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No entiendo a mis hijas, ¿pero qué dices?

Martes, enero 31st, 2012

O me estoy quedando sordo o ellas hablan muy deprisa… o a ver si va a ser que me estoy quedando lelo, que no me extrañaría, que casi 30 años de periodismo pueden afectar al cerebro, pero mucho, porque eso inglés no es, ¡¡¡ qué va a ser inglés lo que hablan si nunca dice «Hello»… !!! No sé, yo lo que sé es que a mis hijas no las entiendo, no las comprendo, y aunque se llaman Alejandra (15 años) y Victoria (11), para mí son «¿Qué?». Sí, «¿qué?» porque me paso todo el día diciendo «¿qué, qué , qué?» y como respuesta suelo recibir un «bo… » o un «uummmm… », que no significa nada pero que lo dice todo.

De verdad te juro que muchas veces, cuado hablan yo digo sí, pero digo sí ya por inercia, de forma inconsciente, espontánea, sin saber realmente porqué lo digo y, claro, después me llevo la sorpresa de… : «¡¡¡ Papá, dijiste que sí, dijiste que sí !!!» y yo interiormente me desespero porque no sé ni cuándo ni dónde dije sí, que por lo que me dicen respondo cada sí… tela, que es como si no tuviera juicio o que tienen un padre que es un pasao, un inconsciente, que de esto último algo hay.

Yo a estos niños de ahora no los entiendo y además piensan de tal forma que creen que lo sabemos todo, como si fuéramos Google pero con pies: «¿Te acuerdas de Lorena?», pregunta Victoria, así de repente, y yo digo «sí» medio acongojado, con la mirada extraviada, con el pulso acelerado, y como en internet pienso: «Voy a tener suerte»; pero claro, como son muy listos y se las saben todas, te cuestionan: «¿Y quién es?» y en esos instantes te entra un frío en el cuerpo… que si fuera el de la Guardia Civil ná, pero como es el mío…

Yo he descubierto, después de oír entre 700 y 854.000 veces «papá es que no me haces caso, es que no te enteras, es que… », que la respuesta a este tipo de preguntas te la puedes jugar al 50% diciendo: «Sí, esa niña que es rubia», porque es rubia o morena, no hay otra (bueno, está la pelirroja pero esa no cuenta); pero si quieres tener más posibilidades te lanzas a la «solución metro» diciendo, pero con confianza, eso siempre, con confianza, pase lo que pase: «¡Ah!, esa que es como tú de alta» y si es… alivio y si no…. siempre puedes negociar lo de la altura.

Yo a mis hijas, como tú a las tuyas, las quiero, las adoro; sin ellas no podría vivir pero con ellas… ¡¡¡ tampocoooo !!!, me ponen en cada aprieto… Yo he llegado a un punto que ya no me atrevo a preguntar nada, ni si esa serie de la tele es tal o cual, si esa canción es de este o aquél grupo o si… todo me parece tan igual, excepto el «bo… » o el «uuummmm..», que me dicen ellas, que no significa nada pero que lo dice todo, bo…

«Papá, ¿puede quedarse a dormir?»

Viernes, mayo 6th, 2011

(situaciones inherente al cargo de cabeza de familia)

Te lo juro que llegué a pensar que había niños abandonados, que mi casa era una ONG o un centro misionero, yo el Padre Guisande (con sobrina, claro) y que me ocultaban una cruda realidad porque saben de sobra que si ando triste no estoy para escribir cosas de humor. Y todo esto lo cavilaba porque una semana sí y otra también mis hijos me dicen: «¿Pueden Juan y Luisa quedarse a dormir?».

