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Archivo para octubre, 2011

Toni Nadal

sábado, octubre 29th, 2011

Estuve con Toni Nadal el martes pasado en un acto de la admirada Fundación “Lo que de verdad importa”, en el que el entrenador y tío de Rafa intervenía como ponente. Toni es un tipo normal. Siempre consideré que eso es lo mejor que se puede decir de alguien y parece que él piensa lo mismo. Lo explica sin teorizar, con historias, y en un castellano pedregoso adoquinado por la sintaxis catalana. Los tipos normales, con sacrificio y docilidad, consiguen objetivos extraordinarios, dice.
Es consciente de que hay ejemplos de lo contrario, cita a Maradona y a Ronaldo por si alguien prefiere ese camino. Pero el suyo parece claro: el entrenador/educador debe ser admirado por el pupilo (esta parte la explicó mal, quizá por modestia) y el pupilo debe ser dócil. Se sorprende Toni de que algunos padres minen la autoridad de los profesores o se jacten de la autonomía de juicio que muestran sus hijos a edades muy tempranas en las que, como él dice, “toca obedecer”.
Reconforta que alguien defienda la obediencia en esta cultura nuestra, tan floja, tan de agradar. Toni insiste en que la obediencia facilita el trabajo del entrenador/educador y permite que el pupilo alcance más rápidamente y con mayor eficacia los objetivos que persigue. Obedecer es clave y “Rafa ha sido un chaval muy obediente”. Un día, en un gran hotel de Shanghái, bajaron a cenar al restaurante. Rafa apareció con pantalones cortos y alguien le dijo: “Aquí no dejan entrar con esa vestimenta, pero a ti te dejarán”. Toni le mandó subir a cambiarse y riñó al otro: “¿Qué le estás enseñando?”

Publicado en La Voz de Galicia, 29.10.2011

Transgiversar

sábado, octubre 22nd, 2011

Estaba dando una clase práctica de escritura. Tengo la convicción de que a escribir se aprende por envidia y se enseña interviniendo en el propio proceso creativo, es decir, mientras se escribe. Y en eso andaba, viendo las pantallas de los alumnos mientras escribían. Al principio, les molesta. Luego, les gusta. Le pregunté a una chica qué verbo era aquel. Dijo que el verbo “transgiversar”, cosa que ya sabía porque lo estaba leyendo en su pantalla. Le dije que tal palabra no existe. Se volvió hacia mí con aire incrédulo. Así que le mandé buscar en el diccionario que debería tener abierto en otra pestaña. Claro, el verbo no aparecía. “¿Cómo se escribe, entonces?” Contesté que ‘tergiversar’. Lo buscó en el diccionario y las acepciones que daba la Real Academia no le satisficieron. “Es que yo quiero decir ‘romper algo’”. Comprendí que se refería a ‘transgredir’ y se lo dije. Pero insistió en que había oído muchas veces el verbo “transgiversar”.
Si la cosa hubiera acabado ahí, me hubiera parecido normal, propia de cierta cabezonería estudiantil, pero entonces el chaval de al lado, que estaba con la oreja puesta, dijo: “Pues yo también lo he escuchado muchas veces”. Se me escapó un taco en medio de la risa. Un taco de impotencia.
Por la tarde se lo conté a alguien y no se extrañó. Me dijo que ese verbo y otros similares comparecían a menudo en las tertulias televisivas que ventilan las intimidades de los famosos y que, cuando un presentador trataba de corregirlos, se producían reacciones similares a las de mis alumnos. Empiezo a entender quién manda en la educación pública.

Optimista es el que quiere

martes, octubre 18th, 2011

Así comienza la última columna en Nuestro Tiempo. Se publicó hace ya semanas, pero…

Cuando, como esta mañana, me cuesta ser optimista, pienso en mi padre. Sé de una vez que lloró. Lo sé por mi madre, que me lo dijo un tiempo después. Seguro que lloró otras veces, porque no le faltaron motivos graves, pero tengo que esforzarme mucho para recordarle sin su sonrisa medio pícara. Lo consigo si, por ejemplo, pienso en su concentración la hora de leer el periódico o mientras hacía cuentas, es decir, logro verlo serio si lo imagino solo y trabajando. Pero si estaba con alguien, salvo discusiones menores, sonreía. De entrada, sonreía al desconocido, al familiar, al que no entendía –porque oía mal, era casi completamente sordo desde poco antes de cumplir los cuarenta. Sin embargo, vivía y se movía como si oyera, sin rastro de susceptibilidades  ni amarguras ni sospechas, quizá porque andaba muy concentrado en lo que le importaba: sacarnos adelante.

(sigue aquí)

Por cierto, la anterior tampoco la publiqué. Se titulaba “El negocio”.

