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Entradas etiquetadas como ‘Comida’

Esas comidas familiares

martes, julio 19th, 2011

Cuando llega el verano siempre hay uno que organiza una comida familiar. Te llaman a casa y te dicen: «Oye, que Juan quiere que nos reunamos y… ». Y tú dices que sí, que vale, y tal cual respondes te preguntas: «¿Y quién es ese Juan… ?». Y entonces descubre que hay una palabra que se llama «concuñado», que suena así como a que sin quererlo te llevas el marrón de todos por la cara. Es que además le va… Ejemplo: «¿Quién tuvo la culpa?», y ahora viene la palabreja con aire de desprecio «pues el concuñado ese, quién va a ser… el concuñado», vamos más claro… concuñado

Y cuando vas a la comida, hay cosas que no fallan; el primito o sobrinito de cuatro años que no para de liarla, la jovencita con su móvil hablando con el novio en una esquina, su padre criticando el escote de la criatura y la abuela que repite por enésima vez desde 1566 que no va a volver a vernos juntos. Y entonces, con una desgana, pero una desgana tal que hasta parece que quieres que se muera pero ya, todos a una: «¡¡¡ Nooooo !!!!».

Y tú piensas, «¿la última vez que nos va a ver… ?. Si esta tía vive que no veas; que en verano va a un balneario, en invierno al sur porque el clima del norte para los huesos, y de vez en cuando juega a la ruleta en un casino de no sé donde. ¿Morir esta… ?».

Y claro, tú te callas por respeto, que a los mayores siempre hay que tenérselo, digan lo que digan, pero realmente de lo que estás convencido es de que quien no la va a volver a ella y al resto a lo mejor vas a ser justo tú, porque entre el estrés del trabajo, unos hijos en la preadolescencia y la hipoteca…

¡¡¡ Anda con la abuela !!!, porque será el tiempo quien lo haga, pero que un día jugando a la ruleta salte la bolita esa blanca por el aire y que ella al mirarla con esas gafas de la segunda guerra mundial se la trague y se atragante… es que que es pensarlo y te da una ganas de invitarla al Casino de La Toja…

El verano, la nevera y la comida

viernes, julio 30th, 2010

Siempre pasa lo mismo, pero siempre, y especialmente en verano, por eso del calor. Abres la puerta de la nevera con un hambre que no veas, coges una tartera con restos de comida que no sabes si es de ayer, anteayer o de las Navidades y entonces, entonces te entra esa duda de: «¿Estará buena o se habrá pasado?» Y de ahí a un esquizofrénico «¿me moriré envenenado?» hay un paso y luego, irremediablemente, a preguntar a los de casa.

Y claro, en esto, suerte que tienes que sois cuatro o seis de familia como mucho, porque si fuerais 100.000 te pasearías con la tartera de un lado a otro preguntado a cada uno de ellos y cada uno metería la nariz, olería y reolería y cuando llegaras al 100.000 (un mes después de sacar la pota del frigo), no lo dudes: la comida está mal, pero que muy mal y tú peor, porque en el 87.400 (por ejemplo y porque ya te dolerían los brazos de andar con la dichosa cacerola de un lado a otro), podrías darte cuenta ¿no? Bueno, tú no, tú eres así, pero en esto tienes suerte porque tú (una vez más) no cuentas, que el asunto es la comida y la cuestión trascendental es ¿podré o no comerla?

Y la verdad que es inútil que preguntes, que lo haces por inercia, como otras muchas cosas, porque sabes perfectamente, pero perfectamente, que terminarás tirando la comida a la basura porque aunque solo haya uno, uno solo de esos 100.000 a los que has preguntado que te ponga una mala cara será suficiente para reafirmarte en lo que pensaste nada más sacarla de la nevera: «Está mal, está mal y está mal y la voy a tirar». ¿Y porque no la tiraste entonces? Pues porque eres un paranoico y eres capaz de ir incluso a otra ciudad o a otro país a otro Continente hasta que encuentres uno que te diga: «Muy bien no creo yo… » o «me huele a… » y así autoconvencerte más. Dios, qué nulidad, qué torpe eres.

Y si vives solo y no tienes nada más en casa que echarte a la boca tienes dos opciones: o te vas a cenar fuera o vas a un 24 horas, arramblas con uno o dos botes callos o de fabada, los pones al erótico baño de María, cenas y a sobar que mañana será otro día.

