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Así escribo un artículo, incluso el 100

Martes, Febrero 9th, 2010

Pues contestaré a varias peticiones que recibí por correo interno; pero en menudo lío me metí neniño, explicar ahora (que acabo de hacer el artículo número 100) cómo los escribo, que si me apuras casi tampoco yo sé exactamente cómo tanta tontería puede salir de debajo de esta sesera, pero trataré de explicarlo a ver si soy capaz y si tu puedes sacar algo en limpio, que además me acabo de duchar. Porque a la hora de escribir, no digo que tengas que estar inspirado, que tampoco esto es tan complicado; pero sí animado porque escribir algo con tintes humorísticos, por ejemplo tras un velatorio… pues como que no, salvo que seas tonto, que mira por dónde yo creo que podría hacerlo, que tengo calidad de parvo sobrante y más de más.

Pero vamos a lo que vamos, que sino no comenzamos. La cuestión es, ¿por dónde empiezo a explicar ahora todo este follón de cómo escribo un artículo, y lo que es peor, lo expondré bien para que se entienda?. No, seguro que no; pero tengo una idea, justo eso, empecemos por la idea. ¿Y cómo surge la idea, cuál es el proceso porque el que a la mente viene algo y te dices… «pues sí, voy a escribir sobre eso»?

Pues esto de verdad que es un misterio; no me digas cómo, de repente se me ocurre escribir de algo que por lo general son cosas de la vida, sencillas, cotidianas; pero reconozco (y esto no es ningún mérito, sino más bien una tara) que siempre vi la vida con una perspectiva distinta, sobre todo observando y fijándome en cosas un poco absurdas; aunque no siempre, claro, que entonces estaría en un psiquiátrico, que todo se andará.

¿Y cuándo surge esa idea?, pues sinceramente en los momentos menos pensados; algo que miras, algo que dice la gente, que lees, un comentario… aunque a veces, es cierto, tienes como una sensación de que se te va a ocurrir algo, no sabes qué pero lo notas. Y claro, cuando tienes una idea la apuntas (si tienes bolígrafo y ganas) y al llegar a casa la meto en una caja y si es en el periódico, en otra. Y claro, pero clarísimo vamos, que un día vas a la caja, coges una nota y te dices: «¿Pero qué pone aquí?. Y empiezas… patata o paleta… o pelota; carreta, no, careta.. caricia…; morir o moler… no, morder… sí morder ¿pero morder qué?». Y al final resuelves el enigma y sabes perfectamente lo que escribiste: «El niño juega con una pelota / un coche casi lo atropella pero lo acaricia / un perro muerde un neumático». Perfecto, ¿pero qué diablos tiene que ver la pelota, con el coche, con la caricia y el neumático?. Y me rio yo de los crucigramas y los jeroglíficos, por que le vas dando vueltas pensando lo que quiere decir, a ver si te acuerdas del día, de algo, y a veces; pues eso a veces sí y otras, patada a la condenada nota y a ver si la próxima lo pones más clarito paspán.

Pero curiosamente, cuando descifras lo escrito, o te acuerdas, o surge una idea, esa es la primera parte del artículo y el siguiente pensamiento es el final. ¿Y cómo sigo después, sabiendo cómo empieza y cómo termina, porque por el medio, como los bocadillos, hay que meter algo? Pues esto es un entretenimiento porque realmente lo difícil es la idea (el principio y el final), ya que el resto va surgiendo y vas haciendo un esquema mental con tres o cuatro ideillas menores. Y este esquema lo suelo hacer en tres sitios, cuando me acuesto, cuando es fin de semana y duermo la siesta y cuando me baño; o sea, que lo mío es la plena horizontalidad, vamos que de pie solamente para que baje la idea por la cabeza y me tumbe, que si no… nada. Y una vez con el artículo más o menos en la mollera, allá voy al ordenador y con la página en blanco empiezan las manías. Primero, un cigarrillo; después poner un título en arial y en negrita del cuerpo 16; centrarlo, luego escribir las dos primeras líneas a 1,5 de espacio y despacio.

