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Batman no vendrá

Escrito por Vítor Mejuto
11 de septiembre de 2011 a las 0:46h

Diez años después, Gotham aún se lame las heridas. El caballero oscuro contempló impávido el desmoronamiento de un imperio y ahora, diez años más viejo, conserva sus cicatrices. Cada una de ellas corresponde al doloroso dibujo de una onomatopeya. Gerónimo, el villano que no se merecía, fue abatido sin épica. Sin imágenes. Sin tele. En una clandestinidad que acabó por hurtarle grandeza a la gran epopeya de este siglo. Cuando un héroe no tiene un buen antagonista entonces no está completo. Los equilibrios telúricos necesitan de esa simetría. Pero la vileza de Gerónimo era seca, irracional, íntegra. Su locura no generaba empatía al modo en que lo hacen los entrañables malos de la serie B. Un profesor chiflado; un científico bienintencionado que traspasa la línea; un fantasma enamorado con un retrato arrasado por el ácido. El propio Banderas, ganado para la maldad por Almodovar, desmarcándose de su eterno papel de latino intrascendente. En cambio, Gerónimo no tenía ningún sentido del espectáculo. Esto es paradójico, porque fue responsable de las imágenes más estremecedoras de la historia de la humanidad. La catástrofe más televisiva. Adrenalina en vena para la depredadora lujuria de un productor en prime- time. Lo más visto de lo más visto.
Batman hace tiempo que ha abandonado la lucha armada. Ya no le pasa la ITV al batmóvil y hace años que no recibe carta de Robin. Siempre hubo sospechas de que había algo romántico entre ellos. Robin está casado, retomó su condición de opositor y es registrador de la propiedad. Ahora defiende la propiedad ajena detrás de un pesado escritorio de caoba. Su único enemigo es la alopecia. Batman tuvo que enterrar a su fiel mayordomo y vive solo, sin servidumbre, en la última mansión que le queda. Sus negocios ya no van bien porque uno de sus asesores le aconsejó invertir en las subprime. Ni siquiera es capaz de ceñirse el traje. Está un pelín fondón. Su abandono deriva de que ya no entiende el mundo. Ya no sabe quiénes son los buenos y quiénes son los malos. Él también es un cándido producto de la guerra fría. Siente la misma nostalgia que un agente de la CIA releyendo a Grahan Greene. Los focos bañan la oscuridad gótica de la zona cero. Batman se hace un ovillo debajo del bat-edredón. Suspira. Al murciélago no le sienta bien la jubilación

Servidumbre de paso

Escrito por Vítor Mejuto
10 de septiembre de 2011 a las 9:26h

Texto publicado en el suplemento Culturas sobre Un disparo de advertencia, una intervención artística en las calles de Lalín. En la foto de arriba Misha Bies Golas amartilla una pistola de silicona momentos antes de apropiarse de la pieza. En la foto de abajo la obra momentos después de ser alumbrada. Ambas fotos son de David Silva.

