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Archivo para septiembre, 2012

Tolkien

lunes, septiembre 24th, 2012

Cuando estaba en segundo de carrera, me llegó no sé cómo un libro gordísimo que se titulaba El señor de los anillos. Pese a que las primeras páginas me entusiasmaron poco, seguí leyendo, porque entonces me sentía obligado a terminar los libros que empezaba. Al cabo de unas ochenta carillas, consiguió apasionarme. Como apenas tenía tiempo, vivía ansiando huecos y llevaba el libro conmigo a todas partes (así descubrí la manera de encontrar tiempo para leer: llevando siempre un libro encima). Llegó la Navidad y me vine leyéndolo en una litera del Shangai. Había ya un tipo allí cuando subí, pero ni me saludó. Sin embargo, al ver qué leía, pegó un grito: “¡The Lord of the Rings!” Se bajó de la litera, abrió una mochila y sacó un calendario de pared en cuya primera página podía leerse The J.R.R. Tolkien Calendar escrito en negativo sobre una foto del escritor, con chaqueta de tweed y corbata, sentado en la hierba al pie de un árbol enorme. Debí de poner caras y el chaval arrancó la página y me la regaló. La utilicé para decorar aquellas carpetas de fuelle que utilizábamos entonces para los apuntes de clase.

Terminé el libro y me di cuenta de que era la primera parte de una trilogía. Tardaron en llegar las otras dos. O me lo pareció. Tampoco pude encontrar más libros suyos hasta varios años después. Me los leí todos, epistolario incluido, empezando por El Hobbit, que se había publicado en 1937. La obra de Tolkien va sobre el amor y el odio, el bien y el mal. Muy recomendable para leer o releer en precampaña.

Publicado en La Voz de Galicia, 22.septiembre.2012

Plataforma Proyecta

martes, septiembre 18th, 2012

Plataforma Proyecta

Código penal

sábado, septiembre 15th, 2012

Supongo que el código penal de un país es como el código genético de una persona, solo que en negativo. O por decirlo de otra manera, una especie de ADN basura que controla la definición inversa de la identidad de un pueblo: es decir, aquello que ese pueblo no quiere ser, porque en el código se compendia  todo lo que consideramos punible. Por eso podría entenderse como una foto en negativo. Pero por la misma razón, se trataría de una foto en negativo borrosa: hay muchos otros comportamientos que la gente considera perversos o simplemente rechazables y, de hecho, los castiga en sociedad de mil modos o los tolera. El código penal forma parte de la cultura de un pueblo, pero la cultura no cabe en el código penal, abarca mucho más.

Digo esto, porque tengo la impresión, quizá falsa, de que los códigos penales –y no solo el nuestro- tienden a la obesidad más que a la magrez, engordan con cada revisión. No solo se introducen nuevos delitos sin suprimir casi ninguno antiguo, sino que las penas también crecen en vez de menguar. Debe de ser que nos estamos volviendo muy malos. O muy tontos.

El código es un reflejo de la idea que tenemos de nosotros mismos, de cómo nos pensamos, una manifestación menor de nuestra cultura. Y porque resulta una mera manifestación, quizá deberíamos fijarnos más en esa cultura que engendra tales delitos, para corregirla e ir de verdad a la raíz de comportamientos que producen dolorosísimas afrentas a la integridad de los más débiles. Parece muy evidente que lo que está fallando no es el código penal.

Publicado en La Voz de Galicia, 15.septiembre.2012

 

El común

sábado, septiembre 8th, 2012

Llevo unas semanas escocido con los periódicos y las radios. A las televisiones nunca les he hecho mucho caso. Pero a los otros sí y, claro, resulta que gastan un número inverosímil de líneas y horas en asuntos que no me interesan.
He sido incapaz de leer nada sobre la tristeza de Ronaldo, tan alejada de mis preocupaciones. Tampoco he leído una mísera línea sobre el Bretón y la hoguera en la que fueron calcinados sus hijos. Me basta con saberlo y, para eso, con el título de la noticia sobra. He procedido igual en el caso de la concejala y su vídeo, su dimisión y su vuelta atrás, solo que este ni siquiera estaba interesado en conocerlo.
Supongo que si los medios dedican tanta información y tanta opinión a tales asuntos será porque la gente los devora. Un mero repaso de las noticias más vistas en los digitales lo confirma.
Los medios se aprovechan, porque esas cosas producen audiencias grandes a muy bajo coste, aunque habría que preguntarse qué tipo de audiencias y hasta qué punto resultan a la larga verdaderamente rentables. Pero, ¿y la gente? Quizá estemos ante una forma de escapismo, quizá nos hayamos vuelto todos unos cotillas, quizá, no entendamos nada y, para compensar, optemos por el chismorreo compulsivo.
Con el caso de la concejala ha saltado, según veo en las redes sociales, una discusión moral sobre si debe dimitir o no. Esto ya es otra cosa. No me atrevo a ponerle nombre. Pero sobrepasa el chisme y apunta a que, como sociedad, estamos a punto de perder el sentido. Por lo menos, el común.

Publicado en La Voz de Galicia, 8.septiembre.2012

Basura

sábado, septiembre 1st, 2012

Algo bueno tenía que traer esta crisis: generamos menos basura. Por lo visto ya en el 2010 producíamos 55 kilos menos por persona que en el primer año de la crisis, y es previsible que a día de hoy hayamos mejorado esa marca. Lo publicaba La Voz el lunes pasado y lo corroboraban empleados de diversos servicios de recogida y tratamiento de residuos. Habían notado la ausencia casi total de restos de alimentos: echaban en falta, por ejemplo, los yogures caducados, antes tan frecuentes en los contenedores.
La buena noticia puede leerse en clave solo ecológica, que no sería poco, o económica, puesto que significa un ahorro. Pero la verdad es que me trajo a la memoria aquellos tiempos en que no se concebían siquiera los objetos desechables, todo se reparaba para prolongar su vida útil, las prendas y los libros pasaban de los hijos mayores a los pequeños, se desconocía la fiebre de las marcas y, por supuestísimo, había que comer todo lo que te pusieran en el plato, porque parecía más probable, con ser muy difícil, que caducara la paciencia de mamá antes que un yogur en la nevera.
En la opulencia, ya nadie aducía aquellos viejos argumentos: “¡Tú es que eres un señorito y tienes que comer lo que te pongan! ¡Con tantos niños en el mundo que mueren de hambre!” Nos habíamos acostumbrado a desperdiciar, a presumir incluso de hacerlo o, por lo menos, a quitarle importancia. Si bien se piensa, aquel razonamiento simplote contenía una carga moral explosiva: la sobriedad personal no solo evita el señoritismo, sino que es siempre solidaria y construye la sobriedad colectiva.