El cuento de nunca acabar
En un lugar de Galicia, de cuyo nombre prefiero olvidarme, no hace mucho tiempo que vivían 4.338 votantes (y más de 5.000 habitantes). Eran muy felices ajenos a lo que su infame regidor les hacía. Y a nadie parecía importarle.
El consistorio le debía una pasta gansa a los banqueros (pongamos que le debe un millón de euros) y en apariencia no se había invertido ni un solo céntimo de los créditos que habían solicitado.
El pueblo carecía de saneamiento público y la gente tenía fosas sépticas en sus jardines. Sin darle importancia, todos plantaban ricas verduras y árboles frutales que se alimentaban de las sucias aguas subterráneas. No tenían aceras y los ancianos paseaban pegados a la carretera, pudiendo pasar lo peor. Los niños no podían ir a la capital porque no tenían «coche de línea». Tan solo tres autobuses hacían un trayecto infernal por pistas que podrían considerarse de una sola dirección. Tenían parajes maravillosos, creados con mucha ilusión para que acudieran visitantes (y así fomentar el turismo), pero la maleza y el vandalismo invadió esos escondites paradisíacos.
Sin embargo, todo esto al alcalde no le importaba. Él contentaba a su pueblo con piscinas descubiertas (que por el clima de Galicia todos sabemos que son muy útiles los cuatro días de sol que tenemos) y les conseguía trabajo a todos sus amigotes, incluyendo a su hijo (como socorrista de la piscina, claro). El regidor prometía proyectos que darían un futuro estupendo al municipio, pero eran papel mojado. No importaba. La deuda seguía engrosando y el pueblo quedaba abandonado.
Un buen día llegó la época electoral. ¡Ay, amigo! Corrió veloz el alcalde a los medios de comunicación a decir que tenía muchos proyectos y que el pueblo – de cuyo nombre sigo sin acordarme, pero pueden ponérselo ustedes – estaba a la altura de los tiempos.
Los habitantes seguían anestesiados. O más bien desganados. A poco más de un mes para las elecciones, nadie le echaba en cara que un pueblo de 5.000 habitantes no puede tener una deuda de un millón de euros. Que en estos tiempos se necesita un alcantarillado y una depuradora. Que las aceras existen y sirven para que no nos atropellen. Que las piscinas descubiertas señores, pueden ser cubiertas también y aprovecharlas en invierno para dar cursos de natación a los niños. Que los proyectos hay que llevarlos a cabo y que cuando se quiere fomentar el turismo, hay que cuidar las cosas.
Solo lo hacía la oposición. Y con voz bajita. Porque no vaya a ser que, cuando lleguen ellos al poder (si llegan) los bancos se sigan haciendo más ricos y los problemas en el pueblo sigan sin solucionarse.
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