Iba a decir que a mí me ocurre lo mismo, que en cuanto saco algo de la nevera de uno o dos días por mucho que pregunte la comida va a la basura con una rabia….. pero eso era antes. Desde que vivo en la aldea todo es diferente, entre que el súper me queda a 4 kilómetros y que aquí no hay un 24 horas, en menos de un minuto se te pasa la paranoia (que no el hambre) comes lo que sea y te vas a dormir con una sensación de «malo será», y cuando llevas como unos treinta o cuarenta «malo será» y ves que no te ha pasado nada te convences que la comida siempre está buena, pero buenísima, vamos hasta el moho ese medio azulado y verdoso te parece queso de roquefort

Claro que, ahora que lo pienso, a ver si lo que va a ocurrir es que realmente la comida está mal, pero rematadamente mal, fatal, y que quien está bien, pero increíblemente bien, soy yo; que mi cuerpo y mi metabolismo ya se han acostumbrado a todo tipo de contaminación, de putrefacción… pues tío si es así, si esto es cierto que ¡¡¡¡ guay !!!, estoy buenísimo, de salud claro, solo de salud; y del otro…. pues, pues por si cuela mi correo es manuel.guisande@lavoz.es

¿Por qué los espaguetis no son un vicio?

jueves, octubre 15th, 2009

En un artículo publicado en este blog (El niño y la mirada), decía que con mi padre, además de llevarme muy bien, supe que era precisamente eso, mi padre, cuando un día me dijo: «Hay una cosa que no comprendo». «¿Qué?», le pregunté. Y a continuación añadió: «Que el vino vicie…. normal, ¿pero que la calvicie?». Desde entonces, contaba, nunca necesité, para estar seguro de que era mi progenitor, ni acudir al Registro Civil, ni mirar el Libro de Familia ni hacerme la prueba de ADN. Lo que hice, que fue casi igual, fue el DNI y, la verdad, me pareció hasta demasiado.

Pues si ya estaba seguro, vamos segurísimo, ahora no tengo ni una pizca de duda porque creo que desde el más allá de la muerte, que supongo que lo que habrá será otra, he tenido una revelación paterna que me decía: «Hijo mío, los espaguetis no son un vicio», y yo sé perfectamente que este pensamiento metafísico y trascendental solamente puede provenir de él y que me la ha transmitido por esa intangible vía de consanguinidad.

Y entonces me asaltó la duda, ¿por qué los espaguetis iban a ser un vicio? Y aquí empezó el problema porque aunque presté tanta atención que me crecieron las orejas, no escuché respuesta alguna, ni tan siquiera una revelación casual en forma de pista interpretativa.

Y como tengo este problema, que es pensar, cavilé. Pues es una pena que no sea un vicio, que está el paquete a menos de un euro, mientras el tabaco está a 3, la cerveza a 1,40, el vino depende, el bingo supongo que a más, y la ruleta ni te cuento. Y es que al final descubres que los placeres, lo que te gusta, lo que te satisface, es lo caro; y de lo que estás harto, pero harto harto, barato. Porque mira lo feliz que seríamos todos si los espaguetis fueran un vicio; pues no, no son un vicio, hombre, es el último recurso cuando no hay nada en casa, cuando no se tiene ganas de cocinar absolutamente nada o cuando quieres llenar el estómago de 4.000 tíos, y para colmo pocas variantes tiene el condenado fideo: tomate y queso. Tristísimo.

Claro que para llegar a esta conclusión tardé varios días, y por el camino quedaron otros pensamientos colaterales, algunos tan preocupantes (y no me digas qué tiene que ver esto con el espagueti) como que no podemos quedar todos los españoles huérfanos, sin gobierno, porque nigún ministro se ha vacunado contra la gripe A. Y qué menos, para animarnos, y para darnos garantías de que no nos dejan desamparados que ver a todos ellos, y el Rey el primero, entrando en una ambulancia y poniéndose la vacuna esa para evitar esta muerte fatídica que nos anuncian cada dos por tres como la Coca Cola.

