La Voz de Galicia lavozdegalicia.es - blogs | Inmobiliaria | Empleo | Mercadillo

Archivo para agosto, 2011

Sobre Jobs

sábado, agosto 27th, 2011

De Jobs  me entusiasman dos cosas: la primera, la revalorización de la retórica que su mera presencia impuso. Sus  presentaciones, trabajadas hasta la extenuación y mil veces ensayadas en los más pequeños detalles, parecen sencillas y eficaces, transparentes. Y lo son. Tanto, que han producido una extensa bibliografía que intenta explicar su éxito.

La segunda, su concepto de invención pura: los productos de Apple tienen que sorprender, no debe haber nada parecido en el mercado y han de responder a necesidades reales de la gente, acaso ni siquiera percibidas. Por eso detesta las encuestas cualitativas y los “focus groups”. Piensa  que él debe saber qué necesita  la gente en realidad, qué le pasa, qué quiere, aunque la gente misma no lo sepa. Y dárselo. Lo contrario, por cierto, ha matado el periodismo.

Tiene fama de duro,  de hombre que no se queja,  con convicciones firmes que convierte en marca: ““Hay una tienda porno para Android, donde tú y tus hijos podéis descargar todo el porno que queráis. Eso es algo que nosotros no queremos y nunca toleraremos”, contestó a alguien que le solicitó una explicación en público. Pero se ha identificado tanto con la marca que esta depende de él. Desde que presentó su dimisión, los medios se pueblan de textos que parecen obituarios, como si hubiera decidido morir. Todos coinciden en asegurar que, si bien la ausencia de Jobs hace que se resienta la cotización de Apple, en realidad ha sido Cook, su sucesor, quien ha llevado la compañía en los últimos meses repletos de éxitos.
Dicen, por tanto, lo que Jobs querría que dijeran.

Relacionado: grandes enlaces en Paper Papers

Hacer el ridículo

sábado, agosto 20th, 2011

Hemos vuelto a quedar mal con esto de la Jornada Mundial de la Juventud y la visita del Papa: lejos de la imagen de pueblo hospitalario con toda esa chavalada que viene de fuera  y, desde luego, lejísimos de cualquier idea de pueblo tolerante. Decía ayer Enric Juliana en La Vanguardia que la religión católica es la más tolerante del mundo actual y la más perseguida. Los datos que avalan ambas tesis se acumulan por momentos y ya son muchos quienes denuncian  lo segundo, aunque menos los que perciben lo primero.
Que muchos vean intolerante a la Iglesia Católica tiene que ver con la visión sexualizada de nuestro mundo: al final, la perciben así porque no cambia su criterio en temas como el aborto, la contracepción, el divorcio o los matrimonios homosexuales. Como si pudiera. Y no se fijan en nada más, porque parece que para tantos no existe asunto de mayor relevancia. Importa poco que la Iglesia no imponga su doctrina –basta ver nuestras leyes–, lo que se pretende es que calle, y de ese modo silencian también su voz y su trabajo en defensa de la dignidad humana en cualquier ámbito.
Se puede entender, aunque no se disculpe, una persecución bronca contra los cristianos en, pongamos, Malasia o Somalia, en China o en ciertas zonas de la India.  Que ocurra aquí, sin sangre pero con rabia, duele mucho. Que se trate a los católicos como jamás se trataría a musulmanes o budistas, resulta escandaloso. Y curiosamente, eficaz para los católicos, que siempre han crecido en la persecución. Si fuera laicista militante, me replantearía la estrategia. También, por no hacer el ridículo.