Y era decirles que sí, y oye; o yo soy muy despistado o estos tíos muy listos, porque para mí que no pasaban ni cinco minutos y ya habían tomado la casa con sus bolsas de deportes, repartido las literas y organizado el día… no, si yo sé que el mundo va muy deprisa pero tanto…

Yo no digo nada; pero me he visto hablando por teléfono con más padres y madres… que al final es que me lío y llamo a uno y me dice que no, que su hija no está en mi casa, que está en la suya, que esa Luisa de la que le hablo es otra Luisa, también compañera de clase de mi hija, y a este paso me da que mis hijos se van a quedar sin amigos y que nunca más volverán de finde porque… ¿te imaginas que alguien te llama para decirte que si puedes dejar a tu hijo en su casa y contestarle que tu hijo no está en su casa, que está contigo tranquilamente viendo la tele, y que por cierto el Dépor gana 1-0?, ¿qué clase de persona, de padre, de ser humano, de cabeza (si la tiene) de familia es la que no sabe ni a quién tiene en casa?, ¿dejarías a tu hijo pasar una noche con esa gente a la que, además, solo conoces por teléfono?.

Yo en principio no; pero claro, si le explico al padre que esto más que una casa los fines de semana parece el metro, que entra y sale uno y luego otro… y que ya no sabes bien quien es el que viene de visita o el que se queda a dormir… porque claro, no vas a llevar un registro y que cuando llegue uno le digas: «Bienvenido joven, ¿se llama usted?. ¿de visita o a dormir, acompañado o solo, cama individual o doble?. ¡¡ Ah, bien !! tome, habitación 3, al fondo a la derecha. Por cierto, no se olvide, que el desayuno lo servimos a las 10».

Distintos
Es que además, los niños de ahora son distintos. Tú antes preguntabas a tu padre o a tu madre si te dejaban ir dormir a la casa de un amigo porque éste previamente se lo había dicho a su padre y éste te llamaba y lo normal era que lo dejaras. Ahora te dicen que si Juanito si se puede quedar a dormir pero el angelito no se lo ha dicho a sus padres, con lo cual te ves llamando a familias y más familias como si tu tuvieras un interés bárbaro en que el chaval se quedara.

Y entonces, cuando no te confundes de crío, pues le dices al padre lo clásico: que lo deje, que es bueno que los niños se conozcan, que se interrelacionen, que además en el campo están aire libre, que hace buen tiempo, que no hay ningún peligro, que son muy amigos… Vamos, acabas de conocer a un chicuelo que se llama Juanito y solo te falta decirle al padre que le tienes un cariño loco y que es el hijo que siempre añoraste tener. Le pones una ternura al asunto sin comerlo ni beberlo… cuando la realidad es que hay días que te sobran todos…

Si a mí, la verdad, en el fondo, que se queden a dormir no me importa; lo que no entiendo es que se queden a dormir y no duerman y en cuanto te despistas te encuentres a uno con un pie en la boca de otro o con la mano como si se la quisiera meter en la oreja o arrancarle los ojos e incluso alguno tirado en un sofá con la cabeza colgando. Y te ves acarreando niños de aquí para allá que aquello, porque nos conocen, te lo juro que nos conocen, pero que visto desde fuera… vamos, yo observo desde fuera a un tío portando niños al hombro de aquí para allá como si fueran fardos y entro a saco con fuego cruzado y con la sioux lanzando flechas y con el cuchillo entre los dientes a cortar cabelleras, vamos que si entro… que no me conozco yo si le hacen algo a un niño… incluso a mí…

Mi hija me ordena escribir

Domingo, enero 9th, 2011

(Cosas que pasan cuando eres padre y aún encima crees que lo haces bien, así nos va)

Yo entiendo que mi director, Xosé Luis Vilela, que el director adjunto Luís Ventoso, y los subdirectores César Casal, Fernando Hidalgo, Francisco Ríos, Carlos Agulló o Alfredo Vara me digan: «Guisande, ¿por qué no escribes un reportaje sobre la posible existencia del guacamayo en Galicia?».

Lo entiendo, como también ellos comprenderían que les insinuara que, tras haber escrito en mi vida como un centenar y medio de Quijotes… «hombre, si quieres escribo sobre el guacamayo, pero con la gente joven que hay aquí y con el lío de coordinar los Monográficos no habrá algún otro pájaro que lo pueda hacer… ». Y casi estoy seguro que dirían algo así como que vale, a la vez que pensaría que sí, que para pájaro el Guisande, y acertarían. Dios, que noble soy.