Y entonces empiezo y pasa algo que te lo juro que ni yo mismo lo entiendo. Comienzo con la idea y como si alguien estuviera dentro de mí, de repente se me ocurre una bobada, pero es como si no fuera mía, sino como si me la dijera otra persona y hasta me rio yo solo. Y en serio que no es la primera vez que se me llenan los ojos de lágrimas de reírme por una solemne estupidez. Entonces, tras el disparate (no te suicides), sigo con el esquema, con esa ideas sueltas y así hasta que pongo el final, que casi siempre es lo que pensé al principio. Pero lógicamente no siempre sucede así, porque hay días que te pones a escribir y… nada, pero nada de nada, ni esquemas ni historias, y entonces lo mejor es retirarse y no volver a intentarlo porque cuando el día está de no… está de no. Pues como cuando llueve, llueve y llueve, joé, que llueve o no lo ves.

Pero los artículos, aparte de las paranoias propias de cada uno, tienen una técnica o, al menos, unas normas que deben seguirse. Han de ser «redondos», «cerrados», en el sentido de que el principio y el final han de tener una relación (quizás es por eso por lo que siempre se me ocurre el principio y el final, de tantos que he escrito) y luego han de ser, al menos en mi opinión, más bien cortos porque un desierto de letras no hay quien lo lea ya que por lo general no se tiene tiempo y ver tanta letra, como te echa para atrás. Vamos ya te echa para atrás escribirlo… como para leerlo. Dios, qué noble soy.

Otra cuestión es el ritmo, que el artículo tenga una sonoridad en sus párrafos, que para los que en alguna ocasión hemos escrito poesía nos sale de una forma bastante natural, y quizás lo más difícil técnicamente es enlazar esas ideas, esos párrafos, lo cual se va haciendo con la práctica, pero diría que esto es lo más complicado ya que a veces esas ideillas es difícil relacionarlas y conjuntarlas sin que se note que esa unión está forzada.

Luego hay otro problema, digamos mental. Escribes una frase con un doble sentido, lo que llamamos un guiño al lector, un toque de ironía, y te preguntas: «¿Y la gente lo entenderá o lo escribo de una forma más evidente?» Y esto, pues depende de cada uno; personalmente prefiero que no sea muy evidente, a riesgo de que haya lectores que no lo capten, pero me gusta más la insinuación que lo obvio: o sea, más el bañador que el bikini, por poner un ejemplo y por llevarme un par de broncas de alguien que me llamará machista, que estamos que ya no se puede decir ná .

Y por último hay otra cuestión más. Cuando terminas de escribir el artículo lo repasas. Y entonces puedes hacer dos cosas: o lo dejas más o menos como está, o lo vas cambiando. Si lo dejas tal cual, con mínimas correcciones, es más natural, como si hablaras, más de tú a tú, mientras que si te pones a hacer muchos cambios o a buscar y rebuscar otras palabras… entonces el artículo pierde frescura y se parece más un tratado o a una entretenida nota del BOE. Yo prefiero no hacer muchas virguerías, como el bistec, vuelta y vuelta y tira palante, que tampoco eres un genio de las Letras so papón y no vas a marcar un hito en el mundo de la Literatura Hispana.

Bueno; pues después de todo este proceso en el que inviertes unos 30 minutos, desde que te pones ante el ordenador hasta que te dices «ya está y que sea lo que dios quiera», solamente queda publicarlo y esperar a que alguien no te diga: «Pues chaval, tanta historia para tamaña chorrada… ». Y lo peor es que dices: «Pues sí, sí». Dios, qué noble era. Y no os mareo más porque estaréis hartos de tanta explicación, pero así es como escribo los artículos, de los que espero que saquéis algo en limpio porque si no… pues nada, que me vuelvo a duchar y empiezo de nuevo. Si hombre.

¿DOS PREGUNTAS?

-¿Cuál es el artículo que recuerdas que más te gustó?
-¿Qué crees que es más fácil a hacer reír o llorar?

