La Voz de Galicia lavozdegalicia.es - blogs | Inmobiliaria | Empleo | Mercadillo

Entradas etiquetadas como ‘Periodismo’

Respuestas a tus preguntas periodísticas

Domingo, Marzo 18th, 2012

Cuando tenía 15 o 17 años, todo lo que caía en mis manos en forma de artículos sobre Periodismo o del trabajo de un periodista, lo devoraba; pero los plumillas escribían tan poco de ellos y de la profesión que a lo mejor por eso estoy delgado… de devorar ná, aunque también puede ser que tenga tipo fideo porque nací a final de mes, no lo sé, pero algo de eso hay, fijo. Y todo esto viene a cuento porque por correo interno me han preguntado en varias ocasiones algunas cosas, como por ejemplo, si pienso mucho los artículos que escribo, en qué me inspiro.

Si fuera normal diría que, bueno, que para escribir un artículo parto de un pensamiento profundo, un gran análisis de la realidad, de un minucioso estudio, y que luego estoy unas tres o cuatro horas ante el ordenador para darle forma… y que es así cómo los hago mientras a la izquierda de la pantalla tengo un cenicero y el tabaco, a la derecha dos cochecitos de cuando era pequeño y por la ventana veo el campo.

Añadiría, si fuera normal, que esto requiere una profunda formación intelectual, pero muchísima, ni te imaginas; que no hay tanta gente capaz y que yo y que yo y que yo… Pues no, excepto lo de los cochecitos, el tabaco y el campo… lo demás no es cierto, todo mentira, excepto lo de normal «Pensamiento: Sí, oh !!!  era boa… ». Pues eso, ni estudios, ni profundidad, ni análisis ni conceptos ni gaitas; estáis ante un imbécil al que le surgen ideas bobas y absurdas a borbones, digo a bobortones, como las aguas de los balnearios pero con algo mejor de salud que ese tipo de clientela made in carbono 14 parcheada con baypas.

Y es que esto, lo mío, como te lo diría, es una forma de ser. Por ejemplo, un diseñador va a un país, ve cómo viste la gente e inconscientemente piensa en ropa, en qué cambios haría, qué modificaría. Pues igual me sucede a mí; entro en un sitio, oigo o veo cualquier cosa y cambio esa realidad por otra: la subrrealista (idiotez también vale). ¿Y hay un algo más en los artículos, un fondo, una enseñanza, un… ?. Ay neniño !!, eso lo tendrás que contestar tú, que no voy a responder yo a todo… bo

Ya sé que te estás haciendo una pregunta: ¿Y tú (o sea yo) siempre soy así, siempre estoy escribiendo como si fuera ese intelectualillo con gafas y medio parvo que está dale que te dale a la tecla o que siempre estoy pensando sin parar… ?, pues no; de intelectual… pues como tú con lo del «viento es el aire en movimiento», que fue lo que me quedó de mis años de estudios, además de esa duda de que para qué servía un logaritmo neperiano.

Y ya puestos, en este arrebato de sinceridad, te voy a contar un secreto: ¿Sabes cuántos «amigos» tengo en Facebook?, pues casi 3.000. ¿Sabes cuántos hablan conmigo cuando entro?, pues prácticamente ninguno porque cuando chatean conmigo lo primero que me dicen es: «Perdona, que seguro que te molesto» o «disculpa, seguro que te interrumpo, que estarás escribiendo» o (hasta de usted me tratan) «no le importaría… ».

Mira chaval, ni molestas, ni interrumpes, ni perdona ni nada; lo que sí haces es mosquearme pero mucho que mucho porque cuando entro en el Face estoy mirando como un bobo a la gente que está a la derecha, en el chat, y lo que pienso es: «¿Joé, de casi 3.000 tíos no habrá uno, ni tan siquiera uno que desee hablar conmigo, ¡¡¡¡ pero ni unoooo !!!!?» Y te lo juro que me mosqueas pero me mosqueas mogollón, hombre mucho mucho lo que se dice muchísmo no, que gracias a tu pregunta por correo interno he escrito un artículo: este, dios qué noble soy y que morro le echo.

Mi hija me ordena escribir

Domingo, Enero 9th, 2011

(Cosas que pasan cuando eres padre y aún encima crees que lo haces bien, así nos va)

Yo entiendo que mi director, Xosé Luis Vilela, que el director adjunto Luís Ventoso, y los subdirectores César Casal, Fernando Hidalgo, Francisco Ríos, Carlos Agulló o Alfredo Vara me digan: «Guisande, ¿por qué no escribes un reportaje sobre la posible existencia del guacamayo en Galicia?».

