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El preso, el juez y el permiso

viernes, junio 19th, 2009

Los presos suelen pedir permisos al juez de Vigilancia Penitenciaria para pasar unos días fuera de la cárcel; es casi su obligación, como para algunos intentar fugarse, ya que es algo inherente al cargo, y otros evitarlo, otro tipo de cargo, claro. Unas veces con razón y, otras, poniendo cualquier excusa a ver si cuela, envían su solicitud al juzgado y esperan la respuesta. Pero en ocasiones, cuando el juez visita el penal, son ellos mismos los de que palabra se lo piden.

Una vez, en una de esas visitas, un recluso pidió unos días libres. El juez, que entonces en Galicia era Manuel González Nájera, miró el informe del centro penitenciario, cómo se había comportado, el delito que había cometido… y tras pensarlo un poco en medio de un silencio sepulcral se lo denegó. Otro levantó la mano y también pidió un permiso. Nuevamente el juez miró el tocho de papeles y sin más miramientos, al instante se lo concedió. Entonces, al que no se lo había otorgado, levantó nuevamente la mano y visiblemente molesto le dijo: «Señor juez, yo no entiendo esto».

«¿Qué no entiendes»?, le preguntó el magistrado, al que le gustaba tratar a los presos de tú. «Ese hombre al que le ha dado el permiso mató a su madre, a su madre, y a mí, que solamente robé unos radiocasetes, nada. No lo entiendo», explicó el recluso. «Pues es muy lógico», comentó el juez, para luego continuar. «Es cierto que él mató a su madre, pero como madres solo hay una, qué va a hacer, nada; pero tú, vamos, tú en cuanto salgas hasta me robas a mí el radiocasete». Posiblemente lo entendió.

«Mire señor juez…. »

jueves, mayo 21st, 2009

Todas las profesiones, como la de abogado, tienen su aquél; excepto la de periodista, que además tiene su éste, ése, aquello, porqué, cuándo, dónde Y cómo… Y es que, y hay que reconocerlo, no somos nosotros poco pesaditos cuando nos ponemos a preguntar. En fin, cosas de la vida, pero como decía, la ilustre profesión de abogado tiene su intríngulis.

A mediados de los años noventa, coincidiendo con la detención del entonces gobernador del Banco de España, Mariano Rubio, en los Nuevos Juzgados de A Coruña tuvo lugar una vista oral en la que se acusaba a un hombre de apropiarse de unas 50.000 pesetas. El letrado, a la hora de informar, abrió de carpeta, sacó folios que puso en la mesa como quien reparte cartas e inició la defensa. Mientras comentaba los artículos del Código Penal hacía referencia de las posibles atenuantes, a la vez que miraba de reojo al magistrado. Si éste asentía, se embalaba y dale artículos que te crió. Si fruncía el ceño o apreciaba que no mostraba mucho interés, frenaba en su oratoria, bajaba la voz y hasta se le movía el gaznate.

Durante unos diez minutos sacó a relucir sentencias del Tribunal Supremo, legislación de hasta los mozárabes y teorías sobre las tentaciones humanas y divinas. Ya en un momento dado, cuando prácticamente había acabado con toda la jurisprudencia existente, como del alma no pudo menos que decirle al juez recordando los escándalos financieros que estaban ocurriendo: «Mire señoría, con la que está cayendo en este país, decir que mi defendido es un delincuente porque ha cogido unas pesetillas, no cree….». Claro que creyó. Tres meses y un día.

Una sentencia inapelable

lunes, abril 27th, 2009

Buenos días, aunque sea lunes.

No digo todas, pero de sobra es conocido que algunas sentencias no hay por donde cogerlas; pero en su gran mayoría están muy bien estudiadas y fundamentadas en todos su aspectos para no dejar duda alguna o flecos que sean motivo para ser revocadas o mal interpretadas.

 Una de las que en principio podría ser objeto de un gran debate fue dictada cerca de Burgos, en la década de los años cincuenta por el juez Alejandro Ortiz de la Torre cuando España era muy distinta a la España actual. El asunto en cuestión fue que un día de feria en un pueblo, quienes iban a hacer negocio llevaban todo tipo de cosas para la venta. Allí, como haciendo una improvisada calle en la villa y sobre el suelo, podían verse objetos de cerámica, toda clase de hortalizas, frutas, carnes, pescados, gallinas, huevos, quesos, aperos de labranza, ropa, rosquillas… excepto esclavos, de todo.

La jornada transcurría con normalidad hasta que por ese pasillo pasó una burra con su dueño y detrás un burro también con su propietario. A saber lo que ocurrió, que las cosas del amor son difíciles de conocer y, sobre todo, irrefrenables; pero el hecho es que el burro montó a la burra y como esto de la fusión es un poco el desenfreno, entre burro y burra y en abruptos movimientos verticales rompieron numerosos objetos de cerámica. ¿Muchos, pocos?  Los suficientes como para que el alfarero dijera a los dueños de los animales que tenían que pagarle los desperfectos ocasionados; pero como ni el dueño del burro ni el de la burra estaban por la labor de apoquinar peseta alguna terminaron en el juzgado.

La cuestión a dilucidar era bien clara: ¿Quién era el culpable de los destrozos?, ¿quién tendría que abonar las piezas que alfarero había elaborado con sus manos?, ¿uno, los dos?  En efecto, los dos, pero…. ¿a partes iguales?  Pues no. La sentencia no dejaba lugar a dudas y más o menos se expresaba en estos términos. «En tanto en cuanto es el burro quien por natura monta a la burra, y teniendo este, por la situación referida y condición, dos patas en el suelo, y es la hembra la que tiene las cuatro sobre el mismo pavimento, es obvio suponer, por la imagen referida, que la burra, con sus patas, rompe el doble de cacharros que el burro, por lo que compete al propietario de esta pagar el doble que el dueño del macho». La sentencia, la verdad, no dejaba lugar a dudas. Como los penaltis, inapelable.