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Los cacharritos de Díaz Pardo

Escrito por Vítor Mejuto
6 de Enero de 2012 a las 14:26h

La primera y única vez que tuve el honor de fotografiar a Díaz Pardo fue en su casa de O Castro y ya estaba muy mayor. Conservaba toda la fuerza en la mirada pero su retrato empezaba a estar en fuga. Aún así todavía era capaz de subir la empinada escalera, de peldaño corto, que conducía a su estudio. La ligereza con la que subía aquella escalera era la metáfora, más sutil y sencilla, de una vida dedicada a Galicia. En su casa los cuadros de Seoane, Colmeiro, o Pesqueira, alicataban las paredes como en una montonera. Como se cuelgan los cuadros en un museo británico. Las paredes estaban revestidas de óleo sobre lienzo. Sudaban trementina. Después de las fotos y de un café me despidió afectuosamente. Por la tarde tenía que acudir a una conferencia en la Fundación Luis Seoane. La conferencia giraba en torno a la génesis de Sargadelos. Toda su intervención se centró, como era su costumbre, en quitarse méritos a sí mismo. Pero cuanto más se esforzaba en esta tarea, más quedaba patente la grandeza de su obra. El momento álgido llegó cuando pronunció una frase que jamás olvidaré:  “Luis Seoane poñía as ideas, eu facía os cacharritos”. Es lo que pasa cuando alguien añade ternura al solemne peso de la Historia.

El jugador de futbolín

Escrito por Vítor Mejuto
31 de Diciembre de 2011 a las 4:43h

La última vez que visité a Lamazares en Berlín quedamos para cenar en un turco, en el barrio de Kreuzberg. También estaban jóvenes expatriados de la pintura española como Nico Munuera o Santiago Ydañez. Luego fuimos a jugar al futbolín y es notoria la afición alemana por nuestro divertimento patrio. Lamazares juega en la defensa. Está en forma. Los otros dos suelen jugar en la delantera, como corresponde a la fiereza y frescura de la juventud. Lamazares los espera bien colocado. Los ve venir. Igual que en la pintura. Se anticipa a sus movimientos. Es creativo combinando y muy sólido en el juego profundo. Igual que en la pintura. Estoy seguro de que el gran pintor alemán Helmut Dörner también juega atrás. Dörner ha interiorizado el expresionismo alemán y su ruidoso brutalismo, pero lo domina desde la contención. Igual que un buen portero de futbolín. Lamazares lleva antes en su mochila a Laxeiro, a Pesqueira y a Grandío que a las vanguardias abstractas españolas encarnadas por el rimbombante grupo El Paso. Se lleva a su estudio de Berlín todo el peso de nuestra tradición y luego es capaz de despejar de la obra, si esta lo necesita, toda nostalgia pusilánime. Despejar es importante para un pintor. Igual que para un buen portero de futbolín. Y cuando no encuentra un futbolín de guardia, se lo juega todo a los chinos, su otra gran ludopatía. En el mano a mano te mira a los ojos y es capaz de acertar tu número de cuenta.
Por la mañana, después de perder al futbolín y a los chinos, fui a visitar la galería Kai Hilgemann, que lo representa en Berlín. Está muy cerca del check point, donde los turistas se fusilan unos a otros con sus cámaras. La galería ocupa un hangar posindustrial en uno de esos entrañables patios de Berlín. Dentro te recibe un cuadro de Antón, de grandes dimensiones, al lado de otro de Bosco Sodi, un tondo circular de 250 centímetros de diámetro. Cuando ves la obra de Antón en este contexto te das cuenta de lo bien que encaja en el escenario europeo. Taurino y colchonero, Lamazares siempre juega a la contra. No participa de la ficción cosmopolita y multicultural de la supuesta capital de la cultura europea. Vive una vida de barrio y se encierra por la noche en el estudio. Está en Berlín para trabajar. Y para recibir a los amigos, como el gran anfitrión que es. El resto del tiempo lleva una vida monacal y aunque no pensaba utilizar, por esa cosa de ser original, la palabra franciscano, resulta que en este caso el monje hace al hábito. Y el único hábito posible es la pintura.

