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Archivo para diciembre, 2009

Rouco, modelos de familia y periodismo

martes, diciembre 29th, 2009

La noche del domingo escuché el informativo de la SER por darme el gusto de confirmar que la noticia sobre la Misa de las familias celebrada ese día en Madrid tendría la cobertura irónica que esperaba: introducción irónica, datos escasos, cortes de sonido con declaraciones de los asistentes más extremados y una coda final con el inevitable representante de la doméstica Asociación Juan XXIII, el teólogo Juan José Tamayo. Todo previsible.

Ese mismo día y ayer se montó cierto debate en las redes sociales y en los blogs. Lo resume bien Internet Política. Quizá lo más significativo pueda leerse en esta entrada de La Huella Digital y en sus comentarios. Aclaran suficientemente la altura y la nobleza de las argumentaciones: unos a favor del titular grosero del diario Público, que Ignacio Escolar reenvió por Twitter con un añadido, y otros en contra, empezando por el propio Nacho de la Fuente, que se limita a decir:  “Falta de respeto”.

Me acordé de Zagajewski, que en su magnífica defensa de la poesía (Acantilado 2005), escribe:

“Hay autores que usan la ironía para azotar a la sociedad de consumo, otros luchan contra la religión o contra la burguesía. A veces, la ironía expresa algo más: la desorientación en medio de una realidad plural. A menudo simplemente encubre la pobreza de pensamiento, porque si no se sabe qué hacer, lo mejor es volverse irónico. Después, ya veremos” (p. 15)

Postal navideña

sábado, diciembre 26th, 2009

Lo primero que me llegó de ellos fue la frase de la mujer contra la noche en una calle del centro: «Ven, vamos al coche de papá». Por el tono supe que se dirigía a un niño pequeño, y que quizá no fuese su madre. Estaban unos pasos más adelante. El niño, vestido con un anorak oscuro, se había sentado en el escalón de un portal. Tendría dos años o poco más. Miraba sin resignación ni espanto, sin alegría ni pena. Su cara parecía decir: «Esto es lo que hay».

La mujer repetía la frase de un modo automático y con el mismo soniquete, el que usan algunos adultos para dirigirse a los niños, como si fueran tontos. «Ven, vamos al coche de papá» parecía agotar su repertorio. Hablaba al niño toda erguida y elegante, con las manos metidas en los bolsillos de un abrigo oscuro y corto: «Ven, vamos al coche de papá», escuché una tercera vez mientras les sobrepasaba. El párking público estaba a unos veinte metros, pero el niño no podía saberlo. Sabía solo que estaba harto de caminar por tiendas y calles. Que no podía más. Que necesitaba que alguien le agarrase en un abrazo para llevarlo hasta el coche.

El padre no podía hacerlo: cargaba un bulto enorme que en ese momento había depositado en la acera algo húmeda y sobre el que casi se acodaba. Contemplaba la escena sin hablar, con una sonrisa que parecía franca, como si todo estuviera bien y no hubiera nada que decir.

Unos pasos más allá, me volví para mirarlos. La mujer seguía hablándole, tan elegante y erguida, con las manos en los bolsillos. No podía oír lo que decía ni ver al crío, tapado por la espalda del padre. Estuve por volver, levantarlo del portal, y decirle a su padre que ya lo llevaba yo hasta el coche. Aquella mujer no parecía dispuesta a agacharse y, menos aún, a cargarlo abrazado a su cara. Se me pasaron por la cabeza muchas razones para explicar tal comportamiento. Pero en el fondo solo había una. Creo.

“Salvo el viento”

miércoles, diciembre 23rd, 2009

Enrique García-Máiquez en Diario de Cádiz:

EN los exámenes tipo test de mis alumnos, entre las posibles respuestas, deslizo una o dos con palabras atractivas, misteriosas, rimbombantes o semitécnicas que no significan nada. “Las coyunturas confluyentes de las sinergias estructurales y las tolerancias paralelas a la paz”, por ejemplo, como contestación a “¿Cuáles son las estrategias de negociación?”. Las primeras veces, algunos incautos marcan esas respuestas peripuestas sin dudarlo ni un segundo, abducidos por un vocabulario arcano que les suena de maravilla, como una fórmula mágica. Luego, cuando corregimos el ejercicio en clase, insisto en que tienen que desconfiar de todo aquello que no entiendan perfectamente, porque casi siempre se tratará del truco de un prestidigitador palabrero.

