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Archivo para julio 10th, 2011

“Somos el dúo Togayán e estamos no facebook”

Domingo, julio 10th, 2011

La sesión vermú siempre ofrece el mismo dibujo. Todo el pueblo en la cantina y la pista desierta. Solo los niños acuden al atronador reclamo, seducidos por un rumor de Hamelin. También los mayores, que siempre son más festeiros que los adolescentes, ocupados en interpretar el confuso recado de sus hormonas. En este territorio, donde se dobla el paso y se espesa el merengue, el dúo Togayán se basta para llenar un escenario.
Brais García Mayán se ocupa de la caja de ritmos y José Tomé de su propia caja torácica. Del cruce de sus apellidos nace, con el mismo ingenio que adorna tantos negocios en este país, el nombre del grupo. El dúo se convierte en trío, como en un misterio trinitario, cuando la comisión de fiestas se estira un poco. Entonces se incorpora Nerea Maceiras, la chica. Nerea estuvo en Luar y José la presenta con mucho boato, deslizando algún piropo. La misma mano que apretó la de Gayoso sostiene racial el micro para perpetrar la ranchera. Luego, presentan temas propios porque (ay, amigos) también son autores. El controvertido Teddy se inmoló para preservar estos tesoros. Suena Togayán es su principal composición, aunque hacen una potente versión de El polvorete, un picarón standard, habitual en los repertorios verbeneros. Brais es el arreglista y compositor, gracias a sus años de piano. También se ocupa de la cosa moderna, desgranando temas de Fito y de los Suaves cuando José, metido en el papel de maestro de ceremonias, dice aquello de «E agora tocaremos algo para a xuventude». Toda su infraestructura cabe en un Opel Astra. Incluso cuando se incorpora Nerea, se abate medio asiento y los bafles son otro pasajero. Con la crisis tienen más trabajo que nunca porque como dice José: «Somos moito máis baratos e armamos o mesmo jaleo».
Si la sesión vermú le corresponde a Togayán en las fiestas de A Logrosa, la verbena la oficia Philadelphia. Muchos más decibelios y donde había un Opel Astra ahora ronronea un tráiler. Toda la plaza del pueblo cabe en el escenario. Una poderosa sección de viento y unas hipnóticas luminarias. Natalia y María, las chicas, se multiplican seductoramente por todo el escenario  embobando al personal. Muy pronto, la orquesta estará al mismo nivel de Panorama o París de Noia, si no lo está ya. Todas ellas descienden, en marchosa genealogía, de aquellos míticos Sintonía de Vigo o Los Satélites.
El Facebook no es cosa baladí. Gracias a este indiscreto patio de vecinos nos enteramos de las vicisitudes de las orquestas. De sus fichajes y de los temas nuevos. Nos enteramos, por ejemplo, de que Ruth Núñez, ex París de Noia, sustituirá a Lidia Salar en la Orquesta Panorama, después de que esta última causara baja por una caída y de que la primera volviera de su baja por maternidad. Un inopinado fenómeno fan, que no es ajeno a ninguno de estos movimientos, se adueña del mundo de las verbenas. Si Bisbal fue capaz de trasladar a Miami sus piruetas desde el fondo de la trastienda de una orquesta, entonces el sueño es posible. Al dúo Togayán le basta con seguir peinando, con su correoso utilitario, toda la geografía de nuestro país.

El safari de las variedades

Domingo, julio 10th, 2011

Un balín a un euro. Seis balines a cinco euros. «¿Podo traer a miña escopeta da casa?» . El cazador desconfía del punto de mira ajeno. «Se fose coa miña carabina desfacíalle o chiringuito». El cazador se jacta de su infalible puntería como si tuviera colgadas en su casa, encima de la chimenea, las cabezas disecadas de unos cuantos peluches, cobrados en la espesura de la feria. No es el caso del chaval de la foto, al que le basta con ser, durante unos minutos, un buen amigo del rifle. Descerraja educadamente su artillería contra las piezas, que penden temblorosas de palillos planos. El chico que atiende la barraca le corresponde completando el trabajo con sus manos: abate una pieza que se mantiene milagrosamente en pie sobre un palillo astillado. Luego le entrega condescendientemente el trofeo, aunque, eso sí, siempre se trata de caza menor: unos petardos, un llavero o una pequeña navajita nacarada.
La caza mayor se dirime en otra montería. La plaza del pueblo, devenida en pista de baile, es la sabana donde el cazador acude con traje de domingo y razonablemente aseado, aunque con las manos sudorosas, para pronunciar la dramática pregunta: ¿bailas? El cazador, primario y vanidoso por naturaleza, cree que las chicas no cazan. El cazador, con anhelo percutor, pero con la munición justa, no se entera de nada. Mientras, las chicas ensayan en un claro del bosque de banderitas, al ritmo de una cumbia, ese turbador rictus de deliciosa indiferencia con el que desarbolan al inocente depredador. Para entonces el cazador ya se ha transformado en un niño asustado que sostiene una escopeta de feria, con la pólvora humedecida por el miedo al fracaso. Cuando por fin balbucea su «¿Bailas?» todo, lo bueno o lo malo, ya ha ocurrido sin que él se diera apenas cuenta.
Así es como yo recuerdo las verbenas. Una época en la que no existían las redes sociales, en las que todos vamos cayendo como moscas. En la que Amancio Ortega todavía no había proclamado su democracia textil y nuestras madres compraban la ropa barata en mercerías. La ropa no era muy cool, pero no vestíamos todos igual. La secuencia constaba de misa, sesión vermú, ensaladilla y por último el sagrado refrendo de la arena verbenera. Las barracas traían ese aroma trashumante y de frontera, de circo y de fantasía. Podías columpiarte en una barquita biplaza con la que algunos tocaban el cielo o probar la fuerza de tu brazo
aporreando un artilugio que subía y medía con olímpica exactitud la viril sacudida. El cazador rechazado siempre se refugiaba en este infantil entretenimiento, donde siempre obtenía premio la aritmética de su aturdida testosterona

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