Looking for tartan trousers

Escrito por Vítor Mejuto
29 de Diciembre de 2011 a las 19:27h

Hace tiempo que tengo claro que uno no compra la ropa que quiere. Unos pocos tipos listos deciden qué ropa quieren que lleven los demás. Cuando sales orgulloso con tu camisa de cualquier dispensario de Inditex, tu compañero de viaje en el bus, lleva una camisa exactamente igual, vaya por dios. Pero cuando eres tú el que decide comprar algo especial, no puedes. Les pondré un ejemplo. Hace años toda mi ilusión era comprarme una camisa hawaiana. La busqué en tiendas locales y foráneas por doquier. Yo solo pedía palmeras y tucanes. Si un amigo iba de viaje a Brasil, le encargaba una. En Vano. Me enfrentaba a ese severo determinismo con el que el estirado dependiente de la tienda te dice eso de “es que este año no vienen así”. No vienen así, vale, pero de dónde¿ Es que existe un lugar ignoto donde una especie de Santa Claus del prèt-a-porter, distribuye mágicamente toda la ropa del mundo? No lo entiendo.
Por fin, en un mercadillo, encontré algo parecido. El tipo que me la vendió, dando por hecho que era para Carnaval, me dijo que la talla no importaba mucho. No tenía tucanes ni palmeras sino guitarras y escenas de naufragios, más que hawaiana era mediterránea. En aquellos días me llamaron hortera. Hoy, como están de moda, cualquier julai tiene la suya: efectivamente ahora vienen así.
Ahora mi capricho eran unos pantalones de cuadros escoceses. En internet, me enteré de que se llaman tartan trousers.
Pues bien, ha tenido que ser en Londres. Memoricé la frase “I am looking for a pair of tartan trousers” y me planté en la oficina de turismo de Escocia, en el 19 de Cockspur Street, muy cerca de Trafalgar Square, donde me dieron varias direcciones de tiendas. Después de unos cuantos “absolutily nothing” con ese tonito británico -mitad amable, mitad afectado- en tiendas de Regent Street y de Oxford Street, me fui al mercado de Portobello. Allí, un tipo disfrazado de Liam Neesson, me dijo que solo se hacían a medida y que eran muy caros. Bueno, en realidad me dijo muchas cosas más, pero solo entendí eso. Estaba decepcionado porque confiaba mucho en Portobello Road y en sus puestos de segunda mano.
Sin embargo, aunque puedes comprar toda la imaginería de la Segunda Guerra Mundial (máscaras de gas, insignias con la esvástica, gorros de cosaco, todas ellas prendas imprescindibles en cualquier fondo de armario) y estupendas chaquetas de tweed escocés a buen precio, no hay ni rastro de los pantalones que hicieran famosos los Sex Pistols.
Ya lo decía el malogrado Ramoncín: “El último punk se suicida en Putney Bridge”. Fue lo único sensato que dijo en su vida junto a aquello de “Olvida los sinfónicos y baila”. El caso es que el dichoso puente de Putney queda por allí cerca. Mi única alegría fue ver, en el camino de vuelta, al legendario actor británico Terence Stamp subirse a un autobús. Yo juraría que era él: elegante como una esfinge, con la inquietante frialdad del coleccionista.
Cuando lo daba todo por perdido, di con la Highland Store, en el 66 de Great Russell Street, frente al Museo Británico. Entré y solté la frase. No. Estábamos rodeados de faldas escocesas, bufandas y todo tipo de complementos en tartan y el tipo me estaba diciendo que no. Mi compañero de viaje estaba comprándole falditas escocesas a sus niñas y a mi me daba largas. Decidí insistir. Tras un entrecortado intercambio de su tonito británico y mi inglés de Francis Mathews, el hombre subió arriba, como si fuera a buscar una substancia prohibida. Solo tenía esos y no eran rojos sino verdes. El corazón me latía como a un potrillo por la campiña escocesa. Me los probé y eran de mi talla. Casi nos abrazamos, más intercambio de tonitos y sorrys.
Ahora que tengo mis pantalones tartan,modelo Maxwell Ancient (cada clan escocés tiene su propio estampado, es como un blasón) tampoco era para tanto. Ya lo cantaba el poeta García Calvo: “Solo de lo negado canta el hombre, solo de lo perdido”. En fin, que conseguí lo que quería pero se me quiaron las ganas de ir de compras.