Acostumbrarlos a confiar en su sentido común y a pedir explicaciones cuando no lo vean claro es desactivar la carga explosiva de buena parte de la publicidad, de mala parte de las imposturas literarias y, sobre todo, de un tanto por ciento elevadísimo de los discursos políticos. Los poderosos, en el ámbito que sea, se enfundan enseguida el famoso traje del Emperador, o sea, que ellos andan cómodamente desnudos, pero despertando a la vez y gracias a la verborrea de los sastres que les enhebran sus discursos, la admiración atónita de todo el boquiabierto respetable. Oh.

Las palabras de Zapatero en la Cumbre de Copenhague son una anécdota que bien vista y oída puede servirnos de ilustración. Sus sastres han resultado remendones. Ese final apoteósico donde clama que “la tierra no es de nadie, salvo del viento”, nos ha dado más que nada la risa (que es lo más triste que puede provocar un presidente). Y, de paso, han mostrado las tripas de la mecánica de su oratoria: mensajes esdrújulos y huecos dirigidos al sentimentalismo más edulcorado del auditorio. Encima, Zapatero y sus asesores literarios abusan del corta y pega, como los malos estudiantes: ya sea de Murrow, con el Buenas noches y buena suerte, de Kennedy con el “No te preguntes qué puede hacer Obama por ti, sino tú por Obama” o ahora con esto del viento, que está cogido por los pelos del indio Seattle. Además de una obsesión por Norteamérica que tendría que hacerse mirar, no terminan de casarle bien las citas en sus discursos centrifugados.

Pero más vale así. Un discurso perfecto, a poco que uno se descuide, funciona como una sesión de hipnosis. Para sustraerse a sus efectos narcóticos, hay que preguntarse sin cesar: “¿Qué me están contando, qué?”. No olvidemos nunca que todas las palabras, junto a su subyugante sonido, si subyuga, tienen un sentido, salvo las del viento.

Un poco de Navidad

sábado, diciembre 19th, 2009

Tal como están las cosas, necesitamos mucho un poco de Navidad. Es cierto, sí, que hemos embarrado el espíritu navideño por el sencillo método de reducir la fiesta a puro vino (con algo de champán) y la delicadeza finísima del regalo a una trampa de egos y chucherías. Por eso el espíritu navideño, el originario, el de verdad, parece ahora impostado cuando alguien lo invoca: «Paz a los hombres de buena voluntad».
¿Por qué paz y cariño solo unos días al año?, dicen algunos. Por supuesto, la pregunta es insidiosa, porque nadie defiende un planteamiento tan reductivo, pero se puede responder: probemos al menos en Navidad. Un poco de Navidad vendrá bien a nuestros huesos y a nuestras almas cansadas. Un poco de cariño familiar —con sus exigencias—, un esfuerzo por sonreír más, por enfadarnos menos, aniñarnos un poco por unos días, sin pretendernos tan hombres, tan mujeres, para ser capaces de disfrutar con el Belén como disfrutan los niños que miran perplejos y embobados el misterio. De críos, lo entendíamos, pero el misterio se agranda con el paso de los años hasta hacerse ininteligible cuando basamos nuestras decisiones en el poder o en el dominio sobre los otros, en la autonomía frente a todo, incluso frente a un Dios que, sin embargo, nace pequeño, pobre, arrinconado y, sobre todo, dependiente. ¡Cómo arrodillarse ante un Dios así!, parecen gritar algunos, que cifran toda su personalidad en no arrodillarse, y terminan doblándose ante un cualquiera, a menudo insolente.
Prefiero un poco de Navidad, con Niño, para ampararme, siquiera unos días, de esta bronca continua, de la sinrazón de diseño, de la necedad paridora de odios. Siempre queda la fiesta del misterio y de la sencillez que nos empuja hacia la comprensión. El sábado próximo ya habrá pasado, así que les deseo hoy un poco de Navidad. Un mucho, si pueden.