Los duros comienzos en el periodismo

Jueves, Abril 23rd, 2009

Dice el refrán que «presencia y buenos modales abren puertas principales» y creo que al menos, tras el primer artículo en el que explicaba el porqué del título «Al fondo a la derecha», lo más correcto sería una pequeña presentación para que el bloglector se diera cuenta (por su salud espero que no) de quien es el que esto escribe y los avatares que le llevaron a dedicarse al mundo de la oración (gramatical, se entiende) o, lo que es lo mismo. del sujeto, verbo y predicado, aunque sobre todo del sujeto, que hay bastantes.

Cuando comencé en el periodismo, no voy a decir que fuera una tragedia familiar, pero rozando estaba el asunto. Entonces, a principios de los ochenta, ser periodista era algo así como querer ser torero, actor, pintor o escultor. Más bien escultor, que son los que dicen que viven peor y hasta hay quien asegura haber visto a más de uno comiendo o royendo sus obras. Lo desconozco. Lo que sí sé (y por lo que a mí respecta ya tengo el cupo cubierto) es que cuando iba con mi padre por la calle y se encontraba con un amigo que le comentaba que su hijo quería ser tal o cual, él decía: «Pues este dice que quiere ser periodista», y a «este» (que era yo) lo miraba como diciendo: «Mira que tengo una desgracia».

Razón no le faltaba porque tras un paso fugaz como corresponsal de El Correo Gallego en A Coruña, en mi primer trabajo serio, en el semanario El Orzán, como instalaciones teníamos dos habitaciones de la Asociación Profesional de la Prensa, con unos techos tan altos que se te podían escapar las ideas y no volver jamás, dos añejas mesas de madera con otras tantas Olivetti de hierro y cable de teléfono pero sin teléfono. Además, como si fuéramos pioneros del periodismo patrio rozando la epopeya no había calefacción, hasta nos llegó parecer normal que a una de las máquinas de escribir le faltara la letra «a» y que cuando se llevaban las pruebas a la imprenta pusiéramos una posdata que decía: «Donde haya un hueco en una palabra, póngase la letra a. Gracias». Y tan feliz nos quedábamos.

Pero todas esas contrariedades no eran lo peor, ya que el frío lo combatíamos con gruesos jerséis y abrigos, en ocasiones con guantes o frotándonos las manos, y el teléfono lo sustituíamos por patear la calle todos los días yendo a visitar a los personajes a sus casas o a sus despachos para entrevistarlos. Cobrábamos tarde, y aunque te habías «independizado» (tendría unos 24 años) a final de mes acudías a casa de tus padres para comer. Y claro, esto de volver al rincón familiar con las orejas gachas (que uno tiene su orgullo), pues lo disfrazabas con un «vengo a veros», a la vez que recibías una sonrisa burlona de tu padre que sin decir nada pensaba: «Sí, hombre, a vernos. Anda, come, petardo, ¿a ver cuánto duras escribiendo?».

Era lo que más o menos esperaba del periodismo, y para esto y mucho más estaba preparado, pero para lo que no estaba era para que una vez que dispusimos de teléfono descubrieras que tu trabajo estaba más bien en el olvido. ¿Cómo lo supimos? Pues con las primeras llamadas. Telefoneabas a alguien y cuando decías que llamabas del semanario El Orzán, impepinablemente tu interlocutor te decía con un tono de sorpresa: «No, aquí no es el seminario» o «¿Que qué dice del seminario?». Y si volvías a llamar y te salía la misma persona porque te habían dado mal el teléfono lo normal era oír aquello de: «¡¡¡¡ Pero que cojo… de seminario !!!!!» Así que en poco más de una semana, y con dos bemoles, al semanario terminamos llamándolo periódico. Que tampoco así lo conocían, claro, pero por lo menos le dábamos publicidad. Y al final, aunque no se vendía mucho, a mí siempre me quedó la duda de si era porque interesaba lo que escribíamos o por lo mucho que llamábamos y se compraba por curiosidad. Quiero pensar que un poco por las dos cosas; pero más por una, creo, porque un día, no sé por qué, nos cortaron el teléfono. Y así, amigo bloglector, empecé en esto de la oración, en lo del sujeto, verbo y predicado.

ojd