Siete artistas solventes; un comisario con seis balas en el tambor y una en la recámara (Alain Urrutia mandó una obra desde Pekín); un pueblo en la periferia de la periferia; un cierto estupor vecinal y un presupuesto heroico: ni un duro. Este es el menú de Un disparo de advertencia.
No hay dinero. Es el mantra con el que los gestores culturales públicos te reciben en los despachos. Ya están pensando en hacerse camisetas con el lema. Podría ser peor. Podría no haber ideas; ni autocrítica. Pero no es el caso. Ángel Calvo Ulloa no tuvo dinero para su proyecto, pero no le faltó munición. Sus siete francotiradores desembarcaron con nocturnidad en Lalín y el pueblo les dio todo lo que necesitaban. Y me refiero al pueblo como entidad urbana, como ámbito expositivo, como herramienta. Calvo Ulloa ejerce un comisariado muy activo. No se limita a seleccionar artistas; acompaña al artista en el nacimiento de la obra y en algunas roza la coautoría. Los artistas corresponden con generosidad y ponen a salvo su trabajo de la falta de medios y del poco tiempo del que dispusieron. No es una exposición al uso. No se trata de una actividad contemplativa ni performativa. En medio de una tormenta cruel es el momento de hacer cosas por la pura determinación de hacerlas. Pensar, actuar y debatir. Sin envoltorio institucional. También sin sus pesados lastres.
Hubo un tiempo en el que el dinero público (que es de curso legal como el de tu cartera, pero su valor es distinto y su levedad mayor) corría a raudales. Se musealizaba todo. Las fundaciones y patronatos crecían. Políticos de profesión encontraban acomodo en organismos que controlan museos con siglas de alegre cacofonía. En las inauguraciones, tres presidentes de tres instituciones solapadas adormecían al público con sus discursos. Las biografías de los próceres de la cultura se estampaban en carísimos paneles de un solo uso. Debe de haber un gran almacén en alguna parte, parecido a aquel en el que duerme el arca perdida, donde han ido a parar todos esos paneles y todas esas vitrinas. Como un cementerio de elefantes. Si desglosabas la minuta de una exposición, los números eran alocados: un catering postinero y minimalista, en el que ni siquiera abundaba el jamón, facturaba más que el artista. Alguien debió de pensar que el artista ya cobraba con el prurito de exponer; que ya cobraba en vanidad. En el arte no hay clase media. Al sistema le bastan, cíclicamente, unos cuantos artistas jóvenes para demostrar su infalible olfato descubridor y unos cuantos consagrados a los que agasajar. A los demás los espera el limbo y facturas que pagar. De todo esto trató un animado e hilarante debate moderado por Mónica Maneiro.
Mientras, las obras se hacían fuertes en la calle, que es un rico magma. Hay obras que ya están. Solo hay que señalarlas. Misha Bies Golas lo hizo en un divertido ejercicio de apropiacionismo, valiéndose del clásico código de la provocación dadaísta. Señaló como obra propia un mojón de hormigón ubicado en la diagonal sobre un pequeño parterre de una plaza. Sobre el mojón, que ya existía, iban a colocar algo en su día. Nadie sabe qué. A lo mejor una placa, otra de las chucherías favoritas de lo institucional. Pero su abandono genera otra cosa. Bies Golas se la queda y además la firma. Luego la dona al pueblo. El Concello, la maquinaria burocrática responsable de la cosa, observa atónito el extraño suceso. Deliberan.
Más abandono en un callejón entre dos edificios. Una servidumbre de paso. Una corredoira que es tierra de nadie. Amaya González coloca sobre el enorme zurcido urbano una alfombra roja que habla de lujo en el empobrecido mundo del patio interior. También el abandono y el detrito le sirven a Miren Doiz, que ordena los juguetes rotos en un insospechado basurero oculto en las entrañas de un edificio.
Cuando paseas por Lalín, el pueblo muestra orgulloso sus heridas. Un cine abandonado, que Urrutia empapela con papel de arroz y su dramático trazo de tinta china. Una pieza a molde perdido que acabará tapiada por futuras pegadas de carteles. Su desaparición será documentada con fotos. Una casa en ruinas redimida por un baño de la pintura dorada de Carlos Maciá. Una desbaratada ventana, entre las enredaderas de un edificio abandonado, para que Perianes, valiéndose de un foco, demuestre que hay alguien en casa. Un local vacío en unas galerías comerciales. Por la frialdad de su carpintería de aluminio, podría ser la celda de un psicópata, pero Álvaro Negro lo utiliza como escenografía para su vídeo. Más agradable que los cortinajes negros tras los que se despachan los vídeos en el museo, intimidando al espectador.
Los artistas pasaron por Lalín reivindicando su propia servidumbre de paso. Una pequeña rendija por la que poder colarse y conseguir dignidad para su trabajo. Su mensaje sonó alto y claro. No hubo balas perdidas.