Lo entiendo, como también ellos comprenderían que les insinuara que, tras haber escrito en mi vida como un centenar y medio de Quijotes… «hombre, si quieres escribo sobre el guacamayo, pero con la gente joven que hay aquí y con el lío de coordinar los Monográficos no habrá algún otro pájaro que lo pueda hacer… ». Y casi estoy seguro que dirían algo así como que vale, a la vez que pensaría que sí, que para pájaro el Guisande, y acertarían. Dios, que noble soy.

Como digo, si me ocurriera eso, si tuviera que escribir sobre el guacamayo se escribe (no me conozco yo, que si me pongo… bueno si me pongo… ) y te aseguro que si tuviera que hacerlo no sería causa de zozobra ni de desasosiego ni de desazón; pero lo que sí me ha sorprendido es que en casa, que hay cientos de papeles por todos lados, con notas indescifrables sobre ideas para artículos, me haya encontrado uno que dice: «Papá, escribe de aviones y pájaros». Vamos, eso de «por favor», una insinuación o sugerir, como haría mi director… ná de ná, «escribe», y por la letra deduje que era mi hija Victoria, de 10 años, la que de forma cuasiimperativa me daba las pertinentes instrucciones, a la vez que pensaba que si no lo hacía, capaz era la niña de amordazarme y atarme al teclado, que viene la juveinfancia que no veas.

Y como Victoria, que lleva una temporada así como contra mí, en plan rebelde, rompiéndome el corazón, lo ordena… qué te voy a decir. Y así estaba, meditando en sus instrucciones, en pájaros y aviones, en seres vivos voladores y metálicos que surcan los cielos, cuando me dije: «¿Y si me hago el avión y como pájaro que soy escribo sobre Victoria?».

Y entonces recordé alguna situación como cuando un día Vito, que así la llamamos, le preguntó no sé qué a su hermana Alejandra. Esta, Alejandra, que las hermanas siempre se han llevado a estas edades como se llevan, le contestó algo así como: «¡¡¡¡ Ya te dije que cuando me levanto, que cuando me levanto no tengo humor !!!!», a lo que Victoria, rápida como un rayo le respondió: «¡¡¡¡ No es que tengas mal humor, que son las siete de la tarde, las siete, y lo que tienes es mal carácter !!!!».

Y ya sabes como son los niños, que te cuentan y hablan de sus amigos y amigas con una familiaridad como si tú estuvieras todos los días con ellos en el cole, en el mismo pupitre. Así que un día, Victoria me empezó a hablar de sus compis, Marga, Paula, Julia, Lorena… y por eso de seguir la conversación dije muy en mi papel de buen padre. «¡Ah!, sí, Julia, la niña rubia esa…». «No papá, Julia es morena… », respondió con un tono… ese tono que tú y yo sabemos, que te voy a contar ahora que tú no sepas.

Yo seguía la conversación, más bien escuchaba, hasta que volvió a hablar de sus amigas, que si Lorena, que si otra vez la Julia (obviamente memoricé que era morena, pero morenísima, pero mucho mucho más de lo que te imaginas de morena) y mirándome me dijo: «¿Te acuerdas de Rebe?». La miré, tragué saliva, el corazón se me puso en un puño, sabía que me la jugaba y me la jugué. Así que con toda naturalidad comenté: «Claro Vito, la del parque».

Tras responder con un «no papá… la del cole… », con ese mismo tono que te dije antes pero yo creo que más pronunciado, desde su poco más de 1,40 metros miró hacia arriba, yo hacia abajo, se quedó pensativa y con sus ojos fijos en los míos dijo: «Papá, ¿desde cuándo no entiendes nada?». Glup.

Y TU HIJO, SOBRINO O PRIMO ¿QUÉ HIZO?

Una diversión, meterse con el periodista

Lunes, Noviembre 1st, 2010

(Como sabéis el blog trata de Cosas de la Vida y de Anécdotas, hoy os cuento una anécdota. Podías hacerme un favor y decirme que os gusta más, si las Anécdotas o las Cosas de la Vida. Gracias)

Esto de ser periodista urbano, de ciudad (que la guerra ya la tienes en casa con los hijos) la verdad que es una profesión de alto riesgo: Un acento te puede saltar a un ojo, un punto final puede acabar con una amistad y si una coma la confundes con una cama puedes tener unos problemas que ni te cuento.