Caballos enteros

jueves, diciembre 17th, 2009

Un buen amigo fue invitado hace meses a participar como ponente en unas sesiones sobre “coaching”, algo que se ha puesto de moda últimamente y que renuncio a describir, porque por mucho que me lo expliquen y por más que lea sobre el asunto me parece que no acertaré a definirlo y algún experto vendrá a contradecirme. A mi amigo le pasaba lo mismo: tampoco entendía muy bien de qué iba el asunto y, por tanto, se resistía a intervenir, porque no sabía sobre qué podría él aportar algo en una reunión que contaba con la presencia de varios gurús internacionales. Al final, le dijeron que hablara de lo que quisiera, pero que hablara. Y fue.
Algún tiempo después le visitaron los organizadores para agradecerle su participación y para comunicarle que había pronunciado la conferencia mejor valorada por los asistentes. Le pidieron que, por favor, les repitiera el núcleo de su intervención porque estaban muy ocupados en otros menesteres organizativos cuando se produjo y se la perdieron. Mi amigo no la había escrito y ellos no la habían grabado.
Me lo contaba riéndose: “¿Querrás creerte que les hablé del mar y de los caballos?” Además de empresario modélico en todos los sentidos, es un gran navegante y posee una cuadra de caballos para enganchar que también utiliza, casi con más empeño, en acciones de hipoterapia con niños disminuidos. “Les hablé de los negros”. Se refería a un tronco de negros lusitanos, marcados por leves luces blancas en la frente y las patas: son un despliegue armónico de fuerza, brío y belleza que no me canso de contemplar cuando voy a su finca.
Se llaman Zezeré y Golegá, son dos caballos enteros: “Algunas personas me dijeron que les había gustado mucho la metáfora del coche de caballos con los caballos enteros, que se pueden pelear, que son más incómodos, pero al respetar su naturaleza, no se asustan nunca y a la larga son más seguros que los castrados. Les conté que eso me obliga a meterme en su cabeza, a tratar de pensar como ellos y anticiparme a sus intenciones”. Me decía también que cuando estaba hablando se “sentía un poco avergonzado, porque en el fondo me parecía que estaba diciendo cosas que no venían al caso”.
Zezeré y Golegá pueden ser enganchados al coche de competición, pero hacerlo resulta una ceremonia complicada, atenta, que no está al alcance de cualquiera. Una vez enganchados, se sincronizan a la perfección y trabajan como uno, pero no pueden pastar juntos ni con otros caballos, porque se enzarzan muy fácilmente hasta con los ponis.
Mi amigo los prefiere porque son mejores y más seguros, aunque dé más trabajo criarlos y dirigirlos. Sobre todo, los prefiere porque le gusta respetar la naturaleza de las cosas, de los animales y de las personas. Castrados serían más dóciles, menos nerviosos, pero él los quiere enteros. Le exigen mucho como cochero, pero insiste en que al final son mucho más seguros, menos falsos.
Me explicó también que, según le dijeron los organizadores de aquel evento, la palabra “coach” proviene, en realidad, del húngaro y que luego pasó al inglés para designar coche y cochero. “Un experto en coaching, me decía, es un cochero. Y un cochero es lo que yo soy”. Por fin le convencieron de que era un hombre adecuado para ese tipo de charlas. Los clásicos hablaban ya del auriga, le dije, para referirse a estas cosas: la prudencia como auriga de las demás virtudes, por ejemplo. A Manu le gustó saberlo.

Supongo que los aurigas de los clásicos también preferirían caballos enteros, intactos, con toda la potencia de su naturaleza animal disponible. Hoy parece que abundan los cocheros que renuncian a la excelencia por la comodidad, por el miedo a volcar, y prefieren los castrados. Prefieren la mediocridad, el criterio voluble y adaptadizo, la energía controlable sin el esfuerzo de convencer, de entender al otro, de ponerse en su pellejo. La metáfora podría aplicarse tan fácilmente a la empresa, la universidad, el mundo asociativo y los gobiernos de las naciones, que me da apuro hacerlo, por obvio. Lo dejo a su imaginación.