Parejas

sábado, octubre 15th, 2011

Según uno de esos estudios de universidad americana que se publicó ayer, las parejas “materialistas”, definidas como aquellas que dan prioridad al bienestar material y a la propia carrera, funcionan mucho peor que las que entienden que el dinero no es lo más importante en sus vidas.  Menudo descubrimiento. Lo sabíamos desde siempre, me parece, sin necesidad de encuestas carísimas. Basta con vivir y ver. Aunque también conviene leer, porque la literatura se ha ocupado generosamente del asunto.  Esta misma semana lo aborda Marta Rivera de la Cruz en su última novela: La vida después.
La he leído en dos tirones, porque, pese a la densidad de los asuntos que maneja, engancha mucho. Quizá por el montaje de las escenas, casi cinematográfico,  o más probablemente, por el enorme interés de las relaciones que muestra y de los problemas que esas relaciones suscitan. ¿Es creíble que un hombre y una mujer sean solo amigos? Y si fuera cierto, ¿resulta conveniente? La autora, como debe ser, no responde de manera explícita. Responde narrando. Deja actuar a los personajes, casi todos mujeres que recelan unas de otras, y concluye de un modo que puede parecer convencional para el lector más apresurado, menos atento, que quizá aguardaba un cierre más parecido al de La edad de la inocencia.
La vida después se lee rápido, maneja sentimientos convencionales, parece políticamente correcto, pero da mucho que pensar. Supongo que será muy útil a los sociólogos del futuro para intentar describir las relaciones de amistad entre mujeres y de estas con los hombres en la época de tumulto cultural que nos ha tocado vivir. El querido Tolkien se sentiría incómodo en un libro así.

Credibilidad

sábado, octubre 1st, 2011

El periodismo tiene semanas aciagas en las que se deja jirones de credibilidad. Esta comenzó con el falso trader que le colaron a la BBC y terminó con la publicación ayer en casi toda la prensa española de un sospechoso informe sobre el uso de la píldora del día después. Como del primer caso y de sus nefastas consecuencias ya se ha hablado bastante, me ocuparé del segundo.
Se trata, en realidad, de una simple encuesta telefónica promovida por la Sociedad Española de Contracepción (SEC) y patrocinada –como muy bien puede verse en el resumen ejecutivo– por la farmacéutica Chiesi, que es la comercializadora en España de “NorLevo”, la principal marca de píldoras del día después y también la más agresiva.  Supongo que los lectores tienen derecho a saber quién paga el estudio y a qué se dedica, pero las noticias lo omitieron. Como tampoco recordó nadie que este equipo SEC/Chiesi ya había sido acusado de publicidad engañosa a favor del “NorLevo” hace apenas ocho meses. En ese momento la Organización Médica Colegial quiso dejar sentado que “un médico no puede participar en campañas promocionales de medicamentos con ánimo de lucro, salvo que esa sea su profesión y se sepa claramente que trabaja para la industria farmacéutica”.
También hubiera sido conveniente que las noticias incluyeran la ficha técnica de la encuesta. O que indagaran por qué en el caso de esta píldora se impide  la lógica farmacovigilancia que se aplica a otros medicamentos y que proporcionaría datos fiables sin necesidad de encuestas telefónicas repletas  de preguntas íntimas. A Chiesi le ha salido gratis la campaña y a los lectores, cara.

Nota al margen: insisto, la crisis de los medios no es tecnológica, sino de periodismo.

Optimistas

sábado, octubre 1st, 2011

(Columna publicada en La Voz de Galicia el  24.09.2011)

Ayer en Madrid tuve la sensación de que mucha gente caminaba como en esas escenas de película en las que alguien, bueno o malo, encañona a otro con una pistola oculta bajo la chaqueta y le hace atravesar una multitud o un control policial como si nada estuviera ocurriendo. No es fácil advertirlo, pero el encañonado camina siempre -al menos, en las películas- un poco más envarado que de natural: tiende a inclinarse algo hacia un lado -precisamente, el de la pistola- y, aunque lo intente, muestra síntomas de alarma y miedo especialmente perceptibles en la agitación de los ojos y en la tensión de los labios.

Quizá caminamos así desde hace tiempo, sujetos a una amenaza oculta que se manifiesta todos los días en algo nuevo: no solo en las noticias de bolsa o sobre los precios de las hipotecas. Ni siquiera, en el posible desempleo. Nada de eso funciona como la pistola oculta que, en realidad, empuña otro miedo: el temor por los que amamos, por su presente y su futuro que ya no somos capaces de garantizar. Hace años, ilusos como éramos, creíamos aún en el progreso indefinido. Con el cambio de decenio o de siglo, escribí una cosa sobre esto que ahora parece una profecía, maldita sea.

Perdimos el optimismo ramplón y barato, casi gratuito. Pero nos queda el bueno: el que siempre genera la gente que sabe querer y, por tanto, arriesgarse. Hay muchas personas así, que supieron escapar del embotamiento de estos años fáciles de dinero y consignas. Gente que aún sabe pensar y querer. Optimistas nada ilusos que son nuestra esperanza.