Lo cierto es que lo más parecido a un periodista es un árbitro porque no hay reunión que se precie que no seamos objeto de críticas, y algunos se las merecen porque ha confundido el periodismo con El Vaticano y creen que todo lo que dicen es palabra de dios y que baja directamente del cielo. Ya sabes, en esto hay de todo, aunque hay cada todo…..

Lo habitual de nosotros es oír que si somos parciales, que si manipulamos la información, que si nos metemos en la vida privada de la gente, que si servimos oscuros intereses… que en mi caso el único interés que tengo es saber cómo va el euribor porque si supieran que la mayoría de los periodistas lo que tenemos es sueño atrasado, pero atrasado desde Barcelona, si vives en La Coruña…

¿Manipular? Sí, hombre, bastante hago con aguantar las bobadas que dice el político de turno como para que ahora se me dé por flagelarme con un doble curro cerebral y cambiar lo que dice el papón en cuestión, desde el presidente de cualquier partido hasta el delegadillo de no sé qué puesto que se han inventado para darle curro al percebe ese; es lo que hay, claro que si los vieras ibas a alucinar viendo los mendrugos que nos dirigen.

Pues eso, que me pongo, me lío y no acabo. Habitualmente, en medio de las críticas de una conversación siempre suele haber una palabra cálida que baja la tensión del momento y deja la «discusión» en un simple intercambio de opiniones y entonces te preocupas más en atacarle al plato de langostinos que tienes en la mesa que entrar en dimes y diretes sobre periodismo. El asunto, se complica cuando alguien se excede; pero claro, esto ocurre lo mismo en la dialéctica que en el consumo de grasas o de pimentón, que derivan en el colesterol.

En una ocasión, un colega que había sido invitado a una cena se vio afectado por un desaforado ataque verbal de un comensal que tras una dura crítica, y aquí fue el exceso, le espetó con desprecio y fuerte olor a tintorro refiriéndose al diario en el que trabajaba y a gritos para que lo oyeran todos: «¡¡¡ No sé como escribes en ese Tin Tin !!!!». El periodista pasó, que en esto de pasar y pasarnos tenemos una facilidad… y disimulando se puso a hablar con otra persona para dejarse de líos.

Estaban degustando el segundo plato cuando de repente mi amigo oyó a la misma persona que decía todo ufano a uno que tenía a su lado hinchando pecho y dándose importancia: «Pues a mí, cuando me entrevistaron en el periódico… ».

Fue entonces cuando el plumillas hizo un silencio en la mesa en el que había unos 20 comensales, todos callaron y dirigiéndose a quien prácticamente le había insultado y que estaba justo enfrente, pero a unos diez metros, le dijo en tono suave (ya sabes ese tono en el que te van a caer todas juntas), en plan tranquilo y como dudando: «Perdona, es que como somos muchos no me acuerdo. ¿Tú eres el Ton Ton al que entrevistaron en el Tin Tin?». Fue decir esto y adiós plato de langostinos. Al parecer volaron vasos, botellas, cayeron sillas y… no sé, creo recordar que los langostinos ni se movieron y que el colega se llamaba Manuel.

La entrevista, la obsesión y el ascensor

Miércoles, Octubre 7th, 2009

Iba a decir a todos; pero a lo mejor no, a lo mejor solo es a mí, que llevo una vida de situaciones raras, extrañas y góticas que a veces pienso que es como una persecución. El caso es que, digamos más o menos, a todos nos ha ocurrido en alguna ocasión por la tarde o por la noche de un día cualquiera sientes que hay algo que te revoletea la mente, que no sabes muy bien qué es hasta que de repente te das cuenta que has hecho algo a muy, pero que muy primera hora de la mañana y en ese momento estabas tan sobao que no fuiste muy consciente de ello.

Algo así me ocurrió hace ya varios año en Vigo, cuando muy de mañana salí del piso de mi amigo Juan Casal, una décima planta en el centro de la ciudad olívica. Ya a última hora de la tarde sentí que algo había sucedido pero que no caía muy bien qué había sido. Iba caminando tranquilamente cuando de repente recordé que por la mañana, al salir de casa, había cogido el ascensor y que éste se había parado justo en el de abajo, que poco después continuó, que se volvió a parar en el siguiente y luego en otro más.