El sastre de Angela y la mirada de Cameron

Escrito por Vítor Mejuto
17 de Diciembre de 2011 a las 22:54h

Al albur del poder, en sus oscuras trastiendas, crecen los personajes secundarios. Suelen ser personajes atractivos y literarios, ya sea el valido de un rey o el apoderado de un torero. Mientras Merkel le hace un traje a Europa, su sastre, un excelso ingeniero del patronaje, corta inmensos retales galvanizados para construir el blindado traje de chaqueta con el que la teutona hace de menos a los otros personajes trajeados que menguan, como chiquillos acobardados, en su presencia. En su vestidor Angela debe tener al menos una veintena de trajes de chaqueta, de color malva, idénticos entre sí. Por la mañana, antes de desayunarse a algún presidente, no ofrece dudas a su coquetería, donde quiera que esté. Es como el mono de un albañil: un traje de faena. Cuando los otros líderes europeos la ven venir, el traje malva se convierte en la armadura que llevaba la mismísima Juana de Arco. El díscolo James Cameron le juega de enroque, corto en este caso; Italia propone un gambito y le entrega a Berlusconi; Papandreu le prepara sin éxito una pueril celada. La gobernanta se pasea ufana con su blazer malva como si nada y Cameron la sigue con la mirada. Y qué mirada. Atragantado, toda su flema británica acaba convertida en la otra flema, esa que acaba empastando el fondo de un pañuelo. La foto adquiere toda la fuerza de un retrato elíptico. Cuenta cómo es Merkel con un borrón rubio, un borrón malva y una mirada. El desenfoque es igual de preciso que un montón de sesiones de desvelos hiperrealistas. Gracias a la enfermiza querencia de Angela por el color malva y a la dubitativa mirada de James Cameron. El retrato de Angela está en los ojos de Cameron. Tendría que haber puesto cara de póker, aunque con baraja inglesa es más adecuado el bridge. En todo caso, esa mirada pusilánime no vale ni para un tute subastado. La mirada de Cameron no valdría para un personaje del Decamerón.

La foto es de Yves Herman, de Reuters

En casa de Antón

Escrito por Vítor Mejuto
15 de Diciembre de 2011 a las 13:43h

Antón Lamazares (Maceira 1954) siempre está en casa. Da igual que sea Nueva York, Berlín (su actual residencia) o Lalín. Da igual dónde se instalen las vanguardias o cómo se cartografíen las tesis. Dan igual el magnético rumor de las modas o la ruidosa doctrina de los centros de arte contemporáneo. Da igual que exponga en el Museo Kiscelli de Budapest, en la Galería Nacional de Jordania o en la galería Ármaga de León, como es el caso. Lamazares siempre está en casa. Aunque haga progresos con el alemán para poder leer a Hölderlin y a Rilke, sus poetas favoritos, Antón siempre dice aquello sobre el idioma invasor, en este caso el inglés: «Twenty words is enough». Con veinte palabras es suficiente para instalarse en una ciudad, alquilar un estudio y ponerse a trabajar. Y la pintura es su auténtico idioma, su hogar y su compromiso. Por eso, porque va de lo particular a lo universal con pasmosa naturalidad, su obra tiene un potencia telúrica que no necesita ser armada con ropajes intelectuales o redundantes pinceladas historicistas. Llega a lo íntimo con una acerada estocada. Igual que sus piezas, ensartadas a la manera de Lucio Fontana (aunque Fontana sea un esteta y Lamazares un ascético) en un contemporáneo ejercicio de puntillismo, necesario para acotar el espacio, para construir sus estancias. Cuando Lamazares quiere un negro solo tiene que provocar una hendidura en el cartón, entonces el negro no es pictórico, es físico y abismal. Cuando perfora el cartón es porque intuye que hay un adentro. Un lugar para habitar. En esta ocasión Lamazares acerca a León pasajes de su serie Domus Omnia. Se trata del hombre embridando el paisaje, como el anhelo rupestre de los primeros pintores primitivos. En la exposición se dieron cita nombres clave en el panorama leonés como el pintor José de León y escultores como Amancio González.  El texto, a cargo de Juan Carlos Mestre, premio nacional de poesía 2009, pone lírica a la aventura de Antón, en la que se dan cita el boxeo, los toros, la noche y la cortesía. En la obra se proclama de nuevo la supremacía del cartón. Nadie ha tratado el cartón como Lamazares, redimiéndolo de su origen povera; logrando una lujosa pátina que le debe tanto al barniz como los clásicos al temple; engordando su canto para ganar la condición de objeto. Cuando un pintor encuentra su adecuada relación con el material, entonces es cuando empieza a dominar las torpezas de la juventud. Y Lamazares hace tiempo que ha encontrado su camino. Aunque todas las noches, mientras duermes, baja al estudio para preguntarle al cartón cosas de sí mismo. Algunas de esas respuestas se pueden ver desde ayer en León.