Como digo, si me ocurriera eso, si tuviera que escribir sobre el guacamayo se escribe (no me conozco yo, que si me pongo… bueno si me pongo… ) y te aseguro que si tuviera que hacerlo no sería causa de zozobra ni de desasosiego ni de desazón; pero lo que sí me ha sorprendido es que en casa, que hay cientos de papeles por todos lados, con notas indescifrables sobre ideas para artículos, me haya encontrado uno que dice: «Papá, escribe de aviones y pájaros». Vamos, eso de «por favor», una insinuación o sugerir, como haría mi director… ná de ná, «escribe», y por la letra deduje que era mi hija Victoria, de 10 años, la que de forma cuasiimperativa me daba las pertinentes instrucciones, a la vez que pensaba que si no lo hacía, capaz era la niña de amordazarme y atarme al teclado, que viene la juveinfancia que no veas.

Y como Victoria, que lleva una temporada así como contra mí, en plan rebelde, rompiéndome el corazón, lo ordena… qué te voy a decir. Y así estaba, meditando en sus instrucciones, en pájaros y aviones, en seres vivos voladores y metálicos que surcan los cielos, cuando me dije: «¿Y si me hago el avión y como pájaro que soy escribo sobre Victoria?».

Y entonces recordé alguna situación como cuando un día Vito, que así la llamamos, le preguntó no sé qué a su hermana Alejandra. Esta, Alejandra, que las hermanas siempre se han llevado a estas edades como se llevan, le contestó algo así como: «¡¡¡¡ Ya te dije que cuando me levanto, que cuando me levanto no tengo humor !!!!», a lo que Victoria, rápida como un rayo le respondió: «¡¡¡¡ No es que tengas mal humor, que son las siete de la tarde, las siete, y lo que tienes es mal carácter !!!!».

Y ya sabes como son los niños, que te cuentan y hablan de sus amigos y amigas con una familiaridad como si tú estuvieras todos los días con ellos en el cole, en el mismo pupitre. Así que un día, Victoria me empezó a hablar de sus compis, Marga, Paula, Julia, Lorena… y por eso de seguir la conversación dije muy en mi papel de buen padre. «¡Ah!, sí, Julia, la niña rubia esa…». «No papá, Julia es morena… », respondió con un tono… ese tono que tú y yo sabemos, que te voy a contar ahora que tú no sepas.

Yo seguía la conversación, más bien escuchaba, hasta que volvió a hablar de sus amigas, que si Lorena, que si otra vez la Julia (obviamente memoricé que era morena, pero morenísima, pero mucho mucho más de lo que te imaginas de morena) y mirándome me dijo: «¿Te acuerdas de Rebe?». La miré, tragué saliva, el corazón se me puso en un puño, sabía que me la jugaba y me la jugué. Así que con toda naturalidad comenté: «Claro Vito, la del parque».

Tras responder con un «no papá… la del cole… », con ese mismo tono que te dije antes pero yo creo que más pronunciado, desde su poco más de 1,40 metros miró hacia arriba, yo hacia abajo, se quedó pensativa y con sus ojos fijos en los míos dijo: «Papá, ¿desde cuándo no entiendes nada?». Glup.

Y TU HIJO, SOBRINO O PRIMO ¿QUÉ HIZO?

¿ Jubilarse a los 67 ?, tu padre

Jueves, marzo 11th, 2010

Estos se creen que vamos de pardillos: Se juntan en un salón con una moqueta que alucinas y entre tostadita y cafetito, el chaval de turno, llamado ministro, que gana un pastón, sueldo vitalicio y que no sabe cómo resolver el desmadre económico de cenas, comidas, fiestas, cohes oficiales y visas de 100.000 como él, dice: «Hala, ponemos a los 67 la edad de jubilación». Sí, hombre, si, y con 67, si te parece te subes tú al andamio, picas piedra en la carretera, llevas la bombona de butano hasta un quinto sin ascensor o descargas un camión de cajas de Coca-Cola ¿vale?.