Entonces, sin poder contenerme, comencé a reírme solo por la calle. En efecto, el ascensor se había detenido tres veces. Primero en el piso de abajo, el 9, luego en el siguiente, el 8, y más tarde en otro, que inmediatamente supe cuál era. ¿Qué había ocurrido?, ¿qué era lo que a última hora de tarde me tenía en un sin vivir en mí y que me produjo tal explosión de carcajadas?.

La explicación era muy sencilla; pero solo la explicación, claro, y el asunto era que estaba tan obsesionado con hacer una entrevista a un personaje con el que había quedado tan primera hora de la mañana, que nada más entrar en el ascensor y ver los botones marqué el 986; o sea el prefijo de Vigo. No me volví loco, pero no me extrañaría que un día, como dice la policía: «Esto puede ser utilizado en contra suya».

PD.- ¿Y cuál fue tu mayor despiste?

Batallitas periodísticas y tecnología

Martes, Septiembre 1st, 2009

Hace unos veinte años, más menos, los periódicos eran muy distintos a los de ahora, sobre todo en su funcionamiento, pues no había los medios técnicos que existen en la actualidad, aunque últimamente parece que para lo que hay (casi todo se reduce a control C control V, cortar y pegar) pues joé con los cambios. Que va a llegar un día, que como el papel es reciclado, pues te vas a la rotativa, donde están las bobinas, y malo será que echándoles algún producto químico no te aparezca de la nada y sobreimpresionado un artículo desconocido de Benitiño Pérez Galdós o de vete tú a saber quién y al que lo único que le falta es un detalle para darle personalidad: mi firma y tira palante porque lo demás……..

Y tú espera que alguien encuentre de verdad algo que realmente merezca la pena, que ya me veo yo a todos los periodistas patrios a tiros cogiendo bobinas y más bobina para llevarlas a casa y como los concurso esos de «rasca y gana», pero gana un premio Pulittzer, que encontré un artículo de un desconocido Armisomovich Distronovich que es la bomba.

Como decía, hace unos veinte años, los periódicos, al menos en los que trabajé (unos cinco) eran diferentes, no solían tener una plantilla de fotógrafos, eran colaboradores, aficionados o empleados de tiendas que se dedicaban a bodas, bautizos y comuniones y que llegaban a un acuerdo con las empresas editoriales.

Lo malo que ocurría era que cuando la tienda cerraba sus puertas al público, el fotógrafo también terminaba su jornada laboral y para casa, ni comercio ni diario. Total, que sobre las ocho y media de la tarde estabas más que colgado, se enviaban los carretes a una empresa para revelar y si necesitabas a un amante del diafragma por algún imprevisto como un suceso importante, pues entonces lo llamabas a su casa y le pedías el favor de ir a cubrir la información.

Recuerdo que en uno de los diarios en los que trabajé había uno fotero especial. Delgado, alto, tez pálida, cadavérica, y lo más antiperiodístico que te podías echar a la cara, tanto que lo primero que te decía no era adónde había que ir, sino (y no fallaba), sus primeras palabras eran: «Pues ya estaba yo en cama….». «¿En cama, si solo son las 10?», pensabas. Y antes de que pudieras decir nada, doblaba el espinazo hacia un lado, estiraba el brazo hasta el dobladillo del pantalón, lo levantaba y te decía: «Ves, ya estaba en pijama».

Yo, la verdad, estaba empezando en esto del periodismo, tendría 23 o 24 años, pero con el tiempo llegué a dudar de si no sería más noticia todos los tipos de pijamas que vi (¡¡¡ Y qué pijamas !!!), que el suceso que teníamos que cubrir. De las noticias que hice con él no recuerdo mucho, pero de sus pijamas….

Al final, después de ir a lugar del hecho, te despedías, tu seguías trabajando (y no exagero) hasta las cuatro de la mañana y cuando salías del periódico, la verdad que en vez de vivir en una ciudad de 200.000 o 300.000 habitantes estabas en una de 500; los 500 colgados que a esa hora había en la calle: marineros borrachos, policías aburridos, periodistas y prostitutas, que eran las que estaban más despiertas. Vamos, el mejor ambiente y el más edificante para educarte con 23 o 24 años, que no sé ni como estoy vivo, aunque deduzco de donde viene mi tara.