Melancolía calixtina

Escrito por Vítor Mejuto
4 de septiembre de 2011 a las 1:49h

Bajo una fina lluvia que tamiza la luz, el deán pasea silenciosamente su silueta valleinclanesca. A su lado hay una paloma. Como no lleva una rama de olivo en el pico ni un mensaje atado a la pata, supongo que va de paisano. Paseando acompasadamente al lado del deán. Como dos colegas. Una extraña pareja. Muy franciscana. Con la mano derecha el deán se sube la sotana. Parece una joven vocación jugando al balompié en el patio del seminario. Con la mano izquierda lleva una bolsa de plástico que no contiene precisamente un incunable: parece un periódico o una revista. Como es costumbre en el ramo, su mano izquierda no sabe lo que hace su mano derecha. Pero las yemas de sus dedos, que han tocado las páginas más egregias del medievo, también se entintan con papel prensa. Seguro que, desde que vio el Nombre de la Rosa, ya no las humedece con la lengua para pasar las páginas. Ya hace casi dos meses de lo del Calixtino. Mientras caen los imperios y la nueva religión tecnológica redacta sus mandamientos binarios, todo el mundo clama por el rescate de un libro. Hay en ello una cierta esperanza. Las últimas hipótesis apuntaban a que el códice no habría abandonado la catedral. A ver si va a ser un juego de rol. Sotanas y mazmorras o algo por el estilo. El deán carga con todas estas dudas en clave de melancolía. La imagen posee esa cualidad que hace que una foto sobreviva a tanta sobreexposición, a tanto amateurismo y a tanto hartazgo visual. Posee atemporalidad. Podría ser Ruth Matilda Anderson de paseo por Compostela. Pero es Paco Rodríguez sacudiéndose la rutina. Parafraseando libremente a John Lennon, la fotografía de prensa es lo que pasa mientras piensas en las fotos que harás en el curso de tus viajes solidarios, o en ganar un concurso de lema grandilocuente y bolsa exigua. Me gusta más una foto convertida en recorte de prensa que la misma foto en una exposición de fotógrafos para fotógrafos. No se puede recortar un PDF de la encerada superficie de un ordenador, aunque esté más enriquecido que el avecrem. Nunca acabará amarilleando dentro de una carpeta. Nunca será un objeto y lo que es más importante: nunca será un recuerdo. A veces olvidamos que una rotativa es el tórculo más poderoso que existe. Nadie es capaz de hacer tanta obra seriada. Visitar una rotativa es renovar tus votos. El olor a tinta enardece. Y ya pronto no habrá nada más romántico que el papel prensa.

Resistencia

Escrito por Vítor Mejuto
3 de septiembre de 2011 a las 0:00h

Texto publicado en suplemento Culturas sobre el certamen de grafiti y muralismo DESORDES CREATIVAS

Al sistema le gustan las anomalías. Le gusta ver cómo crecen las propuestas alternativas. Cuando están maduras, la maquinaria museística las engulle sin contemplaciones. Un artista puede mantener su independencia como una apuesta vital, pero ciertas rebeldías pueden resultar estériles si las necesidades de producción no están cubiertas. Cuando un creador progresa suele anteponer lo que su obra necesita al buen rollo. Al final, el arte que niega el museo acaba en el museo; y los clásicos de la cultura underground como Basquiat o Keith Haring son eso: clásicos. Tan académicos como un desnudo de Ingres.
El arte urbano (street art o posgrafiti) es como la aldea gala. Resiste con gallardía las acometidas de lo institucional. El anonimato y la generosidad son dos de sus cualidades. Y lo efímero. Una medianera que antes era la grosera epidermis de nuestro fracaso urbanístico ahora es una viñeta. Pero no goza de la menor protección. Una resolución de una junta de vecinos, debatida en el parlamento del descansillo, puede cubrir de uralita una obra de arte. Por eso el arte urbano es generoso, porque el ego del autor se diluye en los crueles ritmos de la ciudad. Parado en un semáforo en Caldas puedes disfrutar de una obra de Liqen (artista de Vigo que ahora reside en México, siguiendo el rastro de su rica tradición muralista) pintada sobre una pared de ladrillo sin revocar. Para muchos pasará desapercibida como un discreto edificio racionalista entre el ruido que genera tanta arquitectura fantasiosa y tanto estilo internacional mal entendido; para otros será directamente vandalismo. De hecho muchos murales se realizan de forma clandestina. El norteamericano Shepard Fairey, ya saben, el del retratito de Obama, puede ser fotografiado en su propia exposición retrospectiva sobre las sacrosantas paredes de un museo de arte contemporáneo y la misma semana por la policía, tras ser detenido por prácticas de vandalismo sobre los sucios muros de un barrio residencial. Esta calculada paradoja también forma parte de su trabajo.
Detrás de la mayoría de estos trabajos hay un artista con suficientes recursos estilísticos y una rica formación. La gamberra ironía de Pelucas, artista presente en los muros de Ordes, no está muy lejos de las delirantes pinturas de Philip Guston, que estaba hasta el moño del expresionismo abstracto —que muchos de sus compañeros vivían como un sacerdocio— y se dio cuenta de que le divertía mucho más trastear con las imágenes del tebeo y los iconos de la cultura de masas.
Cuando estaba fotografiando el impresionante mural de Liqen en Ordes, un señor mayor se me acercó para decirme, con maneras de cicerone: «¿Sabe vostede qué é iso? Ozono, o buraco de ozono. Son bos estes grafiteiros. Levoulles tres días: todo a pulso». Es posible que fuera un consumidor habitual de arte moderno que, camino del CGAC, tuvo a bien pararse conmigo para defender el mural como si fuese algo suyo. O puede que simplemente la buena pintura se abra paso.