También con esto del espagueti tuve una reflexión extraña, irreal, aunque relacionada con lo real, con la Realeza, quiero decir: ¿De verdad seré como dice mi mujer un vago en casa? Y claro, deduje que si vivo en un país donde hay una Reina, lo normal es que sea zángano. No sé, cosas extrañísimas me produjo esto del espagueti, que hasta pensé si será un alucinógeno.

Pero como a mí no me gusta dejar las cosas a medio hacer, decir adentrarme en el mundo de la praxis. Total, que me hice un superplato de espaguetis y, en efecto, no son un vicio, seguro, pues a la quinta cucharada desistí. Y entonces, en otro momento de luciestupidez me percaté que el espagueti (además de para llenar el estómago por tres perras) es un motivo de inspiración, y como prueba de ello este artículo. ¿Y por qué lo sé?, pues porque está escrito y porque pensé en un limón y lo único que me infundía en mi intelecto es que era de color amarillo y no muy amarillo, no creas. Y como ya puestos a meditar, pues tenía tiempo, me acordé ¡¡¡¡ Cómo no !!! de mi padre, que a ver cómo le mando un mensaje de que cuando me envíe un flash del más allá, a la vez me dé una respuesta. Joé papá, es que otra como la de: «Hijo mío, los espaguetis no son un vicio», y es que me matas. Un beso.

¿Callos, churrascada o sardiñada?

domingo, agosto 16th, 2009

Lo de callos, churrascada o sardiñada es más que un tipo de comida, es una decisión casi existencial en esta temporada de verano en la que todo el personal invita a los amigos a su casa de campo, saca de parrilla, hace fuego, se quema (porque si alguien no se quema no hay fiesta), y se pone en plan cocinero demostrando sus habilidades culinarias, que en esto tengo una ventaja, no tengo que demostrar nada, soy un inútil, pero un Inútil Total II, en los mejores cines.

Pero eso sí, que no soy un cara, que si quieren pongo la mesa, la recojo y si es necesario lavo los platos, que un día descubrí (luego mejoré) que unos vasos sabían como a menta, pero era porque les había echado mucho fairy y al enjuagar pues…, pero cocinar…. huevos; o sea fritos o cocidos. No pidas más y come.

Y no es fácil decidir cuando hay un grupo de gente, que los hay que parecen que siempre han comido en el Ritz y que cuando se ponen pelmas en el campo te viene ese pensamiento tan curioso de: «Hombre, este manzano que está aquí, no podría caerle encima y tenemos un problema menos».

Y es que los hay (y eso que es solo por unas horas comiendo, imagínate tu un fin de semana entero), que a la hora de elegir dicen que están un poco hartos del churrasco, «que es lo que se come casi a diario» (casi siempre el que lo dice tiene una cara de espagueti), otros que los callos son un poco fuertes en verano; bueno en verano, donde hay verano porque yo soy de los que pienso que aquí en Galicia unas guindillas en agosto es placer de dioses, pero bueno. Y también hay quien alega que las sardinas y que si los niños y las espinas y que… Si vivieran como lo hice yo en varios pueblos (Castropol, A Cañiza, Tui, Redondela) que estábamos vacunados contra todo. ¿Te caía el bocadillo al suelo en la calle?, pues lo cogías, lo limpiabas con la mano y tira para adelante. Y si no al tiempo, que ya veras cuando llegue la gripe A como solo quedan los de «la montaña», que están fuertes como rocas, que se alimentan con buenos platos de comida, y no como en la ciudad, que te ponen maquetas.

Como digo, en este tipo de reuniones, cuando ya se ha decidido en comisión de investigación lo que se va a comer, no sé muy bien que ocurre, pero el que va de maestro cocinero, sea churrascada, sardiñada o callos, no te deja casi probar bocado y ya está el tío diciendo: «¿Verdad que está bueno, verdad que está bueno?».

Y una vez no importa, porque para algo que hace, que disfrute de su ilusión; pero a la cuarta o quinta vez yo ya le empiezo a sacar defectos al churrasco, a la sardiñada, a los callos y a lo que me pongan (aunque estén bien no está bien, y aunque me gusten no me gustan) y después, además de caerme mal el que lo hizo amplío este sentimiento a su mujer, a sus amigos, al lugar en el que estoy, al agua, al vino y al perro porque si está bueno ya te lo dirán, petardo

Pues nada, insiste que te insiste y llega un momento que cuando estás harto solamente hay unos minutos de satisfacción cuando se te repite casi el mismo pensamiento, pero con una variante: «Ya que está visto que el árbol no cae, por qué este plasta no se atragantará con una espina o un hueso y se lo llevan en ambulancia, que me está dando el día?». Y la felicidad que da esos momentos imaginándote al tipo con el gotero, una sabana hasta el cuello, en camilla y con un hueso de un kilo entre los dientes…. ¿Callos, churrasco, sardiñada?. Lo mejor, buena compañía, aunque yo…. callos. ¿Y tú?