Pues por mi chavalín como si la edad de jubilación la pones a los 70, 80 o 120 años, como las autopistas, porque yo a los 65 (cuando ya estemos todos empastillados de la cabeza a los pies, pero totalmente barbiturizados) le doy una patada a la medicación y me vuelvo esquizofrénico, pero esquizofrénico total; nada de eso de «es un poco raro». ¿Un poco raro?, te vas a enterar tu, la Seguridad Social y algún experto en psiquiatría lo que es ser raro, pero raro raro y lo que va a ser (como se dice en Galicia) aturarme, aguantarme.

Yo ya me veo a los 65 años, y solo un día después de haberlos cumplido, entrando en el periódico en una mañana hipersupersoleada de julio y el director que se me acerca y me dice: «Guisande podrías hacer un reportaje sobre… », y yo respondiendo: «¿Guisande yo?, como quieras; pero mira ¿por qué la luna es de color verde y azul?. Espera un momento que salgo que hoy no la vi y creo que es azulada».

Y dicho y hecho, salgo y vuelvo llorando porque no la he visto; o sea, porque no la he visto azulada, sino tirando a naranja y un naranja muy chillón. Y al segundo día (si es que llego al periódico), me voy derecho al director y le digo, aunque sea la una de la tarde: «Sal, sal, mira como la luna hoy sí es verde azulada… mira, y tienes suerte que hay cuatro astronautas jugando al subastao y uno lleva boina».

Y al tercer día, bueno al tercer día ocupo el despacho del director y según entre le espeto en medio de una trasposición cerebral: «Mira, Guisande, podíamos hacer un reportaje sobre porqué la luna no es ni roja ni verde ni azulada y averigua por qué el astronauta de la izquierda no arrastró… ».

Y al cuarto, vamos al cuarto, si es que alguien es capaz de acercarse a mí, me dan la baja definitiva. Y no me extrañaría que conmigo se viniera en plan daños colaterales el director, fijo; algún subdirector; los médicos que me examinaron, un par de compañeros; tres de seguridad a los que convencí para hacer prácticas de fuego cruzado a tiro limpio y un ensayo general de estrategia paramilitar en plan cuerpo tierra por todo recinto del periódico, y con ellos también alguno de rotativa al que también convencí y desarmó la megamáquina impresora porque los rodillos por donde pasa el papel son geniales para aplastar la masa y hacer empanadas y hemos hecho una de chipis, dos de bacalao y una más de berberechos.

Y entonces sí, con un papelillo que pone «baja definitiva por esquizofrenia aguda… » a casita, calentito, abrigadito, con mi ordenador, mi MP3, mis pelis, mi lareira, mis árboles frutales y a las 12 de la mañana, ni un minuto más ni uno menos, la pastillita verde; a las 6 de la tarde, la azul; a las 10 la roja y a sobar rezando: «Cuatro esquinitas tiene mi cama, y chaval de la moqueta, al curre no voy porque no me peta».

Y mientras cierro los ojillos como un santiño oigo la radio y escucho cómo de un mes a otro «increíblemente» el número de bajas en la Seguridad Social se ha multiplicado por 300.000 por esquizofrenia aguda. ¿Jubilarse a los 67?, sí hombre, tu padre.

¿Y quién no hizo una gamberrada?

Domingo, julio 19th, 2009

¿Quién no ha hecho una gamberrada o, lo que nuestras madres dicen en su argot siempre benevolente, una trastada; o es que vas a ser tú ahora un santo? Pues no, hombre no, que tú también has hecho de las tuyas. Yo realmente más que gamberradas lo que hacía eran estupideces. Por ejemplo, cuando estudiaba Derecho en Santiago, una de las aficiones era subir por la noche a la catedral con algunos amigos, como Gumersindo Villar García-Moreno o Javier García Elespe, llevar instrumentos musicales, unos bocadillos, dar un pequeño concierto y echar más humo que el botafumeiro, sí de ese, claro.