Mi sastre echa el cierre

Escrito por Vítor Mejuto
11 de Diciembre de 2011 a las 0:44h

Lo confieso: nunca me he hecho un traje a medida. Cuando hablo de mi sastre soy como un niño que conversa con su amigo imaginario. Como el teniente Colombo, que siempre está hablando de su esposa y esa mujer es un misterioso personaje elíptico: siempre aparece, pero nunca está. De todas formas, siempre que hablo de mi sastre, tomo prestada la imagen de José Luis Iglesias, propietario de la Sastrería Iglesias. Es el segundo establecimiento más antiguo de A Coruña, con 147 años de historia y una distinción de la Real Academia de Bellas Artes. Fui a visitar la sastrería un par de veces, solo para preguntarle a su dueño cosas sobre el oficio, para estar en contacto con lo que yo considero uno de los últimos reductos de la elegancia pura, esencial. Algo así como darse un paseo por Saville Row, la calle de Londres donde se visten los británicos principales, y pegar la nariz en los suntuosos escaparates donde sirven el mejor paño, el mejor tweed. Descubrí que mi sastre era un personaje muy culto, gran lector y anglófilo empedernido. Me enseñó los patrones de papel de estraza con los que proyectaba las perneras de un pantalón. Como los planos de un arquitecto. Pensé que había material suficiente para pintar una serie de cuadros sobre el tema. Allí se respiraba historia, pero de la buena, de la que merece la pena conservar. Ahora que se jubila también se acaba un estilo de hacer las cosas y lo que viene no es mejor. Es más barato, más sostenible y más deslocalizable. Pero no mejor. Hace unos días fui a visitarlo una vez más, para preguntarle si estaba contento con su jubilación. Me respondió, con su indescriptible capacidad para tejer sentencias, que esa palabra viene de júbilo. Estaba contento. Trabajaba en una de las últimas americanas. Me dijo que era para una persona bien hecha, bien proporcionada, fiel al canon. Cuando te mira es un escultor: interpreta tus volúmenes y te hace un vaciado mental. Se inclinó pensativo sobre la mesa de trabajo donde tenía una pieza de la americana recién cortada. Tenía rastros de la tiza que usan los sastres para acotar y trazar las líneas del tiro de una prenda. Era en sí misma una obra de arte. Me dijo que estaba un poco bloqueado. Como un artista. Gustavo Rivas le hizo un retrato como si de un francmasón se tratara; lucía incluso algo que parece el delantal de una logia; pero en lugar de compás blandía una gran tijera, con la que es capaz de construirte una segunda piel. Eterna.

