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Archivo para agosto, 2010

A propósito

lunes, agosto 30th, 2010

Decía el sábado: “Cuando lo que hay que contar es de por sí pequeño, plano y retorcido —como la actual situación política— los medios corren un riesgo enorme: el de aburrir si no van más allá de lo obvio. Y los no lectores, el de renunciar a entender qué les sucede”.

Un ejemplo: “Ahora que estamos solos”, de Xosé Luis Barreiro Rivas

Pequeña y plana

sábado, agosto 28th, 2010

Se acaba de publicar la traducción del último libro de Seth Godin con el título «¿Eres imprescindible?», que en el original era el subtítulo. El libro es muy interesante, pero lo traigo a colación porque en su día me anoté una anécdota que relata en la introducción. Cuenta que un hombre que viajaba en el vagón de primera de un tren español se dio cuenta de pronto de que su compañero de asiento era nada menos que Pablo Picasso. Según Godin, el hombre se armó de valor y se atrevió a decirle al maestro:  «Usted es un gran pintor, pero, ¿por qué su arte, todo el arte moderno en general, es tan retorcido? ¿Por qué no pinta usted la realidad en lugar de todas esas distorsiones?»
Siempre según Godin, Picaso dudó un momento y le preguntó a su vez: «Entonces, ¿qué aspecto piensa usted que tiene la realidad?» El hombre sacó de la cartera una foto de su mujer: «Así, como esta fotografía. Es mi esposa». Picasso cogió la fotografía, la miró y sonrió socarronamente: « ¿De verdad? Su mujer es muy pequeña. Y plana, además».
La anécdota sirve para ilustrar cualquier encuentro del ojo del artista —en cualquier arte— con la realidad y su posterior mostración en la obra. Sirve también para explicar cómo actúa el periodismo: lo que recoge el periódico o el noticiario de radio o televisión no es propiamente la realidad, sino una versión pequeña y plana de lo que ha sucedido, pero que ayuda a hacerse una idea, de la misma manera que la foto, mejor o peor, ayudaría a Picasso a hacerse una idea de cómo era la mujer de aquel hombre. Conviene, por eso, ver varias fotos para hacerse cargo del verdadero aspecto de alguien.
Cuando lo que hay que contar es de por sí pequeño, plano y retorcido —como la actual situación política— los medios corren un riesgo enorme: el de aburrir si no van más allá de lo obvio. Y los no lectores, el de renunciar a entender qué les sucede.

Terminó

sábado, agosto 21st, 2010

La Organización Mundial de la Salud ha dado por terminada la epidemia de la gripe A. Probablemente, ya habrán leído el saldo: muchísimos menos muertos que en la gripe estacional —ni comparación— y, según ellos, un buen trabajo de prevención. Los gobiernos que la secundaron tienden a explicar de la misma manera el derroche de millones de euros en vacunas que ahora hay que destruir. Según algunos, solo la acción de la clase médica y sanitaria —que no quiso vacunarse y se resistió a recetar retrovirales innecesarios— evitó más efectos negativos de esa medicación superflua. Los medios han recogido la noticia y algunos han publicado editoriales en los que reclaman una aclaración de las responsabilidades políticas y penales de la OMS, premiada en España con el Príncipe de Asturias por su gestión de esta supuesta crisis.  Se trata de aclarar la connivencia entre los responsables de la OMS y cierta industria farmacéutica.
A pesar de que esto —la creación artificial de alarmismos sanitarios— no ocurre por primera vez ni por segunda, a pesar de que el origen de tales desinformaciones globales cuyas consecuencias, no sólo ni principalmente económicas, son terribles, a pesar de que su origen tiende ser siempre el mismo, incluso geográficamente, resulta fácil vaticinar que no pasará nada: ni a esa parte de la industria ni a la OMS ni a los gobiernos ni a los medios que no han sabido proteger con profesionalidad a sus audiencias. Ciertamente, tanto los gobiernos como los medios tenían alguna disculpa: ¿y si hay algo de verdad?, ¿y si ocurre una catástrofe y no estamos preparados?
Así que me conformaría con que nos replanteáramos el estatuto de la OMS y sus prerrogativas para dirigir la salud mundial. Le pasa lo mismo que a las demás agencias de la ONU: no responden ante nadie y esto las hace vulnerables a todo tipo de codicias y perversiones.

