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¿Quién pone las banderas en la playa?

miércoles, agosto 31st, 2011

(Con este artículo pongo fin a la serie «Verano»)

A mí la verdad me encantaría ser el tío ese que en las playas pone las banderas para informar a los bañistas de si uno puede o no echarse al agua. Tiene que ser un placer eso de ir adonde están los trapillos de colores y pensar: «La verdad que hoy estoy animado, sí que lo estoy, y me encantaría que viniera mogollón de gente para charlar». Y entonces, pones la bandera verde y ¡¡ hala !!, miles de personas en el arenal y tú dando palique a unos y a otros.

Pero que estás así como un poco harto porque es fin de semana y no van a dejar sito para tu toalla y vas a tener que aguantar a gente con sus aparatos de música, niños que te tiran arena, madres que gritan, imberbes que se pelean… con dos bemoles, bandera roja y aquí no entra nadie, van a entrar… si hombre…

Que viene alguien y te dice que le extraña que esté la bandera roja cuando ve una calma chicha en el mar… pues, ya puestos, te creces y le dices que sí, que no es por el baño, sino que han visto unos tiburones. Bueno; eso si el que te pregunta es gallego, que de mar todos sabemos algo, que si es del interior y de mar , pero de , pues entonces ahí ya es lo que te apetezca, que el agua del mar está afectado por la enfermedad de la cría del mejillón, que hay una corriente interna peligrosa o si te apetece que el año pasado estando así el mar se ahogaron 10, 17 o 14.077 personas, que va a saber él si es de Salamanca y ha venido a pasar tres día… bo.

Ah!, eso sí, digas lo que digas, no te olvides de la frase clave: «El mar es muy traicionero, muy traicionero». Y es cierto, el mar es traicionero pero el tío de las banderas es… tela.

GRACIAS
Gracias a las librerías Cascanueces (La Coruña), Pedreira (Santiago) y Trazos (La Coruña) por dar a conocer al público los libros de cuentos de Rodribico

¡ Oh no !, otra vez a hinchar los flotas

martes, agosto 2nd, 2011

En esto de la playa reconozco que soy un clásico y por eso de ser cabeza de familia siempre me toca a mí, que la verdad estoy por enviudar o que me enviuden, descasarme o solterarme e incluso desmatarme o que me maten, lo que sea, que eso, siempre me toca.

¿Y que qué me toca?, pues hinchar los flotadores. Si hombre, no me des la brasa, ya sé que hay aparatos para inflar, que los hay de pedal, manuales e incluso que se conectan a no sé qué del coche y hasta creo que puedes contratar unos pulmones por horas.

Yo lo que sé es que entre lo que fumo y cuatro flotadores hinchándolos todos los días, la verdad que más que ir a la playa me siento como si me parara Tráfico y me hiciera la prueba de alcoholemia.

Es sentarme, estirar la toalla y ¡¡¡hala!!!, dale que te dale. Y claro, le das pero no tranquilo, no. Tienes a tu lado a tres o cuatro niños (porque el invitado también viene con su flota, pero sin los pulmones de su padre, claro) y todos animándote. «¡¡¡ Papáááá, dale más, más fuerte, más fuerteeee !!!». Y claro en esta tarea tan bucólica de los pequeños a tu alrededor siempre hay uno que toca el flota para ver si está hinchado, aprieta, y de repente se te mete el aire directo hasta el hueso palomo y la boca se te llena que parece que vas a explotar.

Y cuando ya has inflado todos, pero todos todos, incluso la colchoneta… te lo juro que yo ni idea de los que es el alpinismo, eso de la cordada y el campo base; pero que para mí la sensación es igual que subir un 8.000 sin oxígeno… vamos, eso no hay quien me lo quite de la cabeza.