Una boda típicamente francesa

viernes, junio 12th, 2009

Una boda en España al estilo francés sería imposible; ¿por qué?, ¿porque dura dos días?, no; ¿porque se bebe y come demasiado?, bueno hombre, no somos nosotros bestias, tampoco. Entonces, ¿por qué?. Pues sería impensable porque en Francia hay dos tipos de invitados, los que acuden a lo que llaman «Vino de Honor», que se celebra en un hotel cercano a la iglesia donde la pareja se promete mutuo amor, y al que van los conocidos, y la Recepción (lo que para nosotros es el convite en sí), que es para los íntimos, con lo cual ya te puedes llevar el palo de que te creías «íntimo» y eres solamente «conocido», que tal y como somos los españoles esto sería ya suficiente para que hubiera casi tiros entre las familias, que no somos nosotros poco vengativos cuando consideramos que nos han hecho un feo.

Pero claro, el asunto, en el plano individual, puede ser peor, porque tú estabas convencido de que eras solamente un «conocido» (y contento estabas con ello porque el tío ese que un día te presentaron, para ti era un petardo), y resulta que no, que, cosas de la vida, le has caído genial y eres «íntimo» y, como í«ntimo» que eres, pues nada, a ir a la Recepción y a pasar dos días comiendo y bebiendo a lo salvaje quieras o no quieras. Toma, por simpático.

¿Y cómo es la Recepción?. Pues esa es otra historia ya que depende un poco de la boda. Si tiene un cierto nivel te llevan a unas instalaciones (por lo general colegios mayores que están en las afueras de las ciudades) donde hay tropecientas habitaciones y cada uno coge la que quiere; pero si el enlace es un poco más corriente, entonces, frente a donde se celebra el convite aparcas tu coche, sí, el coche, como lo oyes o lo lees (como quieras) y comes, bebes, bailas, echas una cabezadita dentro del vehículo y, si puedes salir… pues vuelves a comer a bailar y a beber, y así casi 48 horas.

¿Y hay algo más que diferencia a las bodas francesas de las españolas?, pues naturalmente que sí, la forma de celebrarlas. En Francia la gente se levanta, se agarra por los hombros y se pone a cantar balanceándose de un lado a otro como si estuvieran en el Fondo Sur del Aleti o del Vilapasar F.C. También, cuando menos te lo esperas, cualquier excusa es válida para oir el típico «hip, hip, hip… urra; hip, hip, hip.. urra», que por lo visto no es exclusivo de Gran Bretaña, y se hacen concursos, entre los que no faltan imitar al gallo, símbolo nacional del país, y que para ellos es un momento cumbre de la fiesta. Y como la pareja no iba a ser menos, al ya matrimonio se le hace pasar (eso ocurrió en la boda que fui) por una peculiar prueba, que más o menos es como sigue. Los novios se sientan (en sillas, claro) en medio del salón de baile, espalda con espalda, se descalzan y cada uno lleva en una mano un zapato negro y en la otra uno blanco. A continuación se les hacen las típicas preguntas picaronas. Por ejemplo: «¿Quién es más ardiente haciendo el amor?». Entonces ambos levantan a la vez el zapato que quieren. Si la mujer, por ejemplo, iza el negro (que representa al hombre), significa que es su marido el más pasional, si es el blanco, que es ella, y si levanta el negro y el blanco al mismo tiempo, que los dos por igual. Y lo mismo hace el hombre, pudiendo así comprobar los invitados el grado de compenetración que tienen los recién casados.

¿Y qué se come y se bebe?. Por lo general son platos fríos, en plan bufete, con una presentación alucinante, y luego, dependiendo de la zona, pues además de vinos de todo tipo, en Normandía, por ejemplo, sidra, por ser una zona eminentemente manzanera. Y así, a simples rasgos y para no marearte más, son las bodas de los de ahí al lado, que cuando finaliza, los invitados envuelven en papel de aluminio las viandas que quieren y se las llevan a casa para al día siguiente seguir comiendo.