Y al día siguiente, a las 12 de la mañana, volvías a la batalla, a la Redacción, haciendo llamadas y más llamadas de teléfono, consultando algún diccionario, una enciclopedia, otros periódicos… todo menos Internet, porque el único Internet que había en esa época era internarte en la vida misma, en la calle, con gente de todo tipo y buscar toda clase de noticias.

Así, con esta vida tan singular me ocurrió que en una ocasión entrevisté a un delincuente que había sido detenido en cien ocasiones y como lo que íbamos a hablar pues no era como para que lo oyera alguien, lo llevé en mi coche (gran error) a las afueras de la ciudad. Me imagino de lo que charlamos, aunque ahora mismo no recuerdo; pero lo que no olvido es que el tipo se quedó con la marca y la matrícula de mi Mini y en una semana me lo robó tres veces hasta que lo llamé por teléfono y le expliqué que en A Coruña había muchos turismos, hermosos y más potente y que, sin embargo, solo había una cárcel. Lo comprendió

Pero siguiendo con el tema fotográfico, que se me va la olla. Para no molestar en aquella época a los fotógrafos / tenderos, cuando a la Redacción llegaba un entrevistado fuera de plazo (el horario de la tienda fotográfica), la solución más inmediata era llevar al individuo al fotomatón. Y el problema no era acompañarlo a esa cabina de los horrores (que para disimular le decías que los fotógrafos estaban muy ocupados) sino que como en la entrevista ya habías hablado con él de hasta la vida de los simios, del mundo material e inmaterial, de lo visible e invisible, lo que era una auténtica tortura era esperar cinco minutos a que saliera la ristra de fotos y dos más para que se secara.

Y mientras fingías que te interesaba lo que decía,ya estabas pensando cómo acabar la noticia del delegado del Gobierno con el que habías hablado por la mañana, el presidente de la asociación de vecinos de no sé dónde por la tarde, o del chalado que decía haber inventado el helado caliente. Y así día a día, entre fotógrafos y fotomatones, buscando noticias, jugándote la vida en sucesos, como cuando un delincuente me dijo que si era periodista y si publicaba algo «te rajo», y lo más curioso, que hasta ese punto llegaba tu inconsciencia, que ni caso, que lo de «rajo» a lo más que te sonaba era a raxo porque había horas en la noche que tenías un hambre….

Pero como digo, eso era antes, cuando entrabas en los hospitales y cogías una bata de enfermero para entrevistar a uno que le dieron un navajazo o una paliza y que estaba en la habitación 506 o 424, o acceder la UCI donde una vez estuve hablando con un paisano que parecía que no le importaba morir con tal de decir quién le había pegado un tiro mientras oías el «pi, pi, pi» de la máquina esa que te dice que estas vivo, pero yo… como que lo veía que no. Eso, muy distinto ahora. ¿Ahora?, pues ahora, salvo excepciones, Señor Google (control C, control V) y un toque de personalidad: mi firma. Joé con la tecnología.

Los gallegos, la autovía y los coches

Jueves, Agosto 27th, 2009

Cuando hay que inaugurar una gran obra como un puente estratosférico o, como se dice en Galicia, de carallo, entonces quien lo hace es el ministro de turno; pero si el asunto es de menor relevancia como un tramo de autopista, por ejemplo, entonces el acto pasa a un director general y si ya la cuestión es inaugurar una fuentecilla porque la que mana un chorrillo de agua, pues (y siguiendo el escalafón) mandan a un secretario general o a un ordenanza, y así sucesivamente según la importancia de cada acto. Salvo que haya elecciones, entonces van todos, como los niños, juntos, sonrientes como parvos y casi de la mano.

En una ocasión, en los llamados «accesos» a Galicia, que más que a infraestructuras suena a alpinismo, había que abrir al tráfico unos kilometritos y, para tal evento, allá fuimos toda la tribu de la prensa gallega a un inhóspito lugar cerca de Ponferrada: bajo un puente, con camareros perfectamente etiquetados que te ofrecían toda clase de pinchos, bebidas y en donde habían instalado unos grandes mapas con el trazado de la autovía.

De camino al surrealista lugar y con un calor que te morías, en el coche oficial del secretario general viajaban, además del conductor y el político, el polifacético José Manuel Pereiro, periodista de la Televisión Española en Galicia, además de cantante de Radio Océano, y quien esto escribe.

