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Jueves, junio 19th, 2008No lea el artículo de Lois Blanco en torno a la directiva europea sobre inmigración ilegal, pese a su enorme interés y pese a su brillantez formal.
Paco Sánchez: escritura en la cuerda floja
No lea el artículo de Lois Blanco en torno a la directiva europea sobre inmigración ilegal, pese a su enorme interés y pese a su brillantez formal.
Soy reacio a los memes y, como dice Paco Sancho, a incluir imágenes en el blog (más que nada, por falta de tiempo), pero viniendo de él y de José Luis, tengo que reaccionar. Copio de Paco, porque lo deja clarísimo:
“Estoy en su lista de invitados para extender un meme (que no sé si lo que acabo de escribir es redundancia, extender un meme) que exprese con una imagen lo que más quisiéramos que aprendieran los estudiantes. La cosa está corriendo y es divertida, por lo menos a mí me lo parece. Pero antes de seguir, y por si alguien quiere saber más acerca de la cosa, el mismo José Luis explica aquí muy bien qué es un meme.
Bueno, pues vamos. El meme en el que me enreda tiene tres reglas:
1. Publicar una imagen, licenciada como Creative Commons o propia, que represente aquello sobre lo que más quiséramos que aprendieran los estudiantes, y ponerle un título
2. Titular la entrada como “Meme: Passion Quilt” y enlazar la entrada original
3. Incluir enlaces a 5 colegas de tu red educativa o gente a la que sigas en Twitter/Pownce.
No sigo a ningún colega en Twiter, así que esa parte no la puedo cumplir. En cuanto a lo demás, la foto, lamentablemente, la he hecho yo y con un móvil (doble horror). Me parece que el título no necesita explicación. Pero añado, de todos modos, la primera historia que publiqué sobre el de rojo. El de blanco, qué gran tipo, se llama Pancho:
LA FRONTERA
Tenía que ir a Ferrol para hacer una gestión muy breve. Pensé que sería una buena oportunidad para pasar antes por La Coruña, recoger a mi hermano y llevarlo conmigo: así se despejaría, hablaríamos por el camino, reiríamos… Y eso hice.
Mi hermano José Luis tiene un año menos que yo. No ve mucho y esto, junto con alguna otra insuficiencia, le convirtió desde pequeñísimo en un personaje central, una especie de rey, dentro de la casa y fuera. También tuvo una educación especial y sigue llevando una vida especial, pero habla perfectamente y lee y escribe. Sobre todo, escribe. Es muy listo y concentra todo el poder de su inteligencia en unas pocas cosas que le gustan: seguir los deportes -aunque no puede practicarlos, lo sabe todo sobre fútbol y baloncesto-, escuchar música latina, y escribir, con una letra casi ilegible por lo apretada, larguísimos guiones de telenovelas, para los que me pide documentación de vez en cuando.
-Oye, intelectual (a veces me llama así, otras veces me llama grajo, porque hubo una época en la que le dio por los refranes y yo le enseñé uno triplemente rimado que le hacía mucha gracia: “Cuando el grajo vuela bajo hace un frío del carajo”). Oye, intelectual, ¿tú no sabrás quién era el ministro de Interior en 1960?
-No había. Se llamaba de Gobernación.
-¿Y quién era?
-Pues no sé, no me acuerdo.
-¿No puedes mirármelo por ahí? Es que lo necesito para un guión que estoy escribiendo sobre…
En su cuarto se apilan cientos de cuadernos, garrapateados incluso hasta en los cantos, que mi madre no puede -él no le deja- tirar. Antes de que naciera mi sobrino, a José Luis le gustaba mucho pasear conmigo por la ciudad y contarme lo ocurrido durante mis largas ausencias. También aprovechaba para que le presentara a algún locutor de las radios locales que él quería conocer. Y terminábamos casi siempre tomándonos unos bocadillos de calamares y jugando dos o tres partidas en una máquina tragaperras. Esta vez el viaje no incluía paseo, pero podríamos hablar todo lo que nos diera la gana en el coche.
Era por la tarde y había mucha luz a pesar de las nubes, y esto hacía que el aire adquiriese una cualidad más sólida sin perder transparencia. Una textura extraña que a lo mejor sólo está en mi memoria y que, como tantas otras cosas, no sé describir. Camino de Ferrol, o quizá ya de vuelta, además de hablar, jugamos. Jugamos a retransmitir un partido de fútbol para una supuesta emisora de radio. Entonces me hizo algo, no recuerdo bien qué. Alguna broma, supongo. Se rió. Yo también me reí mucho y, ya en los últimos estertores de la última carcajada, le dije:
-Pero, vamos a ver, ¿qué puedo hacer yo con un hermano como éste?
Aproveché una curva a la derecha para verle la cara, y él, que aún estaba riéndose, se puso muy serio de repente. Dejó de manipular los mandos de la radio, se irguió sobre el asiento, miró hacia la carretera o quizá hacia ninguna parte -con esos ojos suyos siempre inquietos, nunca se sabe- y dijo a media voz:
-Quererle mucho.
(Marzo de 1997)
Leopoldo Abadía, Mi suegro y el comunista: divertido y aleccionador.
S. McCoy: China, ¿crecimiento sobre pilares de barro?. Leerlo con aprovechamiento -usando los enlaces- lleva algún tiempo, pero vale la pena.