Bambi desubicado

Escrito por Vítor Mejuto
27 de agosto de 2011 a las 22:53h

Hubo un tiempo en que Gadafi era amiguito del alma o, dicho de un modo más coloquial y fallero, se dejaba querer un huevo por algunos líderes europeos. Dejaban que instalase su jaima en versallescos jardines de la vieja Europa; mientras mantuviera ordenado su propio jardín, donde crecen flores fósiles, que una vez destiladas moverán los motores y los mercados. Rodeado de su guardia amazónica, un insólito harem militarizado que son sus propios Ángeles de Charlie, su acartonado cutis competía en maquillaje con el de Berlusconi en la cumbre del G-8 en L’aquila. Hoy el extravagante dictador ya no es un grato compañero de juegos y está haciendo el clásico viaje, que ya recorrieron otros caudillos, de cancerbero de Occidente a proscrito de Oriente. Gadafi pertenece a esa casta, poco poblada, que podríamos llamar pijerío musulmán. Estos prohombres visten trajes de seda italiana o tradicionales chilabas según tengan que mostrar su refinada educación colonial, obtenida bajo el birrete de las mejores universidades, o su indomable nacionalismo árabe; o como le gustaba últimamente a Gadafi: su panafricanismo. Sus mansiones comparten con los pazos de los narcos arousanos, violentados con oropel y hormigón, el mismo gusto por la hipérbole decorativa. Sus descendientes presentan afinidades biográficas con Michael Corleone, el hijo listo y culto que quiso redimir a la familia y blanquear su apellido al mismo tiempo que sus negocios. Para acabar convirtiéndose en su propio padre, en un  vencido Rey Lear. Con Coppola y Shakespeare nos sobra pra explicar el mundo.
Así las cosas, una gacela asoma en las ruinas de uno de los complejos residenciales de Gadafi. Después de tanta foto de rebelde libio descerrajando sus subfusiles al cielo de Trípoli, esta singular imagen es puro oxígeno gráfico. Gadafi también fue en su día un rebelde libio. Pero para desactivar a un rebelde no hace falta un trono; basta un escaño, o si me apuran, una concejalía. La gacela, desubicada, podría haber escapado de un sórdido Neverland lleno de animales exóticos para deleite del dictador o de un arca en ruinas a la espera de un diluvio que está a punto de caer. Inmediatamente aparece la imagen de Bambi que vuelve desde nuestra infancia. Después de resolver su enigma de género (al parecer Bambi era un chico, según un montón de gente en un montón de foros; la Red es un parlamento peregrino) aparece desde nuestro cruel presente la imagen de otro estadista en caída libre. A Zapatero, otro personaje al borde del diluvio, también le llamaban Bambi. Ahora le llaman de todo.