Justo a nuestro lado, en la parte de atrás del coche, había una preciosa cartera de cuero de color marrón y con el secretario general empezamos a hablar en broma si se trataba de la del ministro y otras bobadas muy propias de nuestra profesión. Viendo con el personal que se había encontrado, también se puso a tono y en un momento de sinceridad dijo: «Mira que sois raros los gallegos». Nosotros nos quedamos sorprendidos y preguntamos por qué éramos raros, que lo somos; pero no sabíamos que los supieran más allá de Piedrafita.

El secretario general comenzó a relatar que una ocasión, en la autovía a Galicia, en un tramo que había casas cerca de la calzada habían instalado unas mamparas para evitar la contaminación acústica y, por tanto, no molestar a los vecinos. Cuando lo operarios iban a continuar las obras de colocación se encontraron con una pequeña e improvisada manifestación de unas ocho personas que venían del campo con sus aperos de labranza.

El secretario general explicó que pensaba que se trataba de una protesta sobre el trazado de la autovía, por algún problema de fincas y lindes, que es muy propio de estas latitudes, pero lo que nunca se imaginó que la queja fuera por los paneles, y más cuando uno de los «alborotadores» le dijo: «De pantallas nada. Sí, hombre, ¿para una vez que podemos ver los coches, nos van a poner eso?». Creo que los paneles que iban para Galicia deben estar ahora en alguna autovía de Extremadura.

El periodismo y las lechugas

Lunes, Agosto 3rd, 2009

Lo de la horticultura es una historia y más para los que siempre hemos vivido pegados al asfalto, que lo más cercano del verde de la campiña es el color del disco del semáforo. Pero como esto de las reacciones humanas son imprevisible, un día, en la aldea que pasaba los fines de semana decidí asentarme con mi familia, olvidarme de la ciudad y de los pasos de cebra y otros animales.

Como en el campo se pueden hacer tantas cosas (eso dicen y es cierto) decidí no hacer nada, para evitar el estrés, excepto una pequeña huerta. Para ello empecé haciendo un riego (en el argot riejo) y a los tres metros de haberlo comenzado ya decidí beber un vaso de agua pues no podía con el sacho.

Ante la situación límite en que me encontraba, mis queridos convecinos (11 para ser más exactos) trajeron un pequeño tractor y en menos que canta un gallo levantaron la tierra e hicieron veinte surcos, lo que yo según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud tardaría entre tres y cuatro años, amén de dolores lumbares de por vida y otras menudencias que precisarían atención farmacológica.

Así que con los susodichos riejos ya hechos, planté repollos, patatas, cebollas y lechugas siguiendo en todo momento las instrucciones de mis vecinos que me explicaban cómo tenía que hacer, los cuidados que requiere la tierra, a la vez que me animaban diciéndome que no fuera «pregiceiro», que al cambio es vago.

Yo no sé si porque venía de la ciudad o porque soy periodista y hay una idea muy generalizada de que sabemos de todo (cuando la realidad es que no sabemos de nada), el caso es que un día se me acercó un paisano que cuando comenzaba a anochecer solía pasar por delante de mi huerta para ir a su casa y al que había visto muchas veces mientras regaba mi edén, en invierno casi siempre a oscuras, con un cubo de agua (ahora ya tengo manguera), e iluminado por una linternita, que así estaba yo de preparado para esto.

Se aproximó con cierto misterio y me comentó: «Mire _ dijo muy respetuosamente _ como usted es periodista y sabe mucho ¿por qué riega las lechugas tan de noche, es que así crecen mejor?. Se lo digo _continuó el buen hombre_ porque aquí en las aldeas, usted ya sabe, hay muchas cosas que no sabemos y en la ciudad….>.

Si yo me quedé sorprendido más debió quedarse él cuando dije: «¿De noche? ¡¡ Ah, sí !!, es que llego tarde a casa y es el único momento que tengo para regarlas». Se despidió y creo que para siempre, desde entonces nunca más lo volví a ver.

Una llamada, una pregunta, una locura

Miércoles, Julio 1st, 2009

Personalmente no sé que suele pasar en otras profesiones, supongo que también habrá de lo suyo, pero en el periodismo todo puede ocurrir y hay situaciones que a nosotros mismos nos superan. Un día me encontraba en el periódico cuando sonó el teléfono y una persona desconocida comenzó a explicarme su preocupación.