Teo Soriano, la intimidad revelada

Escrito por Vítor Mejuto
10 de Diciembre de 2011 a las 0:27h

Tenía preparada una larga lista de nombres de artistas, cercanos al trabajo de Teo. Es una técnica frecuente en la crítica de arte que trata de explicar el trabajo de un artista, hablando de otros. Entonces volví a ver la exposición y ya no me quedaron ganas de enumeraciones ni de párrafos hurtados a la Wikipedia. Me di un atracón de buena pintura. Porque Teo Soriano sale a los medios para mostrar, sin especulación alguna, toda la pintura que lleva dentro. La muestra huye de la frugalidad de un montaje conceptual y tiene empaque de retrospectiva, aunque sea obra de los últimos cinco años. No es un pintor que hace visibles las ensoñaciones de un comisario, es justo lo contrario: un comisario (en este caso, comisaria: Asunta Rodríguez) que presenta respetuosamente la obra de un artista, desplegándola en lúdicas combinaciones, jugando con los formatos, las texturas y la temperatura del color. Un rico muestrario para presentar, por fin, el trabajo de uno de los pintores más personales e independientes del panorama gallego.
Es como profanar, obviamente en el buen sentido, la intimidad de su estudio. En el estudio de este artista cohabitan el pintor y la pintura, cuya presencia es, a veces, independiente de la del pintor. En el suelo hay tubos de óleo desbaratados, en los que la pintura se seca antes de ser usada; trapos con los que se limpian los pinceles y pinceles que pintan aunque nadie los sostenga; trozos de papel con bosquejos y materiales que no aparecen en ningún catálogo de bellas artes. Toda esa gramática aparece finalmente en la obra. Con frecuencia el suelo es más rico que la pared e incluso que la tela tensada en el bastidor. Teo Soriano lo sabe y actúa dentro y fuera. Nunca se convence a sí mismo. Por eso en su estudio están presentes el pintor, la pintura y el Otro, que es un alter ego levantado con autoexigencia y una adecuada dosis de escepticismo. El Otro, mitad censor mitad demiurgo, es el que mantiene la tensión y recluta la mancha, el color o la materia. El pintor sufre. La pintura sale a flote. El Otro tortura.
En las paredes no cuelgan conclusiones ni sentencias. Es un gran borrador en el que las tachaduras son más interesantes que la caligrafía aburrida y límpida que ofrecen otros artistas, manufacturadores de sí mismos. Contra toda certeza, el anhelo de lo incierto. Contra las deudas contraídas con los clásicos, el temor, a tenor de lo visto innecesario, de ser insolvente.
Al montaje de esta exposición hay que añadir las dificultades que plantea un edificio en el que el arquitecto (y su desmedida afición por el panelado de madera y el oropel de las barandillas) está groseramente presente. El montaje sale airoso porque está planteado paño a paño, siendo cada uno de ellos un verso suelto. Y verso a verso es un redondo soneto, adecuado para un artista como Teo, al que solo le falta una capa española para ser un personaje del Siglo de Oro. Quedan patentes todas las pieles de su pintura, que van mudando de obra en obra en un discurso abierto y en permanente movimiento. Teo podría vivir dentro del Kiosco, mientras dura la exposición, y no podríamos descartar que las obras no sufrieran cambios. Su obra se mueve con él y él la acompaña no dando nada por sentado. Podríamos  convenir que sus obras se terminan cuando alguien las rapta del estudio.
En el gran formato se muestra ordenado y elocuente, pero en el formato pequeño es íntimo y exquisito. Sus monocromos son Pantones redimidos de su condición de herramienta gráfica; como si se produjera un motín en la carta de colores; como lingotes de color reclamando su condición de objeto. Estas pequeñas piezas niegan su planitud porque el color está empastado y si te mueves en rededor resulta que el color también es materia y la luz tropieza con una superficie rugosa, creando un dulce recuerdo a grano fotográfico o a zócalo encalado.
En los cuadros grandes serena su pulsión matérica para, sin llegar al color plano, adelgazar el caudal de la brocha hasta el punto de ensamblar materiales ajenos a la pintura, que son espacios neutrales con los que armar el cuadro. Colocar una madera de canto es trazar una línea; colocar lona de camión es fijar en la partitura un sonido sordo, sobre el que levantar los otros acordes, los de la pintura peinada a sutiles brochazos; recurrir al aluminio es tomar la impronta roma de los materiales industriales, aroma de ferretería. Y de trementina, el perfume de los clásicos.

Un habano en el andamio

Escrito por Vítor Mejuto
4 de Diciembre de 2011 a las 0:01h

Una pequeña imperfección asonante me impide lograr un pareado. Pero a este trabajador nada le impide disfrutar, perfectamente pertrechado y observando todas las directrices de seguridad laboral, del aroma acre de un buen habano.
Mariano Rajoy lo va a tener más difícil, porque para la adecuada combustión de una buena vitola de tipo medio, necesitas al menos una hora, y los mercados no le han dado ni media. Además el disfrute de un buen montecristo ya no puede ser palaciego: en la Moncloa no se puede fumar. Yo creo que será en Génova. Me imagino a Rajoy escondiéndose de Cospedal, como un chiquillo, para poder entregarse a su placer adulto; me imagino a Cospedal olisqueando las solapas de la americana del líder, rastreando perfume de La Habana.
Miguel Ángel Revilla, expresidente de Cantabria, guardaba en el balcón de su despacho de presidencia una caja de cohibas; decía que no hay mejor humidor. Salía a fumarlos fuera del edificio, como un funcionario que sale a hacer su pitillo. Como solo disponía de cinco o seis minutos apagaba el puro, desobedeciendo las rígidas liturgias que recomiendan los sumilleres, y se lo colocaba en el bolsillo superior de la americana, donde solo debería asomar un almidonado pañuelo blanco. Cuando bajaba por segunda vez, sacaba de nuevo el puro del bolsillo y una gran polvareda de hojas secas de tabaco se suspendía en el aire. El manual del buen fumador de puros desaconseja expresamente interrumpir el sagrado proceso que vive un habano cuando se consume, pero la ortodoxia nunca fue el fuerte de Revilla.
Pero volviendo a Rajoy, ahora nos lo quieren convertir en un estadista europeo, en un tecnócrata. Porque creen que el parqué de nuestra bolsa es en realidad un tablao. No llega con poner trabas a la sagrada ceremonia del buen fumador, quieren que renunciemos a dos de las palabras más intrínsecamente ligadas al adn ibérico: sobremesa y siesta; quieren que asuma la palabra favorita de la Europa de sangre helada: productividad. Creo que Amnistia Internacional debería tomar cartas en el asunto.
La foto es de Óscar París.

