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Archivo para febrero, 2012

Secretos de un pupitre

Lunes, febrero 27th, 2012

En el fondo de los cajones de un pupitre duermen los sueños de un escolar. En los de Ramos Balsa se agita el mar. Y se agitan más cosas a las que se puede llegar de una forma inocente o después de una honda reflexión intelectual. Son muchos los niveles de lectura. En el arte contemporáneo el receptor es libre de ignorar las complejas motivaciones del emisor. En otras palabras, puedes disfrutar de la pintura de Palazuelo sin su cháchara esotérica. En el caso de Rubén el disfrute es más intenso cuando indagas en su mundo, complejo y rico. Ciencia y arte. Número y belleza. El paso del tiempo y la repetición. Educación y aprendizaje. Por eso, por su preocupación por las cuestiones pedagógicas, la pieza principal son nueve pupitres en cuyo interior, donde tendrían que languidecer los libros de texto, Rubén ha instalado pantallas que reproducen vídeos del mar. Donde tendrían que apolillarse los apuntes, que le deben más a la nemotécnica que a la práctica empírica, flota el pensamiento libre. Además, el agua y su comportamiento son otra de sus preocupaciones. En el estand de Fúcares en Arco proyecta un video de un arroyo que es como el río que pensó Heráclito. No puedes bañarte dos veces en la misma imagen.
La fotografía que presenta en esta muestra es exquisita, cruda, literal. Tan escrupulosamente fiel a la realidad que acaba siendo completamente abstracta. Un papel arrugado de pronto tiene la sensual corporeidad del alabastro. Te acercas para intentar entender su materia y la foto contiene toda la información y, paradójicamente, todo el misterio. Es la mesa de trabajo de un científico. Todas las preguntas están planteadas. Las respuestas te corresponden a ti.
Los paisajes de Ansel Adams, miembro destacado del grupo f64, parecen inspirar de una forma extraña a Ramos Balsa. Cuando el diafragma se cierra a tope sobre un objeto obtiene la máxima información óptica. Adams y su grupo creían, por tanto, que era más verdad. Rubén sabe que la verdad es una ecuación a la que los científicos responden, aunque no lo admitan, con filosofía. Las fotos de bolsas arrugadas, papiroflexias variadas y fruta que se oxida inexorablemente, convierten el objeto en algo que no está cerrado, que está sujeto a una constante discusión. Como el río de Heráclito.

Arco salva a Arco

Sábado, febrero 25th, 2012

Los cazadores de novedades sacuden la cabeza diciendo que no hay nada nuevo. Los auténticos aficionados sobrellevan sin problemas su síndrome de Stendhal. Entre unos y otros los turistas se fotografían con el generalísimo. El arte político ahora es cosmético. Pero de pronto te topas de bruces con un enorme Frank Stella, pintado hace cuarenta y tres años, que se come con patatas a un Sarah Morris justo enfrente, pintado hace dos tardes. Cuando te acercas a él descubres que entre las franjas de color perviven los restos del lápiz; esta sencilla revelación justifica el viaje a Madrid, los cuatro días de atolondramiento y las fatigas nocturnas. Un exquisito Gerardo Rueda te espera agazapado entre los excelsos retales que completan una de esas galerías que parecen anticuarios. Esto quiere decir que la presencia de vacas sagradas del siglo pasado no es necesariamente inapropiada, solo es preciso un lúcido esfuerzo curatorial para elegir las mejores piezas. He visto algunos Palazuelos y, que Dios me perdone, eran piezas menores. También me demoré contemplando la magnífica piel de un políptico de Olivier Mosset, un gotelé de mucha más calidad que la que consiguen los asistentes de Peter Halley.

Cuando sacias tu mitomanía entonces los jóvenes se abren paso. El gallego Diego Santomé deslumbra con una escultura realizada en DM que está entre lo mejor de la presencia escultórica, y he visto grandes piezas de Tony Cragg o Charlotte Posenenscke. Los vascos Kepa Garraza y Alain Urrutia abren caminos nuevos en la figuración. Urrutia oscuro e inquietante y Garraza, tan hábil como Richard Estes, añade ironía y cuenta cosas; una lección para todos los artesanos onanistas del hiperrealismo.

