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Huella o herida de Atlántica

Escrito por Vítor Mejuto
23 de Marzo de 2013 a las 1:24h

La figuración es el gran reto de la contemporaneidad. Cuando ya no es necesaria la imitación ni la representación. Cuando solo se trata de tener algo que contar. Nada menos. El debate figuración-abstracción es ajeno al artista. El artista va y viene de la figuración como algo natural, según se sienta más o menos elocuente. Hay billetes que son solo de ida y hay otros que contemplan la vuelta. Pero siempre hay un pintor dormido, que sueña con paisajes de infancia y los primeros garabatos.
Afluentes es un inventario razonado y prolijo de la figuración gallega atendiendo a ciertos hitos históricos. Un ambicioso proyecto expositivo articulado en tres muestras que son itinerantes y están coproducidas por el Centro Torrente Ballester de Ferrol y Novacaixagalicia. La primera exposición arrancaba a finales de los sesenta y la que se presenta ahora en Vigo se centra en los convulsos y alocados ochenta. Todo parecía posible. Si algo no ocurría, se inventaba.
Por eso en toda la exposición planea la sombra de Atlántica. Atlántica fue primero un acelerante, un barco que zarpaba rumbo a Madrid y al que todos querían subirse. Incluso cuando ya estaba cerrado el pasaje y aún más tarde, cuando el barco estaba ya en dique seco. Luego se convirtió en una marca, tan eficaz como la que se emplea para vender ternera gallega. Después, en algunos casos, mudó en pesada losa que sepultó más de una carrera. Los ochenta en Galicia no se entenderían sin la huella (a veces la herida) de Atlántica.
El proyecto cuenta con el comisariado de Ángel Calvo Ulloa, José Luis Estévez, Violeta Janeiro y Mónica Maneiro. Cuenta además con tres cuidados volúmenes con textos de todos ellos sobre los artistas participantes, coordinados por David Barro. La edición se completa con un programa de mano en la contrasolapa que contiene una somera cronología con lo más notorio de cada período. El citado grupo Atlántica, la prematura muerte de Guillermo Monroy, la colectiva Vexo Vigo, la aparición de los jóvenes cachorros de Novíssimos o la primera edición de la Mostra Unión Fenosa. Culmina en 1993 con la inauguración del CGAC y es un ajustado retrato de lo que fuimos. También es una constatación de que cualquier tiempo pasado fue, como mínimo, más proclive a los proyectos y aventuras colectivas.
Las obras en exposición son una selección y cabrían otras. Un comisariado valiente no paga deudas, escoge obras. Gran parte de las obras pertenece a instituciones públicas. Desde un punto de vista historicista y, para ser justos, no se entendería aquella época sin un cierto apoyo institucional. También, para ser justos, algunas de las piezas más interesantes proceden de los estudios de los artistas. Piezas que incomprensiblemente nunca se vendieron. Es el caso del delicioso paisaje con ventosas de Armindo Salgueiro, uno de los artistas más insólitos de finales de los ochenta que no ocupa, ni de lejos, su lugar natural en el petardeado escalafón del arte gallego. Atlántica no solo creó avezados navegantes en el proceloso océano de las artes. También produjo náufragos

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