También en Santiago, lo que hacíamos (y reconozco que no era muy loable), cuando estábamos sin un can era «donar» sangre para luego invertir en copas las 300 pesetas que nos daban. Y más que envida nos daba un tío al que conocíamos que tenía un tipo de sangre raro y le daban 600, pero como si le dieran 10.000 porque era aburrido……. Total, que sobre las tres de la madrugada te encontrabas sin un duro, sin sangre y supongo que más delgado y tirando a pálido. Quizás por eso de los remordimientos, ahora soy donante, pero donante de todo y en vida, para compensar, que hasta ese punto llega mi arrepentimiento.

Pero tal vez la mayor gamberrada que hice, fue ya con cierta edad a un alcalde de un minúsculo pueblecito que no atendía a las peticiones de unos vecinos que se habían quedado sin agua para sus casas, ni para el campo ni para los animales, por lo que todos los días tenían que ir a una fuente con todo tipo de envases, cuando además tenían una edad más que avanzada. Y así durante tres meses.

Como ni los escritos y las denuncias de la situación en el Ayuntamiento surtían efecto, decidí actuar, y como dice mi mujer la sioux: «¡¡¡¡ No, por favor, no pienses !!!!». Pero pensé. Así que aprovechando la fiestas patronales, el alcalde, que ya tenía unos 60 años, y pongamos que se llamaba Luis Tortueso Remolque y que tuviera un supermercado, cuando el ambiente estaba más caldeado, (verdad, qué cosas tiene el cerebro o por lo menos el mío), entregué un papelito al cantante del grupo que en ese momento tocaba en la plaza del pueblo.

Micro en mano, el pobre muchacho creyendo que hacía un acto humanitario hizo un silencio entre el público y leyó: «los padres del niño Luis Tortuoso Remolque, más conocido por Luisito el del supermercado, se ha perdido. Si alguien lo encuentra, sus padres lo están esperando a la derecha del escenario». Unos se miraban entre sí desconcertados, otros se preguntaban cómo era posible que se perdiera el alcalde con 60 años, hacían comentarios en bajo, y los más, se reían; yo… ni te cuento.

Y cuando ya la fiesta sobrepasaba las tres de la mañana, oigo en medio de otro silencio sepulcral: «Por cierto, que los padres del niño Luis Tortuoso Remolque, Luisito el del supermercado, podrían tener la delicadeza de decir si ha aparecido o no». Yo no sé si el grupo ya había cobrado del Ayuntamiento o si dejo de cobrar o si lo volvieron a contratar. Agua no hubo, eso también es cierto, pero risas…. durante semanas y bastantes.

Pero a veces no es la gamberrada, sino la idea. Un día mi padre, con el que me llevaba muy bien y al que me unía, además de lazos consanguíneos, el absurdo más absoluto, me dijo algo más o menos como lo que sigue. «Yo no entiendo esas gamberradas de romper una papelera o tirar piedras a una farola. Te imaginas el placer que tiene que ser estar en el Lugo, acercarte de noche despacito a la muralla, y no digo destrozar nada, pero darle una pequeñito puntapié y pensar que le estás dando una patada a todo el Imperio Romano……». Joé, cada vez que lo pienso…. Dios, qué placer.

Pd. Anímate y cuéntanos la tuya de forma tranquila, como sedado, piensa que este blog es un medicamento, en caso de………………….