La galería gallega SCQ volvió a demostrar que un estand no es una montonera y trató a su artista destacado como tal, logrando que el Rui Chafes ganase el premio al mejor artista vivo. Cuando todo se desmorona Arco nos muestra su músculo. Y está hecho, más que nunca, de buena pintura.

El asistente y la mano de Nóvoa

Sábado, febrero 25th, 2012

La última que vez que visité a Leopoldo Nóvoa en su estudio de Armenteira estaba trabajando con su asistente. Leopoldo, con las dos caderas operadas, estaba sentado en un sillón de orejas, lijando la volcánica pátina de una de sus piezas; su asistente sujetaba el cuadro inclinado obedientemente sobre él. Era una escena bellísima. Semejaba una pintura holandesa. Un pequeño gabinete bañado por una luz lateral, pintada por Vermeer. Era además una lección para todos esos pintores que se jactan, en un grosero ejercicio de márketing, de que ya no pintan sus propias obras. El asistente ponía el músculo, pero la mano que dibujaba, la que manchaba, la que rasgaba, la que se posaba trémula y a la vez enérgica sobre la tela, seguía el severo mandato de una de las cabezas más decisivas de la pintura gallega. La misma mano que apretaba con firmeza la tuya cuando se despedía para volver con fatiga, pero sin derrota, al interior de su sillón de orejas. Estoy seguro de que entonces seguía pintando. Hacia dentro. Como Matisse encamado en Niza. Como los buenos jugadores de ajedrez, que no necesitan tener un tablero delante para darte mate en tres jugadas.
En otra ocasión, en la galería Atlántica, me pidió que le hiciera una foto con una escultura de Oteiza. La misma sobre la que se apoyaba Salvador Corroto en la foto que este periódico publicó ayer en su obituario. El cosmos no está exento de una cierta ternura.

Salvador Corroto, galerista

Viernes, febrero 24th, 2012

Cuando visitabas a Salvador Corroto en Atlántica, su galería de arte, siempre había un momento en el que te hacía pasar a la trastienda. A eso se le llama fondo de galería. En el caso de Salvador era el auténtico fondo de su alma. Allí convivían grandes nombres del arte español como Rafael Canogar, Farreras, Oteiza y nuestros Leopoldo Nóvoa, Lamazares, Luis Caruncho o Xaquín Chaves. Tenías que estar hecho de cemento armado para no contagiarte de su entusiasmo. Sus ojos brillaban y braceaba con mucho aparato para intentar trasmitir, atropelladamente, todos los secretos que manan de las entrañas de una pintura. Era tan generoso como el óleo cuando abraza suavemente la superficie del lino; tan sensible como el alabastro en las manos con memoria de un escultor; tan apasionado como un violento brochazo de Willem de Kooning; tan comprometido como los primeros destellos del grupo El Paso.
Hay piezas para las que no hay recambio. Piezas que se funden a molde perdido. Ahora que Salvador se ha ido solo podemos recordar su presencia inspiradora y trabajar duro para honrar su legado. La pintura es eterna. Igual que Salvador.

El humilde atrezo de lo cotidiano

Sábado, febrero 11th, 2012

Todos los pintores gestuales que conozco hablan de Cy Twombly. De la ligereza sináptica que Twombly inyectaba a las terminaciones nerviosas que salían directamente del pelo de su pincel. Hablan menos de Pollock, porque sus dripping son casi tan populares como un estampado industrial. No muchos hablan de Tàpies pero, secretamente, en todos se puede rastrear la huella de Tàpies, que puede aguantar la mirada del americano con holgura. De alguna manera Tàpies continúa donde lo dejó Miró, colocando el arte abstracto español en la escena internacional. Pero además entiende la materia como nadie y más tarde el object trouvé, u objeto encontrado, que incorpora a sus telas. Por qué pintar un zapato si puedes incorporar un zapato. Este sencillo cuestionamiento no pone en jaque las leyes de la representación, sino que convierte a Tàpies en un maestro de la figuración, o mejor, en uno de los primeros en menospreciar la absurda (por ideológica) frontera entre figuración y abstracción. Aun así muchos amanuenses beligerantes no entenderán su desgarbada relación con el objeto; su insistencia en el signo y en una reconocible caligrafía propia; su afición povera por el detrito. Tàpies construyó su biografía visual con el humilde atrezo de lo cotidiano. No era un iluminado como Joseph Beuys, era más bien un artista rupestre jugueteando con los restos de un naufragio.