Y como veo que no lo preguntas lo haré yo: ¿Lo pasa bien un español en una boda francesa?, pues qué quieres que te diga, si te toca de las de dormir en el coche, eres camionero y te llevas el trailer, supongo que sí, porque si no….. a mí me tocó un enlace de los de habitación; y de los dos días, la verdad, disfruté uno porque dos… como que es mucho, se hace muy pesado. Pero sí, sí, lo pasé bien, muy bien, y lo que es la vida; a no sé que hora de la madrugada me sentí identificado con Martin Luther King, cuando dijo aquello de: «Yo tengo un sueño… ». Pues yo igual, también tuve un sueño, pero no encontraba mi cama. Qué cosas pasan ¿verdad?.

PD. Te agradecería que hicieras un comentario porque estoy realizando una prueba. Gracias por tu colaboración

Los franceses, la comida y el sexo

lunes, mayo 25th, 2009

El próximo día 4 de junio voy a Francia a una boda que, por lo que ya me previnieron, dura dos días; es decir, que comes-bailas-duermes, comes-bailas-duermes, y supongo que después, al final, duermes de todo lo que comes-bailas, porque si no es así…

Desconozco como son las celebraciones de las bodas en el país vecino, pero lo que sí sé es como son las comidas de los franceses, inaguantables, desesperantes, y siguiendo un ceremonial que hay que seguir paso a paso. Cuando te invitan a una comida en plan bien en una casa, lo primero que te ofrecerán los anfitriones antes de sentarte a la mesa será un aperitivo a base de cacahuetes, galletitas, pistachos y otros frutos propios de las gallináceas mientras te tomas una copilla más o menos dulce de sabor indescriptible pero agradable.

Después, pasado unos quince o veinte minutos, te sentarás a la mesa, habrá dos primeros platos y, de repente, como si fuera un paréntesis en la vida gastronómica, el mundo se para, se detiene, y llega la pasión de los franceses: los quesos. Entonces, en la mesa colocarán unas impresionantes fuentes y con una cursilería de narices, con unos suaves movimientos que más que un comensal pareces un cirujano cardiovascular, con un tenedorcillo irás cogiendo de los diferentes tipos mientras hablan y hablan de dónde proceden y de las diferencias entre unos y otros: si uno es más pastoso y si el otro es menos cremoso, si aquél es más fuerte y el otro más suave. Luego, después de casi una hora, sí, una hora, porque una comida que se precie dura entre cuatro y cinco, las bandejas desaparecerán y se seguirá con la comida, los postres, el café y copas. Que eres fumador… Pues si en la casa son de la liga antitabaco (No fumar puede producirles este aburrimiento, te da ganas de poner en la entrada de la vivienda), aunque los acabes de conocer puedes levantarte (ellos no lo consideran de mala educación) ir a una ventana y fumar un cigarrillo.

¿Y de qué hablan los franceses además de los quesos; de los vinos, que es otra de sus pasiones y de, obviamente, el champagne?. Pues no me diga porqué, pero no hay conversación en la que no salga a relucir el sexo, siempre el sexo, y da lo mismo que te invite el ministro de asuntos exteriores que un tornero fresador. Los franceses están obsesionados por el sexo y lo peor que puedes hacer en una comida es decir la frase tan típica y española de: «Es que este niño es clavadito al padre». Anda, di eso por listillo y descubrirás que el pequeño no es del «clavadito padre», sino de la «desclavadita madre», que su vez se divorció del íntimo amigo del «clavadito padre», que todos dicen que es el verdadero padre, pero que tampoco está claro porque por entonces se cree que la «desclavadita madre» mantenía una doble relación con otro que sí que dicen que es el «clavadito padre»: vamos, una melé. Y si habrá un mosqueo generalizado entre los franceses en todo lo que son las relaciones humanas, que cuando a una casa llega la factura telefónica, en ella figuran todos los números adonde se ha llamado excepto los tres últimos dígitos. Dicen ellos que es para preservar la intimidad y que eso ocurre en todos los países; sí hombre sí, en todos, clavadito.