Mi madre, tú, yo, el blog y la miñoca

Jueves, junio 18th, 2009

Yo pensaba que era periodista, pero desde que tengo este blog he descubierto gracias a mi madre que no sé muy bien si realmente lo que soy es pescador o mago. Y es que desde que un día llegué a su casa con un portátil y le expliqué cómo funcionaba el blog, con sus estadísticas y otros datos, de vez en cuando me llama por teléfono y, en vez de decir, cuántas «visitas» o «entradas» he tenido, su frase es: «Y hoy, ¿cuántos picaron?». ¿Picaron?, sí, picaron, y la verdad es que desde entonces, cuando escribo, sino creo que soy David Copperfield, me siento miñoca y usted, pues usted, que según mi madre es el que pica, será una sardina, un pancho o un lorcho, que quiera que le haga, lo digo como lo siento.

Yo comprendo que a mi madre, Teresa o María Teresiña, como a otras muchas teresiñas del mundo, esto de la Blogosfera les queda muy pero que muy lejos.Y cómo no les va a quedar muy pero que muy lejos a unas personas que nacieron en una época en la que casi no había automóviles y en unos años vieron como el hombre caminaba por la luna y de un día para otro les cambiaron hasta el padrenuestro….

Para todas esas teresiñas esto de Internet es alucinante y también para mí, la verdad, que un día no muy lejano fui a preguntar por una PCU a una tienda de informática y al tipo que estaba detrás del mostrador (y creo que desde entonces aún sigue allí sin pestañear) le dije PVC, y tan feliz me quedé, pero esta es otra historia.

Como digo, para mucha gente el cambio ha sido estratosférico. Antes, cuando hablabas por teléfono con alguien que, por ejemplo, había ido a una fiesta, le preguntabas: «¿Y estuvo menganito?», si había estado te decían: «Sí vino y lo pasamos muy bien con él. Es simpatiquísimo». Ahora ya no hace falta que te contesten; ahora, vía multimedia, te mandan una foto del susodicho en la fiesta o un vídeo donde descamisado, con una copa en una mano y un gorro de cartón en la cabeza te dice a grito pelado. «¡¡¡Sííí, estoy aquí y os quiero mucho, guajuuuuuuu!!!». Lamentable.

Pero hay más, antes, las mujeres, cuando salían de compras y regresaban a casa, luego hablaban con sus amigas por teléfono y las explicaciones eran flipantes: «Pues vi una falda plisada, y una camisa de lino, con tirantes cruzados por detrás, haciendo un dobladillo en forma de espiga, pero al bies….» Y así la conversación podía durar horas, días y semanas y lo más increíble, se entendían o creían entenderse. Ahora no, ahora ni plisadas ni bies ni dobladillo ni el famoso escote «palabra de honor», te pueden enviar de la prenda que viste unas tres o cuatro fotos al móvil y… casi como el de la tele: «Así la hemos visto y así se la hemos enviado».

Y si nos alejamos en el tiempo, a los años cuarenta o cincuenta, el asunto ya sobrepasa lo imaginable. Entonces, cuando alguien quería ponerse en comunicación telefónica desde Madrid con una persona de, pongamos Huesca o Guadalajara (por cierto, ¿Guadalajara existe, alguien conoce a una persona de esta ciudad?), pues a la casa del oscense o del guadalajareño llegaba el cartero con una notificación en la que se indicaba que al día siguiente, a tal hora y no a otra, iba a recibir una llamada en Correos; y el personal esa noche ya no dormía pensando en qué le iban a decir desde la capital de España. Ahora… ahora ya puedes estar paseando por la playa, visitando un museo o estar en el cuarto de baño que hasta allí llegan las llamadas, no te dejan vivir, muchas veces molestan, cansan, incordian e interrumpen una conversa……. perdón, suena el móvil, seguro que será mi madre, le diré, querida sardina, pancho o lorcho, que hoy «picaron» bastante, pero bastante, en el blog de la miñoca. ¿No?, sí.