Pues, según parece, depende…
Gracias a El canódromo (muchas), Tan_gente, El guijarro blanco, Dos locos con suerte, Compostela (muchas), La Huella Digital (muchas), El rincón de Pacotto (procuraré contestar pronto a tu meme), Farrapos de Gaita,
Conviene mucho leerse el último libro, recientemente publicado, de Víctor Pérez-Diaz. Se titula El malestar de la democracia y lo edita Crítica.
Puede ayudar a digerir la deliciosa bronca que se ha montado en la entrada anterior sobre el efecto jauría. Copio un párrafo (que no es, ni mucho menos, el más interesante):
“Pero una sociedad así, en cierto modo tan libre en la búsqueda de la satisfacción de los deseos, da lugar, antes o después, a una nueva forma, que Platón llama democracia. En esta democracia platónica (desordenada) hay una máxima libertad para que cada cual siga el curso que le marcan sus inclinaciones; pero el resultado es una tensión social continua entre ricos y pobres, que usan los agitadores políticos para su medro. De aquí la creación de una situación endémica de inestabilidad y encono” (p. 88).
Acabo de escuchar a unas personas lamentarse de lo arriesgado que resulta decir la verdad en público. Puedes, con prudencia, comentar alguna cosa en ámbitos privados, de modo que no se difunda. Quien osa decir la verdad, si no parece simpática, fácil y por supuesto gratuita, pierde las elecciones si es político, la cátedra si es profesor y el buen nombre y la fama en cualquier caso. Porque en cuanto alguien se atreve a formular en voz alta una verdad incómoda se produce lo que uno de los contertulios llamó «el efecto jauría»: será devorado por los perros, le atacarán por papel, web y aire, tendrá que vivir el resto de sus días como un apestado, fuera de los confines de la vida social.
De este peligro ya nos advirtió Alexis de Tocqueville hace un siglo. O Chesterton más tarde, cuando dijo que llegaría un momento terrible en que la verdad sería tenida como error, algo de una malignidad diabólica, infinitamente más perverso que su contrario: que el error sea tenido como verdad. Puede parecer que ambas frases significan lo mismo, pero no. Cabe confundir un burro con un caballo, pero decir que el caballo debería ser un burro y que, de hecho, lo es, le pese a quien le pese, incluida la realidad misma, daría la razón a Chesterton: implicaría llamarle error a la verdad.
Desgraciadamente, los ejemplos se multiplican. Podemos hablar de temas científicos —embriones híbridos, células madre—, políticos —crisis económica—, deportivos —la deuda incomprensible de los clubes de fútbol—, sociales —el aborto entendido como conquista— y un sinfín de otros asuntos que componen una sinfonía del horror. No sólo por la fealdad intelectual del dislate, sino también por ese otro pánico que produce la jauría complacida y opulenta cuando ve peligrar la pitanza. Peor será cuando se acabe la buena vida, empiecen a sentir hambre y mala suerte, y a devorarse entre ellos. ¿Ellos?
No sabía que hubiera mujeres entre los pilotos de caza y ataque del ejército del aire. Por eso ayer, cuando leí la noticia de que la alférez Rocío González había obtenido el número uno de su promoción, me sorprendí doblemente.
Lo primero que se me ocurrió fue lo mucho que presumiría en el colegio un hijo suyo: “Pues mi madre es piloto de caza, la número uno”.
Pero luego me dije, ¿y por qué he pensado en un hijo y no en una hija?
Si Fernández de la Vega diciendo en el Congreso, contra toda evidencia, que el Gobierno está “garantizando el abastecimiento”, si Zapatero en el Senado negándose a reconocer la crisis económica o si el debate sobre la conveniencia de sacar a la calle el primer día de huelga a los antidisturbios, escuchado anoche a unos tertulianos: según alguno, sacarlos el primer día resultaría impopular y, sin embargo ahora, la opinión pública ya está contra la huelga y esa medida no puede volverse contra el gobierno.
Puede que algunos gobiernen así, con tan lamentables criterios en los que el bien común está ausente, pero que los periodistas lo justifiquemos… me espanta
Copio de eCuaderno: “”El Informe sobre la concentración y el pluralismo de los medios de comunicación en la Unión Europea (2007/2253(INI)-PDF) adoptado el 3 de junio por la Comisión de Cultura y Educación recomienda al Parlamento Europeo que inste al “etiquetado voluntario” de los weblogs”.
Es preferible leer el resto allí. A las reacciones en la blogosfera que lista José Luis añado la de Compostela.
Dos más: Internet política e Im-pulso
La UE lo aprobó anoche, pero confío en que el Parlamento Europeo termine tumbando la directiva: los trabajadores podrán negociar individualmente jornadas semanales de hasta un máximo de 60 horas, 65 en el caso de los médicos.
De aplicarse esta medida -y ya sabe que todas las normas de mínimos terminan convirtiéndose en máximos, y todas las de máximos en mínimos-, o trabajamos doce horas diarias o volveremos a ocupar el sábado, justo en el momento en que más se habla de conciliación de la vida laboral con la familiar.
Trabajar doce horas, sin incluir desplazamientos y comidas, supone borrar la existencia familiar de una persona. Pero, además, dudo de la eficacia real de jornadas de ese tamaño.
Supongo que tiene algo de sentido, no mucho, en el caso de directivos. Pero la noticia me ha caído encima como un saco de arena: ¿tendrá que volver a inventar fiestas la Iglesia, como hizo en el pasado, para aliviar a los trabajadores de una actividad esclava?
Lo peor es que, de hecho, se está aplicando desde hace tiempo en diversos ámbitos. Lo conté hace unos meses con la excusa de un viaje a Brasil.
Decían los listos que caminábamos hacia una sociedad del ocio…
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