Caprichos

sábado, agosto 13th, 2011

Me decía el capellán del hospital que, en los delirios de la agonía, muchos octogenarios moribundos llaman a sus padres:  ”¡Mamá!, ¡papá!”, incluso en diminutivo. Recordé la noticia que daba en tono triunfalista un periódico madrileño: un tercio de los niños españoles nacen fuera del matrimonio. Ya estamos en la media europea, escribía la periodista. Aunque nos superan los antiguos países comunistas, los nórdicos y, por supuesto, Gran Bretaña, donde son casi la mitad (46,2). Pensé: “Estos niños nos partirán la cara”, pero no imaginaba que empezarían tan pronto.
Mis padres no tenían para caprichos. A cambio, nos entregaron algo mejor: nos enseñaron a vivir pendientes de los demás y despreocupados de lo nuestro, nos enseñaron a vivir sin miedo y con lo justo. Mi hermana me decía el otro día que no recuerda otra prioridad en su niñez  que nuestro hermano Luis. Yo, tampoco.
A los niños hoy les damos mucho capricho y poco padre y madre. Y cuando les damos padres, se los racionamos:  apenas unas horas. De modo que aprenden rápido lo mismo que nosotros creemos: que los caprichos, que confunden con libertad,  son derechos, algo que les es debido. Justo la formulación contraria de aquella sentencia sobre la que hemos construido la civilización más floreciente de la historia: “La verdad os hará libres”. Convertimos  las apetencias personales en verdad, en la única verdad que nos interesa. Ni siquiera nos importa  ya tener razón y argumentarla. Por eso pensamos que la libertad nos hará verdaderos. Y no, claro. Solo nos hace violentos, porque extirpa cualquier fundamento objetivo para respetar a los demás y quererles.

Dos notas: Leí el artículo de Mercatornet que enlazo cuando ya había escrito la columna. Ahí dan la cifra de un 40% para Gran Bretaña. La del 46, 2 procede de la información de El País

Relacionados (16.08.2011): El Reino Unido quiere cambiar la vida de 120.000 familias conflictivas

Gracias

lunes, agosto 8th, 2011

Muchas gracias por el afecto y la compañía que hemos sentido estos días a través de todos los medios electrónicos y en persona. Responderé, aunque me llevará un tiempo, por eso adelanto estas líneas.

Las acompaño con algunos enlaces a textos en los que escribí sobre mi padre, por si interesan a alguien.

Un abrazo muy grande

El triángulo escaleno

Las cruces de mayo

Oro fino

Reproduzco a continuación el texto más antiguo. Según mi madre, lo leía a menudo:

DE ÉL
“Papá dice que nunca hablas
en tus artículos”