El asunto en cuestión era que se trataba de un aficionado a la pesca submarina que casi todos los fines de semana solía ver a un muchacho con el que había trabado amistad y que también tenía esa misma pasión por la actividad subacuática. El comunicante comentaba que hacía unas semanas que no lo veía y que había oído que un joven que hacía pesca submarina se había ahogado, por lo que temiendo que fuera su amigo ese era el motivo de su llamada para saber si en el periódico se había publicado algo.

Me acordé que, como él bien decía, hacía unas semanas había redactado una información comentando tal suceso; pero recordaba también que las autoridades no habían facilitado el nombre del fallecido ya que todavía no habían podido identificarlo. Así se lo hice saber a quien estaba tras el teléfono esperando una respuesta. Se hizo un pequeño silencio y el comunicante inquirió: «¿No recuerda cómo se llamaba?», dijo. «Pues no». «Pero era joven ¿no?», insistió. «Sí era joven», dije. «Y del nombre y apellido no se acuerda ¿no?», «es que no lo facilitaron», repetí. Y entonces cuando ya creía que el comunicante iba a colgar, volvió a decir: «Del nombre no se acuerda». «No», respondí. «Ya, ¿pero más o menos?», dijo. Cómo más o menos, o se llama o no se llama. De verdad, hay ahogados que no se lo merecen.

Si sigues así, dimito

Viernes, Junio 26th, 2009

Sí, como dice el título de este artículo, si sigues así, dimito. Tanta historia de la blogosfera, tanto Internet, tanto youtube, tu tuviste y él tuvo (que por ciento no tengo ni un can, ni un chus, nada o nel, que fue lo que me dijo el último delincuente que me atracó) y apenas unos comentarios…. ¿pero de qué vais?. Como mucho, lo máximo que leo es en el Facebook ese, en «me gusta», como si en vez de escribir artículos vendiera helados en plan «¿y este de qué es?. Qué rico, me gusta».

Hombre, yo no digo que tengáis que decir todos los días que os encanta el blog, que es una maravilla, que no habéis visto cosa igual desde la invención de la cometa y que ya era hora que en el mundo de las letras contemporáneas, y sobre todo hispanas, hubiera alguien que… no, tampoco; os lo agradezco; pero de ahí al silencio total, al mutismo más absoluto… ¿pero esto de la Red no iba de interrelacionarse, de conocerse, de la globalización intercultural, de la unión y amistad de las gentes del mundo y otras gaitas?.

Joe, pues yo que soy de la época de la Olivetti no pido mucho, pero que me digáis de donde sois, que me dedico a tal o cual cosa o incluso si queréis ponerme a parir… pues bien, vale, de acuerdo, pero solo recibir tres o cuatro opiniones en casi una semana cuando además según las estadísticas tengo unos 600 hits al día…. que por cierto esto de los hits es un lío explicarlo, pero viene a ser (según pude entender, que seguro que mal) las veces que pinchan en los distintos artículos las personas que entran en el blog. Bueno, seguro que no es así; pero da lo mismo, a lo que vamos: Tú sabes de mí, por ejemplo, que estoy casado con una india americana de la tribu sioux, que vivo en una aldea de 11 habitantes, y hasta puedes ver esa foto en la que estoy mirando a lo alto como si hubiera perdido algo en un tejado o buscando no sé qué, y que por cierto todas mis compañeras del periódico dicen que está muy bien, la foto, obviamente …… pero yo, ¿que sé yo de ti?. Cero; aprovecha y por lo menos, si no me quieres contar nada, poner en el blog vuestros emails y con la disculpa de «yo también leo al petardo de Guisande», pues os conocéis, os liáis, os invitáis a casa, os enamoráis, os casáis, os fugáis o si tenéis ganas os vais de camping… yo que sé, hacer lo que queráis pero que vea que hay alguien ahí detrás de la pantalla del ordenador. Es que para escribir como lo hacía en el periódico de papel, que no sabía si me leían, ni quién, ni dónde, ni cuándo, ni cómo…. pues lo dicho, si sigues así, dimito. ¿Blogosfera, Internet, Red…..?. Venga ya.