¡Ay!, esos niños

Martes, junio 2nd, 2009

Los niños no sabemos lo que piensan y, en ocasiones, es mejor no saberlo para no sufrir alteraciones coronarias. Un buen amigo, Gonzalo Pintos Moreu, que trabaja en la Televisión de Galicia como realizador en el programa banda curta, había sido padre por segunda vez y estaba supercontento con la nueva criatura. Con el paso de los días comprobó que su otra hija, Laura, que entonces tendría unos tres años, no le prestaba mucha atención a su nuevo hermanito, pero tampoco le dio mucha importancia. Así siguieron pasando las semanas, y mientras el retoño Gonzalito se zampaba a diestro y siniestro los biberones, Laura solamente se acercaba de vez en cuando a la cunita, se ponía de puntillas, miraba por encima de la barandilla y luego se iba.

Un día, Gonzalo tuvo que llevar al bebé al médico por una de esas miles de cosas que le ocurren a los recién nacidos, que si una tos, que si lloran y no se sabe por qué es, que si una cogestión en la nariz, que si una fiebre que no baja… Así que lo cogió en brazos y le dijo a su hija que lo acompañara para que así no diera la lata en casa. Iban los tres tranquilamente por el pasillo cuando al bajar las escaleras, Laura, mirando fijamente a mi amigo, le dijo mientras el bebé no paraba de sollozar: «Papá, y si lo tiramos…». Ahora, gracias a Dios, y a que mi amigo no hizo caso, los dos pequeños se llevan muy bien.

Los franceses, la comida y el sexo

Lunes, mayo 25th, 2009

El próximo día 4 de junio voy a Francia a una boda que, por lo que ya me previnieron, dura dos días; es decir, que comes-bailas-duermes, comes-bailas-duermes, y supongo que después, al final, duermes de todo lo que comes-bailas, porque si no es así…

Desconozco como son las celebraciones de las bodas en el país vecino, pero lo que sí sé es como son las comidas de los franceses, inaguantables, desesperantes, y siguiendo un ceremonial que hay que seguir paso a paso. Cuando te invitan a una comida en plan bien en una casa, lo primero que te ofrecerán los anfitriones antes de sentarte a la mesa será un aperitivo a base de cacahuetes, galletitas, pistachos y otros frutos propios de las gallináceas mientras te tomas una copilla más o menos dulce de sabor indescriptible pero agradable.

Después, pasado unos quince o veinte minutos, te sentarás a la mesa, habrá dos primeros platos y, de repente, como si fuera un paréntesis en la vida gastronómica, el mundo se para, se detiene, y llega la pasión de los franceses: los quesos. Entonces, en la mesa colocarán unas impresionantes fuentes y con una cursilería de narices, con unos suaves movimientos que más que un comensal pareces un cirujano cardiovascular, con un tenedorcillo irás cogiendo de los diferentes tipos mientras hablan y hablan de dónde proceden y de las diferencias entre unos y otros: si uno es más pastoso y si el otro es menos cremoso, si aquél es más fuerte y el otro más suave. Luego, después de casi una hora, sí, una hora, porque una comida que se precie dura entre cuatro y cinco, las bandejas desaparecerán y se seguirá con la comida, los postres, el café y copas. Que eres fumador… Pues si en la casa son de la liga antitabaco (No fumar puede producirles este aburrimiento, te da ganas de poner en la entrada de la vivienda), aunque los acabes de conocer puedes levantarte (ellos no lo consideran de mala educación) ir a una ventana y fumar un cigarrillo.

¿Y de qué hablan los franceses además de los quesos; de los vinos, que es otra de sus pasiones y de, obviamente, el champagne?. Pues no me diga porqué, pero no hay conversación en la que no salga a relucir el sexo, siempre el sexo, y da lo mismo que te invite el ministro de asuntos exteriores que un tornero fresador. Los franceses están obsesionados por el sexo y lo peor que puedes hacer en una comida es decir la frase tan típica y española de: «Es que este niño es clavadito al padre». Anda, di eso por listillo y descubrirás que el pequeño no es del «clavadito padre», sino de la «desclavadita madre», que su vez se divorció del íntimo amigo del «clavadito padre», que todos dicen que es el verdadero padre, pero que tampoco está claro porque por entonces se cree que la «desclavadita madre» mantenía una doble relación con otro que sí que dicen que es el «clavadito padre»: vamos, una melé. Y si habrá un mosqueo generalizado entre los franceses en todo lo que son las relaciones humanas, que cuando a una casa llega la factura telefónica, en ella figuran todos los números adonde se ha llamado excepto los tres últimos dígitos. Dicen ellos que es para preservar la intimidad y que eso ocurre en todos los países; sí hombre sí, en todos, clavadito.