No he sido yo mucho de obsesiones, pero las tuve y aún las tengo, claro. La primera que recuerdo fue bien temprana: ponerle el cabezal a la yegua rubia de mi abuelo y montarla hasta cansarme. Tenía muy pocos años y no me dejaban hacerlo: sólo me permitían montar con alguien mayor. Una tarde me escapé a la hora de la siesta y fui al soto donde pastaba. Al verme, la yegua vino hacia mí y bajó mucho la cabeza para que pudiera atarla. Era un animal muy manso. Tanto, que esperó paciente y no se alejó hacia las brañas, hasta convencerse de que yo era un enano inútil, incapaz de ponerle el cabezal. Volví a casa muy dolido por el fracaso. Se lo conté a mi padre de un modo borroso: “El cabezal de la yegua es pequeño”, le dije, “ya no le sirve”. Lo entendió enseguida.
Mi padre siempre aprovecha cualquier cosa para enseñarme dos y, en vez de reñirme, me preguntó cómo había metido el cabezal. Le expliqué que por las orejas, pero que el morro no le entraba porque el cabezal era pequeño. Mi padre se reía. “Mira, me dijo quizá previendo mi futura facilidad para las excusas, el cabezal no es pequeño, lo que pasa es que no sabes ponerlo. Primero se mete la parte de abajo, la del morro, y luego la de arriba: le doblas un poco las orejas y entra perfectamente. Las cosas siempre se empiezan por abajo”.
Se suponía que ya estaba aprendido y me mandó de vuelta para el soto. Al verme reaparecer, la yegua ni se inmutó: ya sabía. Tuve que ir hasta ella y encharqué las botas en un regato. Le puse el cabezal. Se quedó quieta para dejarme subir: salté de todas las formas y con todas las fuerzas, pero era demasiado pequeño. Decidí llevarla de las bridas hasta una cancela. Subí a la cancela, arrimé la yegua y salté en exceso. Caí al otro lado. A la segunda, estaba sobre la grupa, feliz.
Aunque no mucho, porque la yegua salió al galope en cuanto me sintió encima. Y en aquel primer viaje comprendí que la cosa no acababa en ponerle el cabezal y subir: había que mantener un doloroso equilibrio de botes y rebotes de las nalgas contra la columna durísima del animal. Y además, había que saber mandarla. Y yo no sabía. Así que la yegua se fue al galope adonde quiso y yo me agarré a la brida y a las crines para no caerme. Paró a beber en un manantial, y su cuello, al que ya iba asido con las dos manos, se volvió un tobogán por el que me escurría cabeza abajo. No tenía ninguna gracia. Menos mal que se irguió pronto y arrancó hacia la cuadra. Mi padre me vio llegar, pero ni siquiera se acercó para bajarme. Metí la yegua, le quité el cabezal y le pregunté a mi padre: “¿Puedo llevarla mañana a la cartería?”. Él dijo: “Pregunta al abuelo”.
Y así siguió: dejándome libre para el error, pero sin consentir que, luego, no lo reconociera. Siempre con las palabras justas, me enseñó a multiplicar y dividir con decimales y a andar por el mundo solo. Un día  me dio unas cuantas facturas. A la vuelta me preguntó qué itinerario había seguido para cobrarlas. Volvió a reírse y me dijo: “El que no tiene cabeza, tiene pies”, y me mostró un trayecto muchísimo más breve. Así me gustaría enseñar, sin explicar demasiado.
Años después le acompañé a visitar a un cliente del tipo cerdo-con-tirantes. Terminé furioso con mi padre por haberle aguantado tranquilo, sin mandarle a freír puñetas. No sé si hablé de dignidad. Pero él dijo: “Se trata de  ganar clientes, no de perderlos”. Entendí que los límites de su orgullo no los marcaba él, sino yo. Yo y mi hambre, yo y mi ropa, yo y mi futuro.
Como siempre, aprendí dos cosas: a aguantar y a sentir un orgullo sin límites. De él.

Nuestro Tiempo, junio de 1997

Sin ganas

sábado, agosto 6th, 2011

Los hospitales quitan las ganas de escribir. Ante el misterio del dolor humano, cualquier otro tema parece frívolo. Y la soledad. Cuánta gente, mayor y joven, que sufre sola, sin una palabra de afecto que llevarse a los oídos, sin una caricia que les caliente el corazón. Aunque por lo menos tienen, mientras nos duren, unos profesionales maravillosos para atenderlos. Los de Somalia, ni eso. ¿Qué acorchamiento permite leer esas noticias y olvidarlas?
En el 2009 Benedicto XVI hizo su primer viaje a África y allí denunció muchas cosas que los africanos le agradecieron y los europeos ni siquiera conocimos porque Francia y Bélgica, primero,  y Alemania después, se ocuparon de convertir aquella visita en un conflicto diplomático sobre… condones, pese a que sabían muy bien que lo que dijo el Papa distaba mucho de su traducción en titulares. ¿Tendría algo que ver con las políticas salvajes de Francia y Bélgica en África? ¿Algo que ver con la rebaja de la ayuda internacional en unos 30.000 millones al año? Por supuesto, aquí fueron jaleados por los grupos de siempre e incluso por el Gobierno, prestándose a una hábil estrategia comunicativa para acallar a Ratzinger.
Esos mismos grupos son los que ahora denuncian que los gastos de la Jornada Mundial de la Juventud estarían mejor aplicados en Somalia y aprovechan para criticar sin argumentos a quien antes silenciaron haciendo el caldo gordo al capitalismo cruel de ciertos estados y de ciertos fabricantes. Estaríamos ante una hipocresía gigantesca, si no se tratara de simple y llana estupidez. Y además, ¿de dónde creen que salen los cientos de miles de católicos que deciden enterrar su vida en África?