Stella, Velázquez y Hitchcock

Escrito por Vítor Mejuto
2 de Diciembre de 2011 a las 22:10h

 

Texto publicado en suplemento Culturas de La Voz de Galicia sobre la exposición de Jeff Wall en el CGAC

Empezaré por el principio: desde hace unos días y hasta el 26 de febrero dos increíbles obras de Frank Stella duermen juntas en el CGAC. Puedes disfrutar de ellas de ellas pisando un enlosado de Carl Andre, bañándote en la tamizada luz fluorescente de Dan Flavin. Uno de los Stellas, Six Mile Botton, viene de la Modern Tate de Londres; el otro, Newstead Abbey, viene del Stedelijk de Ámsterdam. Disfrutarás de los Stellas tú solo, porque el turismo cultural aún no se ha echado al minimalismo. Pero para mí supone tanto como una visita de La venus del espejo, actualmente en la National Gallery, a Las Meninas del Prado. Puede resultar un sacrilegio tratar a Velázquez y a Frank Stella como a dos clásicos contemporáneos. Para Jeff Wall no lo es. Es esa mirada transversal sobre la historia del arte lo que le da potencia y misterio a su trabajo. Stella y Velázquez se ocupan del espacio. Pero además Velázquez y Jeff Wall se ocupan del relato. Y Jeff Wall tiene aún una cosa más: el cine. Es un certero constructor de storyboards. Y aunque no cite a Hitchcock se le puede rastrear en la obra Woman with a covered tray. Una mujer avanza entre los cuidados setos del jardín de una casa de clase media. Lleva una bandeja cubierta por un paño. Hay mucho suspense en lo cotidiano

Esplendor micológico en la Tierra Media

Escrito por Vítor Mejuto
27 de Noviembre de 2011 a las 11:21h

Si se hiciera visible el mítico mundo que pergeñó Tolkien, yo creo que la Tierra Media sería el Deza. Un territorio fértil donde la vegetación es frondosa y donde los desvelos agrícolas de sus habitantes se ven recompensados con copiosas cosechas y regalías varias. Un mundo rural y feliz habitado por seres nobles en ideales y cortos en talla. Un poco como el gran Lamazares, al que Tolkien debería haber escrito un personaje a su medida, entre la alquimia y la magia oscura; entre el chamán y el sumo sacerdote. Los hongos y las setas siempre han formando parte de ese abigarrado y barroquizante universo. Un cierto misterio las rodea. Si no llueve no salen, pero basta con un par de chaparrones para que hagan acto de presencia como si por la noche, mientras dormimos, una cuadrilla de duendecillos las plantaran con la resignada diligencia de la que solo son capaces los enanitos. Además, gracias el carácter tóxico de algunas setas, podríamos montar con ellas un menú soviético: de primero ensaladilla rusa, de segundo ruleta rusa. Los buscadores de setas, ajenos a estos peligros, se acaban entregando a esa ambición irracional que, en el tranquilo mundo Tolkien, vino a violentar la felicidad de su arcadia feliz. El hombre es cazador, recolector, y además coge setas. Eso explica los madrugones para llegar el primero a una húmeda carballeira donde se oculta el tesoro; las extrañas rivalidades por ver quién llena antes el cesto de mimbre; las complejas erudiciones con latinajos incluidos: boletus, amanitas, lactarius, macrolepiotas, pleorotus, tricholoma, efectivamente parece cosa de Tolkien.           
Al amparo del sombrero de una seta siempre se dijo que habitaba un gnomo. Bajo el sombrero de alguna de las setas de la estupenda fotografía de Marcos Míguez, David el gnomo podría hacerse un loft. De hecho el magnífico edificio que Crespo, alcalde de Lalín, capital de la Tierra Media, mandó levantar a Tuñón y Mansilla para albergar el nuevo concello, es lo más parecido a un corro de setas. Solo que esas setas no crecen de noche, esas  solo crecen cuando giran las hormigoneras.