El niño y la mirada

Lunes, mayo 18th, 2009

Esta anécdota me la comentó hace muchos años mi padre con el cual, además de llevarme muy bien, supe que era precisamente eso, mi padre, cuando un día me dijo: «Hay una cosa que no comprendo». «¿Cuál?», le pregunté. Y a continuación añadió: «Que el vino vicie…. normal, ¿pero que la calvicie?». Desde entonces nunca necesité, para estar seguro de que era mi progenitor, ni acudir al Registro Civil, ni mirar el Libro de Familia ni hacerme la prueba de ADN; lo que hice, que fue casi igual, es el DNI y, la verdad, me pareció hasta demasiado.

La anécdota que me contó ocurrió cuando una familia visitó a otra en un chalet y los niños entablaran amistad, que ya se sabe como lo hacen, a medio camino entre el cariño y la bestialidad, entre «ven que te dejo este juego» y «es que me dio en la cabeza con un palo», y a curar la herida cuando no la brecha. El caso es que uno de los padres dijo al otro que no hacía bueno de uno de sus niños, que siempre estaba haciendo tonterías, portándose mal y que, más o menos, lo tenía desquiciado. Entonces su colega le explicó su técnica disciplinar para tales ocasiones: «Pues yo a mi hijo, cuando hace una bobada, con solo mirarlo….».

Pasados unos días, estaban comiendo en casa cuando el niño traste hizo una de las suyas y riñó con su hermana a la hora de comer por algo tan trascendente como ver quién cogía primero el bote de tomate. El padre, recordando a su amigo, no dijo nada y se quedó mirando fijamente para su hijo. La mirada era terrible, inmóvil, penetrante, desafiante, hasta diría que cuasiasesina. El niño, entonces, para sorpresa del cabeza de familia, se quedó callado. El padre, impertérrito, con sangre fría, ni pestañeaba. Fueron tres segundos, tensos, muy tensos, en los que el progenitor sufrió una alegría interior indescriptible casi acercándose a una parada cardiorrespiratoria; pero fueron eso, solo tres, tres segundos, los suficientes como para que el niño, al verlo tan hierático e inmóvil le dijera «Papá, ¿qué te pasa, te pasa algo?»

Los niños y la edad

Jueves, mayo 7th, 2009

Los niños son como son y ojalá siempre sean así, que serán (¿Se puede escribir mayor estupidez en dos líneas?, no). Pero vamos a lo que vamos.

No sé si es la crisis o es que mi amigo, del que obviamente no puedo decir su nombre, es un poco rácano, que yo sé que no lo es pero… el caso es que hace una semanas estaba esperando el autobús con su hijo, que tiene cinco años. Antes de que llegara el autocar (como para los peques de cuatro el billete era gratis), el padre le dijo: «Si el conductor te pregunta cuántos años tienes, le dices que cuatro».
El niño dijo que no, que ni hablar, que tenía cinco y de ahí no se apeaba. No me diga cómo se las ingenió mi amigo (supongo que a cambio de algunas «chuches» y otras promesas), el caso es que ambos convinieron en que diría que tenía cuatro.

Al poco tiempo de estar en la parada, a lo lejos mi amigo vio que se acercaba el autobús y le repitió: «No te olvides, dile que cuatro años» Tan feliz estaban cuando finalmente llegó el ómnibus, ambos subieron y, nada mas franquear la puerta el conductor preguntó como quien pregunta al aire: «¿Cuántos años tiene el niño?» A lo que el pequeño, antes de que su padre pudiera abrir la boca, contestó como un rayo: «Aquí cuatro, pero cuando baje tengo cinco».