La desamortización Xacobea
Viernes, agosto 3rd, 2012Cuando entras en la exposición de Enrique Lista la primera imÂpresión es la de entrar en un templo. Pero en un templo laico. Todo refuerza la idea de basÃlica. La iluminación, la teatralidad y la disposición de las piezas. Suponemos que MarÃa Marco, la comisaria de la muestra, haÂbrá tenido gran parte de culÂpa. En su tÃtulo PolÃptico. Un comentario sobre la puesta en valor del patrimonio está imÂplÃcito el meollo del proyecto, que no es otro que poner de reÂlieve el secuestro, institucional o mercantil, de las imágenes identitarias, jacobeas y demás imaginerÃa vernácula. Pero son además primorosas fotografÃas de alimentos, exvotos comestiÂbles, souvenirs jacobeos. Es de agradecer la preocupación del artista por lograr imágenes que no solamente poseen solvencia conceptual (no siempre el arte conceptual ha sido justo con sus imágenes), sino que presentan una gran potencia evocadora. Buenas fotos para sostener bueÂnas intenciones.
Al fondo hay un altar en el que Enrique Lista desarrolló un oficio performativo la noche inaugural. Un improbable sacerdote con un misal diferente. Nada más entrar hay un cepillo, muy de moda tras las peripecias calixtinas, capaz de obrar milagros: transforma el dinero de la piedad en dinero negro. Un objeto imantado, con atávicas y sagradas propiedades. Ahora parece imprescindible en el equipaje del buen chamán contemporáneo.
La militante ironÃa de Enrique Lista aflora en todo lo que tiene que ver con las transacciones inÂtelectuales. El comercio de merÂcancÃa artÃstica y la posición del artista, siempre precaria, denÂtro del mundo laboral. En sus primeras obras, cuando todo el mundo se apresuró a colgarle la etiqueta de conceptual (que ahoÂra se sacude gracias al brillante empleo de la fotografÃa) llegó a retratarse con un cartel que deÂcÃa «Hago arte por comida». El mundo del arte dependÃa de un enorme cepillo que antes llenaÂban las instituciones públicas y las grandes fundaciones. Lo que en el cepillo era limosna en el arte era subvención o beca. Por eso, mientras un fontanero no tiene que dar explicaciones por las retribuciones de su trabajo, al artista contemporáneo se le fiscalizan desde sus intenciones hasta sus resultados. No es que Enrique Lista pretenda justificar lo que hace, es justo lo contrario: contesta con humor al frecuente estupor que le sobreviene al esÂpectador desinformado o, mejor dicho, al espectador instalado en la desidia o en la desafección.
La descontextualización es la golosina favorita de los artistas y uno de los verbos más conÂjugados por la crÃtica. Usar los códigos de la semiótica para soÂluciones inesperadas; trastear con la escala o los reclamos puÂblicitarios; hacer de los iconos audiovisuales las nuevas divisas panteÃstas.
En el caso de Lista se trata de servirse de las liturgias judeoÂcristianas para sus crÃticas al consumo de cultura. Juega con ventaja, todos llevamos impreÂsos, en el fondo de nuestro subÂconsciente, por repetición, los misterios de un viacrucis.