Odio político

sábado, diciembre 12th, 2009

Coinciden muchos en que el Gobierno, a falta de respuestas para los problemas que ya tiene —y para otros que aparecen cada semana—, ha decidido crear problemas nuevos para los que ya tiene dispuestas soluciones prefabricadas que, además, ni negocia ni piensa consensuar. En casi todos los casos, salvo el tan manido Estatut, los nuevos problemas se orientan a tocar la moral de la gente, en sentido estricto. Y como consecuencia, generan posturas radicales a ambos lados del espectro. Esto le va bien a Zapatero, dicen, porque distrae de los temas que verdaderamente preocupan a todo el mundo y porque le ayuda a marcar territorio para asegurarse en su electorado de izquierda. Obliga, además, a la reacción de los conservadores que no pueden desatender tales asuntos sin alejarse de sus propias bases, y al hacerlo, marcan también, quieran o no, su propio territorio. Zapatero ha utilizado este procedimiento desde su primera legislatura, pareció abandonarlo poco antes de las elecciones y ahora lo recupera, aumentado, como solución perversa a una crisis económica y social de la que no salimos más que en sus declaraciones.
Se trata de una táctica política vieja y, por tanto, bien conocida, que sus adversarios deberían saber cómo neutralizar. Pero no saben. Así que gastamos unas energías valiosísimas en sacar adelante, por ejemplo, una ley del aborto con un apoyo social bajo y que decrece día a día. Pese a ello, no se busca ni se quiere el consenso. Prefieren gobernar para su gente y no para todos. De ahí que el país se polarice cada día más en extremos irreconciliables que llegan al odio. Al odio político.
En el caso Palomino —el joven apuñalado en el metro por un extremista de derecha— se apreció como agravante «el odio político». De acuerdo, me decía alguien, pero entonces, ¿qué hacer con quienes se dedican a provocarlo o inducirlo?

Como críos

sábado, diciembre 5th, 2009

Me decía alguien el jueves pasado que el núcleo de la corrupción reside en la familia, porque en ella residía a su vez el poder. El problema, según mi interlocutor, radica en que todo ha sido alterado en la familia. Las mujeres, decía, se han puesto a imitar a los hombres, de modo que compiten con nosotros en el único campo en que somos imbatibles por ellas: la imitación. Y pierden, claro. Y los hombres se han puesto a imitar a las mujeres, con lo cual las mujeres pierden otra vez. Pero insistía en que uno de los cambios más profundos y funestos de la familia consiste en que ahora mandan los hijos en vez de los padres.
Esta conversación ocurría en el almuerzo y vino varias veces a mi memoria durante la tarde. A última hora la comenté con otro amigo y se mostró de acuerdo con la tesis inicial: efectivamente, decía, ahora mandan los hijos. Pero, además, desarrolló la idea de un modo sugerente y la aplicó, como en un espejo, a la situación política del país.
Que manden los hijos, me dijo, es la peor de las dictaduras, porque se trata de un poder sin responsabilidad. En efecto, tú les tienes que cuidar, alimentar, y vestir, les tienes que educar, tú tienes que pagar sus juergas y sus caprichos. Pero no mandas. Mucho peor que todo eso incluso: no solo te desvives, pagas y te pliegas a los deseos de quienes, en realidad, dependen de ti, sino que si ellos se desmandan, si cometen cualquier fechoría, serás tú quien responda, nadie irá contra ellos: la multa correrá a cargo de tu patrimonio y la deshonra a cargo de tu fama, del nombre que precisamente tú les has dado.  Se constituye así una tiranía perfecta, porque además, en el caso de la familia, viene remachada por un chantaje amoroso —no meramente sentimental— al que resulta muy difícil sustraerse.
Puede que sea verdad. Quizá la ética del poder público sea un mero reflejo de la ética del poder familiar.

Después de Maine, pelea desesperada (y perdida) en Nueva York (2)

jueves, diciembre 3rd, 2009

Contaba la historia en la entrada del mismo nombre.

Así es: el matrimonio homsexual ha perdido todos los referendos a los que se ha presentado. Volvió a ocurrir en Maine.

La nueva oportunidad está ahora en Nueva York. El senado tiene que aprobar la ley que ya ha pasado por la otra cámara.  Pero  parece difícil, pese a que los demócratas tienen mayoría (32-30). De momento, los partidarios estiman que pueden contar con sólo 25 votos.

Qué raro se me hace todo esto visto desde aquí. Como se me hizo raro lo del sábado.

Y ayer el Senado rechazó la ley por 38 votos contra 24.