Por cierto, que si lo que quieres es ponerme a parir y te da no sé qué, no te preocupes hombre, anímate que es muy fácil, te ayudo y elige la opción, pero por Dios, por los vientos alisios y monzones, di algo:

1 «Guisandiño chuliño»
2 «Plastita que eres Guisandejo»
3 «Vaya, vaya guisandillo-pardillo, echando broncas al personal…si ya se te ve la cara de parvo que tienes en el blog, jajajaja, parviño, parviño»

Los duros comienzos en el periodismo

Jueves, Abril 23rd, 2009

Dice el refrán que «presencia y buenos modales abren puertas principales» y creo que al menos, tras el primer artículo en el que explicaba el porqué del título «Al fondo a la derecha», lo más correcto sería una pequeña presentación para que el bloglector se diera cuenta (por su salud espero que no) de quien es el que esto escribe y los avatares que le llevaron a dedicarse al mundo de la oración (gramatical, se entiende) o, lo que es lo mismo. del sujeto, verbo y predicado, aunque sobre todo del sujeto, que hay bastantes.

Cuando comencé en el periodismo, no voy a decir que fuera una tragedia familiar, pero rozando estaba el asunto. Entonces, a principios de los ochenta, ser periodista era algo así como querer ser torero, actor, pintor o escultor. Más bien escultor, que son los que dicen que viven peor y hasta hay quien asegura haber visto a más de uno comiendo o royendo sus obras.

Lo desconozco. Lo que sí sé (y por lo que a mí respecta ya tengo el cupo cubierto) es que cuando iba con mi padre por la calle y se encontraba con un amigo que le comentaba que su hijo quería ser tal o cual, él decía: «Pues este dice que quiere ser periodista», y a «este» (que era yo) lo miraba como diciendo: «Mira que tengo una desgracia».

Razón no le faltaba porque tras un paso fugaz como corresponsal de El Correo Gallego en A Coruña, en mi primer trabajo serio, en el semanario El Orzán, como instalaciones teníamos dos habitaciones de la Asociación Profesional de la Prensa, con unos techos tan altos que se te podían escapar las ideas y no volver jamás, dos añejas mesas de madera con otras tantas Olivetti de hierro y cable de teléfono pero sin teléfono. Además, como si fuéramos pioneros del periodismo patrio rozando la epopeya no había calefacción, hasta nos llegó parecer normal que a una de las máquinas de escribir le faltara la letra «a» y que cuando se llevaban las pruebas a la imprenta pusiéramos una posdata que decía: «Donde haya un hueco en una palabra, póngase la letra a. Gracias». Y tan feliz nos quedábamos.

Pero todas esas contrariedades no eran lo peor, ya que el frío lo combatíamos con gruesos jerséis y abrigos, en ocasiones con guantes o frotándonos las manos, y el teléfono lo sustituíamos por patear la calle todos los días yendo a visitar a los personajes a sus casas o a sus despachos para entrevistarlos. Cobrábamos tarde, y aunque te habías «independizado» (tendría unos 24 años) a final de mes acudías a casa de tus padres para comer.

Y claro, esto de volver al rincón familiar con las orejas gachas (que uno tiene su orgullo), pues lo disfrazabas con un «vengo a veros», a la vez que recibías una sonrisa burlona de tu padre que sin decir nada pensaba: «Sí, hombre, a vernos. Anda, come, petardo, ¿a ver cuánto duras escribiendo?».

Era lo que más o menos esperaba del periodismo, y para esto y mucho más estaba preparado, pero para lo que no estaba era para que una vez que dispusimos de teléfono descubrieras que tu trabajo estaba más bien en el olvido. ¿Cómo lo supimos? Pues con las primeras llamadas. Telefoneabas a alguien y cuando decías que llamabas del semanario El Orzán, impepinablemente tu interlocutor te decía con un tono de sorpresa: «No, aquí no es el seminario» o «¿Que qué dice del seminario?». Y si volvías a llamar y te salía la misma persona porque te habían dado mal el teléfono lo normal era oír aquello de: «¡¡¡¡ Pero que cojo… de seminario !!!!!».

Así que en poco más de una semana, y con dos bemoles, al semanario terminamos llamándolo periódico. Que tampoco así lo conocían, claro, pero por lo menos le dábamos publicidad. Y al final, aunque no se vendía mucho, a mí siempre me quedó la duda de si era porque interesaba lo que escribíamos o por lo mucho que llamábamos y se compraba por curiosidad. Quiero pensar que un poco por las dos cosas; pero más por una, creo, porque un día, no sé por qué, nos cortaron el teléfono. Y así, amigo bloglector, empecé en esto de la oración, en lo del sujeto, verbo y predicado.