Cantar en la calle

sábado, agosto 14th, 2010

Ayer, sobre las nueve de la mañana, coincidí en un paso de peatones con un hombre de unos cincuenta años, fuerte, pelo muy largo recogido en coleta, pantalón de chándal marrón y camiseta a juego. Llevaba a la espalda, colgado del cuello, un bastón bien pulido de empuñadura curva que con su peso abría un triángulo en la camiseta por el que asomaba la piel, muy blanca, hasta más abajo de las escápulas. El hombre, quizá gitano, cantaba con buena voz y ganas, pero sin gritar. Calló mientras atravesábamos la calle y reanudó su canto al tocar la acera. Caminaba a paso vivo y enseguida me sacó un buen trecho. Se cruzó con dos chicas que hacían footing e intensificó la melodía repentinamente, como para saludarlas. Un amigo que me acompañaba dijo, apenado: «Ahora ya nadie canta por la calle».
La frase me trajo un montón de imágenes y sonidos de la infancia: los albañiles que levantaban casas en Monte Alto y cantaban mientras colocaban ladrillos. Los recuerdo, sobre todo, de los días en que me quedaba en casa enfermo y no podía ir al colegio. Llegaban sus voces hasta mi cama con las mismas canciones que podían escucharse por la radio en los programas de discos dedicados. Y llegaban también, del patio interior, los cantos de las vecinas afanadas en los tendales o en los fregaderos. Ya por la tarde, para darme envidia, me alcanzaban los ritmos  de las niñas y los niños que cantaban tantas canciones asociadas a sus muchísimos y variadísimos juegos. Por no hablar, claro, de los cantos campesinos durante las faenas o en el descanso, pero sobre todo en los desplazamientos. Hasta los carros cantaban. Y los borrachos: en la esquina bajo mi cuarto, se apostó uno que entonaba todas las noches el «Yo soy minero».
Eché de menos aquellos cantos de tantos colores y tersuras, sustituidos ahora por gentes con auriculares. Pero aún no sé muy bien por qué.

Rostro Pálido

miércoles, agosto 11th, 2010

Por si a alguien le sirve: tardé un poco descubrir ese rinconcito veraniego donde se asienta Luis Pousa. Cuando lohice, me leí de un tirón todas las columnitas diarias que ya había publicado. Ahora, que ya lo sé, empiezo por ahí el periódico.

Luis está “Al sol” y escribe “Rostro pálido”. Pueden verse todas esas columnas desenfadadas en sus Farrapos de gaita. Por ejemplo la de hoy, titulada Ya casi es Navidad:

Hasta hace un par de telediarios el cartel de hay lotería de Navidad te salía al paso a finales de agosto o principios de septiembre, como una especie de canguele ante la inminente derrota: las vacaciones agonizan y hay que confiar todo a las loterías, los cuponazos, el azar y la ludopatía para no tener que volver al tajo y al señor, sí, señor de la oficina. Será cosa de la maldita crisis o de que ya no sabemos esperar, cada cosa a su tiempo y los nabos en Adviento, se decía, pero (…)

Ver y leer

lunes, agosto 9th, 2010

La columna en Nuestro tiempo, correspondiente al número de julio-agosto:

Ver y leer

Me dice alguien, sorprendido, que el grupo humano que más lee son los ciegos. Por otro lado, según un informe muy minucioso, resulta que la evaluación de los experimentos más avanzados sobre el uso de ordenadores en la escuela alcanza la unanimidad en un punto: las nuevas tecnologías no mejoran los resultados académicos en ningún caso. Se trata de experiencias realizadas en varios países y con un despliegue de medios abrumador. Al mismo tiempo, y en el mismo informe, se afirma que el aprovechamiento académico de los niños depende muy directamente del número de libros que tengan en sus casas. Los cacharros tecnológicos en casa también ayudan, aunque sobre todo ayudan a jugar.

(… ver artículo completo)

Corrupciones

sábado, agosto 7th, 2010

Decir la verdad produce rentabilidades a medio y largo plazo, no siempre a corto. Ocurre lo contrario con la mentira, salvo en un ámbito: en el mundo del fútbol. La mentira y la trampa consiguen permanencias y evitan descensos, enriquecen fraudulentamente a jugadores desaprensivos y a dirigentes inmorales. Pero por mucho que delincan, nunca pasa nada. ¿Por qué?
Le echo la culpa al sentimiento romántico y, por tanto, irracional que mueve la pasión futbolística. El amor a los colores propios es ciego. Lo hemos comprobado todos alguna vez cuando el seguidor de otro equipo es incapaz de ver el penalti más grotesco. La pasión, también en el fútbol, nubla la razón. De ahí que al aficionado le importen un pito las deudas del club o la gestión gansteril de este o de aquel presidente. «¿Qué quieres? ¿Que bajemos a segunda»?, dirán. Se perdona y disculpa todo si se el equipo consigue los resultados apetecidos. Como no se reconoce la iniquidada un mal hijo porque… es tuyo.
El periodismo deportivo lo sabe y, por eso, escribe siempre para los ganadores que, por otra parte, son los únicos que quieren regodearse con la crónica de un partido ya visto. Los perdedores, sin embargo, se alejan del periódico ese día. «El fútbol es así». El periodismo deportivo escapa de los bajos fondos. Tiende más a la adulación, que facilita entrevistas y noticias exclusivas y garantiza la audiencia de tantos forofos que no quieren saber nada malo de su equipo.
Tenemos, como consecuencia, una reacción política cobarde: nadie se atreve a contrariar esas aficiones de votantes capaces de matar. Nadie exige a los equipos que paguen a Hacienda o a sus empleados antes de reforzarse… Al revés: les condonan deudas y les facilitan operaciones inmobiliarias vergonzosas.
No nos engañemos más. La culpa, como en toda corrupción, es de la sociedad que la alienta. Es suya y mía. Nuestra.