José Lourenço: elegir un encuadre

Sábado, febrero 4th, 2012

En el agradable desconcierto sobre el que se construye el arte contemporáneo y que provoca diversión entre los iniciados e irritación entre los neófitos, Jeff Wall podría ser pintor y José Lourenço fotógrafo. Wall domina la escena como un pintor que manejase una maquina óptica del Renacimiento; Lourenço domina el encuadre como si montase sobre su cámara un teleobjetivo. Pintura y fotografía suelen encontrarse en terrenos comunes. Pero cenagosos. El gran pintor Sean Scully creyó que podría trasladar la densa y lujosa pátina de su pintura (y su gimnástica soltura compositiva) a la fotografía y, dejándose mecer por el embriagador rumor de la moda, nos despachó una pobre serie de fotos de puertas de un manierismo insoportable. Moholy Nagy, cincuenta años antes, había hecho este viaje, de la pintura construida a la fotografía de ritmos señalados en la arquitectura, con mucha más brillantez y sin asomo de oportunismo. Obviamente Lourenço está más cerca de Moholy Nagy. Sus balcones y los de la Bauhaus de Moholy Nagy son primos hermanos. Aún así, Lourenço hace el viaje al revés. No es simplemente un pintor seducido por la atractiva aliteración geométrica que observa en los desordenados alzados de un bosque de edificios. José Lourenço trae el encuadre de la cámara de vuelta a la pintura. Una vez elegido el motivo, la pintura vuelve a ser el lenguaje para explicarlo todo. El mismo con el que Moholy Nagy ocupaba el espacio o con el que El Lissitzky levantaba sus futuristas y utópicos rascacielos, que el llamaba líricamente estribanubes. Y en la pintura, en ese arcano lenguaje, hay una relación muy estrecha con las cuestiones de la técnica. El color es acertadísimo. Capas y capas de acrílico para ajustar las fronteras entre los colores y la vibración resultante. Una interminable gama de grises que imprimen al cemento, el cemento según Lourenço, una extraña luminosidad. La dureza de la luz sirve a la linea y obliga al espectador a acercarse para disfrutar de los encuentros entre los planos y de las vicisitudes derivadas del dibujo. Para lograr la delicada planitud que caracteriza su trabajo emplea pincel o brocha, no rodillo. La pintura peinada sigue siendo mucho más sensual que el industrial gotelé del que se sirve a veces Peter Halley. Todas estas decisiones ya constituyen el eje central de la obra. Pero además, entre la dura y rígida trama que traza el delineante, aparecen las huellas del ser humano. Igual que ocurre con Jeff Wall, el ser humano aparece en forma de microgestos. Una escalera apoyada sobre una ventana; la elección del color de una pared, unas cajas sobre el mobiliario; unas toallas secándose al sol en los balcones. A veces la presencia de estos detalles obedece al papel que juegan en el equilibrio de la composición. En este ambiente tan absolutamente contenido, una maceta con flores es un inesperado suceso pictórico que rompe la dictadura ortogonal, la cruda y biselada aspereza del borde duro. Provoca una pequeña sacudida. Es como un cameo de Eduardo Arroyo en un cuadro de Pablo Palazuelo. Un geómetra tropezando con el reto orgánico. Todas esas pistas cobran una fuerza capital y el argumentario constructivo deja paso a otros intereses. Aparece la intimidad. De pronto quisiéramos penetrar en la epidermis urbana para habitar esos espacios que están solo insinuados, pero plenos de magnetismo. Lourenço se parapeta detrás de su ventana indiscreta y nos cuenta historias de la ciudad. De una ciudad pintada, por supuesto.