscú que quizá lo que más se notaba en la sociedad después de setenta años de comunismo era la completa ausencia de la misericordia. “Simplemente, no se entiende”, me dijo. Pude comprobarlo aquellos mismos días en bastantes ocasiones. El aviso de aquel ruso me viene a la cabeza cuando toca explicar en clase cierta técnica narrativa. Para esa sesión me valgo de un cuento delicioso de Antoni Marí, incluido en su libro El vaso de plata. El cuento se titula: “Sufrir con paciencia las flaquezas y debilidades del prójimo” y es el decimotercero de catorce dedicados a glosar, como habrán imaginado, las obras de misericordia.

Explico esto a los chavales y les pregunto si alguno sabe qué son las obras de misericordia. Años atrás lo hacía por mera precaución, consciente de que tenían una idea al menos aproximada del asunto al que me refería. Luego, me fui acostumbrando a que las manos levantadas menguaran un año tras otro. El curso pasado solo a cuatro parecía sonarles el concepto “obra de misericordia”.

Tocaba el cuento de Antoni Marí este jueves y (seguir leyendo)

Nombrar

Sábado, Enero 5th, 2013

En una casa cerca de Teixeiro hay una perrita sin nombre por culpa de mi hermana, que se niega a dárselo. Tiene unos dos meses y es la última hija de Bart, un cruce de pastor alemán y husky, bautizado así por mi sobrino en honor al protagonista de la serie animada, gamberro como él. Bart murió hace unas semanas y mi hermana no sabe aún si quedarse con su hija o regalarla. Y no le pone nombre para sentirse libre. Dice que si le da un nombre, ya no puede separarse de ella.
Siempre me ha impresionado su razonamiento, que trasluce el poder de nombrar, privilegio humano. Cuando le damos nombre a algo o a alguien, lo separamos, lo convertimos en único y nos comprometemos con su existencia. Hacemos eso incluso con quien ya tiene nombre: le damos otro solo para nosotros, para hacerlo todavía más único y especial. Ocurre así, por ejemplo, con casi todos los apelativos familiares. De la misma manera, al presentamos a alguien, le otorgamos vía libre para que se dirija a nosotros, para que nos llame, para que entre en nuestra vida. Quizá de ahí el carácter formal, casi de rito, que aún revisten las presentaciones.
Estoy casi seguro de que esos ciento y pico mil niños que no llegaron a nacer el año pasado carecían de nombre, como tantos mendigos que se quedan sin la limosna de nuestra mirada, como tantos estafados, robados, violentados. Todos sin nombre, NN’s como les llaman en Colombia. El anonimato nos hace injustos, con el benéfico donante anónimo como excepción. Le pido a los Reyes Magos que traigan nombres para todos, especialmente para los niños.

Publicado en La Voz de Galicia, 5.enero.2013