Un último golpe y me retiro

Escrito por Vítor Mejuto
21 de agosto de 2011 a las 11:18h

En el rural se escribe mucha crónica negra. También crónica rosa. Pero no de esa que alimenta las fangosas tertulias de sobremesa y convierte en cenicienta a una Pigmalion dueña de una fonética imposible de desbravar, sino la que mana de la sonrosada tez de un cerdo. El suceso conmocionó a la parroquia de Larín en Arteixo. Un falaz robo. O a lo mejor fue un rapto; aunque no hay constancia de ninguna grabación, con voz distorsionada, en la que se amenaza a las víctimas con ser reducidas prematuramente a salami si no se satisface el rescate. No, todo apunta a otra peripecia colateral de la crisis, principio y fin de todo. Pura necesidad. Como aquella triste picaresca de la primera Gran Depresión. En todo caso, seis de las doce cerditas robadas (madres reproductoras de corta edad, de cuyos vientres brotarán en un futuro inocentes cochinillos) aparecieron más tarde en un pequeño coche abandonado, sustraído de la propia granja. La foto, de Juan Ventura Lado, recoge el dramático momento de su rescate, al borde de la asfixia, después de horas hacinadas en el maletero. Las cerditas dejan tras de sí su familiar e intensa peste y un montón de preguntas flotando en esa misma peste. Penetremos en la astuta mente criminal que diseñó el atraco. Un último golpe y me retiro, debió pensar el hampón al asomarse al cuerno de la abundancia. Supongamos que la granja no tuviera alarma. Si las cerdas son tan ruidosas cuando las secuestran como cuando son pasadas a cuchillo en el atávico ritual de la matanza, entonces alguien tuvo que oírlas. Lo que nos deja una sobrecogedora certeza: las cerdas conocían a sus captores. Probablemente alguien de dentro, como en el Calixtino. No sería nada difícil untar a un cómplice. Unto es lo que sobra.
La casuística sobre el hurto porcino es extensa y está profusamente documentada. Está el caso de la señora de Petín a la que le robaron la matanza cuando aún pendía de la viga. Se llevaron todo.
Menos las cacholas. Para esto hay dos posibles hipótesis. La primera es que el ladrón dejó como firma sus preferencias gastronómicas. La segunda, mi favorita, desvela la deslumbrante personalidad de un psicópata. El hombre sería capaz de afanar todo lo que el cerdo, el donante de órganos más generoso y desinteresado que existe, nos ofrece: jamones, lacones, paletillas, tocinos y  casquería para llenar un ciclo de cine gore. Pero no podría aguantarle la mirada a un gorrino.
Entre los dos casos, el de Petín y el de Arteixo, hay una sutil diferencia: no es lo mismo robar jamón que robar la promesa de un jamón. Por eso seis de las cerditas, a las que habría que cebar pacientemente para cobrarse el botín, ya están en casa. Debe resultar difícil pulir mercancía robada para engorde. No sabemos si recibirán tratamiento psicológico. El estrés podría afectar a sus codiciadas entretelas. Y nadie quiere que el pernil sufra.

Manual para moverse en las fronteras del arte

Escrito por Vítor Mejuto
20 de agosto de 2011 a las 15:20h

Crítica publicada en el suplemento Culturas sobre la exposición EL ESPACIO INTERMEDIO  que se puede ver en el MACUF de A Coruña hasta el 20 de Octubre

