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Archivo para Septiembre, 2011

Otro curso

Sábado, Septiembre 17th, 2011

Cuando arranca el curso, me entran a la vez ganas y miedo de conocer a mis nuevos alumnos. Si un día esas ganas y ese miedo dejan de comparecer,  espero darme cuenta  y retirarme. Lo de las ganas es fácil de adivinar o intuir y resulta innecesario explicarlo: conste que comprendo a los profesores sin ganas, y comprendo que a algunos no les quede más remedio que aguantarse. Se trata, normalmente, de profesionales con un perfil más inclinado a la investigación que a la docencia, imprescindibles en la Universidad.
Lo del miedo sí necesita explicación. Tiene que ver con el síndrome de candilejas, por una parte: el pánico escénico que sienten los actores justo antes de empezar la función. Y por otra, con el miedo al error. Porque, si el profesor falla, puede provocar un daño difícil de medir y, a veces, de reparar.  El mal profesor se caracteriza porque no distingue a sus alumnos, habla para una audiencia indiferenciada. Y puede resultar brutal porque, cuando los ve, se fija más en sus defectos o errores que en sus virtudes o posibilidades. Actuar sobre los primeros sin tener en cuenta los segundos es la mejor manera de triturar talento y carácter.
Esta semana pasé las primeras horas con mis nuevos alumnos. También tuve la suerte de reencontrar a muchos de los antiguos. Los nuevos llegan siempre tímidos y parecerían apagados, comparados con los anteriores, si no fuera por esa luz que traen en los ojos, ilusionante, pero atemorizadora. Ves ese brillo y tiemblas. Y rezas para que no se apague o, al menos, para que no lo apagues tú.

Feos

Sábado, Septiembre 10th, 2011

Parece que los guapos, encima de otras ventajas evidentes, ganan más dinero que los feos, bastante más: a lo largo de una vida, les sacan unos  230 mil dólares de diferencia (casi 170 mil euros). Calculado en porcentajes, un trabajador feo gana entre un 10 y un 15 por ciento menos que uno guapo, según pretenden demostrar diversas investigaciones estadounidenses. Además, consiguen trabajo con mayor facilidad, mejores hipotecas y esposas o maridos también más ricos.
Se han levantado ya algunas voces que exigen, a la vista de semejante desigualdad, una discriminación positiva a favor de los feos, una protección especial. Frente a tal demanda,  Joe Carter escribió un delicioso artículo, rebosante de ironía, en el que defiende las ventajas de ser feo. Según él, los feos  ¬-entre los que se incluye- son valorados por su personalidad y no por su aspecto, tienden a resultar más divertidos y más baratos: la fealdad requiere unos costes de mantenimiento muy inferiores a los que exige la belleza. Triunfan más en la vida: sostiene que si Steve Jobs o Bill Gates se parecieran a George Clooney, nunca hubieran encontrado tiempo para inventar Apple o Microsoft. Y añade, por último, que los feos somos mayoría y que, además, la belleza se acaba, que la fealdad es inevitable: todos terminamos siendo feos, dice, si vivimos lo bastante.
Los feos, pues, nada tenemos que reivindicar. Vaya lo uno por lo otro. Sin contar con que la fecundación artificial lo arreglará todo: cerca de doscientos hijos ha producido ya –que no, engendrado– un donante anónimo. Guapo, seguro. Esperemos que sus descendientes no  se encuentren y, si se encuentran, que no se enamoren, y si…

Tabaco e insania

Domingo, Septiembre 4th, 2011

Estoy disfrutando con  “La felicidad de los pececillos”, un libro de breves ensayos periodísticos escrito por Simon Leys, seudónimo de Pierre Ryckmans, sabio, sensato y amenísimo profesor de Lengua y Literatura chinas, escritor y erudito, que dice las verdades como si no quisiera decirlas, como si solo estuviera contando una anécdota tras otra. En la página 56 arranca el texto titulado “A propósito de Sartre” con la siguiente frase: “Hace doscientas cincuenta años, Samuel Johnson dijo con acierto: ‘A medida que el uso del tabaco disminuye, aumenta la insania’”.
Me recordó la conversación que mantuve con un afamado médico gallego no hace mucho. Encendió un cigarrillo y le mostré mi asombro (farisaico). El dijo: “Gasto en tabaco lo que otros gastan en pastillas”. Me reí y le conté que me parecía advertir que, entre los mayores, aquellos que fumaban conservaban mejor la cabeza. Respondió que eso casi se había demostrado científicamente, pero advirtió: “De todos modos, tu muestra es sesgada”. Pensé que se refería a que buena parte de  los fumadores ni siquiera alcanzan ciertas edades, pero no: “Es que alguien que llega a mis años fumando tiene una cabeza especial, entrenada por haber resistido tanta presión de la gente”.
Ni Leys ni Johnson se referían a esa insania sino a otra: “Las nuevas generaciones quieren disfrutar de todas las ventajas que les ha proporcionado el mundo de sus padres, pero sin pagar el precio de cultivar los valores en los que se fundamentaba ese mundo. Esta situación no puede durar”, decía no sé si Leys o un corresponsal de Virginia Woolf al que cita.  Y no ha durado.