Hay jóvenes artistas, cuyos apellidos ya no acaban en -eiro y cuyas biografías se escriben fuera de nuestro país, que bromean cuando hablan de esta o aquella anécdota, de esta o aquella situación, diciendo: «Esto es una pieza». A ellos el arte les ocurre. Les aburren las tertulias sobre la muerte y la resurrección de la pintura y no están dispuestos a ceñirse para siempre el severo y ascético hábito conceptual. Tienen sentido del humor y un desordenado pero fecundo trastero audiovisual. Ocupan los intersticios que hay entre las diferentes disciplinas y al hilván de esas costuras recorren territorios nuevos. O los territorios de siempre revisitados. Es de lo que va esta exposición. De artistas avisados y de un público que denuncia su desamparo. Y de que, a pesar de este lamentable desencuentro, el artista no debería disculparse (por mucho que se viertan sobre él toneladas de desconfianza) por un discurso demasiado intelectualizado; ni el espectador obsesionarse con entenderlo todo en una primera lectura, a toda prisa, como en la tele. Debe haber un punto de encuentro. No hay objeción a que ese encuentro se despache en el espacio intermedio.
Naturalmente, también hay chapones del arte contemporáneo, capaces de aprehender información el día después de graduarse en Bellas Artes y devolverla reciclada. Basta un breve paseo en góndola por una bienal de arte para animarse, a la vuelta, a presentar una obra resultona. Pero inerte. A estos artistas el crítico Fernando Castro Flórez, presente en la exposición con un vídeo de una conferencia ofrecida de forma performativa en la inauguración, les dedica unas palabritas.
No es el caso del gallego Rubén Ramos Balsa (Compostela, 1978) que ofrece un trabajo de lectura coherente y razonada. Para Ramos Balsa, un folio es la inapelable cara de un paralelepípedo. Una pieza para que Richard Meier pueda levantar una fachada. Ese mismo folio arrugado ya es pura demencia poliédrica, la pesadilla de un papirofléxico. La misma materia sirve a distintos fines y Ramos Balsa observa y documenta. Pero su paseo entre las disciplinas es respetuoso. Trata la fotografía como se debe. La luz es un eficaz colaborador para sus imágenes y hay en ellas una frontalidad abismal cercana a Candida Höfer. La fotografía es capaz de parar el tiempo y fijar el espacio, pero Ramos Balsa demuestra que ambos conceptos, tiempo y espacio, son blandos y permeables. Los límites de la percepción, la repetición y la simetría son sus juguetes favoritos. Una microcámara interpela al borde de un vaso de agua, a su lado una radio estropeada emite un rumor atmosférico; en la sala contigua se proyecta el resultado en una pantalla y entonces el borde del vaso es una bahía y el rumor es el viento que agita las velas. De nuevo se cuestionan los límites de la percepción. Mientras, los chapones se apresuran a releer en vano a Rudolf Arnheim.
Hacer arte político y social es delicado. Se corre el peligro de convertirse en un santurrón muralista o, lo que es peor, moralista. Rogelio López Cuenca lo resuelve con una sucesión freudiana de fundidos de imágenes obtenidas del convulso banco de imágenes que brotan de una rotativa. Las imágenes actúan como estímulos eléctricos que activan cosas distintas en cada espectador. No se toma partido. Hay humor.
La obra en colaboración de Ghada Amer y Reza Farkhondeh, pintada a cuatro manos, propone un enigma de género: se suponía que el porno era para hombres y que las mujeres reunían ramilletes de flores en el campo. Pero es Ghada Amer la que pinta rotundos desnudos de trazo claro, como si Luis Seoane dibujase al dictado de Milo Manara; y es Farkhondeh el que interviene en los desnudos con motivos florares, turbadores a la manera de Mapplethorpe, constituyéndose paradójicamente en el elemento provocador y más gamberro de la obra.
Shirin Neshat, artista iraní afincada en EE. UU., transita por la enorme falla que separa Oriente de Occidente. El papel de la mujer, históricamente varada en espacios intermedios, ocupa su quehacer. Mucho más elocuente cuando adopta el lenguaje cinematográfico que cuando estampa caligrafías de poetas iraníes prohibidas en rostros de mujeres. Ser feminista en el islam debe de ser igual de cómodo como lo fue ser comunista durante el macarthismo. Pero resulta más incisiva cuando utiliza su propia narración visual que cuando se apropia de versos ajenos. No basta con que las imágenes sirvan a una causa justa, las imágenes tienen que procurarse su propio sustento. La propaganda acecha.
Douglas Gordon cierra el quinteto. Un sencillo ejercicio de mail art fue el detonante. Gordon mandó dos cartas el mismo día, desde Oporto y Nueva York a David Barro, que, junto a Mónica Maneiro, comisaría la exposición. Las cartas llegaron con una semana de diferencia. Los carteros, sin saberlo, participaban de la pieza. Las cartas decían «estoy más cerca de lo que piensas» desde Nueva York y «estás más cerca de lo que crees» desde Oporto. De nuevo el tiempo y el espacio. Un lema lo bastante claro para crear confusión o el mensaje que, dentro de una botella, cruza un océano de incomprensión para llegar al público. A David Barro el arte también le ocurre.

¿Está el mercado? Que se ponga

Escrito por Vítor Mejuto
13 de agosto de 2011 a las 21:48h

Se me ocurren dos candidatos para armar un relato a partir del atribulado personaje de la foto. El primero es el escritor y periodista Tom Wolfe, pirómano de las vanidades. El segundo es Gila, inmortal gamberro del surrealismo.
Gila comienza su relato poniéndose un mandilón como el que llevan los brokers, parecido al que lucen los tratantes de ganado de Arzúa, solo que lleva bordados patrióticos y desprende un hedor diferente; el dinero fácil no transpira, pero también apesta. Coge el teléfono: «¿Está Obama?». Le da sus calificaciones. Son bajas, como las del chamaquito enamorado de la niña de la mochila azul. Parece ser que Obama tiene que devolver firmado el boletín con las notas. Firmado por los republicanos. No vale falsificar la firma de papá, como en el cole. A continuación llama a Bernanke a la Reserva Federal para pedir más papel moneda; que en la última remesa de dólares George Washington salía medio dormido y con el pelucón ladeado, desperezándose de la siesta. Además, si hay una máquina que hace dinero, que alguien le dé a la manivela y ancha es Castilla. Por último llama a Trichet para comprar deuda. Le pregunta que, puesto que él paga, por qué no puede comprar beneficios en lugar de deudas. Trichet se toquetea nervioso los gemelos de oro. Y resopla.
Por su parte Tom Wolfe trazaría su clásico retrato del WASP (acrónimo para los norteamericanos blancos, anglosajones y protestantes) encarnado en el hombre que está al otro lado del teléfono, recibiendo las aterradoras noticias de su secuaz en el parqué. Nuestro hombre, siempre según la sardónica y conservadora retina de Wolfe, es un tipo de origen humilde. Pero bien casado. Su cara lampiña sonríe en una orla de finales de los noventa del glorioso campus de Georgetown; por unos pocos años no llegó a tiempo a las amexicanadas clases magistrales de Aznar. Gracias a un soplo de su familia política dio el pelotazo en Wall Street. Con la pasta de la travesura levantó un dúplex en Park Avenue y una mansión de verano en los Hamptons. Pero no es suficiente. Nunca lo es. Ahora le apetece una tercera residencia bañada por las europeas y exclusivas aguas del lago Como. Cegado de codicia, no duda en correr riesgos. Su voz tiembla al teléfono, que a su vez tiembla en manos del corredor. También podemos llamarle crupier, aunque en este casino la banca no siempre gana. Pero nunca pierde. La mujer del gran hombre es sofisticada, su rutina son historias de Filadelfia. Lo sabe todo de todas las grandes familias y acude a suntuosas fiestas. Cuando su marido se arruine, pedirá el divorcio; ella estaba casada con su estatus. Tiene una galería de arte; como su marido se dedica a comprar y vender abstracción.

Hockney y el octavo pasajero

Escrito por Vítor Mejuto
7 de agosto de 2011 a las 11:59h

En una piscina también chapotea el arte. Brian Ferry se paseaba por su borde con un esmoking blanco y lo hacía, prácticamente, caminando sobre las aguas. El pintor David Hockney, otro apóstol del dandismo, usó la piscina como motivo para una serie. Tan a gusto estaba que pronto se desmarcó de la escuela de Londres para abandonarse al hedonismo y a la pachorra californiana. Debió pensar que el desgarro y el sufrimiento exhibicionista ya estaban cogidos. Bacon y Lucian Freud cultivaban el negociado del tormento, algo que le priva a la alta burguesía. Algunos ricos aún creen en el mito de la bohemia, al calor de su dinero revolotean las artistas. Pero Hockney insiste en pintar escenas amables; aunque si rascas, sus apacibles retratos ocultan secretos de familia. Cuando Hockney, liberado de la temática de la angustia pinta El gran chapuzón, no pretende una solución naturalista. Atento a lo que pasa cuando la encerada superficie del pilón es traspasada por un cuerpo extraño, de esa observación nace su propia narración líquida. Porque siempre está hablando de pintura. En cambio, un hiperrealista lo habría resuelto arrancado del público la exclamación: parece una foto. Una de esas frases hechas que junto a la que dice: “yo no sé de arte, solo sé si me gusta o no me gusta”, forman parte del imaginario manual, que no existe y que habría que inventar, titulado Hablemos de arte, durante treinta segundos, en el incómodo silencio de un ascensor. Que una pintura parezca una foto debería ser solo un gag. No el motor de nada.
La foto de hoy no parece una foto. Melissa Franklin, que compite en los recientes mundiales de natación de Shanghai, ni siquiera parece humana. Parece un hermoso alien nacido de la plumilla de Moebius. No parece una foto ni siquiera en la forma en la que fue tomada. La fotografía deportiva actual es un milagro tecnológico. Antiguamente los fotógrafos tenían una cajita llena de balones recortados de distintos tamaños que pegaban en imágenes de fútbol, que a veces no tenían balón, porque las cámaras eran lentas y torpes. Esa torpeza que ahora echamos de menos consolándonos con cámaras Lomo y llorando la muerte del color del Kodachrome. Hoy hay cámaras en todas partes. Cámaras cenitales, cámaras en el fondo de una portería, cámaras en la perpendicular del aro de una canasta y cámaras en el fondo de una piscina. A veces son accionadas por control remoto lo que plantea, también pasa en el arte, un dilema de autoría. El fotógrafo no mira a través de la cámara. La cámara no piensa. Como en la pintura, el fotógrafo hunde las redes en el azar y actúa después, desechando lo accesorio. Como el brochazo salvaje que luego domestica primero el artista y luego el mercado.

Nobleza baturra

Escrito por Vítor Mejuto
31 de julio de 2011 a las 0:35h

Cuando la tele era en blanco y negro, había un programa, precursor de OT, que se llamaba Gente Joven. En su apartado de baile regional siempre ganaba el grupo aragonés Nobleza Baturra. Yo era un niño, ajeno a cualquier idea vernácula. Aquello me parecía un rollo y solo quería que salieran los Jackson Five. La caspa era el gran ingrediente del menú de la época, y no me refiero a Nobleza Baturra, que hoy sigue vigente y era lo más auténtico de aquella macedonia de variedades, sino a eso que llamaban canción ligera y cuya ligereza se ha revelado bastante plomiza: hoy persiste con contumacia en los productos de la factoría que nos dio a Bisbal y a sus lacerantes sucedáneos. Mi desapego hacia los coros y danzas no era culpa mía. En aquellos días, los últimos del tardofranquismo, el folclore aún era algo pintoresco, más cercano al souvenir. Para los de fuera, calaba la idea de que todos éramos toreros y los turistas vagaban de tablao en tablao esperando cruzarse con Ava Gardner, cuyo rastro se perdía veinte años atrás en el tiempo. Mientras, los norteamericanos llevaban años comerciando con su folk. Lo fundían, lo acuñaban, lo reinventaban y lo servían en vinilo. No tiene mucho mérito porque los norteamericanos (no los nativos, sino los padres fundadores, los cruceristas del Mayflower) solo tienen dos cursos de historia. Su Códice Calixtino cabría dentro de una novelita canjeable de Marcial Lafuente Estefanía.

Hoy el trasunto de aquel mítico programa es nuestro Luar. Entre bambalinas los egregios brocados del traje regional se cruzan con los reventones lunares de una folclórica, capaz de obtener de un playback de finales de los setenta los últimos réditos del penúltimo cuplé. Es lo que algunos llaman, con chulería mesetaria, el circuito de provincias. Al menos al folclore se le trata con respeto y se cuela, de rondón, en horario de máxima audiencia.

Xoán A. Soler para esta escena, obvia el retrato y se centra en el paño. Los personajes cuelgan de las perchas de un armario invisible. Feijoo habita uno de los tres aburridos trajes azul marino, tan sufridos como recomienda El turista accidental. Adivinar en cuál, podría ser un exitoso juego de mesa. Se pregunta si calará la idea del alcalde Conde Roa, que quiere institucionalizar el traje tradicional. El de caqui, más pancho que un Madelman, sabe que a él no le toca. Él ya lleva, fajín o ceñidor de gala, y banda al pecho. No hay nada más tradicional. Pero Feijoo ya se ve ciñéndose las polainas, vestido de gaiteiro, departiendo con otros presidentes autonómicos. Al menos se despejará aquel viejo dilema del PP que basculaba entre la boina y el birrete. Será pucho o chapeu

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